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MINIFICCIONES

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NÚMERO 48 — MUJERES MINICUENTISTAS

Minificción minificciones@gmail.com

LOS NOCTUIDOS
Fanny Buitrago
Colombia

Hay ciertos insectos que nacen al amparo de la noche cerrada, procrean y mueren antes del amanecer. Nunca llegan al día de mañana. Sin embargo, experimentan segundo a segundo, la intensa agonía de vivir, se aparean con trepidante gozo y luchan ferozmente para conservar sus territorios vitales, sus lujosas pertenencias: el lomo de una hoja, la cresta moteada de un hongo o el efímero esplendor del musgo tierno besado por la lluvia.

Quizá instintivamente en un punto ciego entre la muerte implacable antes del estallido del sol matinal y la promesa infinita, telúrica, de la evolución hacia un estado superior, dichos insectos se frotan las patas lanzándose a una lucha fratricida. Envanecidos con la tentación de liquidar a sus semejantes y dominar el mundo.


INICIALES
Débora Vásquez
Argentina

Se encendió la luz en el living comedor. La certeza de que había alguien más. La policía secreta nos tomó por sorpresa. Íbamos a comenzar una nueva etapa en nuestras vidas. Eso dijeron. Una etapa de la que nuestros padres no nos habían advertido, justamente porque la ignorancia era la clave. O tal vez, porque una vez vivida es olvidada. Supimos entonces que nos embarcábamos en un presente desplazado. Se nos permitió una llamada telefónica. Me comuniqué con mis padres. Se alarmaron. En el pequeño hotel en que vivíamos las condiciones eran precarias. Recuerdo un ascensor exiguo y oscuro y la humedad del subsuelo trepando por mis piernas mientras dormía. Recuerdo el sabor amargo de los narcóticos y la proximidad de las ratas. Y por último la luz intensa y dolorosa del día en que nos dieron de alta porque habíamos aprendido. No supe qué pero tampoco me atreví a desmentirlo cuando aquel doctor nos lo comunicó. Y eso fue todo, al menos todo lo que hasta hoy recuerdo de vez en cuando. Pero aún conservo en mis pijamas esas extrañas iniciales que todavía algunos confunden con una marca de ropa.


ARRORRÓ
Alina Diaconú
Rumania

"Qué bonita, qué bonita eres" -murmuró la Madre en la penumbra, posando sus labios sobre una de las mejillas de su pequeña hija-.

Al retroceder luego unos pasos, sintió en su boca la presencia de un trozo húmedo y tibio, de textura carnosa. Con repugnancia, la Madre escupió el corpúsculo adherido a sus dientes. Este cayó al suelo, sin ruido. Un escombro cualquiera, un desecho más.

A pesar del sabor a sangre que proseguía en su paladar, ella se acercó de nuevo hacia la niña quien, con un movimiento brusco, trató de zafarse de esa ternura recurrente. No obstante, la Madre deslizó sus dedos por la cabeza llena de rulos de su muñeca y no pudo sino sorprenderse al advertir que, tras esa caricia, varios bucles de su hija se habían quedado entre sus dedos. Eran tan largos que, al estirarlos, parecían arrancados de raíz.

"Duérmete mi vida, duérmete ángel mío" -canturreó-, pero el llanto de su hija era ahora incontenible, en tanto un líquido que manaba de su mejilla y de su cuero cabelludo, le mojaba la mano.

Juzgó entonces que lo más adecuado era no darle importancia, para no convertirla en una caprichosa, y salió raudamente de la habitación.

Una vez segura de su soledad, la pequeña descendió de su cama (diminuta como ella) y, a tientas -ya que las tinieblas eran inexpugnables-, empezó a buscar el trozo perdido de su mejilla, los mechones de pelo arrancados de su cabeza.

Se pasó la noche entera buscando. Los días. Los años. La vida. Curiosamente. nunca los encontró.


LA HISTORIA DE LOS CERDITOS
Úrsula Wolfel
Alemania

Un día una cerda salió con sus cerditos al campo. Hacía mucho calor y la cerda se tumbó a la sombra y se quedó dormida. Los cerditos echaron a correr. Uno entrón en un jardín y se comió todas las moras verdes, y por eso le entró dolor de tripa.

Otro se fue al corral y un ganso le picó en el rabo. Otro salió corriendo hacia la calle, vino un coche y, como el cerdito sintió tanto miedo, se tiró a una zanja y se puso sucísimo. Únicamente el cerdito más pequeño se quedó con la madre. No tuvo dolor de tripa, no le picó ningún ganso en el rabo, y estuvo muy limpio y de color rosa. Pero se aburrió muchísimo durante todo el día.


LA CARRERA DE CHAPADMALAL
Sara Gallardo
Argentina

¿Conocen la palabra Chapadmalal? Significa corral pantanoso. Dice: concentración de belleza. Una casa, un parque. Sobre todo caballos.

Los mejores van después al cementerio, allí duermen, allí se vuelven Chapadmalal.

Un poeta los cantó, y no hay mejor manera de contar la verdad.

Sólo quiero recordarles que cada medianoche sin luna se arma una carrera en aquel aire. Dicen que solamente los de alma pura llegan a verla.

Experimentan en la noche un temblor, ir y venir de patas. Una vez más, la fragancia del sudor de caballo.

Dejando su envoltura de raíces, los grandes corredores fosforecen. En torbellino van, un tropel sin tropel, en disparada. Llevan las aclamaciones de las tardes. No está lejos el mar. Eso se sabe.

Quién tuviera corazón puro. Ver la carrera de los caballos idos de Chapadmalal.


LA MUJER DE AGUA
Maribel García Morales
Colombia

Meditando sobre las precauciones que habría de tomar, la mujer dirigió su cristalino cuerpo hacia la playa. En ese momento lo vio y supo que ya nunca podría estar lejos de él.

Decidida, se prendió a su pie y en la intimidad de la ducha lo acarició cada mañana con fruición entregándole con amor su femenina presencia. El hombre no supo nunca de aquella salina amante que, en secreto se fue yendo por entre la rejilla de su baño.


Las minificciones aquí incluidas hacen parte del libro inédito Mujeres minicuentistas Volumen I . Estudio y antología, hecha por Leidy Bibiana Bernal R.
Calarcá, Quindío, Colombia, 2003.