|
Por: Jaime Lopera Gutiérrez (jjlope@telesat.com.co)
Desde el punto de vista de un desarrollo industrial que comenzaba, la década de los cuarenta constituye la
antesala del estancamiento quindiano. Las fábricas en Circasia, las despulpadoras y de cerveza en Armenia, las
de prendas de vestir, las de muebles y otros intentos de invertir el ahorro proveniente de los ingresos cafeteros, no
subsistieron. No hubo un impulso renovado para aumentar los talleres artesanales y la pequeña industria, y en
general podría decirse que todas las reinversiones se hicieron en las propias plantaciones cafeteras, como
parece señalarlo los datos sobre la subdivisión de la tierra en el período 1932-1952, en Caldas.
En realidad los beneficios por hectáreas de cafetal aumentaron en este período considerablemente en
Caldas: de $33.6 (pesos corrientes) en 1940, a $419,3 en 1949 (112), circunstancia que abunda a favor de estas
reinversiones que iniciaron un proceso de atomización de los predios cafeteros en veinte años. El
rendimiento de la arroba por hectárea también fue ganando valor en este período, así:
71.2 arrobas por ha. en 1932; 81.3 en 1938/41; 60.0 en 1940/43 y 69.0 en 1955/56, lo cual es revelador de la
productividad creciente en la región en distintas épocas.
Como la superficie cafetera había pasado de 95.800 hectáreas en 1932 a 187.200 en 1955, el
tamaño promedio de finca cafetera era de 10.2 hectáreas en el período de 1955 con una densidad,
en el Quindío solamente, de una persona permanente por hectárea de cafetal en tanto que en
Nariño la proporción era 3.1 personas y el promedio nacional de 1.8 habitantes permanentes en la zona
cafetera del país (113). Pero la participación porcentual de Caldas en la producción cafetera se
mantiene, sin embargo, de una manera constante en el período 1932-1955, al igual que los mayores departamentos
productores.
A nivel nacional, el volumen físico de la producción anual de café indica estos aumentos: 2.3
millones de sacos en 1925; 4.2 millones de sacos en 1935; 4.8 millones en 1940, y 5.8 millones de sacos en 1945. Para
este primer período que estamos reseñando, la tasa compuesta de crecimiento es del 7.6 por ciento, en
tanto que para el segundo (es decir, la etapa de 1935 a 1945) es de solo 4.5 por ciento (114). Todas estas
fluctuaciones están, desde luego, afectadas por los desarrollos del comercio internacional del grano y las
políticas monetarias y fiscales internas del país.
Al crecer no sólo la producción del café, sino el rendimiento por hectárea y los
salarios, igualmente ascendían las migraciones internas en el Quindío. Por ejemplo, la tasa de
medición de la población de Calarcá disminuyó del 2,98% en el período 1938-1951,
hasta el 0,50% en el período 1951-1964; por otra parte, Armenia mostraba una tasa incrementada de3,43% entre
1938/51 y 4,73% en el siguiente período de 1951-1964 (115). Estas dos cifras comparativas indican claramente
que desde la década del cuarenta Armenia era ya un polo de atracción poblacional en el Quindío,
como fruto de desplazamientos cercanos o de migraciones hacia esta ciudad.
Aunque las migraciones al parecer disminuyen o atenúan las polarizaciones sociales a nivel municipal
(mientras se produce el asentamiento definitivo por lo menos en el lapso de una generación), este proceso no
impide del todo los conflictos internos urbanos, los cuales se aprovechan para que los «nuevos» en una
población hagan causa común con los nativos que han habitado desde el principio.
En efecto, la mano de obra trashumante se absorbe lentamente en la vida social del Quindío gracias al
sistema de aparcería, pero los sectarismos políticos producen a su vez el surgimiento de lealtades
políticas que antes no tenían la misma fuerza. Por ejemplo, pasaron muchos años antes de que los
cundinboyacences-calarqueños adquirieran una identidad común que les permitiera cohabitar con los
antioqueños; sin embargo, de repente ese sentimiento de compañerismo quedó rebasado cuando se
trató de enfrentar un «enemigo común» ubicado en el partido contrario. El sectarismo
inducido (como hemos denominado a este fenómeno de creación de actitudes negativas por parte de los
protagonistas políticos de la capital bogotana), se metió muy hondo en el alma de los quindianos.
Por otro lado, esta presión demográfica supuso, para los municipios quindianos que acusaban altas
ratas de crecimiento, no sólo resolver los problemas de urbanización que comenzaban sino proveer de
servicios públicos a los trabajadores, artesanos, aparceros, profesionales, pequeños propietarios, que
llegaban al Quindío. En lo fiscal, los municipios vieron crecer sus deudas y debilitarse sus arcas.
Peor aún: como la capacidad administrativa era baja, los propios concejos estaban lejos de saber
cómo planear el gasto público y la captación de recursos tributarios sin la ayuda lejana del
departamento que, desde luego, estimulaba esa dependencia: los alcaldes quindianos representaban un gobierno menos
desde el punto de vista administrativo que políticos; su misión eran las elecciones y el fácil
populismo con los exiguos presupuestos.
