Por Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)
El viernes, salimos para Pereira. Iba a acompañar a Jorge Morales, mi amigo, quien partiría para Londres. Arribó al condominio y yo ya me encontraba esperándolo. Cuando llegó, se bajó de su vehículo, nos abrazamos y lo noté muy alegre. Me dijo, conduzca hasta Pereira, porque quiero descansar.
Al subirme, al lado derecho se hallaba su madre, Orfilia. Ella tiene 86 años. Su tristeza es grande, inmensa. Ella sabe que cada vez que su hijo se va, su soledad se acrecienta. Además, ya en dos ocasiones me ha dicho, que ya no lo vuelve a ver, que le da miedo su partida. Siempre la abrazo. Esas palabras me pegan duro.
Callada, ensimismada, ni me saludó. Inclinó su cabeza y siguió mirando hacia el piso del carro. Encendí el automotor y nos dirigimos a Pereira. Al aeropuerto. A mitad de camino, Jorge me dijo que nos detuviéramos en El Roble a tomar aguadepanela con queso. Orfilia siguió ensimismada, callada, triste. Se bajó a regañadientes, pues había dicho que no quería comer nada, ni tomar algo. Que yo sabía por qué estaba así. Terminamos y continuamos el camino. Silencio absoluto. Nada de palabras o comentarios. Un silencio cómplice de la tristeza de Orfilia.
Llegamos al aeropuerto. Esperamos a Jorge mientras llevaba sus maletas para que las revisaran y las pusieran directamente con destino Londres. Por fin, Orfilia me habló. Parecía tranquila. Luego, llegó Jorge y estuvimos charlando un buen rato. Tocamos diferentes temas, todos relacionados con detalles alegres de la vida y sin referencia al viaje.
Por los parlantes se escuchó el llamado a los pasajeros. Jorge se levantó, tomó a su madre por el brazo y en silencio, llegamos a la puerta de salida o despedida. Orfilia le dio su bendición. Jorge pasó la puerta y observé cómo Orfilia, con su mirada triste, seguía los pasos de Jorge hasta cuando se perdió de nuestra vista.
La abracé. Caminamos hacia el estacionamiento. Nos subimos y de regreso a Armenia, me habló de cuánto le dolía la partida de Jorge. Que era un suplicio el verlo irse. Que yo sabía cómo se sentía cada vez que el se despedía.
Recordé una despedida que a mi también me dolió. Cuando fuimos a despedir a mi hija. Mientras Orfilia me hablaba, recuerdos me llegaron y me entristecieron. Lágrimas empezaron a nublar mi mirada. Ella me miró y entendió lo que me estaba sucediendo. Se dio cuenta que estaba recordando. Y me preguntó por Paula Andrea.
Llegamos. La dejé en su casa. La llamé en la noche y ya estaba tranquila. La seguiré llamando y visitando. Sé cómo se siente. Ahí estaré.
* Solo en la agonía de despedirnos somos capaces de comprender la profundidad de nuestro amor (George Eliot) |