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 EDITORIAL - LA PATRIA GRANDE

"No sabía, por ejemplo/ que una casa es como un templo/ un templo sin religión."
Vinicius de Moraes

Necesitamos articular un discurso social que responda a los desafíos del siglo XXI. No es conveniente fosilizarnos en posiciones preconcebidas. Frente a las hondas injusticias del continente, nuestra opción de trabajo debe ser la de los pobres. Construir situaciones concretas que propicien la humanización del sistema político económico. Avanzar por la senda de la apertura democrática, y poner a funcionar la educación como herramienta de acogida social. Esta labor no es una utopía, como maliciosamente nos han hecho creer los oficiantes del poder. No: esto es una hoja de ruta, un plan realizable. Es necesaria la unión de todos los estamentos sociales. Alianza ciudadana en contra de las situaciones de opresión.

El crecimiento económico de Latinoamérica no se traduce en desarrollo incluyente. Los réditos de las alianzas financieras se quedan en la clase dominante. De esa forma se perpetúa el poder político en manos de los mismos, suplantando las dinámicas del progreso con remedos de cobertura social. No hay estrategias oficiales serias para eliminar la pobreza. Los planes que existen se contentan con una especie de caridad que resulta ineficaz. La pobreza hay que arrancarla desde los elementos que la propician: la falta de protección educativa, la injusticia en los salarios, el primado del lucro individual y la miopía con que se maneja la cartera gubernamental.

Así con todo, los grupos de lucha social se encierran en discusiones bizantinas. Parece que para ellos lo más importante es la aplicación al pie de la letra de catecismos socioeconómicos aberrantes. Ignoran, en una actitud sospechosa, que lo que importa es la aplicación del amor. El testimonio luminoso de centenares de mártires sirve como acicate para la praxis social. La sangre de Monseñor Romero, Ignacio Ellacuría, Camilo Torres, Joao Bosco no declara a favor de ninguna fracción política, sino, por el contrario, de un pueblo crucificado.

Este es el tiempo de la esperanza y la renovación. Momento indicado para madurar, a la luz de los signos de los tiempos, una crítica subversiva. Subversiva desde la legitimidad y la discusión civilizada. Siempre va a ser revolucionario contradecir la cultura imperante. La revolución en un parpadeo.

 OPINIÓN: ¿SOLEDAD INDESTRUCTIBLE?

Por: Daniel Rivera Marín

Antes de sentarme a realizar este texto, la incertidumbre me atacó de repente. Me preguntaba con afanosa insistencia, qué podría pasar si cuando me sentara al computador no hubiera electricidad y no regresara. Como aquel jueves en que todo el país se enteraba de que no había "luz" en ningún lugar. O tal vez al computador lo hubiera asaltado un virus que me impidiera escribir o que la red estuviera caída y no podría mandar el texto a los realizadores de esta publicación. Estaba paranoico.

En los últimos 100 o 150 años, la humanidad ha podido ver los adelantos tecnológicos más sorprendentes, desde el teléfono, pasando por el automóvil, llegando hasta el ordenador y la Internet. Nos hemos convertido en una raza veloz, superior y dependiente. Nunca el hombre fue más esclavo que en estos tiempos. Somos lacayos de nuestros propios inventos; estos nos han servido tanto que ya no podemos vivir sin ellos. Estamos unidos irremediablemente, quizá hasta que ellos nos enluten para siempre.

La humanidad posiblemente no recuerda un período donde la soledad haya reinado como en estos tiempos... será porque como para García Márquez: Las estirpes condenadas a cien años de soldad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra. Cien años de soledad donde ha importado más lo inventado que el inventor. Pensándolo bien esa ha sido nuestra triste historia, creer que es más importante lo que hacemos que lo que somos.

 EL SEMÁFORO

EL TIEMPO DE LA DESMESURA
Por: Ángel Alberto Castaño

"Y me fui y me senté en un rincón de su cuarto, lo más lejos que pudiera de ella, y allí me puse a hacer memoria para juntar las palabras"
Andrés Caicedo

A Jonathan Benavides

No hay relato de Andrés Caicedo (Cali, 29 de septiembre de 1951-Cali, 4 de marzo de 1977) en el que la situación quede a medias. Su ficción es la radiografía de una generación que vio la barbarie y el terror. Jóvenes que se hartaron de la vida establecida por los ancestros y prendieron la pachanga.

