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 APUNTES SOBRE LA SEMANA SANTA

La celebración de los misterios de la fe del cristianismo es, en cierta medida, un termómetro de regulación. La Semana Santa es un paréntesis que se abre a principios de año para reabastecer al cuerpo laboral de fuerza. Las ceremonias antiquísimas, con el abolengo del ritual romano, permiten la reunión conciente del colectivo en torno al suplicio de la cruz. Pero, en una época en la que la muerte es una presencia constante, es conveniente hacer un margen para la reflexión.

El hombre de la cruz, sea Jesús o cualquier otro reo, es el símbolo inequívoco de hasta qué punto es capaz de llegar la demencia humana. Clavar al hombre en la cruz es señal de ignominia. Es la afrenta mayor que se le puede hacer a alguien. Y es precisamente en la cruz en la que se ha cimentado la mentalidad de la cultura occidental. Bajo el signo de la cruz, las tropas de los reyes europeos, convocadas por el papa, salieron hacia oriente, sembrando a su paso la desolación.

Por la cruz se quemaron cientos de personas en los leños candentes de la inquisición.

También, los misioneros que acompañaron las huestes conquistadoras, legitimaron la barbarie a la que fueron sometidos los pueblos precolombinos. La conquista europea tuvo como blasón, cruz y espada.

Pero, en contravía, el signo de la cruz fue el estandarte de Francisco de Asís, el amigo de los animales y patrono de la paz. Fue una cruz lo que cargó en el pecho el padre Pedro Claver mientras recibía los barcos negreros con un cuenco de arroz para los esclavos. La cruz estuvo en la frente del papa Juan XXIII al convocar al concilio y al abrir las monolíticas puertas del cristianismo al diálogo interreligioso.

En Colombia es conveniente, por no decir ineludible, optar por la palabra amistosa de Jesús, y no por la de sus modernos seguidores. Las palabras del Jesús que, mirando las circunstancias modernas, pondría su conocimiento de carpintero para la creación de una sociedad incluyente, en la que el amor sea eficaz.

 OPINIÓN

LA CITA MÉDICA, UNA SUERTE DE MALABARISMO

Algún día se levanta de su cama. Se mete a la ducha y deja que el agua corra por su espalda. Cierra el grifo. Sale a tomar el desayuno, después de haberse dado cita con la cuchilla de afeitar. Mientras mastica el pan, percibe que algo le duele. Al principio no sabe muy bien qué es.

Se toma un par de analgésicos. Sale al trabajo. Llega la tarde y se da cuenta que el dolor no ha cedido. Acude a un amigo que le dio por estudiar medicina. El amigo le dice que lo suyo está relacionado con una fisura en los huesos. Lo remite con el ortopedista.

Llama a consulta externa del Hospital departamental y pide una cita. La enfermera le dice que las citas se piden de cuerpo presente.

Al otro día, se alista para ir a la ventanilla indicada. Piensa que el trámite no puede durar más que unos cuantos minutos. Llega a la entrada de la casona de una sola planta. Le pide indicaciones al celador. El celador que es un militar frustrado le suelta una retahíla sorda. Se entera que le falta el facsímile de un carné y una cartilla que se compra al otro lado del hospital. Se apresura. El jefe no le ha dado más que la mañana para la cita.

Vuelve con los papeles en orden. Se los muestra al celador que le sonríe y le señala una ventanilla escondida en el rincón izquierdo del corredor principal.

Hace fila. No hay muchas personas adelante. Tiene algo de suerte. En otras ocasiones la fila es tan larga que le da la vuelta a todo el edificio. Piensa: podré salir temprano.

Cuando llega su turno, la enfermera al otro lado del cristal recibe los documentos sin mirarle. Los inspecciona con el detenimiento de los agentes de inmigración. Se levanta y va al cuarto contiguo. Cuchichea. No es capaz de descifrar el leve sonido que le llega. Sabe que habla de él. La enfermera vuelve a los diez minutos con una risa malévola. No señor, dice, esta no es la ventanilla en donde se pide la cita que usted necesita. Le dice que fue el celador quien lo condujo hasta allí. Ah, pobrecito Daniel, está tan atareado, se limita a farfullar la enfermera. Es chillona la voz de la enfermera.

Camina hasta la entrada y en el camino se encuentra con el celador. Es mejor conservar la calma, piensa. El celador le sonríe. Señor, me acabo de acordar que la cita que usted requiere es en otro lugar. Sonríe a medias. Vamos, lo llevo.

Esta vez la fila es larga. El celador le dice que lo mejor en estos asuntos es tener paciencia. Eso es precisamente lo que le falta. La fila avanza lenta. Cuarenta minutos después llega a la ventanilla. Entrega los papeles. La enfermera lo mira y sonríe. Piensa que por fin ha tenido suerte. La enfermera lo mira coqueta. Se alista para invitarla a tomar café. No, señor, este papel está vencido. Se ríe, nada más. Se marcha de Consulta Externa.

A los diítas se entera que en ese mismo edificio, hace algunos años, funcionó el centro de psiquiatría del Hospital.

