LA REVOLUCIÓN DE LUIS VIDALES Y OTRAS AVENTURAS CONEXAS
Carlos Vidales (1.939 ...)*,
carlos@bredband.net,
http://hem.bredband.net/rivvid/
Publicado inicialmente en NTC… 219 ntc@andinet.com y reproducido con
autorización del autor y de este Boletín.
ESTOCOLMO, 25 DE FEBRERO DE 2006
Hace exactamente treinta años escribí un artículo titulado "La circunstancia social
de Suenan Timbres". La obra maestra de Luis Vidales cumplía entonces medio
siglo y yo pensaba que ya era hora de considerar las condiciones históricas, políticas,
económicas y sociales del pueblo que engendró al poeta y le hizo concebir sus poemas.
Intenté, en consecuencia, describir la sociedad colombiana de la década de 1920, apoyado en la
sentencia del propio Vidales, de inocultable inspiración marxista: "El artista de hoy, qué
duda cabe, recibe las órdenes secretas de la constante social".
Hoy, 25 de febrero de 2006, cumple Suenan Timbres ochenta años y yo cumplo sesenta y siete.
Sí: ambos, el libro y yo, vimos la luz un 25 de febrero pero con trece años de diferencia. El
libro continúa fresco y juvenil. Y en lo que a mí respecta, sospecho que la edad y el prolongado
exilio me autorizan a considerar este doble cumpleaños desde una perspectiva menos sociológica
y con un tono menos riguroso y más familiar.
Suenan Timbres, esta hermana mayor mía, de eterna
juventud, me ha acompañado durante toda mi vida con ese misterioso hálito que tienen los
hermanos carnales: uno los conoce muy bien porque son sus compañeros de juegos, sus amigos del alma y
sus enemigos implacables en las pequeñas guerras civiles de la infancia, pero jamás puede
citarlos de memoria. Yo leo los poemas de este libro con frecuencia y descubro en ellos nuevas claves para
continuar mi interminable diálogo con mi padre, Luis Vidales, pero nunca logro concentrarme en el
ejercicio mecánico de memorizar sus letras y sílabas en el orden debido.
Mi lectura de Suenan Timbres no es una experiencia literaria. Es siempre un
diálogo existencial, unamuniano. Vislumbro en esos poemas a mi padre antes de que fuera mi padre, al
joven sarcástico, humorista, iconoclasta, alegremente irreverente, con quien puedo dialogar en los
dominios sin límites de la imaginación y en los planos más disparatados. Lo veo saliendo
de su casa de la calle veinte, en el barrio de Las Nieves, acomodándose su perfil, su enorme sombrero
de alas de gavilán, su pipa de mecedora, para ir al encuentro de sus compañeros de aventuras:
Luis Tejada, Ricardo Rendón, José Mar, León de Greiff. Le pregunto por qué se
preocupa tanto por acomodarse el perfil, por qué se amarra la sombra a los talones con tanta
desconfianza, por qué camina con cautela, como un ladrón en casa ajena. Me responde que ya una
vez lo han despojado de su perfil, que le han pisoteado la sombra, que un hombre de gabán y de
sombrero de copa le robó el equilibrio y que, desde entonces, "voy tambaleándome por la vida".
Y sonríe con travesura.
– Hombre – le digo – el tambaleo se debe más al consuetudinario consumo de trago, no hay que
echarle la culpa a ningún hombre de gabán... Por otra parte, esos cuentos que fraguas con
tanto desparpajo me parecen tan fascinantes como tus poemas de Suenan Timbres, y
es lástima grande que hayas abandonado la prosa narrativa para dedicarte solo al verso. He
leído por ahí algunos de tus manuscritos que me parecen deliciosamente absurdos...
– Ah, ¿sí? ¿Por ejemplo?
