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| INTRODUCCIÓN |
Por: Jaime Lopera Gutiérrez (jjlope@telesat.com.co)
La presente monografía fue publicada hace ya 20 años por el Banco de la República
(en junio de 1986, bajo la gerencia general del quindiano Hugo Palacios Mejía y la dirección
cultural del también quindiano Everardo Murillo) como un obsequio de dicha entidad bancaria a la
conmemoración de los primeros 100 años de Calarcá.
En la actualidad el texto original ha sido ligeramente resumido para efectos de ser publicado por el
Concejo de Calarcá, con ocasión de su primer centenario, por lo cual he decidido dejar los
derechos editoriales del nuevo texto en manos de esta corporación con destino, si así lo
desean los miembros de ella, a otras generaciones de mi ciudad.
El propósito original fue la creación de una historia monográfica de la ciudad de
Calarcá, y de remate de la región del Quindío, con base en unos borradores que
venía acumulando cuando estudiaba en Bogotá. (Joaquín Lopera, gran amigo de Eduardo
Isaza y Arango, quien había publicado una primera monografía, Calarcá en la Mano, en
1934, en algún momento me había impulsado a superar ese trabajo). Así que, apurado por
el Banco y por el mensaje paterno, terminé de redactar mis notas y fichas hasta entregar el primer
manuscrito al editor; este, con suma profesionalidad, dio el manuscrito a la lectura de un experto
quien debía opinar acerca de su contenido antes de recibir la aprobación definitiva para su
publicación y obsequio al municipio.
Jorge Orlando Melo, un notable escritor a quien el país le debe una muy valiosa investigación
histórica, al parecer fue quien revisó todo el documento y entregó varias cuartillas con
sus comentarios. Su dictamen fue demoledor: el libro no podía publicarse bajo esas condiciones a menos
que se le hicieran unas importantes revisiones que, a su juicio, tal vez ameritarían que el Banco de la
República se atreviera en tratar una edición. Levemente dolido por la crítica, me
empeñé en largas vigilias para corregir los comentarios que creí acertados, y permanecer
con otros que no me convencieron. Debo confesar sin embargo que, gracias al historiador Melo, el manuscrito
cobró un mejor perfil, mejoró su contenido y sus notas, y le dio forma al libro que finalmente
fue entregado al alcalde de mi ciudad.
Había elegido el título de «Quindío, una ciudad dispersa», aprovechando
una enunciación recogida hace tiempo. La definición era, hacia 1970, aplicable al
Quindío cuando una ciudad radial, es decir generativa como Armenia, extendida marcadamente su
influencia determinante hacia las otras poblaciones de la provincia. Pero esta frase ya aparecía como
peyorativa en la década del 80, aunque luego, como se sabe, ha sido la imagen de una realidad
circundante donde juegan su papel otras fuerzas económicas y sociales en una interdependencia que se
vive cada día más.
Desde finales del siglo XIX hay varias épocas claramente diferenciadas en la historia Quindiana y
calarqueña: el asentamiento de los colonos y de la fundación; el origen de los conflictos entre
los colonizadores; la aparición de los propietarios arrieristas; el nacimiento y extensión de
la industria cafetera; el impacto de los movimientos migratorios sobre la composición social y
económica de la zona; y los altibajos de la economía cafetera y sus efectos sobre el desarrollo
o estancamiento de la región.
Pero nuestras investigaciones fueron suspendidas a propósito antes del año de 1953, cuando el
proceso de la violencia enmarcaba la vida de los municipios quindianos en una aciaga etapa que
constituyó un ultraje para el porvenir. Porque, además, en ese momento sentía que la
sangre de mi padre, sacrificado en el altar del sectarismo, me impedía ser objetivo, -aún
cuando pueda repetir ahora que la injusticia de su asesinato no la repara sino el olvido-.
En fin, no me queda más remedio que repetir los nombres de las principales personas (algunas ya
desaparecidas) que me animaron en el proceso de maduración de esas páginas. En especial a Otto
Morales Benítez, Jaime Jaramillo Uribe, Iván López Botero, Adonías Rey, Nelson
R. Mora, Jaime Ramírez , Oscar Jiménez Leal, Helí López Botero, Beatriz
Gómez Botero, Bernardo Mejía Tobón y muchos otros amigos que soportaron mis pesquisas y
se aburrieron con mi perseverancia. A Carlos Miguel Ortiz , quien le dio una lectura detallada al manuscrito;
y Gonzalo Cardona y Alpher Rojas quienes hicieron el esfuerzo de corregir una penúltima versión
con el objeto de hacerla potable a los lectores. |
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I - LOS MITOS DE NUESTRO PUEBLO |
En el origen de muchos acontecimientos históricos
suele encontrarse unas bases de leyenda. La imaginación popular amplía el campo de la
influencia de los mitos relacionados con la naturaleza de la sociedad en la medida en que los pueblos
convierten en hallazgos épicos aquellos héroes civilizadores que anteceden su «edad de
la razón».
