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ÓSCAR IVÁN

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PUEBLOS VIVOS

Óscar Iván Sabogal VallejoPor Óscar Iván Sabogal Vallejo.
oscarsabogal8504@gmail.com

Las ciudades y los pueblos son organismos vivientes que sudan, que respiran, que poseen un perfil que resume el alma de su gente y tienen una personalidad que a veces se resiente y debe luchar con sus propios complejos. Eso todos lo sabemos y lo podemos corroborar, cuando en una pausa nos detenemos a pensarlos.

Calarcá ha pasado por muchos avatares como conglomerado, desde la infancia feliz de su fundación a finales del siglo XIX, cuando todavía ignoraba los desarrollos posteriores de su hermana menor Armenia, pasando por el trauma de La Violencia de los años cincuenta, donde sus calles se convirtieron en escenario de duelos y cantinas como en una película del lejano Oeste, hasta hoy sumida en la perplejidad que le causa no encontrar el camino que le permita reanudar sus propios diálogos interrumpidos.

Sí, los pueblos además de personalidad tienen memoria y dignidad, aunque algunos no lo sepan, y Calarcá tiene la dignidad resentida. No es dueña de su destino, perdió la autonomía de otros tiempos, desdibujó su perfil, carece de peso específico, tiene poca importancia. ¿Será por eso que muchos se han ido a la ciudad vecina en pos de otra identidad?

Los ciudadanos debemos contribuir a su renacimiento, y muchos lo estamos haciendo desde ángulos diferentes. El problema, que afecta muchos aspectos del municipio, tiene un origen esencialmente político igual que su solución. Se requiere de un acuerdo que permita definir qué es lo que queremos que sea la nueva Calarcá y cómo lograrlo. Lo primero no siendo tan simple es susceptible de conciliar. Lo difícil estriba en resolver el cómo.

Algunos consideran que el problema es elemental, que todo se resolvería con el hecho simple de cambiar el nombre de uno de los integrantes de las listas de candidatos de los partidos tradicionales que hoy detentan la representación en el congreso, por el de un calarqueño, buscar algunos votos prestados y asunto resuelto, cuestión de ampliar el clientelismo departamental hasta la Villa del Cacique, piensan ellos.

Otros tenemos diferente opinión, creemos que no tener un cacique, un jefe político inamovible, señor de vidas y haciendas, es una virtud y no un defecto de este organismo viviente que llamamos Calarcá. Que necesitamos, sí, representantes del municipio en diferentes instancias del poder, pero que sean producto de la deliberación consciente, dentro de un proyecto político de signo diferente al de los corruptos y clientelistas tradicionales que dominan el departamento, que logre el apoyo entusiasta de la ciudadanía. La dignidad no está en que nos den un renglón en una lista política al lado de los mismos de siempre.

Los pueblos tienen memoria y también aprenden, y los calarqueños no olvidamos que nos ha ido mal cuando no tenemos nuestros propios representantes, cuando dependemos de otros, que como los de ahora, desconocen como retomar el hilo para continuar nuestros diálogos interrumpidos.