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MINIFICCIONES

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NÚMERO 50 — MARIBEL GARCÍA MORALES — COLOMBIA

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LA MUJER DE CARMÍN

...quitarme de nuevo la ropa como hubiera deseado quitarme el cuerpo.
Marguerite Yourcenar

Repasó sus huellas sobre la acera, una y otra vez, confiando en que antes del amanecer ligaría algún cliente. Su figura se recortó en la niebla: zapatos de tacón, medias de malla con liguero, falda en cuerina y blusa de seda poco oportuna para aquel clima. Sobre sus hombros caía una peluca rubia que enmarcaba un rostro pálido, maquillado en exceso. Si bien su aspecto general era un poco vulgar, su expresión dejaba entrever una voluntad complaciente que le había generado cierta popularidad. "Todo lo que quieras, papi", decía, endulzando su voz cuando alguno requería de sus placeres: "Todo lo que quieras" repetía y en sus ojos azules se presentía un hálito de tristeza en las oportunidades en que el interesado se alejaba... pero, a pesar del agotamiento, aguardaba, sabía que la noche le daría su recompensa.

-A donde tú quieras- dijo, y un hombre joven le invitó a subir a su camioneta que arrancó hacia un rumbo ya conocido. En el cuarto de hotel, al amparo de la luz mezquina de una lámpara, hizo su trabajo: de rodillas se entregó a aquel miembro nervudo que sintió crecer en su boca, enorme, aun para su garganta, y resistió los empellones hasta que la explosión viscosa del placer del otro casi le ahoga. Por esta ocasión, eso había sido todo.

Cuando llegó a su casa el sol apenas había salido. Todo estaba en silencio, los niños dormían, y el ambiente cálido y perfumado de la alcoba matrimonial le hizo sentir bien. Puso el dinero sobre la mesita de noche, se quitó la peluca y se desvistió, se quitó el maquillaje, se lavó la boca y se recostó al lado de ella, de su esposa, la madre de sus hijos, presencia discreta que en su cama lo aguardaba.


LA MUJER DE HUMO

Con la penumbra de las seis de la tarde iniciaba la clase de piano. El cigarrillo brillaba intermitente en los labios de la maestra que con ternura recibía a la niña. En silencio la sentaba a su lado: la música surgía de sus blancas manos y penetraba en el alma infantil dejándole conocer un mundo fascinante. Aquella atmósfera de humo se repitió por meses, hasta que las pequeñas manos siguieron a las de su maestra con igual virtuosismo.

Esa noche tocaron hasta el amanecer. Una melodía sublime traspasó el cielo como una larga despedida. Convertidas en humo, fueron una sola figura en la sombra.


LA MUJER DE ESPINAS

Cuando el hombre regresó, el amor ya había sido poseído totalmente por el odio, y en el corazón de ella había germinado un bejuco espinoso. Él, ajeno a estos cambios, se dispuso a disfrutar de la voluptuosidad de la piel femenina que lo aguardaba, y pleno de deseo, la llevó a la cama.

Ella, complaciente, permitió que el hombre calmara sus ansias, pero cuando ya estaba próximo al orgasmo, de su entraña (como puñales) brotaron las espinas y lo atravesaron sin darle un instante de lucidez, siquiera, para comprender que era víctima de la cosecha fatal que la ausencia había sembrado en el cuerpo de su esposa.


LA MUJER DE CRIN

La llanura se fue consumiendo en sus jornadas de búsqueda, hasta sentir próximo el encuentro. Galopó con más prisa y sus cascos marcaron un ritmo de fuego sobre el camino de piedra. A lo lejos divisó el portal de la hacienda, igual al de sus sueños, y el cansancio cedió a su deseo. Apuró el trote y pronto arribó a su destino.

En la mecedora, el hombre la aguardaba. Bello, igual al príncipe soñado que la hizo abandonar a su manada y emprender aquella travesía.

Agotada se recostó a sus pies, cerró los ojos y lentamente fue dejando su aspecto montuno y se convirtió en una bella mujer. Sin importarle su desnudez, sensual, se acercó al hombre que parecía dormido y lo besó en los labios. Él, momificado por la espera, recibió aquel beso añorado y se derrumbó dejando en su lugar una tenue nube de polvo que se confundió con el que en su huida dejaron los cascos de la mujer que huyó, otra vez, convertida en yegua salvaje.


MARIBEL GARCÍA MORALES

Nació en Tunja, Colombia, lugar donde reside en la actualidad. Vinculada al Instituto de Cultura y Bellas Artes, de Boyacá. Licenciada en idiomas de la UPTC. Traductora, investigadora, editora e historiadora. Realizó estudios de lingüística en el Instituto Caro y Cuervo. En 1995 obtuvo la mención de honor en el concurso internacional de cuento Prensa Nueva, en Ibagué. Sus relatos, traducciones del inglés y sus artículos se han publicado en diversos libros y revistas nacionales. Los Matices de Eva es su primer libro de minicuentos, hermosamente editado por Común Presencia Editores en su colección de cuentos Los Conjurados (Bogotá 2004), con siete ilustraciones del maestro Luis Cabrera. Prólogo de Amparo Osorio. Desde MINIFICCIONES, saludamos la obra de Maribel como la más representativa, sólida y madura del minicuento escrito por mujeres en Colombia, y a nivel literario a la altura de los trabajos de la argentina Ana María Shua o de la chilena Poli Délano. Esta es una importante obra dentro del minicuento latinoamericano contemporáneo donde, además de los elementos básicos para la estructura del microrrelato, la poesía -factor esencial en este género-, la belleza, la transparencia de las imágenes, el delicado erotismo y la sutilidad femeninas, son constantes en las minificciones que, junto con los seis cuentos que parecen exceder los límites del género, conforman Los Matices de Eva. (Común Presencia Editores, Bogotá D.C. Colombia, 2004). Este libro llena un amplio vacío que tenía en Colombia, por cantidad y calidad, la minificción escrita por mujeres. Es un libro de obligada y grata lectura, en particular para los estudiosos del minicuento en lengua española.