Para quien no sea un tonto de marca mayor,
todas las ciencias son interesantes. Pero cada
sabio sólo encuentra una cuyo cultivo le divierte.
Descubrirla para consagrarse a ella es
propiamente lo que se llama vocación.
—Marc Bloch
Señoras y señores,
Tienen ustedes enfrente la estampa de un inconforme. El inconforme es un ser suspicaz y perfeccionista que nunca
está satisfecho ni con su propia sombra. El inconforme vive más pendiente de sus propios defectos que
los de los demás, y vigila que aquellos no le crezcan demasiado. El inconforme se siente incapaz de cabalgar
todo el tiempo sobre el statu quo, y a menudo entierra sus espuelas en las ancas de esa bestia de tal modo que le
duelan. En fin, el inconforme es vagamente diferente al revolucionario: este quiere cambiar al mundo en forma
vertiginosa y patética, aquel solo desea que las cosas no sean iguales para siempre.
Por inconforme conmigo mismo, porque creo que la identidad de un pueblo solo se alcanza conociendo la materia de
su pasado, por eso decidí un día escribir una versión de La
Colonización del Quindío utilizando como pretexto los cien años de fundación de
Calarcá. Procuré hacer un texto más globalizador, que abarcara la conquista, la colonia, los
albores de la República y el dinámico proceso de los colonizadores bregando por sus familias y
riñendo contra los terratenientes. El hecho de que Eduardo Isaza y Arango escribiera su libro llamado
Calarcá en la mano, en 1934, me hizo pensar que habían pasado muchos
años sin tener a la mano un texto renovado. Presionado por el tiempo, finalmente pude entregarle el manuscrito
al Banco de la República, cuyo Gerente, el Doctor Hugo Palacios, se había comprometido con el alcalde
Didier Duque, a regalarle a Calarcá una monografía que recordara los acontecimientos de la
fundación. Después de ser aprobado por los expertos historiadores del Banco, quienes hicieron sus
agudas observaciones críticas, finalmente ese libro vio la luz el mismo año del Centenario.
Creía en aquel entonces que ese era el momento de asumir un enfoque más integral de nuestra
existencia histórica, de tal modo que nos permitiera ver el pasado con unos ojos distintos al libro de nuestro
querido Eduardo Isaza, a quien alcancé a conocer en mis años juveniles. Y porque además
había descubierto, muy al azar —y gracias al gran historiador Manuel Lucena Salmoral— que era muy diferente la
relación de los hechos del pijao Calarcá, quien no era ese titánico y acaudalado guerrero
indígena, sino un cacique común y corriente, defendiéndose hasta con las uñas —con sus
flechas y con su malicia— del imperialismo español que nos estaba trayendo desde Europa la caña de
azúcar, el café, el plátano, las vacas, las ovejas, los marranos, las gallinas, las peras, las
lentejas, los ajos y la piedad cristiana. Sin embargo, gracias a esta reinterpretación, pudimos rescatar el
carácter independiente del cacique cuando vimos que supuestamente se refleja en el ánimo de los
calarqueños cuando nos da por ser rebeldes y presumidos, como ese farallón blanco de Peñas
Blancas (llevado a la portada gracias a la acuarela de Hernando Jiménez), que se muestra a lontananza para
que todos se fijen en el.
Estas evocaciones personales, tan lejanas a mi estilo, son obligatorias para señalar las causas de este
libro. Hoy, después de veinte años, digo que he quedado insatisfecho con la obra que entregamos, entre
otras cosas por cobarde, porque decidí finalizarlo en el umbral de la Violencia por temor a despertar viejos
rencores, empezando por el mío. Y finalmente insatisfecho por haberme metido a grande, tratando de comprender
el presente por el pasado y olvidando que la historia es una ciencia que se rige por complejos archivos, documentos,
cartografías, memorias, métodos críticos y análisis de testimonios, dejando a un lado la
anécdota y la improvisación —vale decir, esa gigantesca laguna donde solemos naufragar todos los
empíricos—.
La tradición calarqueña se merece mucho más que esta voluntad de comprender. Nuestra
pequeña historia está llena de esfuerzos humanos tales como las jornadas peligrosas, los caminos
lejanos, los aserríos, los convites, las cabalgaduras, las recuas, los berridos de los recién nacidos,
los tigres al acecho, las casas de balcones, los caporales de barba larga, los sangreros con sus cornetas, los sacos
de café sobre los bueyes, los amoríos y las serenatas.