– Por ejemplo, ese relato titulado "Tragedia de un rostro", en el que dices, del modo más natural
del mundo: "De pronto hubo un silencio, grande como una piedra". Explícame, pues, ¿qué
tan grande es una piedra? Esa simple frase es todo un poema, y ese poema anticipa a Suenan
Timbres.
– Es verdad, eso lo escribí en 1925, un año antes de la publicación de
Suenan Timbres. Por aquella época tenía yo la obsesión de escribir mis
historias de modo que no fueran ni prosa ni poesía, sino un género nuevo, mestizo. No
sé bien si las lecturas de Poe o las alucinaciones de Maupassant, o los tragos que me tomaba con
Tejada, Rendón y de Greiff me habían desquiciado un poquito, pero el hecho es que siempre
aparecía en esos relatos un personaje misterioso (un hombre de gabán, un espectro, una sombra
con una dentadura horrible, una aparición indescriptible) que me robaba la sombra, me tergiversaba la
perspectiva, me escamoteaba el perfil, me despojaba de mi equilibrio.
– Lo peor es que siempre terminabas cometiendo algún asesinato, muy a lo Poe. Mataste a un hombre
que cometió la crueldad de decirte que cada uno de nosotros tiene su antípoda al otro lado del
mundo. No pudiste soportar la idea de que tu destino estuviera encadenado al destino de otro...
– Sí, en esa época maté a mucha gente. Incluso clavé mi propia sombra contra
la pared de mi habitación, y ahí debe estar todavía, colgando, como un sobretodo
abandonado. Creo que yo tenía en aquel tiempo algunos instintos homicidas...
– ¿De dónde salía tanta agresividad?
– Yo nací en 1900 o en 1904, no se sabe bien. En cualquier caso, soy hijo de la Guerra de los Mil
Días, en la que participaron mis padres y mis tíos. Mi mamá contaba siempre
anécdotas sangrientas e inverosímiles de esa carnicería. Siempre repetía, por
ejemplo, la historia del soldado que, en plena batalla de Palonegro, fue decapitado de un machetazo, o de un
sablazo, y continuó corriendo, sin cabeza, cuesta abajo... Supongo que yo también quería
mocharle la cabeza a alguien, así fuera en la imaginación.
– Sin embargo, un año más tarde, en 1926, aparece Suenan Timbres
y toda esa dramática propensión al asesinato ha desaparecido. ¿Por qué y en
virtud de qué? Antes de Suenan Timbres te gustaba forjar tragedias o
profetizar catástrofes bíblicas, y te doy un ejemplo. En tu relato titulado "El
antipático", escrito en 1924, hablas a la piedra en estos términos:
¡Oh piedra! ¡Oh pobre piedra! Sembrada en el limo vigoroso, ¡quién sabe
cuántas primaveras han resbalado por tu vientre, y sin embargo tú –como las vírgenes–
te mostraste dura y rehusaste soltar el fruto! ¿Acaso no has pensado en lo exótica que
sería tu flor, tu pequeña flor gris? Pero no. Es preciso que no hayas oído nada de lo
que dije. Tú eres de la casta de las estériles. ¡Oh piedra! ¡Oh pobre piedra!
Sobre ti caerá un día la maldición de los hombres!
Pero en Suenan Timbres, esta terrible profecía desaparece y hablas a la
misma piedra con esperanza y benevolencia:
¡Oh piedra! ¡Oh pobre piedra!
Yo quisiera saber
desde qué época nebulosa del mundo estás dormida.
¿Por qué vives dentro de ti misma?
¡Oh piedra! ¡Oh pobre piedra!
Yo espero el día
– el día maravilloso de una nueva etapa –
en que vas a salir de tu largo sueño.
Y será bello verte.
Pues para entonces
moverás las patas
y sacarás lentamente la cabeza
y ante los hombres asombrados
empezarás a arrastrarte por el mundo.
Dicho en pocas palabras: lo que antes de Suenan Timbres era maldición y
condena, después de Suenan Timbres es redención y liberación.
