Por: Jaime Lopera Gutiérrez (
jjlope@telesat.com.co)
Álvaro de Mendoza, un oficial del conquistador (y luego Mariscal) Jorge Robledo, descubrió
la Hoya del Quindío.
Hacia el año de 1541, de Mendoza salió en la búsqueda de un valle que decían
llamarse Arbi (donde más tarde se fundaría Herveo) en el cual se había supuesto la
existencia de un rico tesoro. «Luchando con una naturaleza agresiva, sembrada toda ella de guaduas, y
andando por fragorosas veredas, el tesonero Mendoza trepó hasta donde le fue posible, descubrió
el valle del Quindío, cuyos naturales no lo hostilizaron; antes bien, le hicieron saber que Arbi no
estaba por aquellos contornos, noticia que le determinó a voltear bridas y volver al real»,
según el relato del historiador Emilio Robledo.(1)
Antioquia fue el centro de una disputa territorial entre los conquistadores que transitaban con sus tropas,
unos desde Cartagena (Heredia) y otros desde el Perú (Pizarro) y Panamá (Pascual de Andagoya y
Pedrarias Dávila) todos ellos tras los tesoros de Dabeiba y el Sinú. Fueron en realidad el juez
de residencia y oidor Juan Badillo, y su lugarteniente Francisco César, quienes primero concibieron un
viaje hacia el sur, desde el Valle de Guaca, cerca a Frontino, hasta Cali con ellos iba el relator de la
«Crónica del Perú», Cieza de León, quien a la sazón tenía 20
años de edad; allí en Cali se encontraron con el adelantado de Pizarro, Sebastián de
Belalcázar, quien venía del Perú tras fundar a San Francisco de Quito en 1534.
Belalcázar, al tener noticia de El Dorado, envió a Pedro de Añasco y luego a Juan de
Ampudia en una nueva misión exploradora. Estos llegaron hasta el río Jamundí y desde
allí continuó Francisco de Cieza hasta alcanzar las cercanías de lo que más tarde
fue Cartago. En 1536, Belalcázar se unió a sus capitanes y ordena a Miguel Muñoz la
fundación de Cali; luego regresó a Quito para preparar otra expedición hacia El Dorado
en el siguiente año.
Entretanto, y por mandato de Pizarro, Lorenzo de Aldana había llegado a Quito con el
propósito de supervisar la acción de Belalcázar de quien no se sabía nada desde
la fundación de Popayán y Cali. Al no encontrar a Belalcázar -quien ya había
partido hacia el supuesto El Dorado en la sabana de Bogotá, donde habría de encontrarse en 1536
con Jiménez de Quesada-, Aldana encomendó a Jorge Robledo que continuara las exploraciones
hacia el norte.
Dice el investigador Herman Trimborn(2) que el entonces capitán Jorge Robledo cumplió tal
orden «llegando a ser este el descubridor de la orilla derecha media del Cauca y una gran parte
de la región antioqueña. Robledo tenía entre sus cometidos someter a las tribus del
norte y fundar una población entre Cali y el Valle de Aburra», Esta población fue Santa
Ana de los Caballeros -hoy Anserma- fundada en 1539 como una base para las futuras expediciones; más
tarde, para pacificar a las tribus extremadamente belicosas y como otra avanzada desde el Valle, fue fundada
Cartago, en agosto de 1540, en el sitio donde hoy se encuentra la ciudad de Pereira.
Una sucinta cronología de Jorge Robledo lo sitúa en los siguientes lugares: entre 1540 y
1541 emprende nuevas conquistas en Irra, trae noticias de esas expediciones a Cali, funda a Cartago y desde
allí se traslada a realizar la fundación de Santa Fe de Antioquia; en 1542 Robledo viaja a
España a confirmar sus títulos, regresa por Urabá y allí es aprehendido por Pedro
de Heredia; pasado este episodio, años después (1546) Robledo va y viene de España con el
grado de Mariscal, para tener la mala suerte de ser decapitado en la Loma del Pozo por orden de
Belalcázar cuya autoridad había venido a discutir al parecer apoyado por la corona
española.
