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 DE VISITA EN EL ECOPARQUE PEÑAS BLANCAS

Por: Hugo Hernán Aparicio Reyes (poetintos@gmail.com)

UN PROYECTO ALTERNATIVO

- ¡Mire en lo que paró ese lote que daba treinta cargas de café!

La frase y el gesto del labriego contienen reproche con trazas de ironía. No lo detiene su queja. Raudo, con el segundo aire que concede el corto tramo llano, continúa el ascenso a tiempo que nos indica un sendero alterno para obviar las dos puertas del muro enmallado, aseguradas con candados. El aviso advierte que el ingreso al Parque tiene ahora una tarifa, disuasiva para las finanzas promedio de los quindianos. De cualquier forma no hay alguien a quién sufragarla o que nos permita ingresar. El atajo, más empinado que el sendero interior de la propiedad a la cual aludió el efímero guía, abre una fisura en espiral sobre el prado salpicado de arbustos y flores silvestres de rojo exótico. Pausas de respiro, vistas al paisaje, cada vez más amplio a medida que ganamos altura.

La actitud del lugareño es una de las incomprensiones que confrontan el ingeniero civil Javier Salazar y su esposa Luz Stella Miller, gestores y realizadores del Ecoparque Peñas Blancas, por haber sustraído el predio "Buenavista" -desde su adquisición ocho años atrás-, del uso tradicional de la tierra en la región: café, plátano, yuca o ganadería. Cuarenta y tres hectáreas que albergan ahora, no una inversión con propósitos de lucro expresable en cifras; tampoco un plan de explotación agrícola, pecuaria o turística en la acepción corriente del término; sí en cambio una propuesta de reparación ecológica para un área deforestada, maltratada, durante décadas, hito geográfico con significado social, componente de identidad municipal, y con seguridad lugar mítico-ceremonial de los pobladores precolombinos. Un proyecto de orientación humanista para la convivencia, en disfrute amigable e integrador con la naturaleza, con el paisaje de 360 grados, y con el creativo esparcimiento. La imagen de la desnuda mole rocosa cortada a filo -en otro tiempo llamada "Ojo de Santa Catalina"-, en el sector de la cordillera próximo a Calarcá, visible a distancia desde diversos parajes, convoca imaginación y nostalgia de sucesivas generaciones. Son pocos los nativos del municipio que no han intentado alguna vez un ascenso a su cumbre.

 DESTINO PEÑAS BLANCAS

Una hora antes arribamos a La Virginia en el transporte colectivo -dura competencia del sexagenario jeep- cuyo punto de partida es la galería de Calarcá. Breve visita a los Novoa -Hernando y Enrique-, dos generaciones de músicos, orgullo de corregimiento y municipio. Tomas fotográficas de Claudia Lorena atrapan el festivo mediosol, adherido a las casas escalonadas en recio declive, al paisaje urbano de Calarcá y Armenia en el fondo, antes de tomar el camino sur-oriental. El desvío hacia la izquierda de la vía veredal que conduce a La Paloma y El Pencil, a pocos hectómetros del poblado, señalado a la vera entre la corrosión de un aviso, activa nuestros pulmones: la exigente rampa con dos leves repechos, a la cual le faltan 100 metros de huellas de cemento para permitir la llegada de vehículos de doble tracción al predio, nos tonifica para el resto de la jornada. Un kilómetro desde La Virginia y seis desde Calarcá. Aquí, en el portal de ingreso al predio "Buenavista", se sitúa el inicio de esta crónica.

