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 EDITORIAL - LIBEREN A MARÍA

La sociedad occidental rechaza las prácticas que considera nocivas para el colectivo. Esta tendencia ha sido una presencia constante en los últimos siglos. Para citar algunos ejemplos se podría mencionar la práctica del catolicismo al censurar libros contrarios a su doctrina. O, la prohibición de bebidas alcohólicas a inicios del siglo pasado.

En la actualidad el oprobio está en el consumo de sustancias alucinógenas. La lucha contra el narcotráfico y las restricciones policiales son la respuesta de la sociedad. Pero los paradigmas han sufrido una seria fisura, y el acto represivo resulta ineficiente. Las comunidades modernas han optado por la legalización. Sólo los países tercermundistas, y algunos de raigambre fundamentalista, conservan la prohibición.

Ahora bien, el problema tiene más matices de los que ha simple vista se ven. El debate al respecto está teñido de pronunciamientos subjetivos. Las posturas de los diferentes estamentos sociales son maniqueas: o se legaliza o se prohíbe. No hay, para ellos, caminos intermedios. Olvidan adrede la ventaja que traería la legalización: un control estricto sobre el tratamiento de las sustancias. Un manejo conciente de los campos de cultivo. Además, el dinero que corre a manos llenas, corrompiendo las instituciones, pasaría a la economía pública. Pero ahí no queda el asunto. La legalización debe de ir acompañada de una fuerte campaña pedagógica. Ya sabemos que la proscripción fracasó. Lo único que nos queda por emplear es la pedagogía como herramienta de construcción democrática.

Nuestro compromiso como sociedad nacida de la revolución republicana, es la de defender el libre desarrollo de la personalidad. Nuestra única preocupación es la libertad humana. Libertad que no se debe ver coartada por creencias religiosas o políticas. Libertad que lucha en el campo de la despenalización de la dosis personal. Pero, también, en el de la aprobación del aborto. Libertad que no se amordaza frente a la manipulación electoral. Ni frente al dinero fácil.

Optamos por el sueño de una sociedad sin mazmorras ni campos minados. Luchamos contra el absolutismo ideológico. Nuestra disputa es por el ser humano, y somos concientes que la literatura no se reprime. Tal vez perdamos las treinta y dos revoluciones del coronel Aureliano Buendía, pero estaremos en la trinchera, con las ideas como armas.

NOTAS.

1) La diferencia entre el mundo desarrollado y nosotros radica, ante todo, en la mentalidad. Ellos protestan por la utilización doméstica de bombillas. Arguyen que es tecnología del siglo XIX. Nosotros cerramos vías por la inminente privatización de los centros de salud y la universidad.

2) Las elecciones regionales están cerca. Nuestra actitud deber ser crítica. No podemos vender nuestra conciencia a impostores. No podemos recular frente a las manipulaciones demagógicas de los caudillos de siempre. Si queremos consolidar la democracia como un proyecto serio, el paso a seguir es el escrutinio analítico de las hojas de vida de los candidatos. Cabe rescatar que la agenda política debe ser la construcción participativa de toda la sociedad. En ninguna forma, el capricho de una persona.

3) Es deber del estado cerrar la brecha entre la educación pública y la privada. No se concibe una sociedad moderna con escisiones de carácter formativo y pedagógico. La inversión social debe estar centrada en la puesta a punto de la escuela pública.

 EL SEMÁFORO

EN BUSCA DE WINNIE COOPER
Por: Ricardo Vejarano

Hasta la cocina se alcanzaba a escuchar la canción inolvidable que provenía de los modestos parlantes del televisor blanco y negro, de catorce pulgadas, que nos acompañó durante diez años en la casa que habitamos en Ocaña (Norte de Santander).

La voz de Joe Cocker retumbaba en mis oídos de doce años y anunciaba la llegada de Los años maravillosos. Corría a su encuentro y los sonidos que producían mis pasos se iban mezclando armónicamente con la canción With a Little Help from My Friends, el tema musical con el que comenzaba cada capítulo.

Y allí estaba, en blanco y negro, Kevin Arnold, lúcido, claro, apasionado y, además, enamorado, como yo. Mis hermanos mayores, sobre todo Ana y Andrés, siempre dijeron que Fred Savage, quien interpretaba a Kevin, tenía un cierto parecido conmigo.

Sin embargo había muchas cosas en él con las que me identificaba. Mi hermano Juan, de tez blanca y cabello rubio, me molestaba sin piedad de la misma manera como lo hacía Wayne con su hermano Kevin. Mi hermano y Jason Hervey se parecían perversamente. Al igual que Kevin poco hice para vengarme de sus maltratos.