¿A qué se debe esta metamorfosis?
– ¿Cómo explicarlo? Suenan Timbres fue mi propia revolución
existencial. Mi encuentro con Luis Tejada fue un sacudimiento total, definitivo. Ese ser maravilloso
despertó en mí la alegría de la creación, el júbilo de la esperanza en la
humanidad, el prodigioso encantamiento de la risa, y me enseñó a ver las cosas y las personas
desde la dimensión de la libertad más deslumbradora. Y por ese tiempo comenzaron a llegar a mi
casa las noticias más detalladas –y de alguna manera más legendarias también– de esa
gesta enorme que fue la Revolución Rusa. Entonces yo me olvidé para siempre de mi sombra
apuñalada, de mi perfil escamoteado, de mi equilibrio robado, de mi perspectiva distorsionada, del
hombre del gabán y de todos esos pequeños incidentes de policía casera, y me
lancé alegremente a descubrir los territorios inexplorados de la revolución.
– ¿Cuál revolución?
– La revolución grande, el cambio radical de las ideas, las mentalidades, el idioma, los gestos,
la sociedad toda. Después vendrían los afanes por realizar la revolución
política, la construcción del partido revolucionario, la lucha por el poder. Pero lo primero
fue la impaciencia gozosa por destrozar todo lo sagrado, lo establecido. Por eso salía yo a la calle
con una pipa larguísima, de esas que se fuman solamente cuando uno está sentado en una
mecedora. Era un desafío a las costumbres, a las rutinas establecidas, era una especie de declaratoria
de guerra contra el conformismo.
– Sí, de eso has hablado bastante en diferentes ocasiones. Tus descripciones de los personajes y
los escenarios de esta época son muy vívidas: Tejada, Rendón, José Mar, el
Café Windsor, el periódico El Sol, el general Benjamín Herrera... Curiosamente,
has sido muy parco en describir tu ambiente familiar, tu casa de la calle veinte, tus asuntos hogareños.
¿Por qué?
– Siempre creí que las cosas familiares no debían ventilarse en público. Como eres
mi hijo, recordarás que de eso he hablado siempre entre nosotros. Sin embargo, no he sido tan "parco"
como dices. Lo que ocurre es que la gente lee a la carrera y pasa por alto los detalles con demasiada
frecuencia. Por ejemplo, en mi relato "Tragedia en un rostro" (1925) me tomé el trabajo de describir
cuidadosamente mi habitación, en la casa de la calle veinte:
Tengo el gusto de comunicar a mis biógrafos que vivo en el único cuarto alto que hay en mi
casa. Una casa con sólo una habitación de segundo piso es harto rara si pensamos que apenas
habrá dos de estas en toda la ciudad. No voy a describir lo que hay en mi cuarto. Me
limitaré a decir que todo en él es pobre. Un ropero pendiente de un clavo, oblicuo por esto en
la pared, donde todas las noches, al regresar, cuelgo mi sobretodo, este sobretodo que empieza a tener
parecido conmigo. Una cama, una cama dormida como cualquier otra cama del mundo. Y además de muchos
objetos insignificantes, una mesa vulgar y coja sobre la cual hay varias hileras de libros. Encima de una de
estas hileras, un reloj que anda al estricote, maltrata las horas de un modo doloroso.
Todo, excepto los libros, a los que amo con amor humano, como si fueran personas, vale muy poco o no vale
nada. Iba a decir de la escalera, que está ahí, detrás de la puerta, y que es como la
cola de mi cuarto; iba a decir lo que hace mucho viene mortificándome, y que años ha tuve la
intención de someter a una encuesta: – ¿Cree usted que las escaleras tienen la intención
de subir o la de bajar? Yo lo iba a decir, pero Ramón, el más ilustre de los Ramones que en el
mundo han sido, según cálculo aproximado, pero no promedial, se ha apoderado de la idea antes
que yo. A veces también tengo ideas y, sin embargo, no soy un escritor. No me acuerdo haber urdido
nunca una mentira.