La ficción antecede a la realidad; la raíz animista de la leyenda precede el nacimiento de
las agrupaciones y la magia es el primer rito del clan y de la tribu, Los poemas precolombinos del Nuevo
Mundo, el Popol Vuh y el Yuruparí, leyenda del Vaupés, resultan ser expresiones literarias tan
auténticas que sustentan, como las epopeyas del Cid y de Rolando, «un primer romanticismo
americano».(1)
También en la historia de Calarcá y el Quindío hemos encontrado esa raíz
mitológica como una extensión de la poesía o como una diferente interpretación
de los materiales históricos: la leyenda se nutre menos de la explicación que de la inventiva,
y el cotejo sólo puede hacerse entonces a partir de una actitud completamente desprovista. En esta
actitud reside el primer acercamiento al misterio, como un desquite contra su singularidad.
Los relatos quindianos (y tolimenses) están vinculados a la existencia del cacique Régulo
Calarcá y a su presunta descendencia. El nombre de Régulo proviene de la relación de
viajes escrita por Agustín Codazzi(2) durante su visita a las provincias de la Nueva Granada.
Uno de tales relatos habla de la cacica Guaicamarintia.
Fue esta, dice la tradición oral, la hija del cacique Calarcá. Hermosa, valiente y fiel a
su padre, como que se convirtió en reina (cacica) de los pijaos a la muerte de su progenitor. Hecha
ya mujer, Guaicamarintia abandonó a los suyos y se casó con un cacique quimbaya quien la
cubrió de oro y de riquezas. Inicialmente representó la misma misión emancipadora que
animó a su padre, y era, por así decirlo, una heredera indómita ante las pretensiones
de los invasores españoles que nunca pudieron socavar el carácter agreste de los pijaos. Ya en
la civilización de los ricos quimbayas, la cacica Guaicamarintia devino sumisa y nunca pudo recuperar
aquel espíritu altivo que habían adorado en ella sus súbditos.
Otro testimonio oral
señala hacia «Peñas Blancas».
Al morir el cacique Calarcá, su hija recibió el cadáver, ordenó cavar una
sepultura entre las rocas de ese monte y allí lo enterró, con todos sus tesoros, en una fosa
que los guaqueros denominaban «catedral» por el volumen y la magnitud suntuosa de los cajones y
de los pasillos.
Dicen también que «Peñas Blancas»(3), llamaba antes la Cueva del Mapelá,
nombre que evoca la caverna donde sepultaron al patriarca bíblico Abraham luego que este la
había previsto como sepulcro hereditario para su familia; al respecto no existen mayores datos, salvo
el testimonio de un judío que habitó en la región quindiana.
Este sitio de «Peñas Blancas» ha sido en verdad un polo de atracción de los
guaqueros que invadieron el Quindío a mediados del siglo pasado, tras un «Dorado» que se
suponían localizado en dicho sitio. Este El Dorado fue como dice Arango Ferrer «el delirante y
sarcástico fantasma de la codicia occidental que estaba en todas partes y ninguna: El Dorado fue la
venganza del Nuevo Mundo contra quienes lo sorprendieron y lo despojaron»(4) para los españoles
fue la atracción máxima; para los colonizadores también.
Jesús María Suárez, un cronista de principios del siglo XX, nos trae también
el recuerdo de la siguiente leyenda: hubo en la región del Quindío una laguna llamada
«Maraveles» en cuyas aguas flotaba una totuma encantada que «al tocarla pitaba como un
toro y luego desaparecía». Se dice que en esta laguna había depositado todo su oro el
cacique Calarcá antes de irse a pelear contra los españoles. Era una laguna inmensa: brillaba
con luz fosforescente por las noches y su agua era limpia y cristalina como ninguna en la región.
Esta laguna atrajo la atención de los colonos y de los guaqueros que se habían instalado en
Salento - entre los cuales estaba el mismo Suárez-.
Es curiosa la similitud que existe entre «Maraveles» y Guatavita: como es conocido, el cacique
Guatavita se sumergía en las aguas para dejar en ellas el polvo de oro que cubría su cuerpo y
una ofrenda de esmeraldas durante ciertas festividades chibchas; el pueblo, entre tanto, daba la espalda al
rey mientras arrojaba a la laguna, desde la orilla, ricas joyas de oro y quemaba moké aromático
al compás de fotutos y tambores.
Alrededor de «Maraveles» crecían los cipreses, los álamos, robles y abedules;
nadie podía acercarse a la laguna sin atravesar una inhóspita región donde medraban las
fieras y los peligros de la selva; cuando llovía, se hacían intransitables los pantanos; en
verano, las alimañas impedían cualquier acceso; sólo el cacique Calarcá
conoció un sendero fácil por donde llevó sus riquezas, en compañía de una
docena de guerreros pijaos a los que asesinó con sus propia mano cuando terminaron su labor de
enterramiento; al morir de un balazo, Calarcá se llevó el secreto de la laguna hasta cuando los
salentinos oyeron hablar de ella y comenzaron a invadir el Quindío en su búsqueda.