En el colegio llegábamos a contarnos los capítulos, a recrearlos si alguien no los había visto. De todos modos era poco lo que se hablaba y mucho menos lo que en cada mente de mis compañeros de colegio ocurría en cada nuevo capítulo.

Terminaba mi primaria y llegaba a la secundaria cargado de ilusiones, sobre todo, porque por primera vez en mi vida iba a tener en el mismo salón a representantes del género femenino. Toda mi primaria estuvo rodeada de niños. Nunca hubo niñas en mi escuela.

Entonces ocurrió el milagro, mi primer día en la secundaria y con él, la llegada heroica de cientos de niñas y muchachas, y la adolescencia, y los cambios hormonales, y las voces que se transformaban en cada grado.

Era poco lo que percibía en ese entonces relacionado con el tema sexual. No existía en mí más intenciones que estudiar, jugar fútbol, leer cuentos, ver televisión y jugar a enamorarme de alguien que, por lo menos, se pareciera en algo a Winnie Cooper, la niña dulce, que caminaba en cámara lenta bajo la mirada suspendida de Kevin, que siempre la quiso y que la añoró hasta viejo.

Volví a escuchar de nuevo la canción y aún Winnie no salía de la pantalla ni se hacía real en cualquiera de mis compañeras. Quería que reencarnara sin contemplación alguna, que se instalara en la niña de la fila de al lado, o del otro curso, o por lo menos en los grados superiores, así fuera inalcanzable, pero nada, no aparecía en mi realidad, sólo en la tele.

Anhelé tomarla de la mano muchas veces, como en aquella escena memorable donde Kevin, temeroso, mientras camina a su lado, intenta tomarla de la mano, y su mano no responde. Llegaba siempre a mitad de camino, sus dedos intentaban tocar los dedos de Winnie y nada, regresan a su lugar, igual de temblorosas como habían emprendido su aventura.

De repente, a pesar de la aparente tragedia, los hermosos dedos de Winnie arremeten contra los de Kevin, y aprietan su mano fuerte, sin posibilidad de escapar del milagro. Un viento helado enfrió mis manos y me arrancó una lágrima silenciosa en la sala de la casa, escondida para que nadie notara mi amor secreto con la imagen, con la escena perfecta y con Winnie Cooper.

Con el paso de los capítulos y del tiempo en el colegio, descubrí que mis compañeras jamás se convertirían en Danica Mae McKellar. Que la encarnación de un ser de la pantalla se da en muy escasas circunstancias. Que la ficción es ficción y punto. Que no existía la más remota posibilidad de que mi amor se materializara y que mis sueños se hicieran reales.

Aprendí también que el amor puro no depende de la materia. Que se puede amar a alguien sólo en sueños y que hay amores, como el de Kevin y Winnie, que son bonitos si no se hacen reales.

Aprendí que los años maravillosos sólo existen en la mixtura de universos paralelos. En la relación mundo real-ficción, vida cotidiana-televisión. Que después de más de 113 capítulos, desde 1988 hasta 1993, la serie ayudó a crecer a los adolescentes de mi generación, a los niños y niñas nacidos a finales de los 70´s, principio de los 80´s. Que cuando llegó la serie teníamos entre 10 y 12 años, y empezábamos la secundaria y también a enamorarnos.

Descubro que Winnie Cooper no ha regresado, que no reencarnará ya en ninguna mujer de la Tierra. Que existe, pero en la tele. Que la podré besar si la serie vuelve. Si el televisor se enciende y desde la cocina de mi apartamento, ahora en Armenia, vuelvo a escuchar la canción inolvidable que proviene de los no tan modestos parlantes del televisor a color y a control remoto, de 21 pulgadas, que nos acompaña hace unos pocos años en el hogar que habito ahora, con mi esposa y mi bebé de 18 semanas de gestación.

Si aparece de nuevo, la voz de Joe Cocker retumbará en mis oídos, ya no de doce años sino de 29 y anunciará el regreso de Los años maravillosos. No puedo negar que me gusta ver televisión, arrunchadito, en el sofá cama rojo. Dispuesto para el deleite. Abierto sin miseria, y sobre los cuerpos una cálida cobija que anuncia la llegada del sueño, el cerrar pausado de los ojos y la llegada sin reparos del descanso nocturno, que nos permite imaginarnos cosas, crear y despertar al día siguiente con un hálito extraño de divinidad.

