Por Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)
Cuando la abuela decidió irse del país, no lo supe. Me di cuenta demasiado tarde. Desde hace
muchos años, sus hijos empezaron a viajar hacia el exterior, buscando nuevas oportunidades, nuevas
metas. Fueron partiendo de a uno, como desgranando una mazorca. Ya habían partido dos y se encontraban
el país de las maravillas.
La abuela lloraba cuando escuchaba sus lejanas voces. Se alegraba, porque sabía que ahí
estaban. Hablaba con ellos y se contaban largas historias, anécdotas y los últimos chismes.
Siempre la invitaban a reunirse con ellos.
El abuelo no aguantó tanto tiempo sin ver a sus retoños como él solía
llamarlos. Partió para siempre sin volver a verlos. Fue en un verano del 2005. Se fue con sus poemas y
sus palabras en rima. Se fue con sus tristezas y sus alegrías. No pudo despedirse de quienes
habían viajado. Prefirió escabullirse y sin decir adiós, se fue.
Ahora, el turno fue para una de las hijas, quien aprovechó el 25 de diciembre para irse. Quedaba
más sola la abuela y su tristeza no daba para más. Otro de sus hijos le propuso que se fueran.
Y aceptó.
Por eso, partieron sin despedirse, sin decir hasta luego ni hasta cuándo. Se fueron también
a buscar nuevos horizontes en una lejana tierra.
Pero la abuela me deja unos grandes y hermosos recuerdos. Fueron muchos años molestándole la
vida y pidiéndole que hiciera de niñera de sus nietos, mis hijos. Se fue y no pude despedirme.
La abuela siempre fue la que quiso estar con hijos y nietos. Ver a sus muchachos correr por la casa y
sentir que la vida la daba tantas alegrías, la entusiasmaba a vivir más.
Mi hija no la dejaba en paz. Desde pequeña, siempre fue una verdadera tromba. Y a la abuela le
salían canas y más canas de ver cómo cada día sumaba nietos, juguetones,
diablillos traviesos. Mi hijo también pudo disfrutar de su abuela “guelengue”, o de la
“madremonte” como también le decía.
La alegría de la abuela siempre se sentía cuando los domingos todos llegábamos a
almorzar a su casa. Nos reuníamos a comer lo que la abuela hiciera y pasábamos parte del
domingo en su compañía. No me faltaba mi café.
Se sentaba a conversar con sus hijos y se sentía feliz mostrando sus obras, las que
hacía cada que asistía a sus clases de pintura en la semana. Después de que murió
el abuelo, su distracción fue siempre la pintura. Veía televisión cuando sus nietos le
dejaban la cama sola y nadie la molestaba.
Desde la partida del abuelo, a la abuela se le veía muy triste y pasaba muy sola. A veces la
acompañaba en la noche alguno de sus nietos o la menor de las hijas, la que queda en la gran ciudad,
pero que ha anhelado irse lo más pronto posible.
La abuela había perdido su sonrisa y su alegría. Ya sus hijos estaban muy lejos. Pero ahora,
estoy seguro, su rostro ha cambiado, pues ha logrado reunir, nuevamente, a cuatro de sus cinco hijos y a casi
todos sus nietos y nietas.
Ya la abuela se fue y no sabemos cuándo volveremos a verla. Pero sé que está
reuniendo a todos sus hijos en el país de las maravillas. Sólo sé que la recuerdo y que
sus nietos, mis hijos también quieren estar con ella. Así tengan que viajar al infinito y
más allá. |