Ángel Castaño Guzmán
Abril 29 de 2011. En la mañana, el matrimonio de un miembro de la realeza británica acaparó la atención del mundo globalizado. La pintoresca celebración mediática —sombreros de comprobada ranciedad— atenuó el escándalo nacional de las detenciones del senador Moreno Rojas y ex funcionarios del ministerio de Agricultura. La cómoda insensibilidad de la ciudadanía ante asuntos políticos permite el acceso a posiciones de mando de personajes sin la necesaria visión estratégica para la conducción administrativa. Caso omiso a lo anterior, y en consonancia con la frivolidad del día, asisto a la, en argot cinéfilo, première programada.
Cuatro de la tarde. Edificio gobernación del Quindío. Dispuesta en mesa de carente ornamentación, la segunda entrega de Biblioteca de Autores Quindianos. Dos camisas rojas —miembros de la antigua Renata, hoy Relata— entregan folletos con información del evento. Ninguno, menos estatal, empieza a la hora anunciada. Además del proverbial retraso del saliente mandatario, la audiencia, acostumbrada a la impuntualidad, tampoco respeta las buenas maneras. Una rápida inspección basta para encontrar conocidos rostros de las letras aldeanas.
Umberto Senegal —la reciente muerte de Sai Baba, supongo, explica el tic de tristeza—, tres filas adelante; Gustavo Rubio —barba de una semana—, conversa con José Nodier Solórzano; la calva de Juan Restrepo brilla en la primera hilera de sillas; Carlos Castrillón —comparte uniforme con renatos— camina de un lado a otro, intercambiando saludos; Jaime Lopera toma asiento junto a la blanca cabellera de Susana Henao; Libaniel Marulanda, cuatro líneas más allá de mi ubicación, secretea con su pareja; Hugo Aparicio, responsable de la inclusión de peces en mi dieta, vocifera, móvil en mano; Carlos Alberto Villegas, 'Petete', para amigos, el ausente reseñable.
Un ruido de mil demonios, proveniente de la plaza Bolívar, corta amagos de diálogo. El gobernante ingresa al salón de conferencias pisándole los talones a dos policías. Perplejo, observo la amabilidad de López Espinosa: estrecha la mano de cada uno de los asistentes. Los políticos, pienso luego, nunca abandonan el papel de candidatos.
Concluido el accidentado canto del himno de Núñez —no funcionó la grabación—, Adriana Matiz le presta micrófono a López Espinosa. En esta ocasión, el ghost writer oficial no dio en el blanco. La autoalabanza –—mi administración esto, aquello y lo demás— es de mal gusto. El auditorio compensó con generosidad un discurso constelado de clichés. El siguiente turno en el uso de la palabra le correspondió a Carlos Castrillón. Sucinta presentación de impresos y autores acompañada de diapositivas en PowerPoint. La secuencia de no tan breves intervenciones de escritores editados la resumo en la fórmula: agradecimientos al gobernador —proclamado mecenas— y a Carlos Castrillón.
Los meritos del docente universitario son evidentes, no así los del inquilino del piso 19. El apoyo a manifestaciones artísticas es sin duda obligación, no dádiva. La competencia en zalemas y reverencias le resta brillo a una celebración, digna de distinta suerte. Versos de Julio Alfonso Cáceres en voz de Jimena Londoño, la pasmosa candidez de la intervención de Katty León, la arenga salida de tono de Gonzalo Osorio Toro, el entrecortado panegírico —Narciso a la n potencia— de Juan Restrepo y la descortesía de una oficinista de pronunciados escote y nariz —al fin y al cabo, la irracionalidad burocrática sumada a la brutalidad policial compone el binomio represivo del capitalismo— merecen especial alusión.
Oportuna la rememoración de las combativas palabras del joven Mario Vargas Llosa al recibir el premio Rómulo Gallegos, el año de la muerte del Che: "La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza. Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasarán". Si el anacronismo de la boda inglesa siembra sarcasmos, las genuflexiones de la intelectualidad quindiana, financiada con recursos de una comunidad presa de la hipnosis del turismo y el chance, ni carcajadas provocan. |