Coronando la colina tomamos la vía de acceso por el costado sur de la propiedad. A las voces, al silbo de infancia con que nos anunciamos desde el barranco, acude el administrador. Explica las razones de las puertas cerradas y del cobro por el ingreso: los desmanes predadores de personas no aptas para espacios como este; también la necesidad de hacer auto-sostenible el Parque. Indagar por el ingeniero Javier y expresar nuestra intención de almorzar en el restaurante, nos exime del cargo.
 EL ECOPARQUE

Ecoparque Peñas Blancas Las instalaciones centrales, ubicadas a 1930 metros sobre el nivel marino, en la meseta intermedia entre el ingreso al parque y la cumbre rocosa, unos 400 metros más arriba, son suficientes, sobrias y funcionales. El salón de uso múltiple y visual perimetral, erigido en uno de los vértices de la planicie; contra el talud de las peñas, la casa principal, de inspiración alpina–andina, con cubierta metálica a dos aguas en ángulo agudo, donde están, el comedor, la cocina, dos alojamientos más servicios sanitarios, en la primera planta, y una habitación amplia, a manera de desván, ventanas en mansarda, en el nivel superior; al costado sur de esta, la casa de administración que suple necesidades logísticas, y es recurso de alojamiento alterno. Resta mencionar la explanada central apta para deportes, y la zona de terrazas, acondicionada con servicios básicos para la instalación de carpas. Mención especial dentro del diseño del Parque, merece el sendero de 3.5 kilómetros de trazado. El extremo inferior es la portada que citamos al inicio de esta visita; el superior, llega a la cumbre de las peñas. Un trayecto que, a diferencia del peligro que suponía el ascenso antes de la construcción de la senda actual, permite ahora, a la mayoría de las personas sin limitaciones físicas severas, coronar con poca dificultad la mítica altura, en un lapso aproximado de 1 ½ horas, observando al paso una rica variedad de especies vegetales, de aves, de parajes exóticos con amplio dominio visual sobre la zona central del Quindío.

El anfitrión, tras la bienvenida y la iteración de explicaciones ya dadas por Elkin, el solícito administrador, nos dedica un buen tiempo en función didáctica. Defiende con razones el concepto de comida saludable basada en vegetales; entre otras, el respeto por la vida animal, la poca aptitud del organismo humano para digerir tejidos cárnicos, y las ventajas metabólicas del producto vegetal. No parece muy convencida, mi compañera de labor periodística, aunque disfruta, al igual que nosotros, de un almuerzo deleitoso y reparador. Vainilla, la perra labrador escolta de la pareja, de actitud amigable y plácido talante, no se despega de sus amos. El ingeniero comenta sobre su reciente trabajo profesional en Bogotá y Panamá – país que experimenta una vertiginosa activación económica- durante algo más de un año, obligado por las escasas oportunidades regionales, y la decisión del regreso a su liderazgo familiar y en el Ecoparque.

 UN RETO ASUMIDO

Aunque no las menciona, intuimos las dificultades que confrontan empeños civiles de estas características. Fuerte inversión económica de retorno incierto: vías –rubro en el cual ha contado con colaboración oficial y del Comité de Cafeteros-, movimiento de tierras, construcciones, dotación, senderos, reforestación con especies nativas (17.000 unidades plantadas), sostenimiento, recurso humano apto, información y promoción. Por otra parte, no es fácil atraer visitantes dispuestos al tramo de ascenso, a pie, con una oferta restringida en comodidades habituales; donde el televisor no hace parte de la dotación en los alojamientos; donde se proscriben, alcohol, tabaco, alucinógenos, bullas ofensivas, equipos de sonido estridente; donde se aplican principios de comida sana; se advierte que el lavado de ropa debe hacerse con mínimo uso de detergentes; y donde el productor de desechos debe clasificarlos en los depósitos respectivos...

Las compensaciones, no obstante, son gratificantes para renegados del atafago consumista; para visitantes que estén dispuestos a prescindir por horas o días, del falso confort: un clima que pese a la altura no amedrenta; el paisaje, cuyo límite único es la capacidad visual y la sensibilidad espiritual de quien lo observa; un silencio que matizan los cantos alados, las chicharras, el viento, la lluvia, una conversación sosegada; el ambiente liviano, diáfano, de compenetración con lo elemental, con la dualidad espíritu-materia. Aparte también de la cálida atención de los anfitriones, de sus colaboradores, y del conjunto de servicios e instalaciones. Deportes y actividades recreativas alternas, como ascenso en roca, rappel (descenso vertical con cuerdas), espeleología (exploración de cavernas naturales en la parte alta del risco), complementan una oferta diferente a cuantas abundan en el comercio turístico.