La obra narrativa de Caicedo está ligada con los dos acontecimientos más luctuosos de la historia de Cali. El primero acaeció en medio de las restricciones políticas de la dictadura del general Rojas Pinilla. Me refiero al estallido de un cargamento de dinamita en pleno centro de la ciudad, que dejó como saldo cientos de muertos y varios edificios arrasados. En ese entonces, Caicedo no pasaba de los cinco años, por lo que es muy probable que todas las referencias históricas, que luego abordaría en el guión cinematográfico No me desampares ni de noche ni de día, no fueran más que comentarios familiares. El guión nunca se llevó a la pantalla, como casi todo el trabajo de Caicedo como libretista.

En el relato El atravesado reelabora poéticamente los motines juveniles contra los juegos panamericanos del 71. En esa oportunidad, Caicedo participó en el acontecer histórico, y, como resultado de ello, escribió uno de los párrafos más ácidos de la literatura Colombiana:

"El 26 de febrero prendimos la ciudad de la quince para arriba, la tropa en todas partes, vi matar muchachos a bala, niñas a bolillo, a Guillermo Tejada lo mataron a culata, eso no se olvida... que no hay caso, mi conciencia es la tranquilidad en pasta, por eso soy yo el que siempre tira la primera piedra."

Cuando se lee a Caicedo existe la posibilidad de ser atrapado por el crimen. No en vano su novela de cabecera fue la ultra violenta Naranja Mecánica, de Anthony Burgess. En su producción narrativa se oyen los disparos de los westerns de Sergio Leone. En cada esquina de su obra está agazapado un angelito sonámbulo. Cada vez que el lector se enfrenta con ¡Que viva la música!, no le queda otro remedio que asistir al sepelio colectivo de una generación insatisfecha, nacida del mayo francés.

En el documental Unos pocos buenos amigos, Luis Ospina explora el disoluto mundo del grupo de Cali, que tuvo en Caicedo a su más sublime representante. Uno termina por deducir que cada uno, a su modo, navegó los mismos cuadrantes. Cada quien se expresó como pudo. Algunos desde la crítica de cine. Otros desde la butaca de la dirección y producción de películas. Los demás, los más caicedeanos, desde la tibia oscuridad de un teatro medio vacío. Caliwood fue un movimiento bizarro y lúcido, que mandó para el carajo todo lo admitido.

Se dice que Andrés se mató porque la vida es subir y bajar. Y él no quiso bajar. Mayolo dijo en alguna ocasión que Andrés se había matado para conservar intacto el poema de la rebeldía. Que quiso preservar la juventud sediciosa, como James Dean. Rosario, la hermana más querida de Caicedo, llegó a decir que este se suicidó frente a la imposibilidad de detener el tiempo. Y lo equiparó con Peter Pan. Sandro Romero expresó en el documental de Ospina que Andrés se fue por el canibalismo de su obra. Por su visión Joiceana de la vida. Pienso que todos tienen la razón. Pero que a todos les falta una visión más holística. Todos se quedaron con el fragmento que conocieron de Andrés Caicedo. Y digo que sólo hay dos personas con las facultades afectivas para decirlo todo: Patricia Restrepo y Clarisolcita Lemus. Ellas fueron los amores de la vida de Caicedo. Con Clarisolcita, Andrés descubrió la cocaína y las rumbas de tres días. En ella vio encarnado el prototipo de la antiheroína que vendía el cine: bella y arriesgada. Sagaz y peligrosa. Por el contrario, en Patricia descubrió a la mujer que debió haber sido la madre de sus hijos. La del sexo blando y palabras cortantes. Pero con ambas la relación era imposible: Clarisolcita tenía ocho años cuando Andrés tenía diecinueve. Y Patricia era la mujer oficial de Carlos Mayolo. A ambas las metió en el cineclub de Cali. A Clarisolcita le dedicó ¡Que viva la música! y a Patricia, el último texto que escribió: la nota de su suicidio.

Andrés Caicedo completó el cuatro de marzo treinta años de muerto. Editorial Norma sacó a circulación un libro que recoge algunas páginas de su diario. El cuento de mi vida es la consagración de un escritor que en vida no vendió ni un cuarto de lo que vende ahora. De un chico que llevaba a las fiestas su máquina de escribir. Que se entrevistó con Héctor Lavoe pocos días antes de suicidarse. El mercado editorial tiene un respiro cuando algún familiar de un escritor muerto hurga en los baúles. Ayer, las cartas de Rulfo y los cuentos de Cernuda. Hoy, la desnudez de un pelado que renovó la crítica de cine y que se mató porque le dio la gana hacerlo.

La fiesta terminó hace mucho. Los estropicios están en los cestos. Andrés fue el primero en despedirse. Dejó a su paso una hilera de piezas de inocultable valor. La gente se agolpa en las librerías y se maravilla de que alguien haya dicho tanto en tan poco. Y el tiempo pasa. Y Andrés ya es un escritor del siglo pasado. Un referente imperativo.