Si bien es cierto que esta década se inició bajo el patrocinio de los gobiernos liberales que le
dieron gran impulso al país (si tenemos en cuenta principalmente las actuaciones de la revolución en
marcha), también es cierto que este mismo período, hacia el final, se distinguió por el
aparecimiento de la lucha política en facciones claramente diferenciadas y hostiles. En realidad, la sociedad
fue siendo conducida a un inevitable enfrentamiento que auguraba pocas seguridades (116).
En el Quindío ya había comenzado a presentarse el efecto de este sectarismo inducido -paralelamente
con una situación económica relativamente estable-, en el marco de un proceso de fraccionamiento de la
propiedad cafetera que se iniciaba. En los trabajadores trashumantes que llegaban para participar en la cosecha
cafetera se operó un singular reclutamiento (discriminado por partidos) para favorecer intereses
económicos o privilegios de los directorios políticos. Se empezó a utilizar el partidismo como
un instrumento de usurpación de propiedades, pues el pretexto de «politizar» una vereda facilitaba
la erradicación de quienes se dijesen del otro partido, y viceversa. Era el fermento de una lucha posterior
que el sectarismo inducido había inaugurado.
Dados el crecimiento de la economía cafetera y la obtención de mejores ingresos, el comercio local
entra en período de auge a tal punto que apoya y paga revistas políticas y literarias. Señalamos
la aparición en Calarcá de un incipiente artesanado dedicado a la fabricación de zapatos,
sombreros, jabón de tierra, máquinas despulpadoras y zarandas, muebles y artículos de cuero. En
este artesanado encontramos la aplicación de la llamada «ocupación refugio», pero tales
actividades no alcanzaban a absorber parte del desempleo estacional que origina la cosecha cafetera, aun cuando la
industria de la construcción y las obras públicas municipales sirvan algo para ello.
Por esta misma época se observa un intenso flujo de familias procedentes del nororiente de Caldas -Anserma,
Belén de Umbría, Riosucio, Salamina y Supía especialmente- y del norte del Valle -Darién,
Sevilla y Tulúa- que se sienten atraídas por la llamada «bonanza» del Quindío, al
margen de una violencia que ya ha comenzado en aquellas regiones. Calarcá es, antes de 1953, el refugio de
muchos exiliados porque aquí la vida trascurre sin sobresaltos y en medio de una cierta tranquilidad que no
había sido totalmente desafiada hasta entonces.
Hacia 1951 la población total del Quindío equivalía aproximadamente a un 20,5 por ciento del
total caldense, -estimada en 1.067.000 habitantes. Durante el período 1951/60, la población urbana del
departamento creció a un ritmo del 24,9 por ciento al 33,9 por ciento, en tanto que la población rural
disminuyó de un 61,9 por ciento a 52,4 por ciento.
Estas cifras permiten ver que la parte urbana de estas ciudades quindianas absorbió una porción de
esta población económicamente activa, pero de bajo nivel y de escasa calificación técnica
que determinó una inadecuada competencia en el mercado de trabajo y el predominio del subempleo en las
poblaciones mayores. En efecto, Armenia y Calarcá acusan una tasa de crecimiento urbano del 6 por ciento;
Pereira y Santa Rosa de Cabal, del 7,1 por ciento; La Dorada del 5,5 por ciento durante la década.
Por su parte, se han medido los aportes migratorios de otros departamentos (Antioquia, Tolima y Valle,
principalmente) hacia Caldas y el Quindío: tales aportes son del 21,8 por ciento en el lapso de 1946/52.
En sus 326 kilómetros cuadrados, Calarcá tiene hacia 1951 una población de 51.361 habitantes,
repartida así: 15.707 habitantes urbanos y 35.654 rurales. La ciudad había pasado de 6.486 habitantes
en 1912, a 35.230 en 1938 (6,7 por ciento de crecimiento): estadísticamente es la prueba de las migraciones de
nuevas familias tolimenses y cundiboyacenses que se vinieron a cultivar papa y otros productos de clima frío,
además de ganado para este nivel climático. De 1938 a 1951 la tasa de crecimiento es menor (2,94 por
ciento), hasta llegar a la cifra mencionada de 51.000 habitantes al comenzar la década.
Por otra parte, el índice de incremento catastral, en el período 1945/53, es en Calarcá del
297,0 por ciento (base I945=100 por ciento). Es decir, en un período de ocho años ha crecido el precio
de la propiedad cafetera con motivo de la presión demográfica, pero también por razón de
los mayores precios cafeteros de entonces (117). Este es, en pocas cifras, el estado económico y social que
rodea a Calarcá al comenzar los años cincuenta, de alguna manera los años más
significativos para el futuro de la ciudad por los acontecimientos que a partir de entonces rodearon su estancamiento
en el progreso que había comenzado en los años treinta. |
|
(112) Mariano Arango, op. cit., pág. 34
2 lsaza y Arango, op. cit, p. 36.
(113) FEDESARRLLO: “Economía cafetera colombiana”, Fondo Cafetero Cultural, Bogotá, 1978,
(Roberto Junguito, editor), pág. 37.
(114) Ibídem, pág. 33.
(115) M Palacios, op. cit., pág. 446.
(116) Según Carlos M. Ortiz, el antagonismo que proclamaba Gaitán se fundaba menos en las
relaciones de producción que en la oposición de dos estratos, pobre s y ricos, que definen su
relación y antagonismo por factores externos a ellos tales como el ingreso y el consumo (correspondencia
personal, con autorización).
(117) García, Antonio, op. cit., (2ª edición) pág. 4. |