La leyenda del tesoro de Pipintá pertenece del mismo modo al patrimonio mitológico del
Quindío. Un colono que buscaba la hoja de iraca, se internó en la selva; súbitamente
tropezó con una gradería de piedra, siguió el camino hasta un templo subterráneo
y allí vio un tesoro de objetos, entre ello una enorme serpiente hecha de oro; para llevarse estas
riquezas, retornó por sus hermanos a quienes narró lo sucedido; pero al tratar de hallar de
nuevo la gradería, no pudo hacerlo y el tesoro de Pipintá permaneció inviolado. Sin
embargo, la conseja se extendió rápidamente por Antioquia y desde allí llegaron hasta
Salento muchos aventureros tras las huellas del oro.(5)
Por otras investigaciones, que detallaremos más adelante, también ha podido convertirse en
simple leyenda lo de la muerte del cacique Calarcá a manos del cacique natagaima Baltazar; este,
dicen, fue un aliado del oidor español don Juan de Borja para combatir a los pijaos y dizque dio
muerte a Calarcá atravesándolo con una lanza -que se dice reposa ahora en un templo de
Ibagué y sobre la cual se han escrito hasta novenarios como el que apareció en dicha ciudad en
1813 (imprenta de Antonio Carabiña) dedicada «en memoria de las hazañas, prodigios y
virtudes de la lanza».
Quedan las referencias anteriores como episodios de la leyenda que se ha formado en torno del cacique y
sus tesoros.(6)
No obstante, la verdad parece ser otra. Los pijaos han dejado rastros arqueológicos -vasijas de
barro con dibujos en color negro o sepia; punzones de piedra y hueso; pectorales y platillos romboidales que
fueron usados como orejas, brazaletes-, pero ningún tesoro de importancia que justifique ni El Dorado,
ni Pipintá; se desconocen testimonios escritos de los cronistas de la época sobre la hija del
cacique; ninguna laguna de importancia se encuentra en esta región- a menos que la del Otún se
haga fungir de «Maraveles» para los imaginativos guaqueros de ayer. Pero nadie puede negarle a la
fantasía su ocasión de expresarse colectivamente. Los pueblos, repetimos, se enajenan en la
ficción como producto de sus apremios. De este modo trascienden sus problemas a lo imaginativo, pero
al infierno se achacan sus debilidades. Después de la quimera está, sin embargo, la
supremacía de la realidad.(7) |
| CITAS |
(1) Javier Arango Ferrer,
Raíz y Desarrollo de la Literatura Colombiana : “Brujos y Héroes Precolombinos”; en
Mito, año V agosto-septiembre, No.26, 1959, Bogotá (p.p. 14 y ss).
(2) Geografía Física y Política de las Provincias de la Nueva Granada :
Comisión Corográfica bajo la dirección de Agustín Codazzi: Provincias de
Córdoba, Cauca, Popayán, Pasto y Túquerres; 2da parte: Informes. Publicaciones
del Banco de la República , Archivo de la Economía Nacional , 1959. p.p. 60-61.
(3) Este peñasco recibió, hacia 1901, el nombre de El Ojo de Santa Catalina.
(4) Arango Ferrer, op cit., p. 151
(5) Roberto Restrepo, El Quindío y su Colonización. Archivo Historial. Manizales,
julio 1921; p.p. 228-231
(6) No podemos dejar de mencionar un texto muy imaginativo de Luis Arango C., quien, en su libro
sobre la guaquería, inventó esta curiosa versión sobre la fisonomía del
Cacique Calarcá: Opinan algunos cronistas (!) que el rey Calarcá era de estatura regular y bien
proporcionada, hombros anchos, cuello corto, cabeza redonda, el pelo de esta y la barba negro y sedoso;
frente espaciosa, boca pequeña, labios delgados, cara afilada, tez color pergamino, orejas bien anchas,
oído fino, nariz que tendía a ser aguileña, ojos negros y grandes, mirada desconfiada y
penetrante, como el ojo del águila andina; fisonomía simpática, conversación
agradable y muy prudente; de movimientos ligeros y muy activo en el cumplimiento del deber; de espíritu
guerrero y tratándose de defender la patria, no se consideraba ni él mismo. Muy aseado en su
persona y vestía bien. Vestido con un forme militar y los brazos cruzados, tenía un parecido al
tipo griego. ¿Murió joven y a dónde? ¿En qué punto lo enterraron? El Rey
Calarcá es el verdadero cóndor andino humano colombiano”. Cfr: Luis Arango Cardona., Recuerdos de
la Guaquería en el Quindío, Editorial Cromos, Tamayo & Cía, Bogotá 1924, p. 78.
(7) Hay versiones de que en la hoya del Quindío habitaba una subtribu de la tribu de los Quimbayas
(los quindos), dirigida por el supremo Cacique Senacaya y la hermosa cacica Zuldemaida, pero de su existencia
existen pocas evidencias arqueológicas. Citado por Jesús Arango Cano, en Cuentos y
Anécdotas de mi Tierra, Editorial V y Co., Manizales, 1971, pp. 3 7y ss. Al respecto es importante
consultar la rica documentación de Juan Friede, “Los Quimbayas bajo la Dominación
Española ”, Editorial Carlos Valencia Editores, 1 978. |


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