EL SEÑOR QUE TENÍA ALGO EN
EL OJO
Jules Jouy Francia

Dos señores, correctamente vestidos de negro, se cruzan en la escena. Uno de ellos detiene al otro y
cortésmente le ruega que tenga a bien soplarle el ojo. El señor detenido hincha los carrillos y
sopla. Inútilmente. Sopla una y otra vez con distinta intensidad. Sin resultado. Toma un largavista y,
como Napoleón en el campo de batalla, atentamente contempla el ojo afectado. Estira hasta el colmo el
catalejo, para ver mejor, y de paso le pone el otro ojo en compota al señor. Inspección
inútil: nada ve.
Entonces extrae un taladro de su bolsillo, saca de su órbita el ojo enfermo y lo observa en todos los
sentidos. Ocurrencia feliz: ¡al fin encuentra!
Hace mutis por un momento, y entre bastidores se oye, entretanto, un ruido sordo, como el de un gran peso que
cae al suelo; luego le devuelve el ojo al señor. En ese momento, un coche cargado con una piedra enorme
y tirado por cuatro robustos caballos pasa por el fondo del escenario.
El señor se aleja, dando muestras de alivio. Eso era lo que lo molestaba.
SUPLICIO
Carlos Alberto Agudelo Arcila
Colombia
"Los dos debemos morir a la vez", le dijo él a ella. "Recuerda que fue nuestro sagrado
compromiso ayudarnos el uno al otro, el otro al uno", le dijo él a ella.
"Sí, pero yo amo a otro, y mi compromiso ahora es con él", le dijo ella a él,
"y tú debes morir solo, sin embargo por fidelidad a cuanto nos dijimos, mi deber es ayudarte".
El ingenuo hombre la escuchó sorprendido, mientras ella tranquila fue hasta !a gaveta del nochero,
sacó el revólver, lo miró y con un poco de compasión apuntó bien. Ambos
sonrieron.
ACERCAMIENTO
Lauro Zavala
Méjico
Una galera tan antigua y digna. Ahí, con sus cuatro cuerdas al viento. Cernícalos
ciclópeos se aproximaron a la proa. Nadie soplaba un tango por aquel viejo saxofón.
El tintineo de las copas invitaba al vino. Tú no estabas ahí.
El minotauro se acercaba corriendo y agitando su mano.
No otra vez.
Tu mano se encontró con la mía y yo desperté exudando mi confianza por los poros. |
¿TÚ CREES, ACASO, ABUELA,
QUE VOY A MORIR?
Juan Malpartida
Perú
Está creciendo abuela, como un tumor de papera, y siento que se mueve más cada día.
Dejó que la abuela le pasase las manos por los cabellos y le echase una mirada lacrimosa, con sus
ojitos de conejo.
¿Tú crees acaso, abuela que me voy a morir? La abuela le dijo que ya estaba asada la papa, que
le alcanzara la coronta, para raspar las partes quemadas, que ayer por la tarde se despeñó borracho
tu tio Ishico, ¿qué no sabias? Que todo el pueblo estuvo enterado, que había muerto, dijeron
al principio, que no, porque los malos tienen que mascar el agua de viejos, que la chinita lo encontró a
eso de las siete, ¡que santo Dios que no estuviera muerto!
¿Abuela, acaso crees que me voy a morir? La abuela buscó para sus ojos un refugio y jugó
aplastando sus dedos arrugados, hasta que los perros dieron tres vueltas a su rabo y, de oreja, se echaron a
dormir.
Ay niña, ay niñacha, quien pues mierda, te habrá dejado un hijo que tendrá sus
ojitos oscuritos como los pushpos, es que madre vas a ser pues niña, vas a parir como las vacas, a darle
de comer de tu chichi, madre de doce años vas a ser, y no te vas a morir, sólo vas a llorar un
poquito, vas a pujar como si fuera una bolita de caca estreñida, y allí sabrás si tu guagua
es mujer o es hombrecito, y le pondrás un nombre, para que puedas llamarlo cuando estea yendo por el
camino, aprenderás a lavar pañalitos y le limpiarás su culito con hojitas de plátano,
y le dirás guagüita linda, y jugarás con sus patitas llevándotelas a tu boca, y cuando
venga el cura lo bautizaremos, y será su padrino el Gumercindo; no te vas a morir niña,
niñacha, aquí está tu abuela, y ningún mierda te dirá que tu abuela
está mintiendo carajo.
LA CUCARACHA SOÑADORA
Augusto Monterroso
Guatemala

Era una cucaracha llamada Gregorio Samsa. Que soñaba que era una cucaracha llamada Franz Kafka que
soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que
soñaba que era una cucaracha. |