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| EL LADO OSCURO DE LA LUNA |
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Por Ángel Castaño Guzmán
El 26 de febrero de 1971, a semanas de la inauguración
de los VI Juegos Panamericanos, la policía respondió con gas lacrimógeno las consignas de
los estudiantes universitarios, dejando, en palabras de Carlos Patiño, un reguero de heridos.
Por esos días Luis Ospina y Carlos Mayolo retrataron en el ácido documental Oiga, vea, la
vida en los cordones de miseria. Cali se maquilló para la cita internacional, se pavoneó
ante los deportistas y reporteros extranjeros y dio la espalda, como de costumbre, a su prosaica
realidad. Tres años antes los jóvenes parisienses desataron una revolución cultural, distinta
a la de Mao, que aún perturba a los celosos custodios de la hipocresía pública. Las fervorosas
feministas, azuzadas por Simone de Beauvior, quemaron sus sostenes en los atrios de las iglesias.
Son vagos recuerdos de un pasado incierto y cada vez más difuso los instantes en que el destino
del orbe obsesionó a tanta gente. En los decenios de los sesenta y setenta la civilización
occidental experimentó una serie de vertiginosas transformaciones. Juan XXIII abrió las puertas
del diálogo interreligioso al convocar a todos los obispos del planeta para juntos promulgar
las progresistas declaraciones del Concilio Vaticano II. Los narradores latinoamericanos
exploraron las entrañas de un continente hasta entonces confinado a la periferia cultural.
En efecto, Cien años de Soledad, La Ciudad y los perros, La tregua, Tres Tristes Tigres y
Rayuela, además de ser éxitos editoriales, marcaron un hito sólo comparable con la poesía
de los cisnes del modernismo. Pink Floyd buceó en los sinfónicos arrecifes del sinsentido.
El intento de Praga de darle rostro humano al invierno estalinista fue aplastado por los
tanques rusos. El ronco lamento de Janis Joplin tradujo a la perfección los anhelos de toda
una generación. John Lennon, el Che muerto en La Higuera, los Ramones, Malcolm X, Camilo
Torres, la irreverencia de los nadaístas, los Sex Pistols, Jean Paul Sartre, la revista Mito,
Salvador Allende y Víctor Jara, las luchas civiles por la reivindicación de los afrodescendientes,
los alucinantes acordes de Ricardo Ray, el ácido lisérgico, la píldora anticonceptiva y la
falda corta, la lírica beat y los filmes de Bergman, fueron algo más que proclamas anacrónicas.
Los nacidos en pleno colapso del bloque soviético
recibimos un mundo consumista, lento para reconocer la dignidad del otro. El deterioro ecológico,
fruto de la ética capitalista, es una amenaza real para la supervivencia de las especies.
Los Estados Unidos son apenas la punta del descomunal iceberg del imperialismo corporativo.
La implacable lógica de la historia demostró la debilidad de las espaldas humanas para soportar
el peso de la utopía. Ya no necesitamos semidioses ni hombres nuevos ni compradores pasivos.
La humanidad requiere con urgencia de ciudadanos y ciudadanas con capacidad moral para detener
la rapacidad neoliberal y los delirios militaristas.
