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 CARTA ABIERTA A ÁLVARO URIBE

Ángel Castaño Guzmán

Señor presidente, los ocho años de su mandato no han sido, contrario al pensamiento de la mayoría de colombianos cuya única fuente de información son los dos canales privados de televisión, venturosos para el destino de la patria. Con mi voto no aprobé su plataforma programática en 2002 ni en 2006. La Seguridad Democrática, su principal blasón, ha seducido con los espejismos del gatillo a la opinión pública y, por consiguiente, ha contribuido al debilitamiento de las conquistas republicanas de la Revolución Francesa. El culto a la personalidad, trampa en la que suelen caer las sociedades con hondos problemas estructurales, marca en su periodo presidencial un hito infortunado. Flagrante atentado contra la naturaleza de la democracia es la absurda creencia, divulgada por los medios noticiosos, de que en caso de Ud. soltar el timón el apocalipsis estaría a la vuelta de la esquina. No confunda el patriotismo con la ambición de conservar el poder aún a costa de modificar la Constitución en beneficio propio. Además, las indagaciones adelantadas por la Fiscalía sobre la cuestionable procedencia de los dineros empleados para la recolección de firmas en respaldo del referendo reeleccionista deberían ser motivo suficiente para dar un paso al costado.

El desequilibrio originado por la primera reelección salta a la vista: un candidato presidente con el aparato gubernamental a su favor, convencido de los ribetes mesiánicos de su gestión. El protagonista de Nuestra Pandilla, de Philip Roth, confiesa sin rubor en las mejillas que ha trabajado como esclavo con todas y cada una de las fibras de su ser con el único propósito de ser reelegido. Quizá la encrucijada en el alma no sea cosa distinta.

La crisis institucional del país no se soluciona con desplegar a lo ancho y largo de la geografía nacional regimientos armados hasta los dientes. El plan bélico está condenado a desplomarse una vez más. El camino de la reconciliación empieza con el reconocimiento de la carencia de un proyecto político incluyente y abierto a la confrontación civilizada.

La senda de los fusiles conduce al desprecio de la dignidad humana mientras la acción concertada de todos los estamentos públicos y privados para salir de una buena vez del laberinto de la atrocidad permite encarar sin dilaciones la infamia. Presidente, todos cargamos con el fardo de la culpa. La clase dominante tiene su cuota de responsabilidad por anhelar el poder con el único propósito de saciar su apetito burocrático. Los ciudadanos, arrellanados en cómodos sillones frente al televisor, por prestarnos como actores secundarios al juego de la impostura. Los académicos, abismados en la jungla posmoderna, por darle la espalda a nuestra convulsionada realidad. Los empresarios, sumergidos en océanos de neón, por no desear cosa distinta al enriquecimiento personal. Los líderes cristianos, satisfechos con las lenguas de fuego de la pira inquisitorial, por alejarse de la sencillez del mensaje evangélico: el amor al prójimo. El periodismo, compinche del poder, por no ser apostolado contra la hidra creciente de la corrupción.

Si el remedio para los malestares de la sociedad colombiana consistiera en la aplicación metódica de dosis de represión y recorte de las libertades ciudadanas, el asunto estaría zanjado en cuestión de meses. Sin embargo, no es en los amurallados cuarteles donde la paz se gesta si no en la pacientes y abnegadas faenas de hombres y mujeres sin rostro.  Concluyo esta misiva con una respetuosa pero firme declaración: Colombia no necesita caudillos dispuestos a morir y matar por ella. Requiere, eso sí, de una ciudadanía dispuesta a afrontar con valentía los misterios de la barbarie.

 INDIGNACIÓN

Ángel Castaño Guzmán

1.- En el año 415 d.C., una horda de cristianos interceptó un carruaje mientras vadeaba una congestionada intersección. Con antorchas en las manos, apearon a la fuerza a una doncella y, ante la cómplice mirada de la ciudad, destrozaron sus largos vestidos. Hypatia, la joven filósofa encargada de la Biblioteca de Alejandría, el centro cultural más importante del mundo antiguo, murió a manos de los seguidores del obispo Cirilo, el entusiasta promotor del dogma de la maternidad divina de María. Calendarios más tarde, los hombres del califa Omar, envalentonados por una fogosa interpretación coránica, prendieron fuego a los manuscritos de la colección. En 1791, Olimpia de Gouges, hipnotizada por la entrada en los aposentos reales de una ola de franceses con las consignas de Igualdad, Libertad y Fraternidad, brotando de los labios, redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Los ideales del festín libertario, pilares de la democracia, cobijaban a todos los miembros de la familia humana, sin distinción de ningún tipo, al menos en el papel. En pago, sobre el cuello de Olimpia cayó un afilado relámpago y su cabeza rodó sobre el patíbulo. En el discurso de aceptación del premio Nóbel el norteamericano James Watson y su colega, el británico Francis Crick, sufrieron un lamentable caso de amnesia: olvidaron mencionar la trascendental labor de Rosalind Franklin para conocer la forma de la molécula del ADN. La foto 51, eslabón imprescindible para el trabajo de Watson y Crick, fue obtenida por Franklin aún a costa de su vida.

Las mujeres, encadenadas por siglos a las labores domésticas y al cuidado de la prole, han sido sistemáticamente marginadas de los espacios donde se toman las decisiones públicas. Hasta hace apenas unos decenios, la presencia femenina en la academia y la política era impensable. En Colombia, el retroceso de las conquistas de las mujeres, en palabras de María Jimena Duzán, tiene ribetes dramáticos. La violenta arremetida de la Iglesia Católica contra el fallo de la Corte Constitucional sobre la interrupción voluntaria del embarazo en tres casos específicos, no debería asombrar a nadie. En las epístolas del misógino Pablo de Tarso, fuente doctrinal del cristianismo, la mujer es abrevadero de pasiones insanas, por ello debe ir cubierta al sitio de oración y obedecer sin chistar los dictados del marido. Eso es asunto de los cristianos. Nadie obliga a las mujeres católicas a abortar ni las campañas de educación sexual, atacadas por el Procurador Alejandro Ordóñez, pretenden socavar las creencias de los individuos. Sin embargo, así como sería una insensatez prohibir la transfusión de sangre porque los Testigos de Jehová la proclaman acto pecaminoso, la negación de los derechos de la mujer sobre su propio cuerpo es el triunfo de la tonsurada hipocresía.

2.- El diario Democracia, el 27 de julio de 1952, el día siguiente de la muerte de Eva Perón, junto a las fotos del cadáver y a las endechas de los oportunistas, publicó una contundente frase que bien podría resumir sendos tratados económicos: “yo no comprendía que habiendo pobres, hubiese ricos, y que el afán de éstos por la riqueza fuese la causa de la pobreza de tanta gente”. La idea es simple y arrolladora. Los 200 hombres más adinerados del planeta tienen la misma riqueza de los 600 millones más pobres. La indigencia y la precariedad en las condiciones de vida son crímenes atroces, pero nadie parece tomarse el problema en serio. El hambre de las mayorías es una eficaz carnada proselitista, un comodín en el juego electoral. Nada más.

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