Por Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)
Dormir me encanta. Y más cuando llega el fin de semana. El 1 de abril, Domingo de Ramos, era
muy especial para mí. No quería levantarme. Deseaba dormir hasta cuando fuesen las once
de la mañana para asistir a la misa. Mucho frío y la cobija caliente no invitaban a nada
más.
A las cuatro de la mañana sonó el celular. Jamás había sucedido que a esa
hora alguien me llamara o a algún amigo se le ocurriera despertarme. Es más, creí
que estaba soñando. Sin embargo, el insistente sonido me despertó de inmediato.
Una amiga lloraba al otro lado de la línea. Se disculpó por la hora de la llamada pero,
a mí lo único que se me ocurrió fue preguntarle qué le había ocurrido.
En ella jamás era usual. Cuando habla conmigo, lo hace temprano, salimos a tomar café o
conversamos sobre literatura ó música.
Pero esta madrugada era diferente. Lloraba. Me agradecía por haberle contestado. Y me
preguntó: “¿No sabes lo que me pasa?” “para nada”, le contesté.
Me incorporé un poco y me dijo: “mataron a mi hermano. Odio este país, odio a los que
lo mataron”.
Seguimos conversando hasta las cinco de la mañana. La escuché. Recordé que a los
amigos se les debe escuchar en los momentos más inesperados. A la hora no convenida. Cuando menos
lo imaginamos. Eso hice. Traté de darle algún aliciente, pero sabía que era en vano.
Le habían matado un hermano y yo imagino que eso debe doler demasiado, mucho, en el alma. No hay
palabras. Pueden haber abrazos, pero no palabras, ni tiempo para calmar ese dolor.
No esperaba comenzar así el Domingo de Ramos, pero Dios hizo que esta llamada de una querida
amiga me hiciera sentar a escribir esta nota.
Semana Santa en un país donde el odio, el rencor, la envidia, la corrupción son el pan
de cada día. Semana Santa convertida en vacaciones en playas, cabañas, sitios de recreo.
Amigos cristianos, católicos y de todas las religiones dejaron de lado la reflexión para
disfrutar de siete días de asueto.
Semana Santa en un país del que se quieren escabullir muchos colombianos por miedo, por temor
a un futuro incierto. Porque no hay paz ni en las familias y porque, tampoco hay familias.
Por eso, con un abrazo grande a mi amiga, con un sincero amor de amigo, solo me resta recordar una
estrofa de una bella canción de Palito Ortega:
“Yo tengo fe, yo creo en el amor. Yo tengo fe, también mucha ilusión, porque yo
sé, será una realidad el mundo de justicia que ya empieza a despertar. Yo tengo fe, porque
yo creo en Dios. Yo tengo fe, será todo mejor, se callarán el odio y el dolor, la gente
nuevamente hablará de su ilusión”.
Una sencilla nota para reflexionar en Semana Santa. |