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Por: Jaime Lopera Gutiérrez (jjlope@telesat.com.co)
Cuatro años, entre 1886 y 1890, constituyen el período vertiginoso de la fundación
calarqueña: en este último año, un acuerdo del concejo de Salento hizo corregimiento al
caserío de Calarcá dentro de la Provincia del Quindío, en el Estado del Cauca. En 1905, es
decir, quince años después, el corregimiento se convierte en Municipio aún del Estado del Cauca
(80) y luego del departamento de Caldas.
Los nombres de todas las personas vinculadas a estas épocas se recuerdan vagamente y casi no existen para
las memorias de la ciudad. Han sido años de lucha, de conflictos entre colonizadores, de un asentamiento
difícil en la brega por la apertura del mercado, en la defensa contra las disensiones internas de la comunidad
recién formada y la creación de valores.
Por ejemplo, el padre Ignacio Pineda estuvo con los colonos entre 1889 y 1894; lo suceden en la dirección
de la feligresía Ismael Valencia, José María Arias y Sacramento Jiménez, a quien
encontramos luego como párroco; Juan Jesús Herrera había fundado una escuela en 1890, mas no
sabemos quién estaba al frente de ella en 1905; en 1903 se instala Ismael Zapata como telegrafista y se le
anexa la oficina de giros postales y correos. Habría sido muy útil que se conocieran documentos o
testimonios verbales sobre el papel de la iglesia durante el período colonizador, o las características
de la enseñanza a los niños, para observar la clase de valores y actitudes que empezaban a ser parte de
la cultura colonizadora.
No obstante, bien podría decirse que para los calarqueños el Siglo XX comienza en 1905.
Su nueva realidad administrativa en este año, la de municipio, permite a sus habitantes velar ahora por sus
más inmediatos intereses sin sujeciones ni ataduras a la lejana autoridad de los salentinos. Es Calarcá
una región que se ha conquistado palmo a palmo y minuciosamente. La creación de los servicios
públicos, esenciales para la vida en comunidad, les impone obligaciones solidarias de tributo económico
y de trabajo continuo.
Aunque la Guerra de los Mil Días llega a estas tierras más tenuemente que en otras regiones, no
dejan de aparecer algunos brotes de hostilidad política que por fortuna no adquirieron cuerpo. De todos modos
creo que, para los habitantes del Quindío, es una acción guerrera que no los compromete
definitivamente; están quizás demasiado atareados en la formación de su propio modo de vida y
en el afianzamiento de las relaciones de intercambio con las demás poblaciones del Tolima y del Cauca. Hay
algunas referencias de otras guerras anteriores, con incendios de casas y quemas de cosechas (los Suárez
fueron víctimas de ello); quemas de archivos en Salento y robos de ganado. Queda por estudiarse la
pequeña historia del general Daniel de la Pava y los «macheteros del Cauca» que se alistaron para
«Los Mil Días», y los episodios en que se vio envuelto el coronel Barrera Uribe (81).
En el año de 1912 Calarcá cuenta ya con 6.486 habitantes (82). La mayoría de los vecinos
están ya dedicados al cultivo del café y complementariamente al plátano y los cultivos de tabaco
que alcanzaron a tener gran importancia en el consumo de la región. Hay también alguna ganadería
de tierra fría en las laderas de la cordillera central (83).
De este modo comienza a aumentarse la población y se advierte la llegada de nuevos inmigrantes de
departamentos vecinos, atraídos por la fertilidad de estas tierras tan propicias al nuevo cultivo. El
intercambio comercial entre las regiones origina la arriería.
A semejanza del comercio ejercido entre Manizales y Honda, principal puerto fluvial sobre el río Magdalena,
también aquí se organiza un sistema de transporte con animales de carga (bueyes, mulas, caballos); el
tráfico se hace en varias jornadas llevando sacos de café y trayendo quincallería y bienes de
consumo, Calarcá es una ruta substancial en la vía hacia el Tolima, y el papel de los arrieros, y de
los silleteros o cargueros, adquiere así una importancia señalada.
