EL COMBATE
Fue en la guerra de los Mil Días. Raúl Sánchez, con una bala en el estómago,
caminó durante tres días y tres noches. Se arrastró por montes y selvas hasta llegar a Buga.
Entró a su casa, besó a su madre, a sus hermanas y se desmayó. A los dos días
despertó. Vio a sus compañeros de guerra y preguntó por su madre y sus hermanas. Nadie le
respondió. Preguntó por qué estaba allí en el campo de batalla. Le respondieron la
verdad: iba a morir. Le dieron un calmante y volvió a dormir. Al despertar se encontró en su casa.
Preguntó por sus compañeros. "Cuando ibas a partir a la guerra caíste enfermo",
le dijo su madre. Raúl cerró los ojos y murió.
EL ENANO
El enano siempre me acompaña. Es tan insignificante que nadie lo ve. Mi mujer me dice: "Deja esa
costumbre de hablar solo. Pareces un loco". Ella no sabe que estoy hablando con el enano. En la calle la
gente también cree que estoy loco cuando me ven tirando golpes al aire. Es que cuando estoy bravo le pego
al enano y así me desquito del mundo. A veces nos metemos a un bar, a la mesa más apartada, y nos
emborrachamos. Entonces el enano se desquita. Provoca peleas y arma tropeles como la noche aquella en que le
metió la mano a una camarera del bar de Polo. Creyeron que era yo el que lo hice y me dieron una paliza
que casi me manda al hospital.
Anoche, después de pelear con mi mujer, fuimos al bar Brasil. El enano se aprovechó de mi
depresión y me hizo beber más de la cuenta. Sólo recuerdo que nos echaron y que el enano,
después de quebrar botellas y tumbar varias mesas, insultó al dueño de la cantina. Luego
nos fuimos por las calles pateando tarros de basura y cantando a todo pulmón. El enano me llevó
por los lados de la estación, me retó a acostarme sobre los rieles y luego, entre risas y chistes,
me amarró. Cuando desperté esta mañana el enano, sentado a mi lado, se reía con su
maldita risa de enano y me hacía gestos obscenos con sus manos deformes. Le supliqué que me soltara
pero el enano se bajó los pantalones, meneó su horrendo trasero en mi cara y se marchó.
Ahora, a lo lejos, escucho el pito del tren.
LA CASA
Otra vez aquí -dijo la abuela-. Ven.
Cada vez que soñaba la abuela me llevaba por la casa, señalaba las puertas de los cuartos y
decía:
Aquí vive tu bisabuelo, aquí tu hermano José, aquí Salvico, aquí... Y
así, en cada sueño, la casa crecía con los cuartos de mis antepasados.
Alguna vez pregunté por uno de los nombres y la abuela me dijo:
Es el bisabuelo de tu abuelo.
Esta noche recorrimos la casa entera, repasamos los nombres y llegamos a un cuarto nuevo. Miré a la
abuela. Me dijo:
Este es tu cuarto. |
CARTA CON
UN SUEÑO
Querida Olga:
Sé que te extrañará esta carta y todo lo que te voy a contar. Sé que llevo quince
años contigo, que eres buena mujer, que te quiero, que... vivimos momentos buenos y malos y que nunca
hemos estado mejor. Tenemos un buen apartamento, yo tengo trabajo, los niños son una maravilla y entre
tú y yo todo es armonía.
Pero hoy me senté en la terraza a contemplar el atardecer. Bebía de mi cerveza y sonreía
del espectáculo. El roble de la avenida se veía imponente, el parque bullía de niños,
los cometas se hinchaban en el aire y los pájaros buscaban los nidos entre los árboles.
De pronto todo eso me disparó una imagen que nunca te conté: de niño soñaba con
ser un cometa o un pájaro. No te lo conté porque es algo ridículo: los niños siempre
quieren ser astronautas, bomberos o policías. Yo quería volar, pero no dentro de un avión o
como astronauta. No. Yo mismo quería ser el pájaro o el cometa. Y en ese instante empezaron a pasar
las golondrinas. Millares y millares. Algo me impulsó a la azotea y allí supe que podía ir
tras ellas. Bajé rápido a escribirte esta carta. Allá veo venir otra bandada. Me iré
con ellas y creo que no volveré. Te quiero y besos a los niños.
Pedro PD.: Si nada de esto funciona por favor dile a los niños
que resbalé de la azotea.
FÁBULA TRISTE
El ratón tenía la costumbre de venir a mi biblioteca. Era un ratón sabio que
consumía mis libros. Una vez le coloqué una tabla que obstruía su repetitivo camino. El
ratón vino y toda la noche luchó contra el obstáculo; lo oía roer y gemir de
desesperación. Esa noche se quedó a la espera. La noche siguiente volvió y también
esperó. Y así durante mucho tiempo. Un día, compadecido, quité el obstáculo;
pero el ratón no volvió a la biblioteca. Venía y se quedaba en el lugar del obstáculo.
Y así durante mucho tiempo. |
Harold Kremer
Nació en Buga, Valle del Cauca, Colombia, en 1955. Hizo estudios de literatura en la Universidad
Santiago de Cali. Ganador de varios concursos nacionales de cuento. Su libro La noche más
larga, fue premiado en 1985. En 1989 publicó el libro de cuentos Rumor de mar.
En 1994 se edita su obra Antología del cuento corto colombiano, en compañía
del escritor Guillermo Bustamante. En el año 2002 su publicación Colección de
cuentos colombianos, con Guillermo Bustamante y en el 2003 Los minicuentos de
Ekuóreo.
Fundador y codirector de la revista Ekuóreo, ubicada entre las publicaciones de máximo prestigio
pioneras del microrrelato en lengua española. Kremer es uno de los más notables escritores de
minificción en Colombia. La poesía y lo fantástico y un sutil horror que se mueve con
discreción entre sus minicuentos le dan a sus relatos singular fuerza, enmarcada por una prosa elegante y
decantada. Tres de las minificciones incluidas en este monográfico son inéditas y fueron cedidas
por su autor, especialmente para nuestra publicación. Hacen parte de su libro inédito El
combate.
Para la historia del minicuento latinoamericano, el trabajo de Kremer y de Bustamante es un referente literario
insoslayable. |