- ¡Mire en lo que paró ese lote que daba treinta cargas de café!
La frase y el gesto del labriego contienen reproche con trazas de ironía.
No lo detiene su queja. Raudo, con el segundo aire que concede el corto tramo llano, continúa
el ascenso a tiempo que nos indica un sendero alterno para obviar las dos puertas del muro
enmallado, aseguradas con candados. El aviso advierte que el ingreso al Parque tiene ahora
una tarifa, disuasiva para las finanzas promedio de los quindianos. De cualquier forma no
hay alguien a quién sufragarla o que nos permita ingresar. El atajo, más empinado que el sendero
interior de la propiedad a la cual aludió el efímero guía, abre una fisura en espiral sobre
el prado salpicado de arbustos y flores silvestres de rojo exótico. Pausas de respiro, vistas
al paisaje, cada vez más amplio a medida que ganamos altura.
La actitud del lugareño es una de las incomprensiones que confrontan
el ingeniero civil Javier Salazar y su esposa Luz Stella Miller, gestores
y realizadores del Ecoparque Peñas
Blancas, por haber sustraído el predio
"Buenavista" -desde su adquisición ocho años atrás-, del uso tradicional
de la tierra en la región: café, plátano, yuca o ganadería. Cuarenta y tres
hectáreas que albergan ahora, no una inversión con propósitos de lucro expresable
en cifras; tampoco un plan de explotación agrícola, pecuaria o turística
en la acepción corriente del término; sí en cambio una propuesta de reparación
ecológica para un área deforestada, maltratada, durante décadas, hito geográfico
con significado social, componente de identidad municipal, y con seguridad
lugar mítico-ceremonial de los pobladores precolombinos. Un proyecto de orientación humanista
para la convivencia, en disfrute amigable e integrador con la naturaleza, con el paisaje de
360 grados, y con el creativo esparcimiento. La imagen de la desnuda mole rocosa cortada a
filo -en otro tiempo llamada "Ojo de Santa Catalina"-, en el sector de la cordillera próximo
a Calarcá, visible a distancia desde diversos parajes, convoca imaginación y nostalgia de sucesivas
generaciones. Son pocos los nativos del municipio que no han intentado alguna vez un ascenso
a su cumbre.
DESTINO PEÑAS BLANCAS
Una hora antes arribamos a La Virginia en el transporte colectivo -dura competencia del sexagenario
jeep- cuyo punto de partida es la galería de Calarcá. Breve visita a los
Novoa -Hernando y Enrique-, dos generaciones de músicos, orgullo de corregimiento
y municipio. Tomas fotográficas de Claudia Lorena atrapan el festivo mediosol, adherido a las
casas escalonadas en recio declive, al paisaje urbano de Calarcá y Armenia en el fondo, antes
de tomar el camino sur-oriental. El desvío hacia la izquierda de la vía veredal que conduce
a La Paloma y El Pencil, a pocos hectómetros del poblado, señalado a la vera entre la corrosión
de un aviso, activa nuestros pulmones: la exigente rampa con dos leves repechos, a la cual
le faltan 100 metros de huellas de cemento para permitir la llegada de vehículos de doble tracción
al predio, nos tonifica para el resto de la jornada. Un kilómetro desde La Virginia y seis
desde Calarcá. Aquí, en el portal de ingreso al predio "Buenavista", se sitúa el inicio de
esta crónica.
Coronando la colina tomamos la vía de acceso por el costado sur de la propiedad. A las voces,
al silbo de infancia con que nos anunciamos desde el barranco, acude el administrador. Explica
las razones de las puertas cerradas y del cobro por el ingreso: los desmanes predadores de personas
no aptas para espacios como este; también la necesidad de hacer auto-sostenible el Parque. Indagar
por el ingeniero Javier y expresar nuestra intención de almorzar en el restaurante, nos exime
del cargo.