Lo más trágico de todo este relato es que es verídico y que ese estoico soy yo.

 EL SEMÁFORO

LA MEMORIA USB Y LA TRADICIÓN ORAL
Por: Ricardo Vejarano

Salí de aquellas montañas con la firme intención de no perder más tiempo. Fueron tres horas que viví a plenitud. La temperatura de la región marcaba unos 12 grados centígrados y el frío hizo congelar el dedo índice de mi mano derecha, con el que disparé cientos de fotografías. El color estaba por todas partes. Me hicieron falta ojos para devorar esa explosión visual que estalló frente a mí.

En medio de la lluvia, vi venir a tres niñas guambianas que se cubrían del agua, con tres hermosos paraguas. Me han obsesionado siempre los paraguas y no podía existir un banquete similar para el lente 28-200mm de mi cámara digital, que tenía dentro de sí una memoria de 2 gigas.

Fue un instante que duró sólo unos minutos, y en la memoria de 2 gigas quedaron las fotos, pero, ¿qué quedó en mi memoria?

Luego, el panorama se ensanchó sin miseria y vi entonces a un niño guambiano jugar con un pez que acababa de atrapar. Mientras fotografiaba hablaba con el niño, le decía que me mirara, que me mostrara su pez, que me dejara entrar en su alma para retratarlo, que cuántos años tenía y demás preguntas que uno suele hacer cuando conoce a alguien. También le mostré la foto y sonrió. Otros niños se acercaron para ver la fotografía, también sonrieron.

De regreso en el vehículo que me transportaba comencé a revisar el material fotográfico. Me detenía cada vez que encontraba una foto que me causara escalofrío. Llegué de esta manera a pensar y reflexionar sobre algunas cosas.

¿Cómo es posible que en algo tan pequeño como una memoria de 2 gigas pueda almacenarse tantas fotografías? ¿Por qué me voy con la certeza de haber hecho un buen trabajo instantáneamente? ¿Cómo haré ahora para almacenar, además de las fotos, las sensaciones? Esta última pregunta me asaltó de tal manera que tuve que recurrir a la Internet. Quería saber entonces cómo es que funciona una memoria Usb, qué significa y por qué es tan útil y necesaria en estos tiempos.

No necesité mucho tiempo para averiguarlo. Una memoria USB (de Universal Serial Bus, en inglés: pendrive o USB flash drive) es un pequeño dispositivo de almacenamiento que utiliza memoria flash para guardar la información sin necesidad de baterías (pilas).

Las modernas unidades flash poseen conectividad USB 2.0. Aunque inicialmente fue concebida para guardar datos y documentos, actualmente las unidades flash tienen muchas más utilidades. En condiciones óptimas, un dispositivo USB puede retener información durante 10 años.

¡Diez años!, cómo es posible. Puedo afirmar entonces que todo lo que tenga que ver con datos, llámense letras, números, imágenes, sonido y demás puedo sacarlos de mi memoria fácilmente y confiar en este dispositivo por lo menos durante 10 años para que almacene dentro de sí toda información que no quiero recordar.

Por fin podré dedicar mi cabeza para otras cosas más que para recordar letras y números. Puedo asegurar entonces que tengo tiempo para otras cosas, más días para el alma que para la memoria.

Propongo lo siguiente: una memoria USB que sirva para almacenar recuerdos, que sea un pequeño dispositivo para llevarlo a todas partes sin mayor inconveniente.

Que sea resistente a los rasguños y al polvo que han afectado a las formas previas de almacenar datos, como los CD y los disquetes.

Que se encuentre fácilmente en el mercado, en la tienda de la esquina, en el puesto de frutas donde mi mujer compra mango biche con sal y limón para calmar los antojos del embarazo. Que no sea de 1, 2, 4, 8 GB o más (esto supone, como mínimo el equivalente a unos 1000 disquetes) sino infinita, como la vida misma. Que sea tal su popularidad que sus formas de presentación no sean solamente un pincho, un mechero o un llavero. Quisiera ver memorias USB que tengan la forma de hermosos aretes, anillos, manillas, collares de perlas y de semillas de árboles de selva húmeda, similar al hábitat de los guambianos.

Que sean inventadas de mil maneras y por múltiples fabricantes. Que cumplan con las especificaciones culturales de los recuerdos que se deseen almacenar. Que además guarden también malos recuerdos, para no olvidar los muertos trágicos ni los desaparecidos de cualquier régimen político del mundo.

Que no tenga patentes y que se vendan en la calle de manera clandestina, que se piratee de mil maneras y que no existan leyes que prohíban la reproducción parcial o total de los recuerdos, y en condiciones óptimas, que pueda retener recuerdos que sobrepasen la vida de su propietario.

Sugiero también que se ofrezcan de manera atractiva y se invierta cuanto sea necesario para promocionarlas ampliamente. Podría escribirse en la carátula de su manual de instrucciones algo como: "Memoria Usb, para que nunca olvides." Podría inventarse entonces algo diferente como: "Memoria Usb, para que te ocupes de otras cosas más importantes como amar y ser feliz."

