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 ¿NO HABRÁ MANERA DE QUE COLOMBIA,

EN VEZ DE MATAR A SUS HIJOS, LOS HAGA DIGNOS DE VIVIR?

Por Gonzalo Arango

1.- Los siete años de Álvaro Uribe en la presidencia están marcados por numerosos escándalos de corrupción. Las grabaciones de funcionarios del ministerio de Transporte pidiendo coimas a cambio de favores en los procesos de licitación, las más que comprobadas desmesuras del DAS, la habitual presencia de emisarios de criminales en las oficinas de la Casa de Nariño, son algunas perlas en el amplio prontuario de la impostura. Los traspiés del actual gobierno, más que hechos aislados, evidencian el aterrador grado de descomposición de la clase política colombiana. El uribismo es un pie de página en una historia signada por la miopía dirigente y el estrepitoso fracaso de un proyecto nacional incluyente y democrático. Uno tras otro los blasones presidenciales se desploman ante la impávida mirada de la ciudadanía. La Seguridad Democrática ha demostrado serias fisuras que ponen en duda su eficacia: los cinco millones de desplazados por la violencia no pueden retornar a sus parcelas pues se hallan en manos de testaferros del paramilitarismo; el incremento de la inseguridad en las ciudades es el resultado lógico de la agudización del desempleo. La pobreza crece hasta alcanzar cifras pavorosas mientras gran parte de la inversión estatal cae en la garganta sin fondo de la maquinaria bélica. Los 307 millones de pesos recibidos sin contraprestación por la ex reina de belleza Valerie Domínguez para implementar un sistema de riego en una propiedad de un boyante gamonal son el ejemplo perfecto de las preferencias del gobierno nacional. El dinero salió del bolsillo de los colombianos para engrosar la cuenta bancaria de una familia terrateniente de la Costa. Eso es inadmisible en un país con 20 millones de personas viviendo con menos de dos dólares diarios. Regalarles subsidios a los ricos, los mismos que financiaron la campaña presidencial de Uribe, mientras los campesinos sufren las embestidas de la crisis económica, es antidemocrático. Por eso, y por las ejecuciones extrajudiciales, no es apropiada una segunda reelección para la salud de las tradiciones republicanas.

2.- La frase de un relato de Roberto Bolaño resume los marchitos sueños de América Latina. Hermana de aquella con la que concluye la Vorágine, la del chileno parece sacada de un macabro filme: “de la verdadera violencia no se puede escapar”. Prófugos de una sociedad de altos muros y pocos puentes, los colombianos asistimos al incesante festín del exterminio. Los informes de las ONGs sobre el nada alentador panorama de los derechos humanos engrosan el cada vez más abultado registro de la infamia. Las anteriores generaciones fueron inferiores al compromiso histórico de construir una comunidad distinta, no más técnica ni desarrollada, sólo más humana. El siglo XX hasta la saciedad mostró la futilidad de los vuelos intergalácticos sí en las calles miles de infantes encuentran en el pegante el único sustento. Los avances de la globalización son fuegos fatuos en un mundo en que el éxito consiste en la sistemática acumulación de capital. Los nacidos en pleno colapso comunista no dan señales de buscar el cambio. Los vistosos anzuelos de la publicidad alejan la atención pública de los temas de importancia. Nación paradójica, Colombia celebra hasta la extenuación las pírricas victorias del conjunto tricolor, pero entierra en la amnesia el llanto de las madres. La vida es innegociable y no hay peor profanación que reducirla al papel de mercancía. Pedro Casaldáliga retrató muy bien los estropicios del capitalismo al decir que estamos en la prehistoria de la humanidad.

 AUTOBIOGRAFÍA

Por Mauricio Vera Sánchez

Una función principal del lenguaje es poder socializar las vivencias personales, es decir, participar como sujeto cultural en tanto hereda su experiencia individual al colectivo social, propiciando así, nuevas formas de construcción de conocimiento e identidad. El yo se convierte, entonces, en el primer instrumento del conocimiento.

En ese sentido, los relatos autobiográficos son, ante todo, un dispositivo mnemotécnico, un soporte material perdurable en el tiempo y en el espacio de la memoria, o mejor, de aquello que deseamos que sea memorable para los otros una vez ya no corra tiempo por nuestros cuerpos, una vez ya no existamos corpóreamente. En la autobiografía se materializa la ausencia de un pasado, de un presente y, por qué no, de un futuro, con el fin de tornar nuestra vida visible y significativa para sí mismo y para los otros. En lo autobiográfico trascendemos, prolongamos nuestra existencia "petrificando" en un mensaje la propia historia.

Lo autobiográfico permite prolongar la existencia, y esta prolongación se da porque hay un discurso y un sujeto que lo enuncia en el que se construye a sí mismo de una manera imaginaria permanente, donde los mecanismos que se activan tienen que ver básicamente con los deseos y sueños de aquello que se quiere contar, donde su subjetividad -entendida como aquello a lo que se esté sujeto: nuestro pasado, recuerdos, anhelos, temores- se constituirá a través de su acceso a la enunciación y al intercambio simbólico.

Igualmente, la autobiografía es un proceso de virtualización, en el sentido que instaura nuevas maneras de establecer relaciones de relaciones de relaciones… entre un pasado, un presente efímero y un futuro por vivir, que se van reorganizando de modos diversos cada vez en el lenguaje, generando nuevas formas de interpretación y posibilitando desterritorializaciones de espacios y tiempos particulares. Así, la autobiografía se convierte en una especie de geografía simbólica contingente, que contiene el sentido mismo de la propia existencia.

La autobiografía no es sólo un puerto de llegada, sino de partida. Es decir, lo indispensable no es tanto la conclusión como lo es el mismo proceso autobiográfico, donde el producto –bien sea materializado en lenguaje audiovisual, escrito o verbal– es una actualización de esa virtualización, de ese sempiterno ejercicio introspectivo, que es esencialmente un ejercicio de actualización de nuestros recuerdos, de nuestros sentidos, de nuestros anhelos y temores: en lo autobiográfico se encuentra una solución parcial y temporal a lo que creemos y queremos ser como sujetos singulares; lo autobiográfico permite darle sentido a la vida, evita la muerte; lo autobiográfico contiene en sí mismo la posibilidad del cambio.

Finalmente, es en la dinámica de virtualizarnos y actualizarnos en la escritura de nuestra biografía personal donde se garantizan y potencian las prácticas culturales y se dan los procesos de apropiación simbólica. La autobiografía se convierte, entonces, en el pincel con el cual se trazan y pintan la historia colectiva desde las vivencias personales, donde esta historia, a su vez, se convierte en una suerte de autobiografía del yo colectivo, es decir, de aquello que se llama cultura.

Así, si uno quiere conocerse a sí mismo y, desde allí, asir la realidad, debe buscar el lenguaje –su lenguaje- con el cual poder habitar y nombrar el mundo. La autobiografía, así, nos hace seres culturales e históricos y, por lo tanto, mejores seres humanos.

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