 EL TRANSEÚNTE

DETRÁS DE CÁMARAS

La primera imagen que recuerdo de Óscar Zapata permite delinear un croquis de su personalidad. O al menos de esa parte suya que tanto apreciamos quienes tenemos el gusto de tomar café en su compañía. Todo se dio así: cuando Barreto y yo llevamos a Calarcá el primer número de esta publicación, Hugo Aparicio nos recomendó dejar unos ejemplares en la biblioteca de la Casa de la Cultura.

Al llegar al salón de lectura, Hugo dijo, Óscar, que bueno encontrarlo. Mire, le presento a estos muchachos. Óscar alzó la vista del grueso tomo de poesía francesa que leía y estrechó nuestras manos. Renglón seguido, Hugo dijo, dirigiéndose a nosotros, les presento al mejor lector de Calarcá.

Le dimos un ejemplar y quedamos de encontrarnos en una panadería cercana a los pocos minutos. La sensación de conocer al mejor lector de Calarcá, y que de postre tuviera en sus manos La Avenida fue de indefensión. Sabía que a sus ojos de avezado marinero nuestros imperfectos resultarían chocantes. Que pena, pensé.

Pero todo salió bien, no tanto por nuestros aciertos, como por el juicio benévolo de Óscar. Sólo alcancé a leer la editorial, dijo. Me parece que estuvo bien. Cuando termine de leer la revista les digo lo que pienso.

De ese dialogo inicial se desprendió una interlocución que es fecunda para nuestras decisiones editoriales. Por ejemplo, en los estropicios de la segunda edición, Óscar vio la posibilidad de hacer variaciones interesantes. Sin mencionar los gazapos, supo proponer ajustes pertinentes. Y eso se lo agradecimos en un pequeña nota editorial.

Otra imagen que recuerdo, y que quiero subrayar, es cuando se sienta en el parque de Bolívar. Ahí su mirada se pierde entre las añoranzas de una Calarcá primigenia, la de sus recuerdos, y la de ahora, sin el gualanday. Bastón en mano deja que el pueblo lo sorprenda. Camina con el contoneo del señor distinguido y con la felina mirada del curtido cazador. Es la viva imagen de un caballero a la antigua, con los modales afinados que mi generación perdió. Es coqueto, pero prudente. Sabe condimentar la conversación con apuntes intrépidos. Escribe en un cuaderno escolar, con angulosa caligrafía. Para leerlo hay que tener en cuenta de que sus autores preferidos son Proust y Saramago. Un tiempo Miller, pero ahora no.

Se solaza en lo imperceptible. Y gusta de teorías descabelladas. Para ilustrar lo primero: es uno de los pocos ciudadanos que ha caído en la cuenta de lo disparatado que es que cuatro relojes, que funcionan con el mismo engranaje, marquen horas diferentes. Lo segundo: la teoría que confeccionó del suicidio de Silva. No la digo porque espero que algún día se anime a ponerla por escrito.

Toma apuntes de las ideas que pesca en los diálogos informales. Sabe identificar la valía de cualquier frase con sólo paladearla. No pierde tiempo en asuntos baladíes, porque siempre está pendiente de aprender. Es socrático en el dialogo. En fin, es un conversador con quien sería fácil pegar la hebra toda la vida.

Tiene una columna en calarca.net que se llama "Detrás de cámaras". Es un fotógrafo diletante. Captura imágenes como se cazan mariposas. Estoy seguro que de se llevaría muy bien con Ricardo Vejarano.

Termino con una anécdota: en cierta ocasión necesité hablar con él. En el parque, no estaba. En el museo gráfico, tampoco. Alguien dijo, no pierda el tiempo. Óscar está en la biblioteca, ese es su espacio natural. Sentí envidia. Por el camino tarareé una canción, con la alegría de saber que haría mi ignorancia menos grande.
 MACONDOCITY

VALIOSAS MIRADAS
Por: Vincent Santos

Tus ojos son un libro de hojas viejas.

Para la niña de las tres chapolas negras, por los amaneceres que nunca vendrán.

Un amigo me pidió el favor de que asistiera a una cita en su lugar. Vea, lo que pasa es que a esa nenita ya la tiré al cesto de la basura. ¡Es más guisa!, usted la viera. Bueno, en su momento supo hacerme pasar rico. Pero ya es insoportable.

Y claro, yo acepté. Acepté ante todo por lo anómalo de la situación. Llevaba más de tres días sin escribir una puta línea. Estaba hecho añicos.

