Por Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)
Hoy, quiero recuperar este texto escrito hace unos cinco años, época en la cual sucedieron los hechos. Esta
nota la basé en la realidad y creo que es muy actual, pues luego de haber escrito sobre el soldado y la
guerrillera, años después se encontraron frente a frente un soldado y un guerrillero que, en plena lucha,
se dieron cuenta que eran hermanos. Hace unos meses, un guerrillero y una guerrillera se escaparon
de su frente y se entregaron para poder vivir juntos y felices.
Por eso, hoy, quiero transmitir esta nota:
No se conocían. No eran amigos, ni jamás lo serían. Habían sido entrenados para matar a los enemigos, pero
sin querer, los enemigos eran ellos mismos. Jamás habían cruzado miradas, tampoco sabían de sus vidas.
Llegó el día en el cual tuvieron un primer encuentro. Sólo miradas. El uno, el soldado, secuestrado por la
guerrilla. Lo habían capturado en una toma guerrillera y estaba sometido a todos los maltratos posibles.
Ella, la guerrillera, también estaba secuestrada, sin saberlo. Era la vigilante en las noches. Debía
cuidar al grupo de los soldados para que no escaparan. Debía tener precauciones con todos. Tuvo que pasar
mucho tiempo para que ella, una niña de escasos 16 años, conociese a alguien de su edad en el otro bando.
Una sonrisa, una mirada, un romance, un escape a la libertad.
Los dos se dieron cuenta que podían conocerse, que podían ser amigos. No estaban pensando en matar, sino en
amar. Sentían algo totalmente distinto a todo lo que habían aprendido. Una lección de odio que conocían de
memoria, quedó en el olvido cuando tuvieron la ocasión de saber que eran seres humanos y que podían conocer
otros sentimientos. El odio no era lo único que existía. Se miraban, sonreían, empezaron a sentir muchas
cosas, cosas que jamás imaginaron. Empezaron a hacer planes para escapar, para estar juntos, para sentir
que la felicidad existía. Luego de muchos meses, lograron coordinar un plan de escape. Y lo lograron.
El soldado y la guerrillera caminaron, corrieron, cruzaron ríos, se tragaron la selva y llegaron a contar
que todo lo que sentían no era odio, sino un algo totalmente extraño que los unía: El Amor. Habían empezado
a saber quiénes eran y quienes podrían llegar a ser. El amor no había distinguido qué tan buenos o malos
eran. Eran un hombre y una mujer y eso bastaba para olvidar que su entrenamiento para matar quedaba atrás.
Pudieron comprobar que la libertad sí existía. Que podían amar, abrazarse, llorar, reír, todo, lo podían
hacer juntos. Ya no estaban obligados a odiarse.
Cuántas veces al día podemos vivir la misma historia, Cuántas veces nos enfrentamos, sin querer, con
nuestros hermanos, compañeros de trabajo y amigos. Cuántas veces empuñamos las armas del odio, el rencor
la envidia y jamás nos damos cuenta que no nos conocemos, que no estamos interesados en saber qué piensa,
qué quiere, qué anhela el otro. Estamos entrenados para matar. Porque para matar no necesitamos un arma,
sino ser insensibles, intolerantes, petulantes.
El día que empecemos a ser como el soldado y la guerrillera y descubramos que las otras personas tienen
valores importantes, ese día será diferente. Ese día iniciaremos un cambio de verdad. Desde ese momento,
podremos descubrir que es más fácil ser amigos, compañeros, colegas que estar secuestrados por el odio, el
egoísmo, la envidia y la falsedad.
Y contaremos nuestra historia como siempre la soñamos. Llena de alegrías, sonrisas, comprensión, tolerancia
y respeto.
El soldado y la guerrillera no se conocían, no eran amigos...
Qué bueno que esta historia se repitiera cada día, en la selva, en el campo, en la ciudad. |