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O estoy ciego, o perdí la imaginación, o alguien me engaña
aprovechándose de mi amor al Quindío, o no he visitado la finca cafetera donde el
fenómeno recorre, sonriente y casi ingrávido, los cafetales durante arduas jornadas de
trabajo, pero en ningún rincón del departamento encuentro la pintoresca chapolera que me
muestran las agencias de turismo y publicidad.
Por ningún lugar de Calarcá, Armenia, La Tebaida o Montenegro, encuentro
las seductoras chapoleras que me invitan pudorosas, desde los bailes folclóricos, a gozar las
etéreas delicias del amor platónico; ni las sonrientes y primorosas chapoleras que me inducen,
desde los desfiles de reinados departamentales, a degustar el exquisito café quindiano; ni las
rozagantes y saludables chapoleras que desde revistas turísticas deslucidas en su ortografía y
redacción, me invitan a recorrer pueblos quindianos. Estoy ciego, o escurridizas hadas del
café, las chapoleras se me ocultan cuando transito los caminos del Quindío buscando alguna de
ellas.
Son idílicas. Y encantadoras. Son provocativas y se transforman en personajes
míticos de la colonización, cuando alguien las describe con sus típicos vestuarios. La
chapolera ni siquiera figura en el Diccionario de la Lengua Española, en su vigésima segunda
edición (2001), como vocablo digno de ser definido. Lo más próximo que puede hallarse
al humano ícono cafetero en el DRAE, es Chapola.f.Col. mariposa. Insecto. Su manifiesto pudor invita
a comprometerse y casarse con cualquiera de estas chapoleras bucólicas, para procrear por lo menos
una docena de futuras recolectoras de café. Las he buscado para escribirles romances al estilo de
Baudilio Montoya, pero son más evasivas que la Patasola. Las he buscado para que me inspiren sonetos
como los de Rodolfo Jaramillo Ángel o elegías como las de Evelio Arbeláez, pero andan
más extraviadas que la Llorona.
Cuanto más
idílicas y, en apariencia, representativas de las clásicas y las actuales cogedoras de
café, más artificiosas y carentes de identidad son tales imágenes. Hay una distancia
descomunal entre esa chapolera, descrita por cursis compositores, poetas románticos y escritores
costumbristas, con la cual fantaseamos para promover el agroturismo o para enraizarnos en una
tradición que no existe en tal aspecto o se idealizó en detrimento de las auténticas
campesinas quindianas, y la auténtica cogedora de café que vemos en los cafetales del
Quindío.
¿Quién se atreve a llamar chapolera a la recolectora de café que,
hoy por hoy, junto a las fauces del voraz TLC, se caracteriza por vestir en su trabajo una cachucha barata,
yin o sudadera, camisa masculina de manga larga y botas de caucho o tenis? Gran parte de ellas con un
cigarrillo en la boca. ¿Dónde están los rostros ingenuos, las trenzas, los vistosos
trajes largos, la dulzura maternal o la pudorosa sensualidad y proverbial feminidad de la chapolera, que los
cronistas describen y por ningún lugar encuentro?
Este tipo de chapolera literaria con que nos engañan históricamente, tal
vez sirva como astuto recurso para cautivar turistas. Quizás es una parte de nuestro patrimonio
regional, que adornan las historias con que se entretienen aquellos que viven de falsas imágenes,
pero no le hace honor a la verdadera recolectora de café, a la campesina que, de una u otra manera,
se relaciona con la producción y recolección del grano. No dejo de lamentar el irrespeto que
se le hace a la genuina cogedora de café, afligida por múltiples penurias económicas;
alto porcentaje de ellas con aspecto enfermizo, ajadas por el maltrato, el hambre y la pobreza; sin tiempo,
sin lugar y sin materia prima para el maquillaje, esforzándose igual que los hombres en asalariada
competencia para recolectar el máximo de arrobas en el menor tiempo posible. Esa chapolera idealizada
por monótonos pasillos y repetitivos bambucos, menosprecia y deforma la imagen real de las mujeres
que cogen café en el Quindío.
¿De dónde sacar chapoleras, como aquellas que debieron gestarse en
algún lejano pasado de la historia regional, cuando un avaro japonés, un libidinoso
español o cualquier europeo ingenuo, atraídos por tales campesinas míticoliterarias y
festivomusicales, solicite verlas en plena labor? ¿Y si algún excéntrico y derrochador
norteamericano, ahíto de megaciudades, en plan de trasplantarse al paraíso quindiano, decide
buscar amante entre alguna de las centenares chapoleras que imagina dispersas como mariposas por los
cafetales quindianos, pregunta por ellas? Si algún periodista extranjero, seducido por las rurales
imágenes de las chapoleras quindianas, quisiera hacer un reportaje sobre tan pintorescas trabajadoras
campesinas, ¿qué escribiría, al descubrir la realidad cultural de la auténtica
recolectora de café?
Tenemos, junto con la realidad social de estas trabajadoras como son durante la cosecha
del grano, tantos lugares bellos e inolvidables para mostrar en el Quindío, que no debemos
acomplejarnos con la imagen cotidiana de la actual recolectora de café, con trapos en la cabeza, con
plásticos cubriéndole el cuerpo y con un lenguaje feroz saturado de vocablos propios del
parlache. Ellas son otra faceta humana de la región, son otro matiz enriquecedor del paisaje y del
color quindiano. Me encantan estas recolectoras. Las respeto y admiro mucho más que a las bobaliconas
e insípidas imágenes de chapoleras ficticias, con las cuales se intenta resaltar dicha labor
campesina. Hasta de los disfraces desaparecieron las chapoleras. Ninguna niña y ninguna joven quieren
disfrazarse de chapoleras y sólo sobreviven, como forzados trasplantes comerciales, en algunos
hoteles, restaurantes, comederos y ventas de artesanías, fuera de su contexto rural, en sumisas
empleadas a quienes sus patronos visten de chapoleras para atraer viajeros. Seamos serios con el turista y
con nosotros mismos. Dejemos la imagen de la chapolera en el lugar que le corresponde: un museo. O
representemos con ellas parodias que evoquen el pasado, pero no promocionemos al Quindío como un
lugar donde podemos encontrarnos con tal especimen cultural. Hay otros símbolos del trabajo femenino
en el agro, si se busca un ícono representativo.
Cuevas de Peñas Blancas |