 EL TRANSEÚNTE

GRAMÁTICO DE LA FANTASÍA
Por: Ángel Alberto Castaño

Mi relación con Ricardo Vejarano está mediada por la admiración. Y es que la labor pedagógica que adelanta como profesor de Fotografía es de aplaudir. Ricardo no se contenta con los paradigmas que rigen nuestro sistema educativo. Le importa un comino la clasificación del alumno en un guarismo. Sabe que se aprende más desde la práctica consciente que desde las polvorientas teorías. Vejarano no es el típico profesor que se complace en emborronar el tablero. No. No escribe en el pizarrón. Invita a los alumnos a que sean ellos los que escriban.

Ante mi costumbre de no llamarle por el nombre, sino por el cargo que ocupa, me hizo caer en la cuenta de que lo conocí mucho antes de que fuera profesor. Es cierto: a Vejarano lo distinguí como el técnico de un equipo de fútbol. Yo entré en las filas de Villa Liliana Fútbol Club cuando ya habían pasado sus tiempos de gloria. Sólo algunos compañeros sabían manejar el balón con decencia. Los demás estábamos ahí para cumplir los deseos de nuestros padres.

En la conversación es un tipo distendido. Mamagallista de primer orden. Parodia la vida universitaria. Gusta rodearse de personas antidogmáticas. Combate la ceguera intelectual desde la fotografía. Mantiene pendiente de los cuadros de enfoque de la vida cotidiana. El diafragma de un beso. La velocidad para auxiliar al amigo caído en la manigua de la aburrición. Dice que la mejor fotografía que ha visto fue tomada con sonido: el retrato de la vida intrauterina de Manuel José, bebé que duerme en la tibia oscuridad del vientre de Carolina.

Narrador instantáneo. Recuerdo la vez que relató la historia de su primer noviazgo. Estuve pendiente de la mínima variación en su palabra, porque sabía que algo se escondía allí. Cuenta sus anécdotas ante un auditorio que cree estar frente a un televisor. Es obsesivo con el detalle. Sabe de sobra que los relatos que valen la pena son chispazos de minuciosidad impecable. Tiene el mérito de haber hecho que me sentara a ver una telenovela. En una charla informal narró de tal forma los infortunios de la protagonista, que llegué a pensar que me estaba perdiendo de una joya televisiva.

Ricardo está más concentrado en releer a Sagan y Rodari, que en incursionar en las inciertas modas literarias. Su amor por la literatura nació el día en que conoció a Jairo Aníbal Niño, en un taller didáctico de la Fundación Raíces Mágicas.

La fotografía de Vejarano es aleteo de alondras. Luz que escribe en papel satinado. Geometría primigenia. Infantil gozo de amarrar instantes para la posteridad. No hay fisuras entre él y su obra. No se puede hablar bien de él y despotricar de su trabajo. Sus fotos son la invitación pensante a mirar por sus anteojos. El ambiente gélido del museo no es el hábitat adecuado para la producción de un hombre que odia los formalismos.

En 2006 llevó a la universidad una muestra de fotos de sus alumnos. Relámpagos de vida congelados en un rollo blanco y negro. Se vistió para la ocasión de corbata y zapatillas lustradas. La gente entró en el laboratorio de televisión, que hizo las veces de sala de muestra. Y se chocó de frente con la vida de un hippie y de un señor que vende dulces en un carrito. Con el rostro coqueto de un travestido y la mirada abstraída de un guitarrista pobre. La gente no se encontró con el testimonio de una ciudad que es destino turístico. No: lo que vio fue disyunción. Personas marginadas de los procesos económicos. La mayor virtud de la muestra fue que la gente vio gente. No modelos ni presentadoras de belleza improbable.

En 2007 estrenó un cortometraje en el cineclub del Sena. Coma profundo es el resultado del trabajo de Ricardo y Gustavo Carvajal. El público agasajó a los realizadores con un aplauso sincero después de los minutos de proyección. Fuimos algunos amigos y Ricardo a todos nos recibió con un apretón de manos y una palmadita en la espalda, muchas gracias por venir. En esta ocasión no hubo alfombra roja ni champaña. Bromeamos con ello. Ricardo dijo que para la próxima ocasión él se comprometía a traer todo lo necesario para que la premier fuera decente. Todos sonreímos.

Ricardo retrata realidades humanas. La vejez la capturó en una señora de cabellos níveos tendida en un catre. En la cabecera, gatos lamiéndose las patitas. La juventud, en el balón atrapado en una cerca de púas. La belleza, en la niña que sonríe con un paraguas multicolor. La diversidad, en un pequeño guambiano con un pez en las manos. La amistad, en un policía enjabonando el rostro de un indigente. La poesía, en una chica que oculta la mitad de la cara con el ala de su sombrero.

