Por Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)
Hoy, quise recordar a los empleados de la Universidad del Quindío. A todos los que pasaron durante mi permanencia en la Universidad. Algunos ya se jubilaron, otros, se pensionaron, se fueron antes de tiempo y unos pocos, ya nos dejaron. Se fueron para siempre. Pero ellos, estarán en esa placa invisible de los 50 años de la Universidad del Quindío colocada en homenaje a quienes han ayudado a construir una universidad plena de desafíos, sueños y compromisos con la sociedad.
Cómo no recordar una historia dentro de la historia. En 1984, la situación se complicó dentro de la institución. Era rector Luís Eduardo Gómez Gallego. Se decidió a crear, cambiar, revolcar los estatutos de la Universidad del Quindío. Profesores, empleados y estudiantes, a la expectativa. En marzo, un martes, los empleados decidieron tomarse la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús.
Al atardecer de ese martes, fui hasta la parroquia a preguntarles qué deseaban. Les llevamos comida. Aunque había acordonamiento de la parroquia, eso no impidió que hablara con ellos por una hendija. Les pedí tranquilidad y les aseguré que nada les pasaría.
Las conversaciones continuaban. El Gobernador, el Rector, el Consejo Superior buscaban fórmulas para terminar con la toma. A las 12:30 de ese viernes, algunos directivos se hallaban en la Gobernación del Quindío esperando el desenlace de la situación.
Me comisionaron y salí a la 1 de la tarde con "Lalo" (el inolvidable conductor de los rectores de la Universidad del Quindío). Tomamos el destartalado bus de la institución. Conducía como si estuviese en una carrera de fórmula 1. Las vías iban quedando atrás hasta llegar a la parroquia. Nos situamos junto a una de las entradas.
Puerta con puerta y tendiendo una manta para que no se descubriese quiénes habían permanecido desde el martes en dicho sitio, uno a uno salían, completando casi el cupo del bus. Eran muchos. Todos se agacharon para que nadie los viese a través de las ventanillas.
"Lalo" pidió tranquilidad y arrancó con más ganas. Como si estuviese en un circuito callejero. No era fórmula 1 por la diferencia de vehículo. Puso a prueba su pericia. Bajamos por la calle 19, volteó por la carrera 20, dobló a la derecha a la calle 16, subió por la carrera 18. Perdí noción de calles y carreras, pues se metió por todas las calles y carreras que pudo hasta llegar a la puerta de la Universidad del Quindío. La alegría de todos era indescriptible.
Hoy, recuerdo a algunos de esos empleados que hubo en la Universidad del Quindío y que de pronto, ya no están en su labor, en su cargo, en su puesto. Lisímaco, Beatríz, José, Guillermo, Soraya, Jaime, Darío, Adiela, Elvia, "Lalo", Fabio (Tatoo), Elvirita, Odilio, Abdul, Jesús, Alberto, Álvaro, Rubiela, Gloria Sofía y muchos más. A quienes saludamos siempre con un "buenos días" o "buenas tardes", pero que se encontraban ahí para laborar por una universidad a la que querían con todo el cariño que les daba la vida. Sé que se me escapan muchos nombres, pero los recuerdos surgen para hacerse inolvidables.
Imposible olvidar a Carlitos Jaramillo, personaje que endosó el Seminario a la Universidad. Carlitos fue ese vigilante que quedó en el inventario del Seminario y que cuando pasó a la Universidad siguió con su labor. Hasta cuando quiso dedicarse a su pequeña dulcería allá en el Bloque antiguo, edificio que fue demolido para dar paso al "Bloque Inteligente", construido años después del terremoto. Carlitos murió en Montenegro. |