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Por: Jaime Lopera Gutiérrez (jjlope@telesat.com.co)
El gobierno no había dado respuesta a un memorial que, en 1888, le dirigieron 230 habitantes de
Calarcá, encabezados por Román María Valencia, y en el cual se solicitaban al Ministro de
Hacienda, Antonio Roldán, la concesión del territorio para la nueva población en una superficie
de 12 mil a 14 mil hectáreas. Como los reclamos de Burila tampoco surgieron efecto, la fundación
había quedado realizada de hecho. La nueva población comenzó a desarrollarse notoriamente y en
1890 fue erigida en corregimiento de Salento(1).
Román María Valencia había escrito su memorial de petición para que se adjudicaran a
los nuevos pobladores las tierras que ellos estaban cultivando con fundamento en las autorizaciones contenidas en la
célebre ley 61 de 1874 expedida por el Congreso de los Estados Unidos de Colombia.
Esta importante norma estipulaba que toda persona que ocupara terrenos incultos pertenecientes a la nación
y estableciere en ellos habitación y labranza, adquiriría el derecho de propiedad del terreno que
cultivare, cualquiera que fuere su extensión. El articulo 20 de dicha ley 61 añadía: «si
se establecieren en tierras baldías dehesas de ganado o siembras de cacao, café, caña de
azúcar u otras clases de plantaciones permanentes, el colono además de adquirir la propiedad que se
les concede por el artículo anterior, tendrán derecho a que se adjudique gratuitamente una
porción de terreno adyacente, igual en extensiones a la parte cultivada»(1).
Aquí salta de nuevo una de las poderosas razones de la colonización antioqueña: las
adjudicaciones de tierras a los cultivadores y poseedores de buena fe. Los gobernadores de los estados y los
prefectos tenían obligación de difundir el texto de la ley 61 y cuidar que se respetaran los derechos
de los pobladores, incluyendo del agrimensor quien, al hacer la mensura, «deberá determinar la
posición astronómica del terreno»(¡).
Una siguiente ley, la 48 de 1882, sobre tierras baldías, mantuvo el principio de que la propiedad de esas
tierras se adquiría por el cultivo, pero limitó la adjudicación a varios individuos o
compañías «una extensión de terreno no mayor de cinco mil hectáreas»,
reservándose la Nación franja alternadas del mismo tamaño para otros cultivadores, y las
tierras limítrofes que servían a dos o más estados para el fomento de nuevas poblaciones o de
las vías de comunicación.
(Años más tarde el Presidente Rafael Reyes, mediante el decreto 23 de 1906, propició el
fomento de la agricultura de cacao y caucho en terrenos baldíos de la Nación concediendo «una
prima consistente en una adjudicación definitiva hecha por el Ministerio de Obras Públicas y de
Fomento de mil hectáreas de terrenos baldíos donde tengan los cultivos, salvo derechos de terceros,
por cada veinticinco mil matas de caucho o de cacao sembradas o cultivadas por ellos»).
Vistos estos estímulos gubernamentales, era propicio el momento para acceder a ellos por parte de los
colonos radicados en el territorio calarqueño. No parece fortuito el hecho de que en 1889 sobreviene un nuevo
episodio de la colonización que culmina con la fundación de Armenia oportunamente estimulada, entre
otras cosas, por la desarmonía de nuestros primeros pobladores.
En efecto, la falta de ayuda mutua para construir un puente comercial sobre el río Quindío parece
que determinó el separatismo de Jesús María Ocampo. La desarticulación de las relaciones
de intercambio, consecuencia de la falta de esta vía, originan el pleito; la causa del litigio original entre
armenios y calarqueños es, como puede verse, esencialmente económica. Un nuevo mercado se
convirtió en realidad y Armenia surgió inevitable. Veamos cómo cuenta esto Benjamín
Baena Hoyos, en su novela histórica «El río corre hacia atrás», en su relato sobre
la colonización:
«A Tigrero se le metió en la cabeza fundar un pueblo en este lado del río Quindío.
Todo fue por el disgusto que tuvo con Eliseo Ochoa, que era corregidor del caserío de Calarcá. Ellos
habían planeado hacer un puente en el paso de San Pedro, para cruzar la cabecera, porque en invierno no lo
vadeaba nadie. Se salía de madre y tronaba como un condenado por ese cañón abajo, arrastrando
árboles desraízados, rastrojo, animales; en fin todo lo que ustedes quieran».