Panorámica del Quindío Sorprendo a mi compañera de visita en el borde del mirador, sobre un lecho de hierba, a punto de iniciar una siesta. Merecida, pienso, tras la caminata, el almuerzo, y varias tomas fotográficas con la luz de la tarde toldada. Cerca, descubro un refugio en forma de cocineta, con dos bancas rústicas bajo una cubierta de tejas. Desde allí, la vista en recorrido minucioso por las hoyas, planicies, depresiones topográficas, que comprometen mi afecto de calarqueño y quindiano adoptivo, lanzo la imaginación hacia largos vuelos. El tiempo pierde sentido y dimensión. La realidad regresa con un breve goteo que no alcanza a ser lluvia. Mis gritos de alerta despiertan a la durmiente, quien se guarece bajo el mismo techo escueto, mientras el espantaflojos, empujado por el viento, toma rumbo sur.

Javier Salazar y Luz Stella su leal compañera de avatares ignoran, tanto como nosotros en el momento, que nuestra conversación inspirará un texto. Pero son tantos los motivos de interés contenidos en este espacio de realizaciones tangibles, en las personas que lo dirigen, inspiradas en un humanismo biocéntrico, coherentes con su discurso –caso poco frecuente en el mundo de artificios que solemos ver-, que nos negamos, primero a confiar en la frágil memoria, y después a atesorar la experiencia y los conocimientos adquiridos en actitud egoísta. Un café con sabor a hogar acompaña otro diálogo. Nos enteramos de la favorable evolución que ha tenido la quebrada “La Sonora”, lindero norte de la propiedad, en parte atribuible al manejo de la cuenca, repoblada con especies adecuadas y sometida a vigilancia continua desde el puesto de observación instalado en el predio. Fueron frecuentes en años anteriores los represamientos de lodos, rocas y material vegetal durante épocas de lluvias, causantes de graves daños y natural zozobra en los habitantes de La Virginia. A distancia, era una terrosa herida abierta en el verde de la montaña. El bosque renovado, con su complejo proceso de población de especies silvestres, de insectos y aves, revierte el ominoso proceso erosivo que ya se advertía. La misma pared rocosa acoge ahora en sus flancos, en la base, entre los resquicios, vida vegetal que matiza su apariencia.

Sólo dos de los establecimientos del Quindío que se anuncian como prestadores de servicios eco-turísticos, de acuerdo a una evaluación técnica, se acercan al estándar exigido. Uno de estos es el Ecoparque Peñas Blancas. Explica el ingeniero Salazar que debe mejorar algunos aspectos menores de las instalaciones físicas: niveles y horarios de iluminación artificial, manejo de residuos, de aguas servidas y huerta para auto-consumo. En cuanto al uso de agua corriente, se dispone de un nacimiento que además de cubrir la demanda propia, surte predios aledaños.
 HASTA PRONTO

El reloj, inflexible, señala la hora del regreso. Los anfitriones nos invitan a acompañarlos hasta Calarcá. Claudia no oculta su alegría por este último e inesperado golpe de suerte. Podemos así recorrer el sendero en su parte baja, cómodo, entre vegetación variada, multiforme, evitarnos el descenso a pié hasta La Virginia, y continuar la grata conversación, interrumpida minutos después por la presencia de reses ajenas que acostumbran invadir el área y causar estragos. Es trabajo conjunto para Vainilla y sus patrones, quienes se distribuyen en abanico entre camino y rastrojo para obligarlas a descender hasta el patio de la portada y a salir por allí hacia sus predios. En la última parte del lance intentamos colaborar sin mayor incidencia. El Daihatsu verde, herramienta vital para esta pareja de eco-quijotes, nos conduce hasta el poblado y luego por la vía asfaltada hasta Calarcá. Luz Stella y Javier: les expresamos nuestro respeto y admiración. Mil gracias.

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