Los hombres que hicieron este pueblo caminaron muchas leguas, no se dejaron vencer por los abrojos ni por los
lodazales, crearon de la nada un caserío, le dieron un nombre legendario y se repartieron las obligaciones.
Nada les llegó gratis y en cada estaca que clavaron también clavaron sus horizontes y sus esperanzas.
Ellos no llegaron para irse sino para quedarse. En cada exclamación de los colonos y en cada suspiro de sus
mujeres, se fue forjando la unidad con el paisaje. Calarcá es el fruto de esa aproximación a una vida
nueva en una comarca nueva.
Reconozco que muy poco de esta maravillosa conjunción de esfuerzos humanos se refleja en el libro que hoy
ve su segunda edición. Había que ponerle pueblo a la historia calarqueña y por ello los hechos
investigados me fueron insuficientes para encontrar matices mas notables en el proceso de la colonización,
para señalar el profundo contenido social y económico de esa lucha y para expresar la auténtica
trascendencia emocional de aquellos episodios.
No obstante, con el tiempo han venido floreciendo nuevas investigaciones sobre la historia general del
Quindío, como el espléndido trabajo de Olga Cadena Corrales sobre la concesión Burila, con el
cual se enriqueció de manera valiosa el concepto de que hubo unas colonizaciones empresariales con un
significado diferente en el contexto de la historia del eje cafetero; la monografía de Armando
Rodríguez Jaramillo sobre el pleito de límites que tenemos con Risaralda; los detalles del paso de
Bolívar por el camino del Quindío, esbozados por Evelio Henao Ospina; la influencia del Estado Soberano
del Cauca sobre la conformación de nuestra región, escrito por Jorge Enrique Arias Ocampo; los nombres
antiguos que llevaban las calles de Armenia, por Fernando Jaramillo Botero; el amplio estudio sobre la banca regional
desde 1929, por Gonzalo Valencia; el concepto cultural de nuestras ciudades que hace Nodier Botero; y el debate por
la quindianidad de Miguel Ángel Rojas, son todos ejemplos de trabajos académicos en torno a nuestra
historiografía regional.
Señores y señoras:
Nunca encontraré palabras suficientes para agradecer a todos aquellos que hicieron posible este libro
doble que conmemora los cien años del Concejo y ofrece una monografía de la ciudad. A la señora
Gobernadora, a la Alcaldesa de la ciudad, a la Empresa Multipropósito de Calarcá, a la CRQ, al
Comité de Cafeteros del Quindío, al Instituto Financiero para el Desarrollo del Quindío, a la
Cámara de Comercio de Armenia; y al Presidente del Concejo, Camilo José Ramírez López,
quien puso todo su empeño en que esta conmemoración no quedara en el vacío. Especial
mención se merece mi amigo Jairo Olaya Rodríguez, con la ayuda de Álvaro Ortiz Duque, cuya
pertinacia y tesón hizo posible primero la crónica detallada de la historia del Concejo, y enseguida
realizó su trabajo de editor con idoneidad y cuidado. Como la posibilidad de actualizar totalmente el libro
me hubiese tomado muchísimo tiempo, le dije a Camilo y a Jairo que no tenía tiempo para ello, y fueron
indulgentes conmigo con los pocos retoques que hice. Pero hoy no me arrepiento de esa decisión porque, como
dije antes, otros vendrán atrás con sus interpretaciones propias y es bueno que así sea para el
juicio de las nuevas generaciones aunque le enmienden a uno la plana.
La dedicatoria original del libro —esa sí—, quiero que quede perpetua y viva: a Joaquín Lopera, el
gran concejal, el insobornable que redactó acuerdos y directrices para Calarcá y quien, con su ejemplo
de lealtad y de liberalismo, dio su vida por la franqueza y por el valor.
Muchas gracias.
13 de Octubre de 2005
(*)Palabras pronunciadas por Jaime Lopera Gutiérrez durante la entrega
de la segunda edición de su libro La Colonización
del Quindío, con ocasión de conmemorarse el primer centenario
del Concejo Municipal de Calarcá. Club Quindío, Octubre 13, 2005. |