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NÚMERO 43

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COMO UN VALS

Roberto Bolaño
Chile

En el vagón una muchacha solitaria. Mira por la ventanilla. Afuera todo se desdobla: campos arados, bosques, casas blancas, pueblos, suburbios, basureros, fábricas, perros y niños que levantan la mano y dicen adiós. Apareció Lola Muriel. Agosto 1980. Sueño rostros que abren la boca y no pueden hablar. Lo intentan pero no pueden. Sus ojos azules me miran pero no pueden. Después camino por el pasillo de un hotel. Despierto transpirando. Lola tiene los ojos azules y lee los cuentos de Poe junto a la piscina, mientras las otras chicas hablan de pirámides y de selvas. Sueño que veo llover en barrios que reconozco pero en los cuales no he estado jamás. Camino por una galería solitaria. Veo rostros que abren la boca y no pueden hablar y cierran los ojos. Despierto transpirando. ¿Agosto 1980? ¿Una andaluza de dieciocho años? ¿El vigilante nocturno, loco de amor?


EL ANILLO

Italo Calvino
Italia

El emperador Carlomagno en avanzada edad se enamoró de una joven alemana. Los nobles de la corte estaban muy preocupados al ver que el soberano, poseído completamente por su deseo amoroso, y olvidado de su dignidad real, descuidaba los asuntos del Imperio. Cuando, de improviso, se murió la joven, los dignatarios dieron un respiro, pero por poco tiempo: porque el amor de Carlomagno no murió con él. El emperador, habiendo hecho llevar el cadáver embalsamado a su habitación, no quería separarse de él. El arzobispo Turpín, aterrado por esta macabra pasión, malició un hechizo y quiso examinar el cadáver. Escondido debajo de la lengua muerta, encontró un anillo con una piedra preciosa. Desde el instante en que el anillo estuvo en manos de Turpín, Carlomagno se apresuró a hacer sepultar el cadáver, y volcó su amor en la persona del arzobispo. Turpín, para escapar de aquella embarazosa situación lanzó el anillo al lago de Constanza. Carlomagno se enamoró del lago y nunca más quiso alejarse de sus orillas.


LA CIERVA Y LA LEONA

Harold Kremer
Colombia

Lo ideal sería que la leona antes de atacar y devorar al pequeño ciervo, hablara con la madre del animalito y le dijera los motivos del crimen. Quizá la cierva la invitaría entonces a un trago porque tendría mucho de qué hablar sobre ese tema, pues ya ha perdido cinco ciervitos en las garras de leones, leopardos y otros depredadores. Pensaría la cierva: "Al fin y al cabo las dos somos madres, y hablaríamos de sentimientos y esas cosas". Y sucedió que la leona le aceptó el trago y se fueron a la taberna y ustedes saben que una copa de licor siempre trae otra y helas allí bebiendo toda la tarde de ese sábado. La cierva llorando por los hijos perdidos y la leona consolándola, pidiendo servilletas para limpiar las lágrimas de la madre. Y a la cierva se le ocurrió una idea genial: pidió dos ensaladas, con bastante pasto, aderezada con hojas tiernas y sazonada con perejil y cilantro. "Pruebe usted, señora leona", dijo, "es deliciosa". La leona hizo un gesto de desagrado e iba a pedir una porción de carne, pero por consideración decidió comer la ensalada. Y helas allí bebiendo y comiendo, secreteándose sobre amores y riendo y gozando. La leona dijo que la ensalada de verdad estaba buena y que iba a llevar varias para que la probaran las otras leonas, los dos leones y los leoncitos que estaban esperándola para comer. Y a la cierva se le hizo un nudo en la garganta, un nudo de felicidad que tuvo que deshacer con otro vaso de whisky, y las dos entendieron en esa noche de luna llena que era posible, por fin, convivir en paz, y se abrazaron y sellaron un pacto de no agresión y para celebrar pidieron otro trago y otro, hasta que la cierva, borracha, cayó sobre la mesa.

¿Y era ético para la leona dejar a su nueva amiga allí, con las amenazas y peligros de hoy en día? "No, señor", se dijo a sí misma, y se cargó a la cierva para llevarla hasta el pastizal. Y se fueron por ese camino, tambaleándose, cantando "Pueblito viejo" y otras canciones. Y la gente animal (jirafas, cocodrilos, cebras y otros) se maravillaban al ver semejante escena. Se le ocurrió a la leona, en último momento, presentar su nueva amiga a la manada. "¿Por qué no?, se preguntó, "si hasta comadres vamos a ser".

Y cargó a su amiga hasta la casa donde leones, leonas y leoncitos devoraron a la cierva mientras alababan el buen sabor de la carne curtida en alcohol.


PROTEO

Jorge Dávila Vásquez
Ecuador

Su virtud era cambiar de forma. Los antiguos lo vieron convertido en animal, vegetal y mineral: árbol frondoso, león feroz, agua inasible. Dicen que en alguna de sus tantas transformaciones, perdió el camino de regreso a su figura original de anciano del mar. Nadie sabe bajo qué aspecto vaga hoy por el mundo de lo imaginario.


BIBLIOGRAFÍA

Roberto Bolaño (Chile): "Como un vals", en Amberes. Anagrama, narrativas hispánicas, Barcelona, 2002.

Italo Calvino (Italia): "El anillo", en La mano de la hormiga, los cuentos más breves del mundo y de las literaturas hispánicas. Antonio Fernández Ferrer, Fugaz Ediciones Universitarias, Madrid, 1990.

Harold Kremer (Colombia): "La cierva y la leona", en su libro inédito El combate.

Jorge Dávila Vásquez (Ecuador): "Proteo", en Cuentos breves y fantásticos. Editorial El conejo, Quito, Ecuador, 1994.