En el Quindío, los corruptos, ladrones del bien público, están felices; también sus cómplices, subordinados oficiales, privados, y periodistas que contemporizan con ellos; que cohonestan sus delitos. Rommel Hurtado, irreemplazable denunciante de actos perversos contra el erario público, tal como él mismo y quienes conocían su actividad lo presentían, fue asesinado. En una central calle de Armenia, en pleno mediodía, a la vista de transeúntes y amigos, el homicida a sueldo, sin dificultad alguna, ante la carencia de mínima seguridad personal, responsabilidad eludida por el Estado, cumplió su misión. Los maquinadores no dejaron cabos sueltos: boletines de prensa disparados al unísono con los proyectiles descalificaron la probidad de la víctima, presentándolo ante el país como beneficiario de pagos del narcotráfico y conspirador, ignorando con perversa intención el obvio motivo de su muerte; el supuesto sicario terminó silenciado por balas oficiales, luego de cerco policial; la información y comentarios de los medios locales restaron importancia al hecho y omitieron las airadas e inanes condenas que se acostumbran.
Todo servido para otro más de incontables crímenes impunes contra abanderados del interés ciudadano. Hurtado era un personaje incómodo, de escueta y ruidosa franqueza, autor de casi un centenar de denuncias que implicaban gobernantes en ejercicio, ex funcionarios y particulares. ¿Qué motivaba su papel de fiscal sin cargo ni paga?, ¿no temió por su vida? Respondía a esta y otras preguntas con desfachatez y presumible sinceridad. Escúchenlo, véanlo en los videos - entrevistas que circulan por Internet.
No sólo se refería a su peligroso empeño en las barras de los juzgados. Su diagnóstico sobre el departamento era crudo pero ceñido a la espeluznante realidad: el círculo, miseria material y espiritual, inactividad económica, desempleo, politiquería, corrupción, perpetuado por el interés de quienes manejan los hilos del poder regional y por la pasiva complicidad de los votantes, no deja espacio al optimismo. Otro adalid del interés común muere; el olvido, con veloz eficacia, tenderá su velo sobre la memoria de Rommel Hurtado y su labor. La permanente amenaza pesa ahora sobre la persona de Miguel Ángel Rojas, citado por el difunto como uno de los pocos quindianos leales a su profesión de informadores y comunicadores. A quienes ejercemos labores afines con este, nos corresponde manifestar solidaridad y continuar sin tregua la lucha contra los malos.
No dejamos solo a Miguel Ángel, lo rodeamos, respaldamos con nuestro trabajo y posiciones públicas. No podemos esperar nada distinto a lo visto y leído en los medios masivos, financiados por los mismos corruptos. Desde nuestras modestas tribunas, medios alternativos de expresión ciudadana y organizaciones sociales, nos pronunciamos con independencia y valentía, aprendiendo sí de lo ocurrido. Sin actitud suicida, preservando hasta lo posible nuestra seguridad, persistiremos. A manera de póstumo homenaje a Rommel Hurtado exigimos, por lo menos, rápida y cumplida justicia en los casos que él denunció. No nos hacemos ilusiones con el esclarecimiento de su asesinato.
Transformar las prácticas políticas en el Quindío exige la participación de todos sus estamentos. De continuar como venimos, estamos condenados sin remedio a la bancarrota moral.
Atentamente,
Álvaro Jaime Ospina Ramírez, director de calarca.net; Ángel Castaño Guzmán, editor de la revista La Avenida; Daniel Jiménez Quiroz, editor de la revista Larva; Hugo Hernán Aparicio, director de Poetintos. |