Vea, es lo más de sencillo: la cita es en el pasaje de los libros. Ella va ir vestida con una blusa azul. Yo se lo pedí. Además, usted la identifica de una, tiene el pelo tinturado de rojo. Viejo, esa descripción es lo más genérica del mundo. En ese perfil cabe más de una niña que conozco. Tranquilo, ella va estar pendiente de usted. Ya le advertí. Le dije que un amigo iría en mi lugar.

Mi amigo me dio instrucciones categóricas. No podía dejar lugar a equívocos. Mi labor consistía en decirle a la niña, nena, sal a volar que aquí no te queremos. A lo mejor no podía decir las cosas en ese plural deshumanizado. Ella no me había hecho nada y yo, así no se crea, soy una persona que se engolosina con la tristeza.

La cita estaba pactada para las tres de la tarde. Yo salí de mi casa a eso de las dos y cuarto. Llegué con un cuarto de hora de anticipación. Me puse a husmear en los libros de Cejas. Encontré un par de tomos de poesía francesa, prologados por Borges. No tengo ni un céntimo en los bolsillos, cejitas. Se los fío, peladito. No se preocupe.

Mi deuda con Cejas roza el vértice del descaro. Sé que debo pagarle, pero la situación no da para tanto.

Abrí el libro en las páginas dedicadas a Rimbaud. La presentación es la siguiente: se muestra una fotografía del poeta- en el caso de Rimbaud, una caricatura- y en un pequeño párrafo se dan los datos biográficos más relevantes. No leí ni la presentación ni los poemas. Ya habría tiempo para ello. Me dediqué a mirar el rostro de Rimbaud. Siempre que pienso en él, imagino a un jovencito rebelde, algo descuidado con el cabello, y con las manos enlodadas. No sé porqué lo hago. Es algo instantáneo.

La niña llegó por el pasaje Yanuba. Fue fácil reconocerla. Me vio y me saludo. Mira, dijo después de los saludos de rigor, es sencillo reconocerte a miles de leguas. Muy pocas personas son tan vistosas como tu. Mierda. La cosa se complicaba. Dudo mucho que una niña que diga leguas, sea tan guisa como para darle una patada en el trasero. Además, viéndola de cerca, no estaba nada mal. Pechos firmes y labios exquisitos.

Venga, la invito a tomar algo. ¿Qué quiere? Pregunta retórica. Supuse que pediría Pepsi o colombiana. Un tinto, por favor. Mierda. Otro golpe. Son pocas las niñas que toman tinto.

A mi no me gustó. Perdón…, si, a mi no me gustó. ¿Qué no le gustó? La virgen de los sicarios. ¿La película? No, el libro. ¿Por qué? Porque no. Es muy truculento. Parecía que estuviera parloteando con una profesora y no con la niña guisa a la que mi amigo no quería volver a ver. Y, ¿por qué lo dice? Por el libro. ¿Cuál? Ese, señaló mi mochila. Caí en la cuenta de que traía un ejemplar de la novela de Vallejo. Lo presté en la biblioteca de la U.

Oiga, por qué no me dice el recado que mandó Luis. (Mi amigo). La miré perplejo. Las cosas se van a complicar, pensé. Será mejor ser directo. Mire, ese pelado no la quiere ver. Dice que usted es… que bueno, ya estaba harta de él. Perdón. Si, ese chico se cree Nacho Vidal en la cama, y no pasa de ser un simple aprendiz. Mierda, eso me dolió. Óigame bien, no me resulta gracioso ese comentario. Relájate, nene. No te afanes. Cómo que no me afane…, si, lo mejor es que dejes la tontería y te tomes el café.

Y así descubrí que esa niña es la mujer con la que siempre soñé. Sabe de boxeo y de tenis. Le da rabia ver como la gente se pega frente al televisor para ver un partido de fútbol. Incluso lee poesía. No la cursi que leen todas las niñas. Lee a Gómez Jattin y a Girondo. Cree que Neruda era un papanatas y Silva, un mariconcito.

Y no fue fácil llevarla a la cama. Necesité varios meses para ello. Pero valió la pena el esfuerzo. Mi amigo no se equivocó al decir que es una experta en el arte de la felación.

YA PARA TERMINAR

Hace unos días iba con ella por el parque Sucre. Nos detuvimos un instante en el monumento a Carmelina Soto. A unos metros, manguito estaba peleando con el novio. Yo sonreí. Nena, te acuerdas de la chiquilla de la que te hablé. Si. Mírala. Bueno, no es cosa del otro mundo. Cierto. No sé qué me pasó. Estabas mal. Si. Nos miramos. Nuestras miradas son tan valiosas que alcanzan para comprar Nescafé y cuchillas para afeitar. ¿Sabes qué es lo mejor? Dímelo. Que si ella te hubiera parado bolas, no estarías conmigo. Imagínate de lo que te hubieras perdido, Vincent.

