Por: Hugo Hernán Aparicio Reyes
Los observadores profanos del arte visual, gozamos de ventajas respecto a especialistas o a quienes posan
de tales. Una, que confrontamos las obras sin la frialdad reticente del experto, suscitándonos deleite,
indiferencia o rechazo, cualquiera sea la elaboración conceptual que tengamos del arte; otra, que expresamos
reacciones frente al objeto y a sus creadores con emoción espontánea. Además de licencias tan permisivas, acudo
en este caso al conocimiento personal del artista, notable artífice de la plástica contemporánea nacional, para
reseñar algunos aspectos de su trabajo.
Bien podría Henry Villada estar disfrutando de reconocimiento y fortuna material en latitudes
de valoración estética superior, disponer de un calendario abierto sin afrontar contingencias ajenas
a su quehacer creativo, e interpretar a su antojo el mundo cosmopolita allende el relieve andino,
desde orillas transatlánticas. Soles y nieves estacionales, metrópolis asfixiadas, competirían
en su filtro visual con el trópico, con los mediodías tórridos del Roldanillo natal y sus óxidos
crepusculares, con la lujuria verde del Quindío, de su Calarcá adoptivo. ¿Qué cromo-mixturas plasmaría
entonces en sus telas de gran tamaño, en los murales -proclamas visuales que redimen el espacio
público de Armenia-, en grabados y carbones o en formatos convencionales como los que hoy expone
en nuestra Casa de la Cultura? Quizás no tardemos demasiado en saberlo.
Podría refugiarse también en el solaz que ofrece el arte de consumo masivo (bodegón, paisaje
bucólico, o impostadas abstracciones), en la comodidad de la academia o en la trashumancia bohemia.
Pero Villada saltó hace rato la chambrana, cruzó raudo el patio interior, el alero de tejas recocidas,
camino de referencias más consistentes, afirmando compromisos con su propia exigencia profesional.
En esta búsqueda ingresó al bosque primario, al guadual; y halló la humedad, la ceniza suspendida
del yarumo, los caprichos góticos de la heliconia, indagó acerca del brillo del seudo-tallo musáceo,
de las lianas colgantes entorchadas de musgos, se detuvo en la arquitectura foliar, en la telaraña
a contraluz; descifró códigos de abstracción y detonó en los poemas lumínicos de “Ecoflora”. En
esta serie desarrollada durante los dos últimos años, a partir de su
exposición en el Centro Colombo-Americano de Pereira, se manifiestan a plenitud, versatilidad,
eclecticismo, dominio técnico, y temática regional con tratamiento universal. Dibujos al carbón, acrílicos
sobre tela, grabados, en especial aguafuertes, monotipias y exquisitas mezzotintas, interpretan el entorno
natura que el artista hace suyo, mediante un proceso de disección y resíntesis de forma, luz y color.
Los resultados de su exploración de dibujante-pintor-grabador que asume con integralidad recursiva,
lejos de acusar limitaciones de localidad, son más bien material de exportación hacia los centros
de cultura del País, y claves que le permiten acceder ahora a uno de los más prestigiosos estudios
de grabado de Europa, el Atelier 17, en París, por invitación de su director. A mediados del año
que termina, Bogotá recibió la serie en la galería “La Pared”, como afirmación contundente de la
vigencia del dibujo y la pintura frente a propuestas conceptuales alternas, en muchos casos improvisadas
y facilistas (instalaciones, intervención fotográfica, recursos grafo-electrónicos, etc.), y como
constancia del trabajo serio que la provincia colombiana aporta a la contemporaneidad.
La obra de Villada, con énfasis en la producida durante los últimos cuatro o cinco años, cumple
un ciclo didáctico que se reedita a cada encargo de obras de gran formato. Aferrados
a la expectativa tradicional de la figura, algunos adquirentes institucionales prefieren composiciones
de carga anecdótica a las cuales el maestro, además de responder con pericia irreprochable, incorpora
argumentos que las ponen a salvo de una perfección fotográfica vacua y plantean sugerencias finas
al observador . En los interregnos, a manera de auto-expiación por tales concesiones, se manifiesta
con plena coherencia el artista profundo, auténtico, en series como la ya comentada Ecoflora, o
en la anterior, Frut-eros, donde explora formas y resquicios anatómicos, además de obras realizadas
para salones regionales o nacionales. De todo desafío sale avante sin agotar su capacidad para
sorprender, para proponer paletas y construcciones inéditas, complaciendo el gusto elemental, pero
con variantes sugestivas que ayudan a la comprensión del hecho pictórico en el mundo de hoy.
Sin recurrir en sus obras al recurso alegórico, panfletario, o al mensaje político, dispuesto
siempre a transmitir y compartir conocimientos, sin alarde pontifical, en su dominio reconocido
o en saberes y experticias como la marquetería especializada, el diseño gráfico y de objetos utilitarios,
la actitud social de Henry Villada confirma un perfil humano de compromisos esenciales con su oficio
y con la comunidad que lo acoge. El Quindío y en particular, Calarcá, tienen en él un embajador
artístico de primer orden. |