Por: Hugo Hernán Aparicio Reyes (poetintos@gmail.com)
Tresdías —vaya alguien a saber el porqué del sobrenombre— asomó con recelo por la puerta
entornada de su negocio de cantina y billares, primer nivel de una ancestral
casa de esquina, con balcones de chambranas y amplio alero. La mañana de
cordillera, sol vacilante entre bruma, deslizaba sus primeras horas sobre
los desniveles del poblado. Miró a derecha e izquierda en la aún desierta
calle principal de Buenavista, a pocos pasos de la Plaza de Bolívar, antes de intentar depositar
la leve carga que portaba en el recogedor de basuras, a un costado del sardinel. En contra
de su deseo, la furtiva maniobra no pasó inadvertida. Amparo, habitante de la segunda planta
al otro lado de la calzada, dispuesta a iniciar labores en su autoservicio del primer piso
—cabello cepillado, natural elegancia, energía en la voz—, observaba, curiosa,
los movimientos de Tresdías. Era evidente que aquello de lo cual pretendía deshacerse no era
el normal resultado del barrido del local ni los restos de algún roedor. Desde el balcón indagó.
— ¿Qué es eso, por dios?
— No sé. Lo encontré en el baño, entre el orinal. Parece vivo.
Respondió con desgano desde la franela blanca, las chancletas de plástico, suelto el cinturón.
En instantes, ya en la acera, Amparo, honrando su propio nombre, se hizo cargo del caso en
tanto que el autor del hallazgo desaparecía, eludiendo cualquier implicación. Por su experiencia
con animales domésticos, vista aquella masilla ciega, palpitante, fétida, cubierta de pelusa,
en la cual apenas se adivinaban las extremidades, supo que se trataba de un cachorro gatuno
con escasas horas de vida. La sola noticia de animales en abandono, dolencia, o víctimas de
crueldad, basta para provocarle llanto y movilizar ayudas. La angustia por el estado del animalito,
relegó la curiosidad por saber cómo apareció en aquel lugar insólito.
Era poco cuanto podía actuar, por desgracia, en el momento: un marido, inconmovible enemigo
de nuevas mascotas en el hogar, versus la expósita cría de gata, helada y hambrienta. La opción
inmediata fue recurrir a Antonio, personaje del afecto local impedido del habla, ideal para
encargos semejantes. Mediante señas le indicó que acomodara al neonato en la bodega de abarrotes,
a salvo del frío y del peligro, mientras ella se liberaba de forzosas rutinas. Las empleadas
del negocio, solidarias con la operación salvamento, improvisaron una incubadora con prendas
de lana e intentaron sin éxito darle de beber leche bovina. Con mejor resultado, luego, usaron
una jeringa a manera de biberón, manipulada con destreza por la patrona.
Durante los tres días siguientes, en coincidencia con el alias de su descubridor, el huérfano
fue atendido con esmero, en celoso sigilo, evitando el previsible conflicto conyugal. Asegurar
la vida del diminuto animal se convirtió en desafío para la protectora y sus cómplices. Por
momentos parecía exánime, inerte; temían que fueran insuficientes las atenciones prodigadas,
pero persistieron en asegurarle alimento y abrigo. Qué hacer en los siguientes días. El auxilio
al huérfano no podría prolongarse mucho más; era incierta su supervivencia, y por la debilidad
de su condición no parecía posible encontrarle un hogar receptor.
Tales eran las preocupaciones de Amparo, comerciante emérita del municipio, entre el atafago
de su actividad. Absorta en ellas, en la atención al negocio, y a sus habituales clientes,
la voz de la vecina, ocupante del piso alto, sobre el local de Tresdías, detonó.
— ¡Vea doña Amparo qué escondía en el zarzo de mi casa la gata callejera que no dejaba dormir!
Los tres cachorros, idénticos a su protegido, yacían entre la caja de cartón.
— ¡Pues sepa que la camada no fue de tres sino de cuatro!
Exclamó Amparo, estrenando su más brillante sonrisa. |