NOTA DE LA EDICIÓN

La historia de la trilogía de Vincent Santos es muy especial. La resumo por razones de espacio. El número Uno de La Avenida llegó a las manos de Vincent por los raros designios del azar. Y fue tanto su entusiasmo que concertó una cita conmigo, a la semana siguiente. Hablo de la primera semana de febrero. Así con todo, la reunión se prestó para que él aprovechara y me dijera, tengo un texto que me gustaría ver publicado. Mandó al correo electrónico "De cosas sutiles..."

Yo me puse la labor de descubrir quién era manguito, la heroína del relato. Era cuestión de saber atar cabos y sacar deducciones. Lo supe a pocos días de salir el anterior número. Y, debo decirlo, la niña es guapa. Resulta agradable a la vista por la simétrica composición de su rostro. Quise invitarla a tomar un café. Charlé un poco con ella. Dice que escribe poesía. No sé que tan cierto sea. En fin, las cosas no se dieron. Olvidé el asunto hasta que llegó el anterior texto al correo electrónico. Traía una pequeña nota: "El brújula que orienta mis travesías literarias señala otro puerto. Quisiera saber si estarías dispuesto a permitir que escribiera sobre otros asuntos. Respóndeme con prontitud." Y yo asiento con esta nota. Claro, viejo. Tienes las puertas abiertas.

Posdata: le doy un ramillete de escarabajos de celofán a manguito.
 LITERATURA DE BOLSILLO

RUTA TRES
Por: Hugo Hernán Aparicio Reyes

Damas y caballeros, buenas tardes. Permítanme dos minutos de su tiempo para darles a conocer esta espectacular promoción...

Separo mi vista un instante de La Historia de la Poesía Colombiana, de Juan Gustavo Cobo –Ya me toma dos semanas de lectura intermitente -, para fijarme en el paquete de galletas Waffer que la muchacha coloca sobre la carpeta, en mis piernas, a pesar del dedo índice que prohibía. Ocupo el puesto de la ventanilla. Al lado derecho, si mi vista perimetral no me falla, una dama otoñal con ochenta kilos de fragancia floral subida. Ha resollado al sentarse, cuadras antes.

...la compañía, consciente de la necesidad de promocionar este nuevo producto...

Lo hace bien. Suena agradable la perorata estudiada, repetida cientos de veces. Llaman mi atención su voz áspera, la convicción que demuestra.

...un paquete vale solamente mil pesitos que usted convierte en la sonrisa más económica de sus hijos, de esposa, marido, novia, amante o amigos...

De frenadas en arrancones, se acomoda de espaldas al conductor. No es fea. Piel curtida, cabello descuidado, a medio tinturar, añaden edad, restan frescura. Un jean sin caderas, de color indefinido y la blusa decolorada, tampoco ayudan. Reabro el libro; continúo mi lectura echando en saco roto las recomendaciones de de madre y abuela: ambas inventaban casos fatales de retinas desprendidas por leer en movimiento; mijo es muy terco. No soporto la inactividad de un trayecto en transporte colectivo.

...Y si además quiere hacer el negocio del día, si desean ponerle la trampa al peso... tres paquetes por apenas mil pesitos...

Cobo Borda, desde el libro, me habla de cuadernícolas y piedracelistas. Rojas, Carranza,... "Teresa en cuya frente el cielo empieza"... Traviesa, te me atraviesas... no me perdono la parodia rimada, pero qué hacer... el recuerdo irrumpe: María, María teresa... "la del suave desamor"... qué será de ti, compañera de universidad y de bohemia... zapateaba mis joropos aguardienteros sobre la mesa del paisa... Terminabas dormida en mis brazos que mucho más te necesitaban despierta... "tu cuerpo es todo el río del amor, que nunca acaba de pasar, Teresa"...

...Y que dios me los bendiga. ¡Gracias, caballero!

Se está apeando el vehículo. Miro hacia la carpeta, sobre mis piernas; las galletas ahí. Reacciono tarde ¡Espere, oiga...! Un leve codazo. Mi vecina de asiento: tranquilo, yo ya pagué... son mi obsequio... A mí también me encanta... la poesía... me fascina. El guiño coqueto, dos paquetes de galletas en la mano y su sonrisa sin colmillo izquierdo... Más que todo me gusta la poesía erótica...
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