Por Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)
A Pedro Alarcón siempre le hemos dicho Pedrito. En la Universidad del
Quindío, desde cuando empezó a laborar, se ganó el cariño
y aprecio de todos. Su principal virtud tiene que ver
con su don de gentes. Pedrito va a cada oficina y jamás pasa desapercibido.
Es educado y muy correcto en todo. Se le quiere.
En 1999, Pedrito era el hombre más feliz del universo. Su hijo, John Mauricio
se había graduado como médico. Sus sacrificios habían
sido recompensados. Pedrito sentía la satisfacción y
alegría de un padre que quiere lo mejor para sus hijos, siempre. Pedrito
irradiaba felicidad por todos sus poros. No había dicha más grande que
haber sido galardonado con un premio tan especial como ese.
John Mauricio creció día a día. Logró triunfar en su carrera. Luego
se graduó como médico pediatra. Los niños eran su pasión
en la medicina. Con su sonrisa y alegría ayudaba a todos.
La gente sabía de su bondad y buen corazón.
El 14 de mayo, fue impactante para mí. Yo había ojeado el periódico el día anterior,
pero su titular y su texto no me decían nada. Leí tan
rápido que pasé la noticia como una más.
Recibí una información de la Oficina de Comunicaciones. La leí cuidadosamente y llamé. Quería
saber quién, en realidad, era el médico fallecido. Amparito
me contestó que era el hijo de Pedrito. Quedé en silencio,
anonadado. Recordé a Pedrito inmediatamente.
Llegué a la funeraria. Allí, rodeado de ramos, se hallaba el ataúd con el cuerpo
de John Mauricio. Salí, saludé a Pedrito y no pude contener
las lágrimas. Como todos los que estaban allí en ese momento. Fuimos a
la celebración eucarística. Silencio profundo y momento de recogimiento.
Tristeza, llanto, lágrimas. Se respiraba un sentimiento
de amor por la familia de Pedrito.
Antes de terminar la celebración eucarística, obtuve el permiso para dirigirme a todos. La palabra resignación no salió en ese
momento. Utilicé palabras como amistad, abrazos, honestidad, sinceridad, reflexión. Y terminé con “algo se muere en el alma cuando
un amigo se va, que un amigo que se va es como un pozo sin fondo que no se vuelve a llenar.”
Al culminar la ceremonia, la canción elegida no pudo ser más diciente:
“Cuando un amigo se va
queda un espacio vacío,
que no lo puede llenar
la llegada de otro amigo.”
La vida es corta. John Mauricio se fue joven, muy joven. Pedrito y su familia, inconsolables.
Los abrazos son aportes al consuelo y ayudan a fortalecer el espíritu de aquellos a quienes queremos.
Por eso, un abrazo sincero y pleno de amistad a la familia Alarcón Castaño. |