Ángel Castaño Guzmán
En conversación previa a los primeros acordes del ensayo vendido como concierto de una mala banda de jazz traída de Bogotá, Carlos Alberto Villegas, 'Petete' para amigos, caricaturista silvestre, doctor recién desempacado de la universidad Complutense, me regaló Retornos de Odiseo, parcialmente publicado en calarca.net.
En la carátula, caso omiso a Harold Alvarado Tenorio, confeso menardista, el caciqueño —no incluido en el banquete, maître Carlos Castrillón, poco selectivo de Quindío vive en su poesía— clava la mirada en el sedoso pelaje de Borges, el gato. Empleé, semanas atrás, una estrofa de Paradoja de Diofanto en un artículo periodístico. Hoy reseño la evidente deuda de estas líneas con el título de la obra de 'Petete', llave para la reeditada —revisitada, contraseña de seguidores del trovador de Minnesota— silueta en momentos entrañable, en otros repulsiva, del padre de Telémaco.
Tras la inclemencia de una guerra de intenciones nada claras, todas ocultan maquinaciones mezquinas en los vistosos ropajes de la explicación oficial, Ulises inicia la peregrinación rumbo a las saladas delicias del tálamo de Ítaca. El relato de los contratiempos sufridos y las estratagemas empleadas para superarlos hace parte del acervo de la civilización occidental. Aparte de las esotéricas discusiones sobre la existencia histórica de Homero, la importancia de la fábula radica en la invención de una metáfora idónea para dar cuenta de los manojos de perplejidades y afanes manchados con el barro del día a día. En cierto sentido, no hay pizca de novedad, todos, sin excepción, somos presa de hechizos de sirenas, escapamos, a golpes de astucia, de las garras de Polifemo y disfrutamos hasta el hartazgo de la lúbrica plasticidad de Calipso.
La mitología homérica dotó de temas, héroes y obsesiones a cientos de plumíferos encantados con la vigencia de una construcción literaria comparable en belleza a los hitos de la arquitectura helénica. El porqué de la permanencia de la rapsodia, cantada a pleno pulmón, según la leyenda, en plazas y mercados, es de asombrosa simplicidad: las angustias de la humanidad no cambian así lo demás lo haga. La muerte, signo de interrogación trazado en el muro de la conciencia, y el sexo, comunión pagana con la divinidad, fueron y serán los móviles de una especie emancipada del imperio de los instintos gracias al lenguaje y al pulgar. El arte, en consecuencia, lanza redes a un océano crispado de preguntas sin esperanza distinta a la captura de la plateada sardina de la duda —lamento la cursilería, míster Hemingway—.
Nubes de polvo levantadas al paso de un Impala robado en víspera de año nuevo, tres jóvenes de diagnóstico psiquiátrico reservado, la necesaria putica del asiento trasero -los apremios de la carne no dan espera- y un fantasma apresado en las amarillas hojas de una revista, son ingredientes de Los detectives salvajes (1998), la primera novela magistral de la centuria en curso, Patti Smith dixit. Los lentes de Roberto Bolaño apuntaron en la dirección de las cuencas vacías del bardo de la Ilíada. Ulises Lima y Arturo Belano, fundadores y principales herejes de la cofradía del realvisceralismo, siguen el rastro de Cesárea Tinajero, abracadabra de la lírica latinoamericana.
Habitación cerrada a cal y canto, llamadas a un teléfono mal colgado, el rockstar sentado en las fronteras de la demencia, The Wall retrata el colapso del proyecto antropológico de la modernidad cimentado en premisas de la revolución francesa y la revolución capitalista. La incomunicación resultante de la abrumadora perfidia del siglo XX combinada con los sorprendentes avances de las telecomunicaciones produce el oxímoron de la contemporaneidad. El filme de Alan Parker, guion de Roger Waters, es además una muy bien edificada exploración visual, antípoda de Tommy, de The Who. |