Las recuas, también llamadas «partidas», eran adquiridas por uno o varios propietarios quienes
contrataban a un caporal o un mayordomo, a quien le confiaban la administración de la recua con tres o cuatro
arrieros y un «sangrero» encargado de preparar la alimentación y las toldas.
El hatillo o carga del sangrero contenía el «bastimento» (84) compuesto de carne, tocino,
panela, chocolate de harina, bollos de maíz y el bizcocho «cerrero». Las «partidas»,
por su parte, por lo general constaban de entre 10 ó 20 animales (bueyes y mulas) cargados con los bultos
(llamados «zunchadas») donde iba el café y en el cual regresaban telas, cobijas, mantas y hasta
pianos, calderas y otros equipos para fábricas que se iniciaban. Ser propietario o ser caporal de una recua
era, en Antioquia y en Caldas, un oficio honorable y distinguido, y no pocas familias de estos departamentos
descienden de la estirpe de los arrieros. Esta modalidad de la arriería promueve otros comentarios.
La actividad de los arrieros permite a los quindianos el acceso a nuevos bienes de consumo, pero también
inaugura unas nuevas relaciones de clase: las que existen entre arrieros dueños o los caporales, y los peones
a pie que conducen las partidas alternativamente de región en región. El caporal (jefe) es el
arrierista; el empleado es, propiamente, el arriero.
Los primeros propietarios o caporales-propietarios fueron acumulando riqueza por los elevados fletes que cobraban
-lo que parece haber dado origen a la construcción del cable entre Mariquita y Manizales, para derrotar la
especulación de los arrieros, Cuando las lluvias demoraban las recuas en el camino de regreso al
Quindío, trayendo víveres y alimentos especialmente, la escasez permitía que, a su llegada, los
caporales hicieran subir los precios de los artículos alimenticios, ya fuese por acaparamiento o por un
aumento exagerado en el cobro de los fletes que decían compensar los avatares del viaje. Paralelamente, los
arrieros de esta zona fueron capitalizando sus utilidades para invertirlas en tierras cafeteras, con lo cual, en poco
tiempo, fueron los más ricos cultivadores de la región (85).
Sin embargo, desde otro punto de vista, el relativo aislamiento geográfico del Quindío se
rompió con la llegada de los arrieros pues con ellos venían las noticias del gobierno y las del cambio
social que se sucedía en otras partes; con ellos vino también un interés especial por la
política y la literatura que corren parejas con la creciente importancia que estaba adquiriendo el café
en la economía del país. Esta descripción social nos conduce a una visión
estadística de esa región que estaban construyendo los colonos y los arrieros (86).
La colonización antioqueña implicó, pues, un desarrollo del comercio y una más amplia
circulación de mercancías en varias zonas del occidente colombiano. Los comerciantes surtían a
los mineros y aquellos, a su vez, se veían aprovisionados por los importadores que recibían su carga
en Puerto Berrío, La Dorada y Honda cuando ella provenía de la costa atlántica por el río
Magdalena.
La colonización y la economía cafetera dieron origen a una mayor ampliación de las
vías de comunicación, lo cual derivaba en nuevos beneficios para la clase mercantil que las utilizaba.
Incluso la construcción del cable Mariquita a fue una empresa de comerciantes que transformó las
relaciones de intercambio entre Caldas y e 1 Tolima.
Alejandro López (87) clasificaba a los agricultores en tres grupos: los propietarios de tierras, los
trabajadores manuales y los intermediarios ubicados entre los otros dos. A nuestro juicio los arrieros
constituían un cuarto grupo, como lo hemos visto anteriormente, puesto que comenzaron funcionando como
intermediarios y luego como propietarios de tierras cafeteras.
La sociología del arriero hace parte de nuestra breve historia quindiana. En los primeros años del
presente siglo encontramos a muchas familias de arrieros ya vinculadas de manera permanente a las comunidades
locales, orgullosas de contar que se habían forjado con «la pata al suelo» en una faena de
intermediación comercial que prestó un servicio de singular importancia económica en el marco
de la colonización antioqueña. |