Y eso que tales descripciones no eran del todo necesarias para mi narración. El escritor debe
establecer, me parece, una comunicación con el lector más profunda y más íntima
que la que exigen las normas puras de la lógica narrativa. De mi madre no he hablado lo suficiente,
lo reconozco. Esa mujer, enérgica, trabajadora, incansable, positiva, forjó mi carácter
y me dio todo su apoyo en mis locas aventuras, mis viajes, mis rebeldías, mis escritos más
disparatados, mis desafueros más apasionados. Fui su hijo preferido y esta circunstancia me
otorgó una cierta autoridad en el seno del hogar, aunque yo era el hijo menor. Mi padre era un hombre
bueno, un maestro, educador por devoción, de hábitos sencillos y honrados como los de un
carpintero bíblico. Amaba a mi madre con verdadera veneración y creo que fueron una pareja muy
feliz a pesar de las dificultades de la vida. Yo nací en la hacienda Río Azul, cerca de
Calarcá, pero pronto nos trasladamos a Honda. Allí transcurrió mi primera infancia y yo
tuve, además de la incondicional complicidad de mi madre Rosaura, la absoluta y abnegada ternura de
la negra Conga, una mujer que había sido esclava y que, una vez liberada, prefirió continuar
en casa de sus amos hasta la muerte. Era bastante vieja, pero tenía una frescura y una alegría
de vivir que me contagió para siempre.
Fuimos cuatro hermanos, en este orden: una mujer, un hombre, una mujer, un hombre.
– Exactamente el mismo orden que aplicaste para procrear a tus cuatro hijos. ¿Cómo lo
lograste?
– Sencillamente, renuncié a la originalidad en la vida familiar. Fui original en la poesía,
pero dejé que la naturaleza trabajara sus viejos modelos en los asuntos familiares. Ahora,
dieciséis años después de mi muerte, veo que en ese terreno hubiera podido hacer las
cosas mejor o, por lo menos, no cometer ciertos errores.
– No te preguntaré, por discreción, a cuáles errores te refieres. Por otra parte,
recuerdo muy bien que en mayo de 1990 me llamaste por teléfono desde Bogotá (todavía me
sorprende que hayas pagado una larguísima llamada a Estocolmo) y me dijiste más o menos lo
siguiente: "Carlos, ya estoy al final del viaje. Siento que me quedan pocos días de vida.
Trabajaré hasta el último instante, no debes preocuparte por mí. Si te llega la noticia
de mi muerte, no vengas a Colombia porque aquí corres peligro. Pero te llamo para despedirme, y para
decirte que si hay cosas pendientes entre tú y yo, podemos hablarlas y resolverlas ahora mismo".
– Sí, recuerdo eso. Me dio una gran tranquilidad tu respuesta, que fue sorprendentemente serena:
"Papá, creo que no tenemos ningún problema pendiente. Lamento muchísimo no estar en
Bogotá para acompañarte en tus últimos días". Creo que hablamos durante
más de media hora y nos despedimos cordialmente, sin aspavientos dramáticos. Te lo
agradecí mucho, porque jamás fui amigo de los sentimentalismos pendejos ni de los lloriqueos
romanticoides.
– En cambio fuiste siempre un impenitente humorista...
– Bien, digámoslo de una vez por todas: quien no sabe reír no puede ser una persona seria.
