Desde algún tiempo atrás me enamoré,
con inocultable afecto que hoy confieso en público, del plátano. En particular, de una de las
diferentes maneras de prepararlo: el patacón.
A pesar de su acostumbrado consumo, nunca me detuve a celebrarlo con los cinco sentidos ni a ponderarlo
con la palabra escrita. Mea culpa: ni una simple frase ofrecí al nutritivo plátano quindiano,
cuyo solo nombre científico es, de por sí, hermoso y sugerente: Musa Paradisiaca o Musa
Sapientum.
Su preciosa existencia me pasaba inadvertida, como acontece con lo maravilloso que contiene el mundo
cotidiano: montañas, aire, aves, lluvia, sol y amaneceres. Enredado entre conceptos poéticos,
teorías literarias y blabláforas intelectualoides, nunca verifiqué en mi corazón
que un plátano es bello, elegante y apetitoso, con la fuerza estética adecuada para influir en
mi vida alimenticia y en mi visión mística del mundo y de la poesía.
Magnánimo y exquisito en su verde o madura sencillez, me seduce, convertido en patacón
crujiente, con perlas de sal adheridas a sus dos caras. Su color, su textura y el olor inconfundible del
lugar donde lo fríen, son invaluables regalos que Dios le concede a mi visión, mi tacto y mi
olfato. Comer patacón, se convierte para mí en alabanza a Dios, en comunión con
Él sin necesidad de pasar por otro tipo de ceremonias. Varios patacones fritándose, tienen,
allí entre el sartén, la optimista vibración de un Salmo: “Sácianse de la
abundancia de tu casa y los abrevas en el torrente de tus delicias” (36:9).
Un patacón bien o mal pisado, delgado o grueso, dorado con su peculiar amarillo, pálido o un
poco quemado, llenando e impregnando la cocina con su intenso olor a frescura, es señal que me hace la
naturaleza para inducirme a comer alimentos sencillos. El patacón puede erigirse como símbolo
contra los nocivos enlatados, y contra todo alimento procesado y bañado con químicos y
colorantes de toda especie.
Extraer el patacón del sartén y olerlo así caliente, es acción que nada tiene
para envidiarle al hecho de catar un vino. Aprendamos a saborear el patacón de acuerdo con las
variedades del plátano. Hay toda una gama de sabores y olores a la espera de nuestra decisión.
Cuando el patacón está en la mano, cerca de la ansiosa boca, es como si un pequeño sol
iluminara mi apetito. Los profundos secretos de un patacón, de la comida sencilla, se pueden descubrir
sólo después de un día de ayuno.
No quiero emplear palabras alambicadas para confesar mi enamoramiento del patacón. Es el mismo,
pero en cada hogar donde me ofrecen uno, sabe diferente, huele y se escucha con características
propias. No es lo mismo un patacón saboreado en el parque de Salento, que un patacón que me
ofrecen en una finca, o en un hogar humilde donde el plátano es su alimento básico. Se tuesta
distinto y no todo golpe al machacarlo lo deja igual: su relieve difiere de la mano y la piedra que lo macera.
Digo plátano frito convertido en patacón, y cuando recorro los caminos rurales del
Quindío, bendigo los platanales.
Hay que sensibilizarse frente a un patacón, como si se estuviera frente a una obra pictórica
representativa del barroco.
Cuevas de Peñas Blancas |