Por Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)
Otra vez, esperando el famoso ascensor. Mucha gente en el primer piso, aguardaba impacientemente
que las flechitas indicaran que bajaba ya.
Después de una larga espera, se abrieron sus puertas y desde el interior salieron despavoridos
hombres, mujeres y niños. Sin despedirse, ni mirarse. Entramos. Ni saludamos, ni
nos miramos. Y si nos miramos, fue en forma furtiva, simple, sin ningún gesto especial.
Cada uno hundió un botoncito indicador del piso correspondiente.
Las miradas se perdían. Unos hacia arriba, otros mirando hacia abajo. Otros mirando el
reloj, aunque ya sabían la hora. Nadie quería encontrarse con la mirada de otros.
Ni tocarse. Es tan simpático. Se busca la forma de no tocar el saco, la blusa, la falda,
el hombro, los brazos.
A medida que llegaba al piso señalado, quienes se bajaban, lo hacían sin despedirse,
pues tampoco habían saludado. Ni les importaba. Yo miraba a cada uno y cada uno estaba con
la mirada perdida en el techo, el piso. Unos hablaban por celular, otros disimulaban que esa
conversación no era escuchada.
Me bajé y seguí el consejo interior de todos, es decir, sin mirar, ni despedirme.
Luego, después del aterrizaje en el piso de la oficina a la cual acudía, saludé a
mis amigos y mientras atendían a otras personas, me puse a mirar hacia el ascensor y a ver
cómo salían y entraban personas sin saludar o despedirse. La misma rutina.
Ocho o nueve personas como máximo, es el cupo de cada aparato. Y esas ocho o nueve personas,
nada hacen para decir "hola". Algo tan simple y sencillo.
Después de haber sido atendido, decidí aplicar esta nueva fórmula a partir
de ese momento. Mi promesa, saludar y despedirme cada vez que me suba o me baje de ese aparato
tan impersonal.
Cuando presioné el botoncito para solicitar el ascensor, llegaron otras personas a lo
mismo. Saludé y me contestaron muy formales. Se abrieron las puertas y entré como
a mi casa "buenos días". Dos o tres contestaron tímidamente. En los demás,
mi saludo no despertó ni curiosidad.
Sin embargo, me sostengo en mi promesa. Detesto los ascensores por impersonales.
Pero seguir é saludando y despidiéndome cada vez que entre o salga de ese impersonal
aparato. Haga lo mismo, y mejoremos las relaciones, así sea en el ascensor. |