Ángel Castaño Guzmán
Una tarde sazonada por la molicie, mientras paseaba por un bosquecillo, Agustín encontró un libro tirado en
el césped. Una voz venida del cielo, cuenta el obispo de Hipona en Confesiones, le canturreó al
oído tres palabras que partieron en dos la teología occidental: toma y lee. El inquieto joven,
fruto del tormentoso matrimonio de una cristiana con un pagano, bañado en cascadas de elogios debido a su
excepcional oratoria, abrevada en incesantes lecturas de clásicos latinos, se acercó temeroso,
presintiendo la relevancia de aquello que estaba a punto de suceder. El momento culminante de su
conversión resultó más sencillo de lo esperado: una epístola de Pablo de Tarso se convirtió en brújula de
sus pasos. Ahora, ¿se puede decir sin las mejillas encendidas lo mismo de periódicos y revistas? ¿Los
despachos noticiosos son confiables coordenadas? La respuesta es simple: no. El periodismo contemporáneo,
hermano siamés del proselitismo político, difunde versiones fantasmales de la realidad nacional. Las
ejecuciones extrajudiciales las maquilla con el nombre de falsos positivos y no tiene empacho en la
elevación de Uribe al altar de los próceres.
La Bagatela de Antonio Nariño inició una tradición extendida hasta la actualidad. Las relaciones entre
medios de comunicación y la clase dominante colombiana han sido constantes en la historia del país.
Ninguna institución, incluidas religión y fuerzas armadas, ejerce una convocatoria social siquiera
comparable. No en vano varios políticos profesionales han saltado sin pudor de salas de redacción a
puestos de influencia.
Los conglomerados económicos manejan la información como señuelo de consumo. La prensa amiga del gobierno
es publicidad y eso salta a la vista en un escenario acompasado a prebendas burocráticas. Basta una mirada
atenta sobre contenidos y enfoques de agendas de opinión para caer en la cuenta de que la supuesta
objetividad periodística, bandera del oficio, es cliché retórico. En lugar de bucear en los dramas
humanitarios del conflicto social, para arrancarle de una buena vez la máscara a la infamia, los medios se
solazan en la reproducción de informes inanes y cubrimientos deleznables. El desprestigio inició en el
preciso momento en que la noticia se convirtió en mercancía gracias a las leyes del capitalismo, señaló
Kapuscinski con acierto. Los camuflados intereses de los propietarios pesan más a la hora de la toma de
decisiones que el compromiso contraído con la ciudadanía de retratar el mundo con imparcialidad. El
periodista, duele decirlo, pasó de apóstol de la verdad a marioneta corporativa. La sociedad civil, en
consecuencia, carga con la perentoria obligación de exigirles honestidad a los profesionales del micrófono
y la libreta. El despliegue mediático suscitado por algún acontecimiento está ligado con el impacto del
mismo en la comunidad. Ya basta de reinados satinados y maniquíes anoréxicos. Las baratijas reporteriles
son censurables. Hay asuntos más apremiantes para la paz que el soft porn reinante en radio y
televisión.
Partícula: hito vergonzoso dentro del extenso prontuario de la barbarie colombiana son las ejecuciones
extrajudiciales que, contrario al discurso del candidato oficialista en el debate televisado por RCN, no
son cosa del pasado. El presidente Uribe, en lugar de exigir una investigación profunda que con seguridad
hubiera salpicado a funcionarios cercanos a sus afectos, les restó importancia a las denuncias insinuando
parcialidad malintencionada de los defensores de derechos humanos. Indignación provoca la muerte de
jóvenes desempleados mientras hijos de ministros pasean en helicópteros del Ejército. Por esto, y por el
insulto sistemático a opositores, no titubeo en la proclamación de que fuera de la seguridad democrática
hay salvación. El retroceso, sólo los insensatos se niegan a reconocerlo, es oportuno al filo del
abismo. |
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Mauricio Vera Sánchez
Una de las preguntas fundamentales en torno al tema de la televisión pública está centrada
en definir cuáles son los mecanismos de financiación adecuados para hacer viable, no solamente
desde el punto de vista social, sino también económico, un servicio público que es en esencia
titularidad del Estado.
En este sentido, es importante hacer referencia al II Congreso Internacional de la Industria
de lo Audiovisual: retos para la industria, celebrado en Bogotá en días pasados, y organizado
por la Universidad Externado de Colombia, donde se expuso el panorama actual del servicio
público de televisión en el país, cuáles son las perspectivas jurídicas a futuro y cómo hacer
sostenible presupuestalmente, tanto los canales nacionales públicos como los canales regionales,
entre otras funciones sustanciales al servicio.
Dentro de las posibilidades de obtención de recursos, varios modelos aplicados exitosamente
en otros países del continente así como de Europa, nos sirven de referentes para plantear
los escenarios próximos que podrían diseñarse para garantizar la neutralidad del servicio
televisivo público, que responda por encima de cualquier otro objetivo a los principios soberanos
del Estado más que a los del gobierno de turno.
El modelo aplicado en Gran Bretaña es uno de los más sólidos y que con mayor tradición tiene
en cuanto a hacer de la televisión un asunto de todos, es decir un asunto público en el sentido
pleno del concepto, donde el conjunto de todos los ciudadanos paga un impuesto o canon anual
para financiar el servicio. Resultado de ello es la BBC, un canal con una orientación exclusivamente
hacia los temas de interés común, con un fino equilibrio inglés entre temáticas socialmente
útiles, formatos audiovisuales altamente competitivos en un mercado internacional de la televisión
y altos estándares de calidad, sumado a una independencia política que en nuestra tradición
latinoamericana ha estado y está ausente en muchas de las cadenas públicas. Los países nórdicos
aplican de la misma manera este modelo.
Otro camino interesante de rastrear es el recorrido por países como Irlanda y Austria, donde
se aplica un modelo mixto de financiación de la televisión pública, sumándole al canon pagado
por cada ciudadano los ingresos que por publicidad pueden canalizar las estaciones de televisión.
Ello implica que el regimen de contenidos y de formatos debe apuntar no solo a los temas de
interés general sino también a hacerlos atractivos a los anunciantes vía valor de audiencia,
es decir, los programas deben generar un masa crítica de televidentes que les garantice en
cierta medida retornos económicos invertidos a las empresas y compañías que anuncian en ellos.
Italia y Bélgica tienen un modelo similar, pero conjugan la financiación mixta –publicidad
e impuestos- con la asignación directa de recursos del estado, a través sus presupuestos generales.
Es un modelo tripartita, asentado en los ejes de la publicidad, los impuestos y dinero público.
Portugal y España tienen una modalidad de subvenciones –apoyos directos de recursos públicos- ligados a
contratos de programas más que al mantenimiento en pleno de una parrilla de programación pública.
Finalmente, en Colombia es importante que el conjunto de actores –academia, empresa privada,
Estado y ciudadanía- resuelva este y otros asuntos que pasan por definir, por ejemplo, cuánto
del PIB debería designarse a la televisión pública, cuánto le debería costar a cada hogar
colombiano el servicio de televisión pública, cuántos empleos directos podrían generarse,
tanto en el ámbito de los canales nacionales como de los regionales. |