Partícula: El derrocamiento del gobierno democrático
de Salvador Allende es quizá el más ilustrativo ejemplo de la prepotencia de los Estados
Unidos. El golpe militar de 1973 fue antecedido por una serie de boicots agenciados por la
CIA. La dictadura del general Augusto Pinochet, procesado por delitos de lesa humanidad,
recibió la aprobación silenciosa de Washington. Este es uno de los cientos de casos que corroboran
la doble moral norteamericana: mientras los burócratas estadounidenses posan ante las cámaras
como defensores desinteresados de la democracia sus soldados despliegan una estrategia de
control y monitoreo en todos los rincones del globo. En este sentido resulta pedagógico el
estudio de Chalmers Jhohson sobre la cuidadosa expansión de tropas gringas y sus repercusiones
en la política internacional. Con el argumento de combatir el terrorismo, como antes arremetió
contra el comunismo y el narcotráfico, la presencia bélica de los Estados Unidos cobija 192
países. |
| POLÍTICA CULTURAL: ENTRE LA COMPLEJIDAD Y LA CRATIVIDAD |
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Por Mauricio Vera Sánchez
Un aspecto central que se define en la formulación
de las políticas públicas en cultura es establecer aquellas manifestaciones y prácticas culturales
en las que se focalizarán los intereses y esfuerzos del Estado, así como las modalidades
mediante las cuales las organizaciones civiles, empresas privadas, artistas y ciudadanos
dedicados al trabajo cultural podrán acceder a los recursos públicos para financiar sus creaciones
y proyectos.
Y es que en el núcleo de las políticas culturales
rondan preguntas complejas de resolver, y la búsqueda de las respuestas impulsa la discusión
y la transformación en el tema de la cultura. Por ejemplo: ¿qué expresiones culturales y
artísticas proteger?, ¿cuáles subsidiar?, ¿cuáles promover?, ¿cuáles son responsabilidad
del Estado y cuáles se dejan al libre juego del mercado? Y en el fondo: ¿qué es cultura?
Estas cuestiones hacen parte del quehacer y el diálogo
constante -como el llevado a cabo en Calarcá en días pasados- entre instituciones como el
Ministerio de Cultura, las Secretarías Departamentales y Municipales de Cultura, la academia,
las agrupaciones de artistas, entre otros actores del sector, que haciendo una lectura de
las diversas tendencias culturales trazan líneas de acción incluyentes y plurales, dando
respuesta a la riqueza cultural del país.
Así, es necesario plantear algunas reflexiones en
torno a lo que es cultura. Inicialmente podríamos decir que toda producción del hombre, tanto
intelectual como material, es cultura; sin embargo, cuando hablamos en términos de política
el objetivo se traslada hacía aquellas expresiones y manifestaciones humanas cuya importancia
está en que tienen fundamentalmente un valor de uso simbólico más que un valor de uso material.
Igualmente, que no están bajo la exigencia de generar valor de audiencia, es decir, de tener
una masa suficiente de espectadores o consumidores para que sean viables económicamente,
sometidas al régimen de la demanda y la oferta del mercado cultural.
Valor de uso simbólico que opera simultáneamente
en niveles tan diversamente complejos como la posibilidad de que los bienes y servicios que
se definen en las políticas culturales produzcan goces imaginarios y disfrutes estéticos;
que permitan el cultivo del intelecto pero a la vez sean lúdicos; que sean posibilidad de
entretenimiento en nuestros tiempos de ocio; que siembren valores para la convivencia y la
identidad; que nos garanticen el derecho a la libre expresión y creatividad, promuevan el
acceso al conocimiento y la tecnología y nos brinden información veraz y objetiva para la
toma de decisiones en el marco de la democracia.
Ahora, es claro que sin recursos económicos no hay
política cultural viable y sostenible. Así, es importante ubicar las fuentes públicas de
financiación de la cultura en nuestro país. Las más importantes son la inversión directa
y el Sistema General de Participación, que se destina a cinematografía, comunicaciones, lenguas
nativas, Red Nacional de Museos y Biblioteca Nacional; el IVA a la telefonía celular; el
recaudo de la Estampilla -que en el departamento del Quindío se está implementando- financia
parte de la seguridad social de los artistas; la Cooperación nacional e internacional, la
Concertación y las Regalías son otras fuentes vitales para el trabajo cultural en Colombia.
Si bien el presupuesto público para la cultura aún
está por debajo de los destinados al gasto militar, el ascenso en la inversión del Ministerio
de Cultura y otras entidades gubernamentales es significativo, ya que es claro que el país
necesita más cultura que guerra. |
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