Por Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)
Algo tenía qué hacerse. Alguien tenía qué ser el primero. Carlos Enrique López Murillo,
Alcalde de Calarcá, tomó la batuta y dijo que los menores de edad deben
estar temprano en casa. A las 9.30 de la noche se cierra todo para ellos
en la ciudad. Imagino caras de enojo. Disgusto total de los expendedores de droga, ira de los
que venden licor, rabia de los que trafican con sexo joven.
Me uno a ese toque de queda. Estoy de acuerdo. Había que hacer algo y como muchos padres son irresponsables,
pues es una forma de hacerlos comprender que una responsabilidad grande es
la educación de los hijos. No hablo del colegio. Hablo de la educación en
el hogar. Esa educación que tanta falta hace y que ya no se da, porque no
hay tiempo. Pero sí hay tiempo. Lo que no hay es voluntad de los padres.
Porque en los hogares ya no se habla, sino que se impone. Se manda. No se conversa, no se sabe,
no se controla. Hay televisores en cada habitación para que niños y jóvenes
conversen con los programas. Para que dialoguen con sus fantasmas, para que
dejen descansar, para que no molesten, para que se encierren.
Tampoco hay espiritualidad. ¿Espiritualidad? ¿Y eso qué es? Algo tan necesario, pero que ya pasó a un plano
totalmente desdibujado. Y es que muchos, cuando se habla de espiritualidad, la relacionan con religión
directamente. Me puse a hurgar y hallé una definición que me gustó y que me ayuda a que quienes
lean este texto interpreten bien lo que es espiritualidad. Aquí está esa definición:
"Espiritualidad es la forma como usted encuentra significado, esperanza,
alivio y paz interior en su vida." Muchas personas encuentran espiritualidad
a través de la religión. Otras la encuentran a través de la música, el arte
o de una conexión con la naturaleza. Otros la encuentran en sus valores y
principios. Y la espiritualidad, se ha perdido.
El toque de queda puede servir para que padres de familia, educadores, niños y jóvenes reflexionen sobre
la importancia de vivir.
El toque de queda puede servir para que niños y jóvenes repiensen su vida. Si lo que estaban haciendo los
estaba ayudando o los estaba mandando a un abismo. Todavía hay tiempo y pueden mejorar las relaciones
entre padres e hijos. Hablar de todo, conocerse más.
¿Será que los padres entienden? ¿Será que los docentes en los colegios colaboran y les indican
a niños, jóvenes y padres que el toque de queda para menores es bueno? ¿Será
que les dicen que hay tiempo para volver a vivir en familia? ¿Será que piensan
en que pueden abrazarse, acariciarse, contar cómo fue el día? Es decir, habrá tiempo para conocer
a niños y jóvenes un poco más. Qué les gusta, qué anhelan, qué desean, qué piensan, qué sienten,
cuáles son sus gustos musicales, sus aptitudes.
Entender a niños y jóvenes no es tarea fácil,
porque precisa que padres y docentes se desinhiban y los miren como a niños
y jóvenes en el siglo XXI y no como los educaron a ellos. Que los padres
no vuelvan a utilizar frases como: "En mi época eso no se veía..." "Cuando
yo era joven..." "Estos jóvenes de ahora..."
Que los educadores sean parte de la educación que continúa en escuelas y colegios y no que se crea que es
allí donde deben educarse niños y jóvenes.
Los educadores son parte de un proceso. Ahora, no
es fácil. Los niños y jóvenes son rebeldes, porque nadie les propone algo,
les da una mano, los ayuda, los entiende. Desde el hogar vienen odiando y
no quieren entrar a un salón a encontrarse con otros en iguales circunstancias.
Los niños y jóvenes no son culpables. El toque de queda es para que en sus hogares
haya familia. Para que cambien muchas de las relaciones deshechas que hay
entre padre e hijo drogadicto, madre e hija rebelde. El toque de queda es para que hablen los
padres con sus hijos, con niños y jóvenes.
Es ahora, cuando más necesitan hablar, ser entendidos,
ser comprendidos. Niños y jóvenes no pueden seguir siendo "huérfanos de padres
vivos" en una casa donde no hay hogar. |