Por Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)
El día estaba bastante frío, la tarde paramosa. Por eso, decidí ir a la panadería más cercana. Al llegar,
encontré que había muchas personas solicitando panes, jugos, pasteles, bizcochos, pandebonos. Esperé
pacientemente, pues las dependientes eran pocas y algunos de los usuarios gritaban, otros pagaban, hacían
fila. Como yo era el último, observé a la señora menos ocupada y cuando me inquirió, le pregunté:
- Por favor, ¿Qué es lo más caliente?
- "El horno", me contestó. Ante esa respuesta, miré a unas señoras que acababan de entrar
y esbozaron una sonrisa. Miré a quien me había atendido, quien se había quedado
seria, pero sin contenerme, le dije:
- Entonces, me lo empaca, por favor. Hice mi pedido y al salir de allí, con un "que pasen
buena tarde", todos contestaron: - "Lo mismo, señor".
Muchas veces no entendemos a quienes nos prestan un servicio. Gritamos, porque creemos que
tenemos la razón. No nos ponemos en sus zapatos. Las personas que atienden
en cajas, oficinas, merecen respeto. Merecen que les hablemos con cariño, sin enojos.
Son capaces de echar chistes si llegamos con expresión de alegría, satisfacción. Si entramos
a una oficina, empresa, hipermercado, saludemos. Nada quita el decir: "buenos
días", "buenas tardes".
Ese ejemplo me bastó para entender mucho más a personas que nos encontramos a cada momento,
pero que las hacemos pasar desapercibidas, porque no nos importan, no nos
interesan.
Sin embargo, sí importan e interesan. Son personas, seres humanos que tienen alegrías, emociones,
tristezas, familias. Sienten tanto como nosotros. Pero no estamos acostumbrados a valorarlas. Un portero
en un edificio. La primera pregunta que a veces se nos ocurre es: ¿Está el doctor Fulano? No lo saludamos.
A la aseadora del edificio, la oficina. La encontramos trapeando y pasamos por encima como si nada. Ni
siquiera un: - perdón.
La alegría de vivir está en esas cosas pequeñas, en esos detalles simples que no vemos muchas veces.
Porque no nos importan, los dejamos pasar.
Después de un tiempo para reflexionar, meditar, cambiemos nuestra forma de ser, nuestro modo
de pensar.
Entendamos que la alegría de vivir está ahí y no la vemos. Los momentos, los minutos, el tiempo, los
valoramos como tales, pero no los damos. Decimos "no tengo tiempo" a personas que necesitan
nuestro tiempo, un minuto, un café. Negamos "un café" cuando podemos sentir la alegría de vivir
al estar a lado de alguien que nos quiere transmitir un problema, requiere nuestra ayuda.
Al entrar a una cafetería, una panadería, al llegar a una portería, entendamos que esas personas allí, son
importantes, valen la pena. Son seres humanos que también sienten la alegría de vivir. |