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| NOTAS PARA EL NUEVO PRESIDENTE |
Ángel Castaño Guzmán
Mirados con la distancia provocada por el fallo de la Corte Constitucional adverso al referendo, los ocho años de permanencia de Álvaro Uribe en la casa del prócer suscitan sonrisas socarronas y sanguíneos pataleos. Las fallas de un gobierno tolerante con el todo vale -ejemplo de ello, la yidis y parapolítica-, la descarada intromisión en correrías electorales, los dardos lanzados a Mockus con la insidia de los perdedores y el indignante manejo de los falsos positivos, son fisuras en el cuestionable legado de una administración apoyada por el grueso de los colombianos. Los 22.000 millones de pesos invertidos en el circo dominguero de los consejos comunitarios representan mejor que nada la nociva sustitución de mecanismos de participación ciudadana por montajes mediáticos de alto rating cuyo resultado salta a la vista: la consolidación del Estado paternalista en menoscabo de la sociedad civil. De las apremiantes tareas pendientes, la menos comentada es la profundización de la democracia en todos los sectores. La pesadilla kafkiana es pan cotidiano para el ciudadano de a pie. Decisiones de importancia inocultable, tomadas por grises oficinistas en la comodidad de refrigerados despachos, vulneran la raíz misma de la vida republicana: la interlocución argumentada y libre. Colombia, contrario a la premisa de Santander, no es libre gracias a las leyes, promulgadas por un Congreso deshonroso, sino su presa.
En pleno debate presidencial considero pertinente la invitación de voces calificadas para hablar sobre posibles salidas de los dédalos de la barbarie. Desde disímiles posiciones ideológicas, los convocados contestaron con gentileza la pregunta planteada. Presento, pues, la respuesta, en primer lugar, de Hugo Hernán Aparicio, editor de la conocida publicación Poetintos, y, para terminar, la de Carlos Alberto Villegas, caciqueño radicado hace años en Madrid.
Hugo Hernán Aparicio: hace cerca de veinte años, Lecturas dominicales de El Tiempo publicó un artículo firmado por el ingeniero Álvaro Sanjinés -no olvido su nombre, jamás reencontrado en otro texto-, referido a aquello que a su juicio constituía la actitud más perversa de la idiosincrasia colombiana, origen de la mayoría de nuestras lacras contemporáneas: la búsqueda compulsiva del atajo; la vía rápida del vivo, del avión, del avispado trasgresor de normas quien a cualquier costo moral persigue un resultado favorable e inmediato a su interés individual. El texto, por desgracia refundido en algún esquivo archivo, caracterizabaen forma precisa y aguda la sucesión de comportamientos del colombiano frente a diversas situaciones cotidianas que confrontan principios éticos y valores, con reacciones prácticas. Perfilaba Sanjinés el nefasto síndrome social del atajo desde el cual pueden entenderse macrofenómenos, hoy día trasversales a la nacionalidad, como el narcotráfico, el lavado de dinero y de activos, la corrupción oficial, la subversión o el paramilitarismo. Comparto el diagnóstico. La terapéutica ineludible, de largo aliento, no tiene atajos: educación - formación (hogar, sociedad, escuela, academia), a partir de fórmulas éticas - normativas; equidad en la oferta de oportunidades de promoción material y espiritual; ambos frentes en función de convivencia ciudadana pacífica y próspera.
Carlos Alberto Villegas: creo que la propuesta de Mockus es políticamente aceptable para salir del atolladero. La creación de conciencia ciudadana a través de la promoción de cultura ciudadana es la única alternativa que le queda a Colombia para evitar el desfiladero político, social, económico y cultural. Mockus tiene la capacidad para convocar voluntades, de jalonar procesos colectivos. Ya lo demostró en su primera y segunda alcaldía, las cuales transformaron, en compañía de la inversión ciudadana de Peñalosa, la esencia de la capital colombiana. Cultura ciudadana e inversión en estructura ciudadana. No veo otra mejor propuesta, con todos los interrogantes que pueda suscitar el neoliberalismo que la subyace, en el actual horizonte. |
| Y SE HIZO LA LUZ... |
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Mauricio Vera Sánchez
Bellamente se puede describir al fotógrafo como un escultor de la luz, un artista cuya materia prima se encuentra no en materiales físicos sino en las propiedades químicas de la luz: luminancia, temperatura. Gracias a la luz nuestras sociedades han devenido en imagen: sin luz no sería posible hacer de los acontecimientos cotidianos y efímeros un registro en papel o en soportes electrónicos que trascienda nuestra condición fugaz y permita a las generaciones futuras leernos y hacernos parte de su memoria colectiva mediante una fotografía o una serie de fotogramas, es decir, en el cine.
Fácilmente y con frecuencia olvidamos que cuando estamos frente a una pantalla cinematográfica o televisiva las imágenes que se suceden concatenadamente a razón de 24 o 30 fotogramas por segundo respectivamente, existen gracias a la manipulación que el director de fotografía ha hecho de la luz para generar a través de la exposición una atmósfera llena de sentidos, sentimientos y emociones. No solamente es el talento con que los actores o presentadores se presentan ante cámara bajo la dirección de un director escénico, ni mucho menos la exhuberancia de los objetos puestos y dispuestos por el director de arte, sino fundamentalmente la capacidad de fotógrafo para dar volumen, profundidad, interés a la imagen a través de la luz.
Luz que como bien lo describe Néstor Almedros, destacado director de fotografía cubano, no es aprovechar un día bien soleado, sino de manejar con experticia, técnica e intención creativa los dispositivos hechos para lograr aquello que la naturaleza no es capaz de darnos, o no lo da de otra manera y a su propio ritmo: contrastes, contraluces, sombras, claroscuros.
En este sentido, es de valorar la iniciativa académica que se adelanta a través del I Salón Internacional de la Luz que esta semana comienza en la ciudad de Bogotá, y cuyo objetivo central es rendirle un homenaje a este elemento que no solo los mayas y los egípcios consideraron sagrado, sino también los amantes de la fotografía cinematográfica, audiovisual, de la huella humana en la imagen.
Eventos como estos, que convocan el interés de la academia, de la empresa privada y las compañías dedicadas a diseñar las luces, las cámaras y demás herramientas para el ejercicio profesional de la fotografía, de las instituciones públicas, reactualizan el universos de conocimientos y experiencias que orbitan alrededor de lo audiovisual, y particularmente del cine.
Así, los asistentes podrán participar gratuitamente en las actividades programadas como el Forum, donde varios directores de fotografía locales e internacionales debatirán teóricamente sobre su trabajo; show room, donde se mostrarán los últimos avances tecnológicos; work shop, con conferencias y talleres sobre las técnicas de la imagen electrónica; y la Muestra 115 años de Luz, donde se hace una retrospectiva de las grandes películas del cine.
Finalmente, como una merecida imagen de cierre y un homenaje al maestro que con la luz de sus imágenes iluminó y sigue iluminando el quehacer y la creatividad fotográfica no solo en Colombia sino en el mundo, el Salón Internacional de la Luz rinde tributo a Leo Matiz, cuya mirada hizo memorable aquello que de nuestra riqueza cultural y natural solo el ha podido captar.
Para aquellos estudiantes, docentes, productores, realizadores que quieran conocer la programación y vincularse, pueden consultar en la página www.saloninternacionaldelaluz.com |
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