Por Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)
Ya iba camino al parqueadero. Había estado conversando con algunos amigos y había realizado algunas compras. De pronto, como salida de la nada, mi gran amiga, a quien desde hace muchos años no veía. Casi paso de largo. Me detuve y la abracé.
Cómo estás, que hay, qué tal qué estás haciendo, dónde andas, qué hiciste en diciembre. Las preguntas acostumbradas como colombianos, sin dar tiempo a respuesta alguna. "Manuel, siempre reviso tu facebook. Me encanta lo que pones ahí". "Gracias por ser así conmigo, pero lo que coloco lo hago para que, en ocasiones, haya reflexiones o en otras, muchas sonrisas. Por ejemplo, hoy escribí sobre la violencia contra los niños."
En este momento, su rostro cambió. Ya dejó de sonreír y una lágrima resbaló. La abracé y empezó a contarme, con voz entrecortada, lo que le había sucedido. Regresó del exterior y su gran sueño se hizo realidad. Compró una casa para disfrutar con su familia. Se la entregaron en diciembre, la mejor época para festejar. Una casa, una familia, mucho amor, sonrisas, alegría y abrazos de todos los que allí llegarían de visita.
Esa dicha duró poco. A los cuatro días de estar allí, unos miserables entraron y amordazaron a toda la familia. Los encerraron mientras robaban todo lo que a su paso encontraron. Se llevaron hasta los regalos de los niños. Esos que les había traído el Niño Dios pasaron a manos de los bandidos.
Ella todavía siente ese momento. Todavía le duele lo que ocurrió aquella noche. A medida que me contaba, sus ojos derramaban no solamente lágrimas, sino una infinita tristeza. La tristeza de la impotencia y el dolor de la soledad de aquella noche. Soledad, porque, como siempre, nadie vio, sintió se percató de algo. Tristeza, porque no hubo solidaridad. Nadie supo, nadie se enteró.
Puso el denuncio, pero nada pasó.
"Manuel, por aquí no vuelvo. Mis niños pequeños vivieron el terror de las armas y de la mordaza en sus pequeñas caritas. Por aquí no vuelvo. Este es un encuentro lindo y siempre estoy ahí".
Eso me dolió y mucho. Demasiado. La maldita violencia sigue y aquí nada pasa. La abracé y le dije que estaba siempre con ella. No sé si la vuelva a ver, pero ese rostro dulce y tierno estaba apagado, triste. No voy a olvidar ese momento. Y me duele. Por ella y su familia, pero antes que nada, por sus pequeños.
Donde quiera que esté, ella sabe que siempre la recuerdo con mucho cariño. Pero, nunca olvidaré esa fatídica frase: "¡Por aquí no vuelvo!" |