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Por Mauricio Vera Sánchez
La condición natural del lenguaje audiovisual, su dimensión ontológica,
consiste en establecer una estética relacional entre la imagen y el sonido, que unidos conforman
una unidad significante y una de las formas de expresión con mayor potencialidad creativa,
tanto en el campo de la comunicación como en el del arte.
En este sentido, es interesante resaltar cómo piezas audiovisuales concebidas
para ser distribuidas y consumidas a través de medios de comunicación masivos, y con propósitos
comerciales en la mayoría de los casos, logran trascender el paso del tiempo para convertirse
en referentes de posibilidades narrativamente sugestivas del lenguaje audiovisual, así como
inventivas e innovadoras en el uso de la técnica, características estas que corresponden a
lo que llamamos arte.
En el video de la canción Cést comme Ça, de la cantante Rita Mitsuko,
se materializa con contundencia el juego irónico y onírico de un relato que, como anota el
investigador Arlindo Machado, ironiza, precisamente, de un modo cruel no sólo sobre el espectador
convencional de televisión, sino también sobre el aficionado a los clips y fan incondicional
de la música rock.
En un escenario oscuramente urbano, con un decorado mínimo donde sobresale
un sillón de un rojo eufórico en el cual se encuentra sentado un eufórico mono que ve televisión.
Haciendo zapping, en un juego de conexión y desconexión, el primate protagonista de la historia
cambia los canales conforme a sus graciosos movimientos para aterrizar siempre de manera inevitable
en el mismo, donde se ve a Rita Mitsuko interpretando la canción en concierto, confirmando
la omnipresencia inevitable de los rockeros y de su música en el universo de la televisión
contemporánea.
Con una innovadora utilización del recurso narrativo del televisor, el artista-realizador
Jean Baptiste Mondino crea una interesante intertextualidad: la pantalla dentro de la pantalla
en una espiral mediática inacabable, ventanas que se abren para encontrar más ventanas y así
sucesivamente, y la siempre monótona vida de la ciudad arullada –afortunadamente- por el rock
e iluminada por la imagen electrónica.
Un detalle final: un pequeño gato de cuerda –sin duda made in China- ubicado
encima del televisor nos recuerda la utilidad de lo inútil. No son acaso los objetos la única
compañía que está presente en los espacios vacíos de humanidad en los cuales habitamos hoy.
Así, en un gesto de simulación afectiva el mono hace que la cola del gato se mueva, volcando
en lo inanimado de su materialidad un afecto que ya no existe, que ya no se tiene, que se
perdió, que no hay con quien compartirlo.
Sin embargo, como en todo arte, lo que sucede en Cést comme Ça no
debe tomarse excesivamente en serio, ya que hay una seriedad técnica en el montaje fragmentado
del videoclip que no es la misma seriedad de la vida, en él se intenta vivir casualmente el
azar, el potencial cómico de lo absurdo y evidenciar la condición humanamente inevitable del
movimiento que conduce a ningún lado.
Si bien es acertado señalar que una avalancha divulgativa del arte no se
traduce en un efecto civilizador del mismo, sí se encuentran en las pantallas -bien sea de
la televisión o el Internet- en ese lugar privilegiado de la expresión de la luz actual, apuestas
creativas arriesgadas, que como olas se levantan para renovarnos la esperanza en lo audiovisual,
que hoy se ha reducido a mero objeto de mercado y de industria.
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