¿Es esto suficiente? No. Nunca es suficiente. Siempre hay algo más. Un gato travieso que devora perros. Un perro que caza mariposas. Una nena a la orilla de un lago de cafetos. El rostro de un cura con sotana que pasea por el atrio de la iglesia. Ah... falta la fotografía de Manuel José cuando bostece. Y las instantáneas de última hora. Las que van para la primera página y los libros de historia.

 MACONDOCITY

EN LA VÍA
Por: Vincent Santos

"Te amé en la dulce brevedad de un café." Yo.
Por aquellos días Armenia estaba en verano. Las clases en la universidad habían culminado hacía dos semanas. Me enfrentaba con la aburrición de estar todo el día encerrado, viendo las moscas merodear sobre el cesto de la ropa sucia. Yo no entiendo por qué los alumnos, cada vez que se acerca el final del semestre, palmotean de alegría. Me parece que algo ruin se oculta en ese alborozo. Algo que está más relacionado con la pereza que con cualquiera otra cosa. Pero, en fin, cada quien es libre de hacer lo que le plazca.

En varias ocasiones salí al centro de la ciudad, con la esperanza de encontrar a alguien conocido. Las remodelaciones en la carrera catorce, desde la plaza de Bolívar hasta el parque Sucre, tenían en shock a todo el mundo. Nubes de polvo se alzaban sobre nuestras cabezas. La gente estaba malhumorada, caminaba aprisa. El sonido de las máquinas que fraccionaban el piso, manejadas, casi siempre, por morochos, se metía en nuestros tímpanos. Ni siquiera en los puestos de libros alcanzaba a sentirme a gusto. Había algo en el ambiente, una sensación de inquietud.

El jueves 28 de junio, a eso de las tres de la tarde, Luis Bernal, un amigo al que hacía meses no veía, concertó una cita conmigo. Nos encontraríamos en media hora en Lucerna. Quería hablar sobre algo que se limitó a llamar, un negocio importante. Sabía de sobra que los negocios con Luis siempre terminan en fiascos monetarios. Cuando llegué a Lucerna, mi amigo me esperaba en la mesa de la esquina izquierda. Al verme se levantó, nos apretamos las manos y dijo, en tono amistoso, cómo has cambiado, Vincent. Me invitó a tomar asiento y manoteó. Una chica rubia, que frisaba los veinte años, se acercó y lo besó. La presentó como el bebé. Acercó su rostro a mi oído. Olía a lavanda y almizcle. Hola, Luis me ha hablado un montón de ti. Tú eres el de manguito, ¿no es cierto? Miré a Luis. Se encorvaba de la risa. El muy marica, a pesar de mis advertencias, había difundido mis tribulaciones amorosas. Le reproché por eso.

La chica, María Mónica, estudiaba Negocios Internacionales en una universidad privada. Conoció a Luis por el Chat y se enamoró, según me contó, aprovechando que Luis había ido al baño, por lo alucinante que podía llegar a ser una relación a distancia. Si, nada de palabras bonitas ni cogiditas de manos. Pensé: las cosas no van a terminar bien. Luis regresó del baño, pagó la cuenta y me invitó a comer algo. Acepté.

Subimos por la quince, hasta la esquina del Seguro Social. Doblamos a la derecha, para llegar a la esquina de La Crónica. Luis compró un periódico y preguntó si seguía escribiendo. Si, estoy publicando algo en La Avenida, el periódico de unos pelados de la universidad. Oye, qué bueno. Gracias. ¿Qué escribes?, preguntó Mónica, un tanto molesta por el estado de la carretera. No prestó la menor atención a mi respuesta. Parecía al borde de un colapso de nervios. Aparté a Luis, tomándolo del brazo. Viejo, esa nena está medio deschavetada. Si, pero no me dirás que no está muy buena. Me dio la espalda, se acercó a Mónica y oprimió, con suavidad, su nalga derecha. Crucé la calle y me puse a mirar un aviso publicitario que pendía de un edificio.

Frenazo en seco. Sonido de bocinas. Me volví y la vi. Cruzaba la calle a la torera. Límpida. Labios rojos y negros. Llevaba puesto el uniforme de la Poderosa. Ni siquiera me conoció.

Nota de cierre.