No es posible confiar en alguien que no se ríe nunca. La falta de humor es una de las peores lacras
del alma. Alguien ha dicho que yo puse el humor en la poesía colombiana. Eso es falso de toda
falsedad. Ya en la época de la independencia nuestras poetas mujeres ensayaban el humor y la
picardía en sus poemas patrióticos o costumbristas. Y ese gigante que fue Rafael Pombo nos dio
lecciones maravillosas de buen humor. León de Greiff escribió versos humorísticos de
tremendo efecto antes que yo, y José Asunción Silva lo hizo antes que de Greiff. No sé
de dónde sacan nuestros críticos la tonta idea de que la literatura es una carrera de caballos:
"Vidales fue el primero que..." Esa sola expresión encierra una ignorancia insondable. Nadie ha sido
nunca el primero en el arte, todo arte, toda creación, es obra social, producto del trabajo
común, "viene del pueblo y va hacia él", como diría Vallejo. Y nuestro pueblo, el pueblo
colombiano, es trágico, es cruel, es guerrero, es incansablemente trabajador... y es un impenitente
humorista. Otra cosa es que venga el hombre del gabán y se robe lo que uno ha escrito, y le ponga su
firma a lo que uno ha puesto sobre el papel, y declare propiedad privada suya lo que es del pueblo y que a
uno le costó sudor y lágrimas y riesgos formular. Ahora, los cretinos de siempre hablan de
"intertextualidad", pero a mí no me molestan los intertextuales, los que comparten ideas y
soluciones. Los que me sacan de quicio son los homotextuales, los que toman un texto formulado por
otro, le estampan su firma y lo declaran propiedad privada suya, como Colón declaró propiedad
de un par de reyes de baraja lo que era de millones de seres humanos.
– ¿Y qué dices de los que se robaron tus escritos, tus papeles, tus notas, cuando te
visitaban para hablar de la "revolución" durante el último año de tu vida?
– Esa gente no es revolucionaria. No hay que echarle la culpa al partido (a mi partido) de esos robos.
Lamento la pérdida del Espejo de la pintura (cien sonetos sobre célebres pintores y
sobre la gran pintura universal). Ese libro nació de una polémica que tuve con el pintor
Ignacio Gómez Jaramillo, hacia 1950. Yo critiqué una exposición suya, en la cual
había medio centenar de cuadros con un único motivo: un pescadito muerto. A mí me dio
mucha rabia que en medio de la Violencia se gastara tanto pincel y tanta tela y tanto óleo en un
pescadito pendejo, y le publiqué un soneto en el cual le decía, entre otras cosas:
Mientras las cruces nacen en los huertos;
mientras las caras son días sombríos;
mientras llevan, por bosques y desiertos
más que peces, cadáveres los ríos,
[...]
tú, entre el dolor, de espaldas a la vida,
pintas, con pincelada desabrida
el pobre pez de tu tranquila pesca...
– Recuerdo eso. Yo tenía once años pero todavía guardo en la memoria la respuesta de
Ignacio Gómez Jaramillo: "Dejadme con mis peces policromos / no me trato con duendes ni con gnomos".
Gran humorista. Pero bueno, ¿qué otra pérdida lamentas?
– Lamento la pérdida de mi libro inédito Diario suyo y mío, escrito durante
los años de exilio en Chile. A pesar de la gran hospitalidad y generosidad del pueblo chileno, el
exilio fue una experiencia terrible. Soy plenamente consciente –hasta donde puede serlo un humorista muerto–
de que durante esos años perdí la risa, me volví gruñón y
neurótico, y mis hijos, especialmente los dos mayores (tú y tu hermana) pagaron muy cara esta
etapa sombría de mi carácter. El Diario suyo y mío es un testimonio de mis
afanes intelectuales de esa época, y los ladrones que se lo llevaron fueron más miserables que
el hombre del gabán que me robó mi sombra, se llevó mi equilibrio, me despojó de
mi perfil y me distorsionó la perspectiva, allá en mi lejana juventud.
– ¿Y qué otra cosa se robaron?
– Pues nada menos que mis Teresianas (sonetos en español arcaico o arcaizante sobre temas
amorosos, eróticos, más quevedianos que teresianos). Y las Dimensiones de la patria
(sonetos de la violencia, del exilio, de la añoranza por la patria natal, gritos de protesta contra
las masacres y los masacradores). Solamente unas cuantas piezas sueltas se salvaron, porque habían
sido publicadas. Pero el saqueo fue inmisericorde.