El convite del sábado siguiente no se hizo y los tabacos, los marranos y el aguardiente se quedaron
servidos, Tigrero, burlado y enojado, se enfrentó con el corregidor calarqueño Eliseo Ochoa, en la
cantina de Segundo Henao en Calarcá, donde lo increpó por «faltón». Entonces hace
llamar a los hermanos Suárez, (Alejandro y Jesús Maria, rionegreros,), quienes vivían en
Salento, para que hicieran parte de una nueva fundación. Y así, mediante varios convites, los treinta
colonos desmontaron un predio llamado Potreros que luego descartaron cuando encontraron unas mejoras y unos terrenos
de Juan Antonio Herrera y los hermanos Reyes Santa, los cuales fueron adquiridos para dar inicio a la nueva
fundación.
«Era poco más de una plaza de abierto y mucho de monte. La compramos por cien pesos (...) recuerdo
muy bien que la primera reunión para nombrar junta pobladora la hicimos en una ramada de guadua, de vara en
tierra y techada por hojas de platanillo que tenía Ignacio Martínez, uno que llamaban «el
godo»…(2)
Unos años más tarde fue fundada Montenegro (en 1892) por Eleazar Herrera y otros quienes,
según dice Suárez, «por amor al pueblo de Calarcá y temerosos del receso que pudiera
tener éste por el progreso de Armenia, patrocinó (sic) dicha fundación de Montenegro procurando
así evitarse el mal que preludiaba».
Y agrega Jesús María Suárez: «Tal era el antagonismo que nos abrumaba en estas regiones
que para evitarnos muchas disensiones tuvimos necesidad de hacer circular que no pretendíamos sino un simple
caserío para proveemos de algunos recursos, tanto que al edificar nuestras primeras casas hicimos surgir la
idea de eran simples fondas nuestro propósito cuando criamos (sic) mucho en una vía para el Valle del
Cauca, pero reservándonos siempre al idea grandiosa de que conocida la Hoya de La Vieja y los terrenos de
Montegrande tal como los conocimos, más la situación topográfica del punto elegido para la
población, no solamente una fonda y una vía cruzaría este punto, sino que una ciudad no muy
tarde vendría a desarrollarse y figurar en la nomenclatura de las importantes ciudades de Colombia» (3).
En nuestra interpretación de los hechos anteriores sobresale la evidencia de que los colonos separatistas
ambicionaban muchas más extensiones de tierras, y como la legislación gubernamental que estimulaba la
apertura de poblados y caminos era más favorable que una disensión con los calarqueños, la
separación debía realizarse con cualquier pretexto. De este modo el 14 de octubre de 1.889, con el
pretexto del convite, se realizó entonces la fundación de Armenia. (Ocampo, el más tenaz de los
fundadores, falleció trágicamente, en 1901, cuando laboraba en una mina situada en los parajes de
Rioverde).
En sus apuntes monográficos sobre Armenia, una síntesis de su monografía de 1939, Alfonso
Toro Patiño insiste en aquellos datos episódicos tales como el papel del corregidor Eliseo Ochoa, de
Calarcá(4). También revela que Enrique Nieto fue el portador del mensaje de Tigrero a los Suárez
quienes, entusiasmados con la idea, en vez de una fonda decidieron propiciar la fundación de una nueva
población a la cual denominaron Armenia.
Se bautiza Armenia dizque como un homenaje a las víctimas de una terrible masacre europea en el año
de 1880, cuando murieron 200 mil armenios a manos de los turcos por cuestiones político-religiosas, hecho que
despertó una indignación mundial contra Turquía al punto de haberse recogido auxilios y
donativos en todas partes, incluso entre los nuevos pobladores del Quindío. (En realidad la guerra entre
Turquía y Rusia se sucedió entre 1877-78, provocó la intervención de las potencias
europeas y la independencia de Servia, Rumania y Montenegro, y logró que Gran Bretaña obtuviera la
posesión de la Isla de Chipre. La importancia de ese año —1889— está más vinculada a la
inauguración de la Torre Eiffel en París).
En esas dos últimas décadas del siglo XIX se observa claramente en esta región un
período de migraciones: la irrupción de los tolimenses y de los cundinamarqueses coexiste con los
primeros años de las fundaciones quindianas, y mal puede decirse que ellos solamente llegan a principios del
siglo XX. El Tigrero, como vimos, es de Salamina y estuvo un tiempo radicado en Anaime. Más tarde, desde luego,
aumentaron los inmigrantes atraídos por las cosechas de café y por el tabaco, pero es preciso destacar
que desde los orígenes de Calarcá y Armenia encontramos de fundadores a los llamados
«orientales». |