El negocio que me propuso Luis, después de haber comido en un restaurante cercano, era el más descabezado que se le había ocurrido en muchos años. Le dije que no estaba interesado en vender gatos disecados. Dijo que lo pensara bien. Accedí, listo, lo pensaré. Se marcharon en un taxi. Luis guiñó el ojo y me dijo al oído, deséame un buen polvo. Buen polvo, bucanero. Caminé por la trece, hasta llegar a la sede de la administración departamental. Creo que este es el edificio más alto del Quindío. Antes de conocer a manguito solía subir en el ascensor panorámico. Nada de eso queda. Retazos de recuerdos, nada más. En un borde de la Plaza de Bolívar, en dirección al Monumento al Esfuerzo, una hilera de turistas aguardaba para tomarse una foto dentro de un escenario cafetero. Los turistas entraban en una caseta, se vestían con trajes típicos, alquilados para la ocasión, y salían a un escenario de cinco metros por seis. Las mujeres se podían ataviar como chapoleras y los hombres como arrieros. Familias enteras posaban alrededor de cafetos de celofán y un jeep acondicionado.

 LITERATURA DE BOLSILLO

ME DEJA EN EL MATADERO
Por: Gustavo Flores

Aquel sujeto larguirucho, de profundas ojeras color púrpura y nariz prominente; a quien ya habían despedido de innumerables empleos; a quien no le quedó más remedio que retirarse de la carrera universitaria que adelantaba. Ponerse a hacer hasta magia, para conseguir lo del diario; de repeso lo deja la mujer y el arrendatario le exige desocupar la casucha maloliente donde dormía, porque no vivía. Al igual que el país: otro pobre hambriento.

En su mano derecha sostiene una bolsa color negro; la izquierda, la levanta y la extiende para detener el bus. Se sube resuelto y le dice al chofer que si le permite trabajar, y le enseña la bolsa; él le dice que sí, sólo porque ya ha acelerado a fondo y le da pereza parar.

Ojeras color púrpura brinca sobre la registradora, y aún en el aire empieza a decir con gran seguridad: -Buenos días a todos, con el permiso que el señor conductor me ha concedido, vengo hoy ofreciéndoles este rico y delicioso confite. En su mano levantada se ve un dulce de anís, que entrega a la primera pasajera diciéndole, Buenos días señora, bien pueda- le entrega el confite y sonríe. Lo mismo hace con cada uno de los pasajeros, hasta llegar ante el señor adormilado al fondo del bus. Gira y se devuelve hasta la registradora, gira de nuevo y se apoya en esta e inicia así: -El confite que cada uno de ustedes gentiles personas tiene en su mano, lo quiero compartir para endulzarles un poco el día, porque es gratis; pero esto con la intención de que me escuchen con atención un par de minutos. El mensaje que hoy les quiero transmitir es que por favor no dejen de reconocerse uno al otro a diario, porque reconociendo al otro, nos reconocemos a nosotros mismos; de ahí la importancia del buenos "días", "tardes" y "noches"; porque nos permite reconocernos, sabernos sujetos de una sociedad, conciudadanos. Pero todos sabemos que actualmente es la total indiferencia, ni siquiera una mirada sonriente o una leve alzada de ceja, nada.

La radio suena, alguien dice: "baila, negra del trasero grande, baila, goza, morena, sabrosa, baila..." Los pasajeros se miran unos a otros como si a quien mirara tuviera la respuesta en sus ojos; hasta el chofer le baja volumen a la radio y la negra culona se desvanece con su baile asqueroso. Todos en el bus piensan que el tipo de los confites está loco.

Ojeras color púrpura toma aire y continúa: - Por favor, en verdad les digo que la importancia de todo radica en sabernos escuchar, y en adoptar como convicción ética, la importancia de la diferencia, del derecho a la libertad de opinión y de discusión, porque allí es dónde habita la verdad y la fórmula para cambiar muchas cosas de nuestra sociedad, de esta sociedad consumista, voraz y destructiva que nos está llevando al acabose, a matarnos unos a otros, a ignorarnos... Suspira. Y sus ojos de panda triste brillan, continúa: -... ¡Ah! Algo que casi se me escapa, tal vez de mayor importancia que lo que acabo de referir; por favor no arrojen las envolturas del confite ni fuera ni al interior del bus, guárdenlo en sus bolsillos y al llegar a casa lo arrojan en donde debe ser, en el bote de basura; háganlo, para tratar de frenar la contaminación desmedida, porque qué asqueroso resulta ver las calles de las ciudades y el mundo entero convertidas en basureros... bueno, no siendo más, muchas gracias y por favor ¡Me deja en el mataderooo!

