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| LAS TRÁGICAS AVENTURAS DE JOSÉ MERCADO |
Ángel Castaño Guzmán
José, nacido después de la conflagración vietnamita, sentado en un mullido sillón mira la TV, universo
facsímil del enseñado a Buda por su padre. La encrucijada entre el discurso publicitario, el mejor de los
cosmos posibles, y la constatación diaria, una humanidad sin norte, extraviada en las cambiantes dunas de
la postmodernidad, le quita el aliento el tiempo suficiente para el cambio de canal. Harto de promesas
lanzadas como anzuelos desde púlpitos oficiales, deja las decisiones públicas en manos de oscuros
sanedrines. Alimenta su cotidianidad con homilías mediáticas, transformando la realidad en un montaje de
entretenimiento. Ballenas arponeadas en las costas árticas y remotos certámenes de belleza están al
alcance de sus dedos; es cuestión de baterías en el mando a distancia. Los bríos no están concentrados,
como antaño, en la renovación del mundo ni en las carreras al sótano cada vez que el alarido de la alarma
nuclear desgarraba la noche. Los jóvenes parisinos, piensa José mientras destapa la segunda cerveza,
cortaron la melena irascible y engrosaron la nómina de la industria mojada por el chaparrón de sus
adoquines rebeldes. De las lujuriosas manifestaciones por el reconocimiento de los derechos de las
minorías quedan íconos consumibles, ventanas rotas, héroes crucificados a tiros y proclamas llenas de
polvo. José sonríe.
La permanente estimulación comercial de los sentidos a través de medios de información no es otra cosa que
el aprovechamiento sin escrúpulo de la necesidad vital de José Mercado de zambullirse en el río de la
historia. Nunca sociedad estuvo tan pendiente de los menesteres de esta vida. La belleza, el éxito, la
fama, son reglas incuestionables; forzosos requerimientos para el beneplácito colectivo. José planea para
el próximo mes una incursión a la nueva fuente de la eterna juventud: el bisturí. La ética contemporánea,
resumida en un grito: sálvese quien pueda. La democracia, convertida en juego de sombras, pierde prestigio
gracias al manejo corrupto de encopetados funcionarios. Onésimo Sánchez, tahúr político, es la encarnación
de la clase dominante. José, el domingo de votaciones, peregrina por desperdigados caseríos cordilleranos.
Pobre, no encuentra poesía en las barriadas.
El capitalismo, responsable del calentamiento global, promueve el consumo como camino para la satisfacción.
Poco le importa a José si los relucientes automóviles fueron ensamblados por trabajadores sometidos a
tratos degradantes y, mucho menos, si el bolso comprado en la boutique está confeccionado con piel de un
animal puesto al filo de la extinción. El confort de los ciudadanos del primer mundo está cimentado en la
explotación de los del tercero. El sueño americano es la pesadilla del planeta. La visión, con suerte el
tacto, de las operadas tetas de nocturnas Dulcineas diluye en la amnesia las lluvias de napalm.
Partícula: ante una audiencia de estudiantes universitarios, el presidente Uribe hizo gala de su belicoso
talante al desestimar el informe sobre la situación de los derechos humanos en Colombia redactado por
asesores del Departamento de Estado de los Estados Unidos. La situación es extravagante: un gobierno cuyas
políticas internacionales lesionan la vida en todos los rincones del orbe corrobora denuncias hechas desde
hace decenios por líderes sociales colombianos. El heroísmo mediático de las Fuerzas Armadas, mancillado
por la comprobada colaboración con grupos paramilitares y el sustancial incremento de ejecuciones
extrajudiciales, es fruto de una ofensiva propagandística sin precedentes. Madres enfrascadas en continua
lidia por el sustento familiar, hacendosos campesinos no beneficiados con subsidios del Gobierno,
reservados para gamonales partidarios de la primera reelección; laboriosos adolescentes vacunados contra
las seducciones de los rifles, insobornables ambientalistas empeñados en la conservación de la naturaleza.
Esos y muchos otros son los héroes de Colombia. |
| TELEVISIÓN, UNA RESPONSABILIDAD DE LA UNIVERSIDAD |
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Mauricio Vera Sánchez
La televisión es uno de esos temas sobre los cuales se habla cotidianamente: para repetir las mismas
criticas sobre los melodramas que llenan las parrillas de programación de los canales privados nacionales
y de los efectos nocivos de la violencia en sus contenidos; otros para especular sobre la vida privada de
los actores, presentadores y demás que componen nuestro provinciano star system; algunos, con
más conocimiento, para levantar diatribas en contra del ente regulador nacional –léase Comisión
Nacional de Televisión- que, según sus argumentos hace todo menos regular.
Sin embargo, es difícil encontrar que se discuta, por ejemplo, de la importancia que para el servicio
público de televisión tiene el perfil académico, profesional, ético que tienen y deberían tener quienes
tienen asiento en la CNTV representando y defendiendo los intereses de los diversos actores del sector.
Y es que entre los cinco miembros que conforman la Comisión: dos por nombramiento directo del Presidente de
la República, uno de los canales regionales, otro a título de la industria, artistas, productores y
directores, y el último representando las ligas de televidentes, asociaciones de padres de familia,
canales comunitarios y universidades, se definen las políticas públicas que fortalecen tanto económica y
culturalmente el quehacer televisivo nacional, regional y local.
Así, es importante para la academia que la persona que se postule para las próximas elecciones de
comisionados tenga una trayectoria académica reconocida en el ámbito nacional, goce del respaldo de las
facultades de comunicación social y educación gracias a su amplia experiencia en el diseño, ejecución y
administración de proyectos de televisión.
Que posea la capacidad de conformar un equipo de trabajo que logre posicionar dentro de la agenda de la
Comisión asuntos centrales como la redefinición y fortalecimiento de la relación entre la educación y la
televisión en los contenidos; la divulgación a través de lo audiovisual del conocimiento científico y
tecnológico que se produce en las universidades; la articulación con las políticas que en educación
proponen desde los Ministerios de Cultura y Educación; el lugar que los docentes en todos los niveles
educativos deben ocupar en la formación de televidentes con actitud proactiva y crítica frente
a la pantalla; la consolidación de procesos de investigación permanentes para monitorear
las demandas que las distintas audiencias tienen sobre la televisión.
La academia no es un actor menor, la experiencia que tienen las universidades en el diseño y producción de
contenidos, la capacidad instalada con tecnología de punta que hay en sus centros de producción, la
posesión de canales de televisión, la consolidación del Canal Universitario Nacional ZOOM, el talento
humano, la presencia en todo el territorio nacional obligan a los rectores de las universidades, quienes
son los que tienen el voto final, a elegir el candidato que sea capaz de asumir el reto con profesionalismo
y transparencia, valores que por excelencia definen el sentido de la academia. |
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