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CUATRO MINICUENTOS DE SIRENAS
LA SIRENA
Marcial Fernández
Méjico.
La vi y me quedé boqui-abierto: sin duda era una sirena. Cabellos rojos, rostro de infanta, pechos frondosos y cola de pez. En ese momento sentí que mi sola presencia la aterró, pues se revolvía espantosamente como si quisiera escapar de algo: su torso desnudo y su monstruosa cola emergían y desaparecían a ras de la marea. Su canto, asimismo, se asemejaba más a un lamento que a una entonación melodiosa. La imagen duró apenas unos instantes. Más tarde me enteré que en esa misma playa una mujer fue devorada por un tiburón.
EL AMOR DE LAS SIRENAS
Wilfredo Machado
Venezuela.
Una de las sirenas había seguido al Arca durante varios días a través de un mar tempestuoso que prometía echar a pique la frágil embarcación a la menor falsa maniobra. A veces perdía el rastro, para luego, más adelante, encontrarlo en algún pez muerto que devoraba con fruición de un solo bocado, o en el vuelo lejano de un grupo de gaviotas que acompañaba al Arca en su ruta desconocida. Ella pensó que era como una cáscara de nuez a la deriva, o una tortuga flotando muerta o dormida en el océano.
La noche de la tormenta, al noveno día, Noé pensaba en la sirena mientras finalizaba sus notas. Recordaba los ojos huidizos que comenzaban en aquel momento a hundirse en el agua y que sabía perdidos para siempre. La memoria era un débil coleóptero sobrevolando la escasa luz del candil, una máscara gastada por el tiempo y arrojada a la calle. Recordó como en un sueño un grupo de mujeres vendidas en una subasta pública la noche del gran incendio de Alejandría. Recordó a otras que había poseído en la intimidad de una alcoba a las orillas del Tana, a otras que nunca conocería, porque sus días estaban contados como las estrellas del cielo.
Lo último que sintió al apagarse el candil y ser arrastrado por la tormenta al fondo del agua, fue la mirada más triste del mundo a su lado, la cabellera de algas verdinegras, las manos húmedas que lo desnudaban en el silencio de las profundidades y unos diminutos dientes de pez que comenzaban a devorarlo despacio, casi amorosamente.
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SIRENA SIN MAR
Ana Teresa Peralta
Méjico
Nació y creció siempre cerca del mar. Ella, como sus cinco hermanas, amaba todo lo que se relacionara con el océano; de hecho, no conocía otro lugar tan encantador y maravilloso. Lola era la más pequeña de aquella singular familia y se caracterizaba por ser la más hermosa de sus hermanas, lo que no quiere decir que ellas no lo fueran, pero Lola las opacaba con su tierno y hermoso rostro. Como había nacido cerca de la playa, no fue necesario enseñarle a nadar, sólo la mayor le mostró cómo se debía mover dentro del agua. Lola aprendió con gran rapidez, poseía una enorme gracia para nadar como sirena y sus hermanas comenzaron a llamarla así: Sirena. Jugaban a que lo eran y se disfrazaban construyendo con la arena sus largas colas.
Desde pequeña escuchó aquel sustantivo y empezó a creer que era cierto; pasaba las horas nadando y perdiéndose en el océano, de verdad creía ser una sirena y no había nada que mostrara lo contrario. Fue tanta su fantasía que imaginaba tener una aleta brillante y hermosa cada vez que se clavaba en las olas. Sus hermanas comenzaron a preocuparse por su pequeña hermana, no era normal lo que hacía y en su desesperación llamaron a un especialista. Cuando el médico evaluó a Lola le diagnosticó una enfermedad que le creaba alucinaciones y necesitaba ser internada. La noticia fue muy difícil de aceptar, pero al final su familia cedió.
Lola gritaba, pataleaba, mordía, lloraba, ¡no podían separarla de su hogar! Decía que si la privaban de la sal del océano iba a secarse y convertirse en una mujer fea; gritaba desesperadamente que necesitaba ver el crepúsculo y el ocaso desde la playa, ¡no debían llevársela! Tuvieron que sedarla para poder trasladarla. Sus hermanas lloraban desconsoladas.
No hubo día en que Lola no exigiera que la llevaran a su casa, se mojaba el cabello, salía al patio cuando llovía, deseaba con toda su alma regresar a donde pertenecía.
Nunca regresó
EL DESEO
Umberto Senegal
Colombia
Esa noche, hasta los tripulantes de un submarino que navegara cerca, habrían naufragado, fascinados por el canto de la sirena. Estaba sola en el islote de coral, difusa entre la neblina. Su lamento se extendió por un radio mayor al habitual, cuando se distanciaba del grupo para presenciar el amanecer encallada en el amenazante atolón. Sus canciones crecían en intensidad y tristeza desde cuando acechó la concurrida playa...
Hubiera sido mejor no transgredir normas. No permitir a su corazón adolescente anhelar aquello que jamás podría acompañarle en las profundidades de su hogar. Hasta sus oídos llegaban las risas, la algarabía de sensuales jóvenes. La primera vez que lo vio, jugaba por la playa, se tendía sobre la arena sin pudor alguno, se paseaba seguro de sí mismo por entre semidesnudas mujeres. Lo vio y quiso tenerlo a su lado, raptarlo si lo hubiera encontrado solo, cantar para él sus más hipnóticas canciones. Desconocía el tipo de sentimiento que le embargaba, convirtiéndole el océano en estrecho acuario. Ni su melindroso pulpo, ni su veloz caballito de mar, ni sus obedientes calamares gigantes, ninguno de los animales que sus padres le entrenaron, la seducía tanto como ese perrito negro que correteaba por la playa, revolcándose en la arena sin pudor alguno. |