El chofer frunce el ceño -¿será que dijo paradero o matadero? piensa, porque cree escuchar mal; frena, y oprime el botón para que se abra la puerta trasera. Ojeras color púrpura se apea mientras los pasajeros continuan mirándose atónitos; recorre un par de calles hasta un solitario callejón, saca un arma y un confite de anís de la bolsa color negro, y piensa que en vez de haber dicho ese discurso tan ridículo, hubiera asaltado al chofer del bus y a sus ocupantes, como era la intención inicial.

Se mete a la vez el confite y el arma a la boca y... Hala del gatillo.
 TAUTOLOGÍA

Hoy mi hijo me ha pedido que lo acompañe a comprar un regalo para su novia. Mi hijo vive en la carrera catorce, cerca al parque Sucre. Llegó un poco antes del almuerzo. Comimos fideos en leche y carne a la plancha. Ahora está acostado en mi cama. Aprovecho el tiempo para sentarme a leer la carta que has enviado.

Mi hijo nació a mediados de la década del ochenta. No recuerdo el año exacto. Luisa, su madre y mi primera esposa, tuvo algunas complicaciones en el parto. Los médicos iban y venían. Yo, en claro contraste, estaba tranquilo. No es que no quisiera a mi mujer. No. Pero tampoco estaba dispuesto a perder la calma.

A Luisa la conocí en las escaleras centrales del teatro Yanuba. Llevaba puesto un vestido rosado. Me llamó la atención la forma como contemplaba las pinturas que pendían de las paredes. Me quedé mirándola por largo rato. La gente subía al auditorio. Luisa seguía frente al cuadro. Me pareció que era hermosa, pero no lo suficiente. Un amigo llegó un poco antes de que cerrasen las puertas del teatro. La saludó de beso en la mejilla. Me saludó con la mano y siguió. Me acerqué a Luisa pretextando que la había visto en algún otro lugar. Luisa me miró extrañada, pensaba que estaba sola en el corredor. La invité a tomar un café. Ella accedió.

Mi hijo se ha despertado. Dice que su novia no espera que le lleve un regalo. Le pregunto por qué se lo piensa llevar. No me contesta. Pregunta: ¿quién es N.? No le respondo. Mi hijo nunca se llevó bien con mi segunda esposa. A veces pienso que entre ellos hubo competencia. Angélica no pudo quedar embarazada. Siempre vio en mi hijo a un contendiente.

Llevo tres meses separado de Angélica. Ella solía entrar en mi cuarto de estudio, poner un vasito de leche sobre el estante y retirarse. Era una mujer abnegada, en todo el sentido de la palabra.

N., mi querida amiga, quiero darte pistas para que desentrañes el misterio que nos envuelve.

P.D.: No te preocupes. La contienda entre el niño y su prima es algo pasajero. Nada grave. Siempre debemos estar al lado del vencido.

 LA MOCHILA - NUESTRO LÉXICO NOS GOBIERNA

Por: Ricardo Vejarano

Las palabras que pronuncio trazan los límites de mis actos. Puedo decir que estoy gobernado por mi léxico. Soy el conjunto de palabras que pronuncio, y éstas gobiernan y dictaminan, a su vez, la política de mis acciones.

En mi léxico la palabra fantasía puede pronunciarse, en un solo día, una veintena de veces. Todas mis reflexiones apuntan hacia la inquietud constante de articular los diferentes momentos de mi vida con un concepto fantástico, para no perder jamás la capacidad de asombro. Serían insoportables mis días sin esta palabra.

Sentirme avergonzado de pertenecer a la especia humana también hace parte de mi léxico y manifiesto esta pena varias veces al día. Anuncio que lo más sensato que puede hacer la especie por el planeta es desaparecer de una vez y no dejar el más mínimo rastro. No se puede afectar a las demás especies animales con nuestra muerte. Se debe ser cuidadoso en el proceso de autodestrucción.

¿El léxico gobierna mi mundo? Si. No puedo vivir en la anarquía. Mi mundo debe ser gobernado por algo o por alguien. Pero, en este caso, es más tranquilizante saber que mi mundo es una autocracia de las palabras que pronuncio.

Adoro hablar con las demás personas y decir la palabra maravilloso cada vez que pueda. Cada vez que el acto que esté observando logre captar mi sorpresa e irradie en mi rostro una sonrisa incontenible.

Hablo del amor desmaterializado y, por hablar tanto de él, creo que lo estoy viviendo. Creo que el amor, si es verdadero, debe sobrevivir a la materia misma de quien se ama. Debe sobrepasar los límites de lo racional y lo sensato. Jamás perder su protagonismo narrativo.

Adoro la oralidad porque hace inmaterial las palabras. Las convierte en eventos sonoros. Amo la energía eléctrica que existe en las palabras que pronuncio. Me fascina la idea de que me gobiernan las palabras y que sólo basta un pequeño cambio en su sintaxis y semántica para cambiar parte del mundo que habito.