EL ECOPARQUE
Las instalaciones centrales, ubicadas a 1930 metros sobre el nivel marino, en la meseta intermedia
entre el ingreso al parque y la cumbre rocosa, unos 400 metros más arriba,
son suficientes, sobrias y funcionales. El salón de uso múltiple y visual perimetral, erigido
en uno de los vértices de la planicie; contra el talud de las peñas, la casa principal, de
inspiración alpina–andina, con cubierta metálica a dos aguas en ángulo agudo, donde están,
el comedor, la cocina, dos alojamientos más servicios sanitarios, en la primera planta, y una
habitación amplia, a manera de desván, ventanas en mansarda, en el nivel superior; al costado
sur de esta, la casa de administración que suple necesidades logísticas, y es recurso de alojamiento
alterno. Resta mencionar la explanada central apta para deportes, y la zona de terrazas, acondicionada
con servicios básicos para la instalación de carpas. Mención especial dentro del diseño del
Parque, merece el sendero de 3.5 kilómetros de trazado. El extremo inferior es la portada que
citamos al inicio de esta visita; el superior, llega a la cumbre de las peñas. Un trayecto
que, a diferencia del peligro que suponía el ascenso antes de la construcción de la senda actual,
permite ahora, a la mayoría de las personas sin limitaciones físicas severas, coronar con poca
dificultad la mítica altura, en un lapso aproximado de 1 ½ horas, observando al paso una rica
variedad de especies vegetales, de aves, de parajes exóticos con amplio dominio visual sobre
la zona central del Quindío.
El anfitrión, tras la bienvenida y la iteración de explicaciones ya dadas
por Elkin, el solícito administrador, nos dedica un buen tiempo en función didáctica. Defiende
con razones el concepto de comida saludable basada en vegetales; entre otras, el respeto por
la vida animal, la poca aptitud del organismo humano para digerir tejidos cárnicos, y las
ventajas metabólicas del producto vegetal. No parece muy convencida, mi compañera de labor
periodística, aunque disfruta, al igual que nosotros, de un almuerzo deleitoso y reparador.
Vainilla, la perra labrador escolta de la pareja, de actitud amigable y plácido talante, no
se despega de sus amos. El ingeniero comenta sobre su reciente trabajo profesional en Bogotá
y Panamá – país que experimenta una vertiginosa activación económica- durante algo más de
un año, obligado por las escasas oportunidades regionales, y la decisión del regreso a su
liderazgo familiar y en el Ecoparque.
UN RETO ASUMIDO
Aunque no las menciona, intuimos las dificultades
que confrontan empeños civiles de estas características. Fuerte inversión
económica de retorno incierto: vías –rubro en el cual ha contado con
colaboración oficial y del Comité de Cafeteros-, movimiento de tierras,
construcciones, dotación, senderos, reforestación con especies nativas (17.000 unidades plantadas),
sostenimiento, recurso humano apto, información y promoción. Por otra parte, no es fácil atraer
visitantes dispuestos al tramo de ascenso, a pie, con una oferta restringida en comodidades
habituales; donde el televisor no hace parte de la dotación en los alojamientos;
donde se proscriben, alcohol, tabaco, alucinógenos, bullas ofensivas, equipos de sonido estridente;
donde se aplican principios de comida sana; se advierte que el lavado
de ropa debe hacerse con mínimo uso de detergentes; y donde el productor de desechos debe
clasificarlos en los depósitos respectivos...
Las compensaciones, no obstante, son gratificantes para renegados del
atafago consumista; para visitantes que estén dispuestos a prescindir por horas o días, del
falso confort: un clima que pese a la altura no amedrenta; el paisaje, cuyo límite único
es la capacidad visual y la sensibilidad espiritual de quien lo observa; un silencio que
matizan los cantos alados, las chicharras, el viento, la lluvia, una conversación sosegada;
el ambiente liviano, diáfano, de compenetración con lo elemental, con la dualidad espíritu-materia.
Aparte también de la cálida atención de los anfitriones, de sus colaboradores, y del conjunto
de servicios e instalaciones. Deportes y actividades recreativas alternas, como ascenso en
roca, rappel (descenso vertical con cuerdas), espeleología (exploración de cavernas naturales
en la parte alta del risco), complementan una oferta diferente a cuantas
abundan en el comercio turístico.
