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Archivos del Vampiro por Umberto Senegal
SEÑOR GUAYACÁN

Umberto SenegalPor Umberto Senegal.
umbertosenegal@gmail.com

El encuentro con los guayacanes florecidos es conmovedor y poético para cualquier persona, por insensible que sea al paisaje y a la poesía. Por indiferente que sea al hechizo de los árboles en flor. Para mencionar el matiz más común en el Quindío, estos se aparecen como súbitos remansos de amarillo intenso entre el verdeazul de las montañas, entre platanales y cafetales, junto a naranjos o cerca de tulipanes rojos igualmente florecidos, sin restarle identidad a ninguno.

Este puede ser uno de los motivos por los cuales, entre las creencias religiosas yorubas, al guayacán se le tiene como Padre Santo, protector de otras especies, benefactor del bosque por su fortaleza y su poder brujo, hasta el extremo de que cuando se tala uno sin necesidad, o se lo derriba sin recurrir al ceremonial correcto, los árboles vecinos se secan y mueren. Afirman los santeros que su madera no debe quemarse porque expele olor a carne humana asada.

Entre sus mágicas propiedades y usos, se cree que el guayacán con ceiba, majagua, yamao, amansaguapos, cambiavoz y verbena, otorga habilidades para dominar individuos y situaciones que sin este arbóreo talismán sería incapaz de afrontar la persona. En otros campos, combate la sífilis, y sus hojas vigorizan a la persona débil: su cocimiento purifica la sangre.

Guayacán es voz antillana de indefinida etimología que reemplazó un vocablo nativo, perdido desde la conquista, que designaba a este hermoso "árbol con que se curan los que tienen el mal de las bubas". Son visibles a extensas distancias, donde un solo árbol florecido destaca entre la vegetación circundante, llegando a captar toda la atención del viajero. Un guayacán, es una imponente explosión de color que sucede de la noche a la mañana. Sin previo aviso y sin que haya de por medio un proceso largo, los guayacanes florecen solitarios o en pequeños grupos que no pasan de cinco.

En el Quindío, están diseminados, hecho que los hace más vistosos cuando florecen. No anulan la presencia de otros árboles con flores a su alrededor. Por el contrario, sus lilas tímbricos, sus blancos de nieve convertida en pétalo o sus rosados crepusculares, multiplican la belleza circundante. El tapiz que se forma en torno al árbol, con la caída de las flores mientras las ramas van desnudándose por completo de ellas, muestra la magnificencia del guayacán cuyo, florecimiento se produce en el aire y en la tierra. Cuando hay guayacanes florecidos en el escenario, el espectáculo impresionista de los atardeceres quindianos se convierte en uno de los valores turísticos más singulares de la región.

Guayacán, es palabra que enorgullece la sonoridad de cualquier lengua. En español: guayaco, vera, guayacán genuino. En inglés: Tree of life, Wood of life. En francés: Bois de gaïac. En portugués: guanaco. Su nombre designa otras especies: Tabebuia, Caesalpinia melanocarpa, Andropogon augustatus. El género Guayacán, denominado lignum-vitae, tiene nombres comerciales y comunes. Aparte de ellos, quienes conservan en su mirada el resplandor de su amarillo, del lila, del blanco y del rosado, se quedan solo con el nombre guayacán, porque no requieren de vocablos científicos para rendirse ante su belleza.

Este género incluye seis especies de árboles y arbustos de América subtropical y tropical. Aunque existe confusión en torno a su nombre, con el cual se designan otras especies, para cuantos nos basta verlo florecido, el guayacán rebasa toda expectativa de belleza en cualquier lugar donde se siembra y florece. En Armenia, van a sembrarse 2.000 guayacanes. Sagrado acto de magia y poesía, de amor ambiental, tributo del hombre a la naturaleza como nunca se había visto en esta región. Lo hará el Señor de los guayacanes, Libardo Vera Bonilla, un tolimense autosembrado hace 20 años en el Quindío, creador de la Fundación Protección medio Ambiente. Vera es otro de los nombres comunes del guayacán, y no en vano lo ostenta Libardo en su apellido. Si este sembrador no es encarnación de algún chamán de los guazuzúes, que habitaban en lo espeso de los bosques; o de los tatabes, que vivían con sus familias en lo alto de los árboles, y que vino al Quindío para devolverle su primigenio encanto arbóreo, sí es el sensible medio por el cual el atávico espíritu del guayacán, Padre Santo, se manifiesta a una generación indiferente a la presencia ubérrima de la madre Gaia.

En el nombre de Libardo se amalgaman el poeta (bardo) y el verbo catar (libar) que identifican al hombre embriagado de guayacanes cuyo entusiasmo (ardo) convenció a Planeación Municipal para permitirle sembrar 2.000 guayacanes en Armenia. Preservar y sembrar guayacanes en el Quindío, es consolidar la imagen más impactante, junto con la de las palmas de cera, que esta región puede mostrarle al mundo. Se encuentra distribuido de forma natural en Centro y Suraménica, Venezuela, Panamá, Guyanas británicas, Ecuador, Bolivia y Brasil. En Colombia, su distribución se centra en algunos municipios del norte de Antioquia, en los valles húmedos del río Magdalena, río Cauca y río Sinú, en el Urabá costeño y chocoano, en la costa Atlántica, en particular en zonas secas o de transición hacia el bosque húmedo tropical.

En el Quindío se encuentran, no muy numerosos, por todos sus municipios, predominando el guayacán de flores amarillas. Al lado de la arquitectura, el paisaje quindiano con su atrayente topografía, es la riqueza que la región ofrece opulenta a cualquier visitante que reclame dichos elementos de belleza. Quienes tengan la ventura de deambular por caminos del Quindío en las épocas de florecimiento del guayacán, compartirán la beatífica experiencia de la luz entre las verdes frondosidades de las montañas.

Ninguna cámara fotográfica atrapa la serenidad, el equilibrio, los puntos de fuga del color, la sensación ontológica de fugacidad, la luminosa danza y los rumores de Salmo que, en conjunto, o solitarios, entonan los guayacanes florecidos. Libardo Guayacán Bonilla convirtió en realidad el sueño que teníamos algunos quindianos: intensificar la siembra de tal árbol en la región. Además de su belleza ornamental, el guayacán amarillo es utilizado por los indígenas del Amazonas para curar la hidropesía y el reumatismo, mediante cocimiento de su leño y corteza. Como jarabe, alivia erupciones e hinchazones de la piel. Un fragmento de leño, purifica el agua para beber.

Propósitos como el de Vera Bonilla, deben interpretarse no solo como acción embellecedora de Armenia, que tanto requiere de adecuada arborización, sino como medio eficaz de mantener un nutrido grupo de individuos que preserven la población natural de la especie. Por su capacidad para fijar el nitrógeno del aire en los suelos, y mediante el uso correcto de sus semillas, se pueden enriquecer rastrojos, rescatar áreas verdes y mejorar terrenos para la agricultura. Bienaventurados los pueblos que siembran guayacanes. Bienaventurados los hombres que celebran su florecimiento, Bienaventurados quienes vivan para asistir a la premier del espectáculo el día en que florezcan los 2.000 guayacanes sembrados por Libardo Guayacán Bonilla en Armenia.

Cuevas de Peñas Blancas