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Por: Jaime Lopera Gutiérrez (jjlope@telesat.com.co)
Hacia la década de 1930, el café determina aún más su extraordinaria influencia en el
comercio exterior colombiano (110). Al intensificarse su producción —como consecuencia de los precios
remunerativos que obtenían los nuevos caficultores— también se hizo necesaria en el Quindío la
mano de obra en las labores de recolección y de beneficio. Atraídos por las perspectivas de buenos
salarios, muchas familias de Santander, de Boyacá y de Cundinamarca se instalaron en el Quindío. Al
llegar, comenzaron a cultivar papa, fríjol y otros productos alimenticios. Al asentamiento, como llaman los
sociólogos este proceso, siguió posteriormente la rivalidad de los inmigrantes de otros departamentos
con los antioqueños y los caldenses arraigados, como veremos luego.
La explotación de la tierra fue intensiva. El ingreso cafetero acusaba un alto nivel y, paralelamente, el
sector comercial y un poco del artesanal, mostraban un adelanto notorio. Con la economía cafetera se
consolidó la supervivencia de estas poblaciones.
Después de la Primera Guerra Mundial no solamente comenzó a expandirse la producción del
grano, sino que también se van conociendo las innovaciones para la producción y los beneficios modernos
en el orden de nuevos artículos y de bienes de consumo que llegan en los vapores del río Magdalena o
por la vía del Pacífico.
Por dicha época se fundamentan las relaciones de producción derivadas del desarrollo de la clase de
propietarios cafeteros, antes arrieristas, que además usufructúan el poder político y van
determinado el curso de estas poblaciones con su predominante influencia económica (111).
La explotación de la tierra fue intensiva. El ingreso cafetero acusaba un alto nivel y, paralelamente, el
sector comercial y artesanal mostraban notorios adelantos. Con la economía cafetera se consolidó la
supervivencia de estas poblaciones.
La inflación de 1926 originó problemas en toda la economía cafetera, pero es el comienzo de
una actividad económica nacional sin precedentes. Con el ascenso de los precios de los artículos de
primera necesidad al parecer hubo el requerimiento de aumentar los sembrados de café para compensar con nuevos
ingresos el alza del costo de la vida, siquiera unos dos años después de la crisis. Esta
inflación provocó fenómenos subsecuentes como la pérdida en el valor adquisitivo de la
moneda por exceso circulante; desapareció el crédito a los productores, se anularon los efectos del
ahorro y la inflación hizo sentir su fuerza especial sobre la masa de trabajadores asalariados, aparceros y
pequeños propietarios del Quindío. Este fenómeno se observa en las cifras al tomar en cuenta que
los depósitos en público en Caldas descendieron en los años siguientes a 1926. Antonio
García en su «Geografía Económica de Caldas» (segunda edición, 1978,
publicaciones del Banco de la República , Archivo de la Economía Nacional , Bogotá, pág.
476) ofrece numerosas indicaciones al respecto.
Para protegerse, la gente ahorra cualquier ingreso suplementario y así aumenta las cuentas de ahorros,
entre 1926 y 1931, en un 280 por ciento, aproximadamente. Este último dato quizás pueda explicar parte
de la baja en depósitos bancarios, lo cual parece trasladarse hacia el incremento de los préstamos
hipotecarios sobre propiedades cafeteras como garantía, con lo cual trata de paliarse la recesión.
Los bancos, como es usual, aseguraban sus deudas en época de inflación y es así como estos
préstamos hipotecarios se aumentan entre diciembre de 1926 y diciembre de 1927. Pero a partir de 1931 el
fenómeno se mueve a la inversa y esta clase de préstamos desciende en su volumen hasta 1936.