Pero el adelantado Belalcázar más adelante también rompió su
subordinación al juez de residencia, Miguel Díaz de Armendáriz, y continúo como
señor de unos dominios que se extendían desde Quito hasta donde el río Cauca desemboca
en el Magdalena. En aquel momento el oidor Briceño recibe órdenes de someterlo por
rebeldía y lo destituye como gobernador; en su intento por apelar de esta sentencia Belalcázar
emprende viaje a España pero lo sorprendió la enfermedad y murió pobre en Cartagena
donde su viejo contrincante, Pedro de Heredia, lo sepultó con los mínimos honores (1551).(3)
Fue pues, como dijimos, el conquistador español Álvaro de Mendoza quien llegó por
primera vez al norte del Quindío. Pero hacia 1537, y al penetrar desde el sur, el capitán
Miguel Muñoz -fundador de Cali- alcanzó a llegar con sus gentes hasta un río donde
hallaron «una vieja de más de cien años, pero tan llena de oro fino que -según lo
relata fray Pedro Simón en sus Noticias Historiales- parecía querer suplir con la hermosura de
aquel metal lo que sus años le habían quitado».(4)
La presencia de Robledo tiene mucho que ver con la tribu de los quimbayas: el español debió
luchar con algunas tribus (como el belicoso cacique Ocusca y otros jefes indígenas), pero
también existieron agrupaciones de indios que se rindieron sumisas al conquistador. No parece haber
duda de que una de las tribus que se entregaron fácilmente fue la de los quimbayas, si exceptuamos a
los caciques Tucurumbí y Consota.
Según Emilio Robledo, los límites territoriales de los quimbayas se extendían entre
el río Chinchiná, al norte, el río Quindío al sur, el Cauca y La Vieja al
occidente, y la Cordillera Central al oriente; el territorio vecino estaba ocupado por los carrapas, los
picaras, los pozos y los bugas. Durante su permanencia en Cartago, Jorge Robledo supo de la existencia de la
provincia de los quimbayas que estaba gobernada, según los cronistas, por sesenta caciques distintos.
Otras referencias señalan que las tribus Carrapa y Quimbaya tenían por lo menos «veinte
mil indios de macana»; hacia 1626 ya existían menos de trescientos indígenas.
Herman Trimborn y Juan Friede, por un lado, y Restrepo Tirado y Luis Arango, por otro, proporcionan muchos
datos sobre esta tribu.
Los quimbayas eran ricos y muy buenos agricultores (y agrimensores que trazaron caminos en todas las
direcciones siguiendo la simetría de grandes piedras que colocaban a trechos en el camino); la tierra
estaba hecha de surcos para la agricultura, trazados con visuales; cultivaban caña de azúcar,
maíz y plátano especialmente; en el manejo de oro eran unos hábiles artífices; lo
fundían y lo martillaban para fabricar diversas clases de joyas y figuras, y aún se asegura que
utilizaban una clase de soldadura en objetos de oro.
Dentro de las relaciones tribales, el marido quimbaya era amo y señor y la mujer una esclava; la
poligamia no era criticada, como tampoco el adulterio, y el uso de la chicha era de tal manera exagerado que,
como dice el citado historiador Emilio Robledo, los indios «bebían, cantaban, bailaban y
orinaban a la vez». Cuando la chicha había hecho sus estragos, dice el escritor, comenzaban a
gritar «batata-bati, batata-bati» como una forma de juego y de agresividad.
Estos fueron los quimbayas, cuyos notables caminos con pisos de troncos -que parecen haber cubierto el
Quindío entre los 1.400 y 2.400 metros- tienen todavía en asombro a los arqueólogos y
etnógrafos. «Esto, junto con el inmenso número de sepulturas descubiertas en el
Quindío, ha llevado a varios observadores residentes en la región a creer que la
población en los tiempos de los naturales debió haber sido mayor de que la que es hoy, con ser
el área agrícola más densamente poblada de la moderna Colombia».(5)
Las fundaciones de la conquista eran hechas con criterio militar de defensa y como centros de
aprovisionamiento. En ordenanzas de 1563 se establecieron por las autoridades españolas ciertos
preceptos de urbanismo y salubridad para los poblados coloniales que fueron seguidos -tal vez sin conocerlos-
por los posteriores fundadores de nuestras poblaciones quindianas. Por ejemplo, se legislaba sobre la
colonización de la plaza mayor, y sus calles: «las calles -decían las ordenanzas- en
lugares fríos, sean anchas; y en las calientes, sean angostas; pero para defensa, donde hay caballos,
son mejores anchas».
En resumen, la conquista fue un largo período en el territorio colombiano; pero, en lo que toca al
Quindío, esa época sólo tiene como referencias los viajes de Miguel Muñoz,
lugarteniente de Belalcázar, hasta el río La Vieja, y el viaje de Álvaro de Mendoza a
quien señalo como el descubridor de nuestra tierra quindiana hacia el año 1541.