Por Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)
En estos días, he querido escribir sobre hechos agradables, buenos, que llenen el alma y den vida. Sin
embargo, son más los momentos en los cuales escucho, leo, veo sobre violencia intra familiar, violencia contra
los niños, asesinatos, una niña mutilada hasta el alma, suicidios que, honestamente, me dan vueltas en
la cabeza y no sé que decir o qué escribir, ni cómo explicar tanto silencio de los medios y de
la gente. Nadie se inmuta.
Todos los diarios, noticieros, informativos se han limitado a dar la noticia. A exponer, pero nadie dice, escribe,
protesta, responde, porque la costumbre es la de aceptar lo que está ocurriendo a diario. Es normal, no hay
problema, sucede todos los días, a toda hora y mientras no tenga qué ver con nosotros, para qué
complicarnos la vida. Imagino que muchos se abrigan en lo más profundo de su alma y prefieren callar, guardar
silencio, quedarse impasibles.
En el famoso mes de amor y amistad, seguimos dando regalos, prefiriendo y pidiendo detalles en especie,
chocolatines, flores, tarjetas, pero nos olvidamos de los abrazos, las llamadas, los momentos con las otras personas,
con nuestra familia, nuestros amigos, los que nos rodean. Seguimos apegados a “cosas”, no a detalles pequeños,
pero grandes, sencillos, pero inmensos que nos llenan más y nos dan vida, sonrisas, alegría.
Hace unos días, como muchas veces, me encontré con el economista Gustavo Ochoa Pulecio, jubilado de
la Universidad del Quindío y persona que siempre ha mostrado extraordinaria alegría, dinamismo,
sencillez y gran sentido del humor. Hablamos de todos los hechos y acontecimientos del Quindío, porque
él siempre está al día en las informaciones. Siempre encuentra una nota alegre, comentar.
Además, su jocosidad lo lleva a “guindar” a los amigos o conocidos y esconderse inmediatamente. Quienes lo
conocemos, sabemos que ese niño que lleva por dentro, sale siempre, todos los días, a jugar.
La semana anterior, mi amigo Álvaro Jaramillo me llamó. No fue raro, ni extraño, pues casi
todos los días conversamos. De cualquier cosa, pero hablamos, así sea para saludarnos. En esta
ocasión, me quería informar que Gustavo Ochoa había sido llevado de urgencia a la clínica
del Seguro Social el lunes.
Ya lleva recluido una semana en ese centro de salud. No puede moverse. Sus extremidades se hallan paralizadas. Mi
reacción inmediata fue de gran sorpresa y mucha tristeza. Me dolió inmensamente esa noticia
María, la niña de los tintos en la Plaza de Bolívar, lo extraña, pero no sabe por
qué Gustavo no ha vuelto. Y tampoco sabe cuándo volverá a que le haga las señales de humo
que suele hacer cuando pide un tinto o un pintadito.
Para mi amigo Gustavo Ochoa y su familia, un abrazo grande, gigante. Saben que los acompaño siempre y que
jamás pensé que ese amigo alegre, que recorre todas las calles saludando, repartiendo sonrisas y
estrechando manos, hoy no puede hacerlo. Solamente Dios sabe cuándo lo volveremos a ver en la Plaza de
Bolívar pidiendo un tinto o haciendo señas para que María atienda a los cuatro ó cinco
amigos que siempre se detienen a conversar con él.
Hoy, quiero escribir simplemente para insistir en que la amistad va más allá de un saludo cada que
nos acordamos de alguien; un abrazo cada que, de pronto, lo decidimos; un beso cuando se nos viene en gana; una
llamada cuando tenemos tiempo; un tinto cuando podemos.
La amistad es hacer que, quienes pasan tanto tiempo a nuestro lado en una oficina, una dependencia, un
salón, se sientan bien. Que esas personas sean no solamente nuestras compañeras de trabajo, sino
nuestras amigas. Ellas merecen nuestro respeto y las debemos valorar.
La amistad no depende de un mes o un día, ni de un juego de “amigo secreto”. La amistad no es para amigos
secretos. Debe ir mucho más allá. La amistad valora a los demás. La amistad respeta a los
otros.
La amistad, en momentos difíciles, está ahí. Por eso, este escrito me sale del alma y para
quienes lo lean, simplemente les pido que cuiden a quienes tienen cerca, a su lado, a su familia, a sus amigos, a
sus compañeros de trabajo. Valórenlos y respétenlos, porque sé que vale la pena.
Aprovechemos cada momento, porque…¡La vida es bella! |