Es precisamente el período de 1926—1931 el de mayor intensidad en el proceso de concentración
bancaria. «Los grandes bancos, dice un autor, condicionados por las nuevas circunstancias del capitalismo,
desplazan fácilmente a los bancos regionales, institutos creados para facilitar el juego del pequeño
capital comercial». Bancos regionales (como los de Cali, Pereira y Manizales) se concentran en Bogotá
pero multiplican sus sucursales y agencias en la zona caldense hacia 1928.
La inauguración del régimen liberal y el conflicto con el Perú movilizan nuevas inquietudes.
Ya hay revistas literarias —«El Faro» es una de ellas— y se discuten las noticias en las tertulias del
pueblo. Como el mercado cafetero va en ascenso, se amplían los consumos de las gentes y se aumenta la tasa
demográfica. (Si en 1912 teníamos 6.486 habitantes, en 1938 teníamos ya 35.230). Calarcá
deberá entonces extender sus servicios públicos para adecuarlos a las necesidades de la
población en crecimiento.
En forma simultánea familias de Cundinamarca y Boyacá, ya arraigadas en suelo quindiano, acrecen su
influencia en los destinos de esta ciudad. Como lo señalamos anteriormente, al principio sólo
cultivaron papa y otros productos alimenticios hasta adquirir ahorros que más tarde serían canalizados
hacia la producción cafetera. Entonces los cundiboyacenses se hacen cargo de su nueva situación
competitiva con las familias antioqueñas y caldenses, y deciden invertir en la política que
tradicionalmente ha sido manejada por estas. La riqueza cafetera entra en pugna cuando sus poseedores encuentran en
el regionalismo un aliciente para una lucha por el poder.
En las elecciones, los «orientales» o cundinamarqueses, que habitaban un sector diferenciado de la
población (el barrio Fusa, que hoy se denomina San José) votan por sus propias listas y llevan al
concejo una representación adecuada. Como las plantaciones rinden lo suficiente para una vida sin
estrechés, se van creando los estímulos políticos para suscitar preocupaciones inmediatas,
sobrevivir al tedio y aprender a manejar los intereses creados por una avanzada de familias «orientales»
que estaban buscando un puesto bajo el sol.
Suponiendo que la clase dirigente colombiana podía estar interesada en dividir políticamente al
pueblo, la provincia es un caldo de cultivo para este ideologismo. Al perder el conservatismo y llegar López
Pumarejo al poder, la lucha entre facciones regionales —o, por decirlo así, entre nativos e inmigrantes—
parece trasladarse al campo de la política liberal y conservadora, y por ello se ahondan las diferencias en la
medida en que prevalece este tipo de sectarismo.
En el terreno económico, el cambio sigue siendo favorable. Al acelerarse la producción cafetera y
encontrar esta buenos mercados externos, los habitantes del Quindío, favorecidos por un cultivo de vertientes
que se adaptó eficazmente a las condiciones de la región, fueron perfeccionando los instrumentos de
producción para multiplicar la capacidad productiva del régimen económico basado en el
café. El medio geográfico y la población constituyen la materia de este proceso productivo —aun
cuando no la base del proceso histórico—. La región se enriquece; los grandes propietarios aumentan sus
propiedades; el comercio se desarrolla incesantemente, y comienzan a llegar miles de trabajadores agrícolas
para constituirse en una fuerza de trabajo de tipo trashumante que, con el correr del tiempo, habría de
establecerse en los suburbios de las poblaciones quindianas.
Sobre este campesinado ejercen su influencia los grandes terratenientes cafeteros o los campesinos ricos metidos a
la política. El llamado cacique puede concentrar todo su interés en esa masa usualmente analfabeta.
Como las realizaciones principales de López no dividen sustancialmente al pueblo en la base, el partido de
oposición acude al sectarismo desde el parlamento, la prensa o desde los mismos púlpitos, en
compañía de algunos clérigos que se hacen anticomunistas defendiendo, por ejemplo, aquel
régimen que había encontrado en el incendio del Reichstag un fácil pretexto para
«salvar» a la civilización occidental del peligro comunista. |