– Veo que fueron muchos sonetos. ¿No habías dicho por ahí que había que luchar
contra el soneto?
– Esas eran ironías, mamadas de gallo contra los poetas "modernos" que creen que se puede hacer
poesía "libre" sin conocer la poesía clásica. El ejercicio del soneto es fundamental
para la formación de la disciplina poética. No digo que el que sabe hacer sonetos ya sea un
poeta, no. Digo que el que ya "es" poeta por su carácter y sus cualidades, llegará a ser grande
si conoce y domina todas las técnicas: el soneto, el romance, la canción, la oda, en fin, el
"arte". No creo que haya habido otro poeta en la literatura colombiana que haya ensayado y trabajado tantos
sonetos como yo. Recordarás que durante mi exilio en Chile, entre 1953 y 1961, me hice la rutina de
escribir tres o cuatro sonetos por día. ¡Saca la cuenta!
– El exilio fue duro,
pero también nos dio cosas muy buenas. Especialmente la gente que pudimos conocer y tratar...
– Por supuesto. El exilio es una desgracia, pero una desgracia enriquecedora. No hay que andar
lamentándose, como Ovidio, ese viejito quejoso que se gastó veinte años llorando porque
el César lo había condenado a vivir fuera de Roma, donde podía escribir libremente sin
que nadie lo asesinara por ello. De más está decir que la parte más luminosa del exilio
está por el lado de los nuevos amigos que ofrece. No olvido jamás, ni siquiera ahora que estoy
muerto, a Pablo Neruda, al sabio Alejandro Lipschutz, a mis camaradas Volodia y Miguel Teitelboim, a mi
amigo y protector don Omar Rojas Molina, director de las estadísticas chilenas, al historiador
Rolando Mellafe, al admirable y tenaz Salvador Allende, y a tantos y tantos hombres y mujeres que nos dieron
su amistad y su compañerismo, y nos permitieron trabajar y contribuir en alguna medida a la causa del
pueblo chileno... Aprovecho para decirte aquí que, si bien no te dejé ninguna fortuna, en
cambio te abrí las puertas para que desarrollaras amistad y conocimiento con todas esas excelentes
personas. Creo que hiciste buen uso de esa herencia...
– Sí, y por ello te guardo una enorme gratitud.
--
Así, más o menos, transcurren mis diálogos con Luis Vidales. El tiempo ha borrado, o
ha hecho absurdas las diferencias de edades. Converso con el joven que era un poco dandy antes de
tener el buen ojo de casarse con una de las señoritas más bellas de "la culta capital",
duodécima hija de un multimillonario beato y rezandero. Converso con el poeta maduro, exiliado en
Chile con su familia, y vuelvo a ser entonces el adolescente desamparado de aquellos días. Converso
con el padre que está muerto desde hace dieciséis años y vuelvo una y otra vez sobre
los temas que han agitado mi curiosidad y, a veces, mis angustias. Pero converso sobre todo, y casi siempre,
con el jovencito irreverente y sarcástico que acaba de publicar Suenan Timbres
y que se apresta a salir a la calle, ahí en su morada de la calle veinte en el barrio de
Las Nieves, libre ya de la ominosa amenaza del hombre del gabán, iluminado por la esperanza en la
redención del mundo, en la revolución que hará de esta humanidad doliente una
muchedumbre solidaria, hormigueante en la creación y en el trabajo digno.
Carlos Vidales, Estocolmo, 25 de febrero de 2006
+++
* Carlos Vidales, polemista, escritor y profesor de Historia de América Latina, Literatura
e Idiomas de la Universidad de Estocolmo,
http://www.su.se/, Suecia. Este País le otorgó asilo político hace 26 años,
y le concedió la nacionalidad sueca hace 21 años.