Rindo mis dedos y mis fuerzas al teclado del computador donde existen teclas que representan letras, que a su vez son interpretadas en un lenguaje binario invisible, tan invisible como el mundo verdadero de Platón.

En esta misma noche mi hijo navega en un mar de líquido amniótico. Su atmósfera es líquida como la que se plantea en la película Contacto, adaptación de una obra de Carl Sagan. Cuando nazca conocerá el mundo exterior. Tendré que hacer algo para que mi léxico alimente el suyo.

Quiero pertenecer a la atmósfera líquida de las palabras para poder soportar este cambio de siglo que entorpece mi motricidad y parece afinar la velocidad del tiempo que habito. Las palabras que nadan en la atmósfera líquida de mi léxico deben entrar en cuarentena, para que no contaminen la atmósfera líquida del léxico que gobernará el mundo de mi hijo

 CAMINANDO POR LA AVENIDA

Por: El diagramador

Hacer un medio independiente en una ciudad como la nuestra conlleva una gran dificultad, para sostenerlo es necesario trabajo y dedicación. Ganar credibilidad en los lectores y patrocinadores sólo es posible con seriedad y calidad. Fueron largas caminatas mostrando un producto nuevo, tratando de convencer a las personas que la cultura es más que un adorno, y que a pesar de ser sólo estudiantes podíamos lograr buenas cosas. La urbe está llena de historias por contar, LA AVENIDA nació por este motivo, quisimos abrir un espacio para las personas del común. Atravesamos una época de facilismo mental, la tecnología nos ha vuelto dependientes, los jóvenes no leen, es para reflexionar que los pocos círculos culturales que aún viven son frecuentados por personas mayores de 40 años./p>

Son pocas las personas que se atreven a escribir sus opiniones, en este punto radica la importancia de los medios independientes, estamos comprometidos con la sociedad.

Esta introducción la hago para anunciar que LA AVENIDA llega a su sexta edición, y con ella comienza una nueva etapa. Fueron seis meses de trabajo incesante, pero con orgullo puedo afirmar que no ha sido en vano. La Avenida se ha convertido en vehículo de historias, amores y recuerdos. Personajes reales e ilusorios que han transformado sus pensamientos en letras, que se han desahogado en páginas de papel periódico y han mitificado sus vivencias en literatura. Este es tal vez el motivo que nos ha llevado a continuar con este proyecto. Me fascina abrir el correo electrónico y encontrarme con personas que quieren compartir pensamientos, con seudónimos como salidos de cuentos de hadas. Leer los diferentes textos me ha llevado a darme cuenta que al fin y al cabo no somos tan diferentes, que tenemos muchas historias en común.

Por nuestras páginas han pasado personajes que de alguna u otra forma han dejado una marca en los lectores: Vicent Santos, Ricardo Vejarano, Hugo Aparcio y Óscar Zapata son solo algunas de las personas que fielmente nos han seguido edición tras edición.

Desde la primera publicación hasta ahora hemos mejorado, queremos seguir haciéndolo. Agradezco a las personas que nos han acompañado durante todo este tiempo: colaboradores, escritores, patrocinadores y lectores, les debemos lo que somos, aunque suene a frase de cajón. Resta sólo decir que seguiremos trabajando hasta donde nos sea posible para continuar con este humilde proyecto.

P.D: Resalto el trabajo de Álvaro en su calarca.net, y agradezco el espacio que nos ha brindado.

 LETRAS DEL CAPITÁN VINCAS PARA MELIBÉA

MAGNUM 85

Las cosas por aquí no andan bien. Desde hace varios días la esperanza se va por el desagüe. No pretendo contagiarte de mi soledad, pero no tengo a quien más acudir. La mayoría de mis camaradas están peor. La vida en la gran ciudad es un asunto que hiere hondo. Los golpes son contundentes. Bólidos incendiarios que conmocionan al más fuerte. Por eso no te escribía antes. Por mi torpeza ingénita. No soy capaz de mantener la boca cerrada. No encuentro en mí el descaro de comprarte una postal y despacharla con una cajita de bombones. En lugar de eso te envío frases de desamparo. Alusiones directas a lo feo que es vivir sin los croissants que me dabas en el desayuno. Querida, debes perdonar lo estúpido que puedo llegar a ser. Lo inútil que resulta la ducha caliente. El alquiler se venció ayer y no demora en aparecer la casera. Seguro me saca a escobazos. Pero nada. Sigo adelante, con la frente en alto.