Sorprendo a mi compañera de visita en el borde del mirador, sobre un
lecho de hierba, a punto de iniciar una siesta. Merecida, pienso, tras
la caminata, el almuerzo, y varias tomas fotográficas con la luz de la tarde toldada. Cerca,
descubro un refugio en forma de cocineta, con dos bancas rústicas bajo una cubierta de tejas.
Desde allí, la vista en recorrido minucioso por las hoyas, planicies, depresiones topográficas,
que comprometen mi afecto de calarqueño y quindiano adoptivo, lanzo la imaginación hacia
largos vuelos. El tiempo pierde sentido y dimensión. La realidad regresa con un breve goteo
que no alcanza a ser lluvia. Mis gritos de alerta despiertan a la durmiente, quien se guarece
bajo el mismo techo escueto, mientras el espantaflojos, empujado por el viento, toma rumbo
sur.
Javier Salazar y Luz Stella su leal compañera de avatares ignoran, tanto
como nosotros en el momento, que nuestra conversación inspirará un texto.
Pero son tantos los motivos de interés contenidos en este espacio de
realizaciones tangibles, en las personas que lo dirigen, inspiradas en un humanismo biocéntrico,
coherentes con su discurso –caso poco frecuente en el mundo de artificios que solemos ver-,
que nos negamos, primero a confiar en la frágil memoria, y después a atesorar la experiencia
y los conocimientos adquiridos en actitud egoísta. Un café con sabor a hogar acompaña otro
diálogo. Nos enteramos de la favorable evolución que ha tenido la quebrada “La Sonora”, lindero
norte de la propiedad, en parte atribuible al manejo de la cuenca, repoblada con especies
adecuadas y sometida a vigilancia continua desde el puesto de observación instalado en el
predio. Fueron frecuentes en años anteriores los represamientos de lodos, rocas y material
vegetal durante épocas de lluvias, causantes de graves daños y natural zozobra en los habitantes
de La Virginia. A distancia, era una terrosa herida abierta en el verde de la montaña. El
bosque renovado, con su complejo proceso de población de especies silvestres, de insectos
y aves, revierte el ominoso proceso erosivo que ya se advertía. La misma pared rocosa acoge
ahora en sus flancos, en la base, entre los resquicios, vida vegetal que matiza su apariencia.
Sólo dos de los establecimientos del Quindío que se anuncian como prestadores de servicios
eco-turísticos, de acuerdo a una evaluación técnica, se acercan al estándar exigido. Uno de
estos es el Ecoparque Peñas
Blancas. Explica el ingeniero Salazar que debe mejorar algunos aspectos menores de las
instalaciones físicas: niveles y horarios de iluminación artificial, manejo de residuos, de aguas
servidas y huerta para auto-consumo. En cuanto al uso de agua corriente, se dispone de un nacimiento
que además de cubrir la demanda propia, surte predios aledaños.
HASTA PRONTO
El reloj, inflexible, señala la hora del regreso. Los anfitriones nos invitan a acompañarlos
hasta Calarcá. Claudia no oculta su alegría por este último e inesperado golpe de suerte. Podemos
así recorrer el sendero en su parte baja, cómodo, entre vegetación variada, multiforme, evitarnos
el descenso a pié hasta La Virginia, y continuar la grata conversación, interrumpida minutos
después por la presencia de reses ajenas que acostumbran invadir el área y causar estragos.
Es trabajo conjunto para Vainilla y sus patrones, quienes se distribuyen en abanico entre camino
y rastrojo para obligarlas a descender hasta el patio de la portada y a salir por allí hacia
sus predios. En la última parte del lance intentamos colaborar sin mayor incidencia. El Daihatsu
verde, herramienta vital para esta pareja de eco-quijotes, nos conduce hasta el poblado y luego
por la vía asfaltada hasta Calarcá. Luz Stella y Javier: les expresamos nuestro respeto y admiración.
Mil gracias.