Por Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)
Hay quienes son nombrados en un cargo y acostumbran aprovecharse de los empleados. Aprovechan que están
bajo su mando para manipular y figurar. Manipular, porque todo el trabajo se recarga en los empleados, se les exige
y deben terminarlo en tiempo fijo y sin falla alguna. Figurar, porque quienes medio revisan el trabajo, son aquellos
que figuran al presentarlo. No importa si lo han corregido o leído. Son exigentes con los demás, pero
mediocres en su puesto. Algunos creen que son protagonistas del cambio o la renovación, pero no se dan cuenta
que hasta allí llega su labor. ¡No dan más!
Muchos empleados son temerosos. No desean perder su puesto, pues consideran que dependen del mismo. No quieren
arriesgar su estabilidad o su contrato. Prefieren callar, aguantarse, no decir lo que sienten o piensan. Quedan en
silencio ante la injusticia, aunque quisieran expresar los que piensan. Sus jefes son así y tienen el poder,
la capacidad de decir sí o no, falso o verdadero, blanco o negro. Jamás han creído en la
capacidad de los subalternos. Jamás han dado oportunidades y no las brindarán nunca, porque creen que
los empleados no pueden tener ideas, creatividad, expresión alguna. Sólo deben hacer lo que se les
indica, sin derecho a preguntar acerca del más mínimo detalle.
Hay quienes son nombrados como jefes, pero no saben serlo. No tienen idea de administrar. Con el escritorio al
frente, ya son “doctores”. Aunque no hayan leído siquiera las funciones inherentes a su cargo, se las inventan.
Lo primero es demostrar a sus empleados que ellos son los jefes. Lo que ordenan, ¡se cumple!
Hay quienes no hablan con sus empleados. Prefieren escribirles, no una carta de felicitación por una labor
bien desarrollada, sino una nota en la cual les señalan sus faltas a las funciones según el manual.
Los empleados laboran, esperan y tienen la confianza suficiente para creer que alguien llegará para
descubrir a esos jefes que no son jefes sino mediocres disfrazados de “doctores”. Son tolerantes, sin despertar del
letargo en que los sume el trabajo y agachan la cabeza ante la prepotencia y petulancia de esos jefes.
Otros quisieran actuar ya y cambiar esa actitud. Empezar a luchar para que se acaben esos jefes necesitados de un
curso de relaciones humanas para que entiendan que sus empleados son personas, seres humanos que
están en la empresa para formar un equipo de trabajo y la excelencia de la misma.
“Lo que más irrita a los tiranos es la imposibilidad de ponerle grillos al pensamiento de los
subordinados” Paul Valery |