REMINISCENCIAS DEL LÍQUIDO AMNIÓTICO

Veo por la ventana. Goteritas en el cristal. Gente. Carros aparcados en desorden. Amagos de lluvia. Gente escondida en paraguas y alerones. Guiñapos de luz en las estribaciones de la cordillera. Mi nariz está roja. Cansancio. Bostezo. El aire caliente empaña el vidrio. Limpio con la manga de la camisa. Llueve copiosamente. Sinfonía de paracaidistas. Me retiro de la ventana.

Tendida en la cama. Exhausta. Apenas cubierta por la sábana. Cartografía del sexo. Mi entrepierna suda. Preparo café. Qué rico. Café y galletitas con mantequilla. Es improbable que nuestra pasión dure más allá del mediodía. La velocidad es asunto que cuesta.

Sobre el piso, la falda negra. Las premuras del amor. Viento de remolachas. Río lechoso. Cientos de espermatozoides. Retozos. Nada más. Silencio.

Dice: La lluvia me duele en los huesos. Digo: tengo hebras de durazno en los dientes. No dice nada. No encuentra gracioso mi comentario. Pregunta: ¿cuándo estará listo el café? Respondo: no lo sé. Es mejor esperar un poco. Me besa. Combate de lenguas. Paso la punta de mi índice por sus vértebras. Ecuación de quejidos. Afinación. Anochece. Vestigios de claridad.

Hacemos que el universo reviente. Ideas mojadas. Moneda en el aire. Farfulla: hagan sus apuestas, señores. Es todo o nada. Cae. El señor del sombrero morado gana. Los demás pierden. Bolas de billar. Digo: nena, no entiendo ni un rábano. Gruñido. Prosigue: los caballos se desbocan por las cosas de la fatalidad. Pienso: perdió la razón. Lo mejor es buscar la forma de huir. Mirada perdida. Laberinto de nubes. Ícaro murió en las proximidades del sol. Desliz del álgebra.

¿Quieres servirme un poco de café, querido? Claro. ¿Con cuántas cucharitas de azúcar? Con tres estará bien. Ya sabes que el médico te prohibió ingerir tanto dulce. La diabetes no es ningún juego. Tranquilo, con tres cucharitas nada pasará, te lo aseguro. Además, yo no me fío del dictamen de ese médico. Tú mismo viste con qué impropiedad vestía. Ah, tu siempre con esas cosas. Déjame ser feliz.

ESCAPISTA IMPERFECTO

Veo por la ventana. Cóctel de imágenes. Llovizna. La lluvia es un puñado de chapolitas.*

Uno

Fue la mujer de las invenciones. Nada presagió lo hondo que llegaría a ser lo nuestro. La conocí en la barra del restaurante en el que trabajó mi mejor amigo. Ración de papas fritas y jugo natural. Sacaba de su bolso un pequeño pañuelo. Se limpiaba el sudor de la frente. Comía despacio. Como si el mundo se tomara un respiro.

Dos.

Por esos días yo estaba vuelto mierda. María me había dado una patada en el culo. No escribía. Tomaba apuntes para elaborar relatos. Me sentaba frente al computador y las letras se burlaban de mi obstinación. Llegué a pensar que la única salida era la pólvora quemante de un tiro. Pero ni eso. Mis capacidades económicas me restringían a veneno para ratas. Y yo no pensaba salir del baile de una manera tan prosaica.

Tres.

La telefonía permite que en una noche de lluvia pueda hablar con la niña que me gusta. No tengo que pasar por los apuros en los que se veían mis ancestros. Sólo es cuestión de levantar el auricular, presionar las teclas y esperar. La voz llega en ondas telefónicas. Las palabras se trasforman en impulsos neuronales. Tejen redes de afecto. Pienso que la utilidad de la ciencia consiste en hacer más humana la vida. En acortar distancias. La tecnología debe estar supeditada al hombre.

Cuatro.

Escribo algo, nada importante. Los días se pasan la pelota y yo uso la tercera persona para referirme a acontecimientos íntimos:

"Sale de la habitación. La hierba crece en las ranuras de la baldosa. Tendido en la cama. Se enrosca. Papeles manchados de tierra. Insectos voladores. Desayuno: huevos y tostadas. Migas de pan. Tiroteo en el catre. Campanillas. Llama: nene, levántate. Respondo: vieja, hoy no tengo que ir a la escuela.

Miel y cereal. Implosión de átomos sobre el mantel. Mandarinas dulzonas. Manzanas diluidas. Trozos de pan sobre el chocolate. Océano de golosina. Dice: amor, las cosas no pueden seguir así. Respondo: amor, las cosas van como deben ir."**

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