|
Por Ángel Castaño Guzmán
"Estudiar era pecado, clandestino era saber, porque cuando el pueblo sabe no lo engaña
un brigadier"
Piero.
Partícula: El latifundismo es una aberración histórica en un continente hambriento. Desde
hace varios decenios el tema de una reforma agraria capaz de contrarrestar
las dinámicas paramilitares de posesión de tierras no se discute con la sinceridad que el
asunto amerita. Pedro Casaldáliga señaló la siniestra relación entre los grandes propietarios
de América Latina y los grupos armados ilegales como una de las principales causas de la pobreza.
La Seguridad Democrática, punta de lanza del uribismo y sucesora del Estatuto de Seguridad
de Turbay, es la más patente demostración del desinterés oficial por la suerte del campesinado.
Poco se logra con desplegar miles de soldados por la geografía nacional si a la par no se
ponen en marcha políticas efectivas de participación de los labriegos en los réditos socioculturales
del Estado.
2) Muchos comensales de los cafetines bogotanos de los años cincuenta estaban allí
no precisamente por la calidad de los sitios ni por la sobria elegancia
de las coquetas mesas. La razón principal era que a pocos palmos de distancia León De Greiff
gesticulaba con su larga pipa, Jorge Zalamea charlaba con alguna jovencita y los nadaístas
tramaban su siguiente travesura. Si el curioso tenía un oído aguzado podía conocer de primera
mano las opiniones de los poetas sobre la métrica del Siglo de Oro o sus antológicas invectivas
contra las veleidades de la clase dominante. Gran parte del quehacer intelectual colombiano,
y sobran los ejemplos para demostrarlo, se ha gestado bajo el sigiloso amparo de las tenues
luces de los cafés. A la vez que anecdótica esta particular circunstancia devela un rasgo
del inquietante desmoronamiento de las instituciones docentes de la nación. Las universidades
públicas, víctimas de las campañas de desprestigio de los grandes monopolios informativos
y de la ceguera doctrinal de grupúsculos seudomarxistas, están en deuda con la sociedad civil.
Encerrada en el autismo de las aulas, la comunidad académica, en lugar de manifestar sin ambigüedades
la urgencia de puentes de comunión, se contenta con golosinas inanes y compensaciones monetarias
por descubrimientos que no tienen un impacto real en la población. Una de las tareas esenciales
de los establecimientos educativos es constituirse en espacios culturales para la formación
de ciudadanos comprometidos con el cambio social. En lugar de ello, se han obstinado en la
innoble labor de entrenar funcionarios de la información y burócratas del conocimiento. El
profesor Pablo R. Arango, en un artículo publicado en la edición 97 de la revista Elmalpensante,
dice al respecto: “las universidades han resultado incapaces de cumplir una de las funciones
sociales que deberían desempeñar: contribuir a la discusión pública inteligente”. En medio
del agitado melodrama nacional la universidad no puede aislarse en un nicho bucólico ni disimular
el sonido de las motosierras y los petardos con las pomposas jergas posmodernas. Nada justifica
la indiferencia. Escarbar en las montañas de discursos demagógicos, denunciar a los cuatro
vientos las funestas pretensiones de los autoritarios, promover el debate democrático como
camino civilizado para superar los conflictos, son algunos de los ineludibles compromisos
de la educación. Ya pasaron los febriles años de las marchas por el socialismo. La historia
se encargó de demostrar con una lógica implacable que los sueños revolucionarios eran simples
espejismos. Ahora, con el apogeo del militarismo y el progresivo debilitamiento de las tradiciones
republicanas, la universidad está llamada a trazar caminos distintos a los de la globalización
empresarial, a ofrecer pistas para salir del laberinto de la atrocidad. |
|
Por Mauricio Vera Sánchez
La relación intrínseca que existe entre la comunicación y la cultura está atravesada por
la pregunta fundamental de la memoria y la técnica, que es el mecanismo
con el cual inscribimos las experiencias humanas en soportes tangibles que perduren en el
tiempo y trasciendan nuestra propia existencia.
Las diferentes manifestaciones y expresiones
de la cultura, los saberes y el conocimiento producidos, los elementos
que definen nuestra identidad, son prácticas culturales que requieren
ser memorables, comunicables y transmisibles para poderlas heredar a las generaciones futuras.
En este sentido, los medios de comunicación cumplen una función vital dentro de la sociedad,
ya que buena parte de la herencia cultural y, a la vez, de las transformaciones en la misma
se dan en y desde los medios –tanto masivos y alternativos- como la radio, prensa, televisión
y el internet.
Los medios, entonces, se convierten en dispositivos de la memoria cultural,
ya que los contenidos que circulan en ellos dan cuenta de los que hemos
sido, somos y queremos ser como colectivo, de la manera que vemos y entendemos
el mundo, es decir, en los medios se configura el sentido mismo de lo cultural y de nuestras
cosmovisiones.
Sin embargo, es claro que no todo lo que se ve, escucha y lee en ellos es de
un valor social y cultural per se, que su sola existencia mediática le
dé el nivel de trascendencia e importancia para que deba ser legado y
entrar a formar parte del capital cultural humano. Y acá, precisamente, se ubica el problema
central en el tema de la cultura y la comunicación, la memoria y la técnica, la alta cultura
y la cultura popular.
La tendencia en nuestra logocéntrica sociedad occidental fue por mucho
tiempo -y lo es todavía en ciertos campos, como el académico por ejemplo-
inclinada a valorar, por encima de cualquier otro producto cultural,
al texto. Así, el libro fue el depósito privilegiado del conocimiento
humano y, por tanto, el eje de los procesos de producción y transmisión
del saber. El leguaje escrito reinó durante mucho tiempo dentro de los
sistemas de representación y, fundamentalmente, de legitimación social
del conocimiento. No olvidemos: al principio era el verbo y el verbo era dios. La palabra,
pues, es la sentencia fundante y la garantía de la existencia de lo real, verdadero y memorable.
Igualmente,
lo heredable estaba no sólo en los libros sino en el museo. Este era
el espacio de lo que era ciertamente cultura. Por fuera de ellos no había
nada digno de ser conservado en la memoria colectiva y heredado.
Sin embargo, es gracias a
los nuevos modos de organización de la producción cultural a principios
del siglo XX que se da la posibilidad de masificar e industrializar
la cultura a través de los mass media y las industrias culturales, divulgando no sólo aquello
que provenía de la alta cultura, sino principalmente de incoporar y darle valor cultural e
histórico a las expresiones y manifestaciones de la cultura popular, centradas más
en el ícono que en el logo.
Finalmente, los medios son los soportes y
las esferas en las que se configura el reconocimiento social, se ponen
en juego las identidades y se evidencian los intereses particulares de los diversos grupos
sociales. Son el escenario donde se garantizan y potencian buena parte de nuestras actuales
prácticas culturales y se dan los procesos de apropiación simbólica. Nuestra memoria
como cultura pasa hoy más que nunca a la historia por los medios que
habitan nuestra cotidianeidad y acompañan la vida diaria |