 EL TRANSEÚNTE

HUMBERTO SE ESCRIBE SIN H

Yo conocí a Umberto Senegal cuando su firma poética iniciaba con hache. No lo vi de cuerpo presente, sino a través de las ondas radiofónicas de la emisora de la Universidad. Recuerdo que la impresión que dejó en mí su dicción pausada fue la de un abuelo que escribía cuentos de hadas. Un abuelo bonachón. O algo por ese estilo.

Alguien en cabina le preguntó sobre su incansable labor como difusor del minicuento, género literario muy de boga por estos días. Senegal mencionó la fundación que él creó junto con Leidy, su quijotesca compañera y una publicación dedicada a la investigación y promoción del género: Minificciones.

La entrevista terminó con una serie de cuentos de Senegal leídos por él mismo. Creo que desde ese momento nació en mi la certeza de estar frente a un gran escritor, como vine a comprobarlo después.

El segundo encuentro ocasional con la obra de Umberto, que por esos días ya había eliminado la hache de su rúbrica, fue también el encuentro con Poetintos. Estaba yo en la secretaría general de La Cámara de Comercio cuando reparé en la hojita verde que estaba sobre una de las mesas, junto a una pila de revistas viejas. La tomé atraído por el sugestivo nombre: Poetintos. Me sonó tan familiar que hasta llegué a pensar que la invención había sido mía. Leí de un solo tirón la primera cara. Pero, por los apremios ineludibles del tiempo, tuve que posponer la lectura de la segunda cara.

A las pocas horas reanudé la inspección, con el infantil gozo de un buen descubrimiento. Una selección de poemas cortos, de marcados tintes orientales, era prologada por una nota laudatoria en la que se decía que Umberto Senegal era el mejor escritor vivo del Quindío. Y que, además, era hijo de uno de los grandes poetas de Calarcá: Humberto Jaramillo Ángel. Ahora, con la experiencia de haber leído tres de sus libros, puedo decir que esa es la pura verdad. Si: la capacidad de buceo que uno encuentra en los libros de Umberto Senegal sólo puede ser adjudicada a un maestro.

La capacidad de decir mucho en pocas palabras es uno de los distintivos más claros en la formidable producción de Senegal. El manejo del lenguaje como herramienta de seducción y como guiño de complicidad con el lector. La sobriedad en sus textos, la economía en lo que apenas se insinúa. En fin, todo un mecanismo de engranajes aceitados y pulidos hasta el extremo.

El tercer encuentro con Senegal fue, esta vez si, en cuerpo presente. Y, también en esta ocasión, estuvo involucrada la calida mano de Poetintos. Todo sucedió de la siguiente manera: yo le envié un relato corto a Hugo Aparicio, el editor de Poetintos, con la sola intención de que emitiera un diagnostico sobre cómo estaba escribiendo. Hugo me remitió a Senegal. Llamé a la casa del poeta y este le tiró la pelota a Leidy, la editora de Minificciones. Quedé de encontrarme con ella, al día siguiente, en la entrada de la biblioteca de la Universidad. Ella trajo consigo unos cuantos ejemplares de Minificciones. Me los obsequió.

No recuerdo muy bien por qué la acompañé al centro. Y no sé por qué entré con ella a Lucerna. Pero allí estaba el poeta, sentado en un rincón, mirando absorto el borde de su taza de café. Lo saludé con la indecisión de entrevistarlo para escribir una nota periodística o dejarme seducir por su voz de marinero soñoliento. Opté por lo segundo. Y no me arrepiento. Estoy seguro que la impropiedad de hacerle una entrevista en ese momento, hubiera ocasionado una seria fisura en la conversación.

Se habló de la perdurabilidad de la obra de Gabo y la influencia de esta en los nuevos narradores colombianos.

Antes de terminar la conversación, Senegal, con el tono pedagógico que ya le es propio, me dijo que le pusiera atención. Dijo que conocía una obra que podría superar el mito de Cien Años. Mire, la saga que empezó con Ursúa, de William Óspina, va a rebasar los límites impuestos por Gabo.

Y es que entre Senegal y Ospina hay un vínculo que se remite al momento en el que Senegal presentó la obra del novelista tolimense, en el auditorio de la Universidad del Quindío. El texto de la presentación está publicado en la página de las travesías artísticas de la villa del Cacique: calarca.net.

Creo que para terminar esta nota sólo me resta hacer dos cosas. La primera es relatar una pequeña anécdota que resulta esclarecedora. Hace unas cuantas semanas, antes de que saliera la tercera edición de esta humilde publicación, fui a Calarcá en compañía de mi amiga Laura Bustamante. Quería con esa visita dos cosas: que Laura conociera a Hugo Aparicio y a Don Óscar Zapata y recoger las observaciones que el primero de los mencionados le había hecho a unos textos que sometí a su juicioso análisis.

La tarde fue placida; leímos un cuento inédito de Hugo y hablamos de lo que más nos gusta en esta vida: la poesía.

En algún momento me referí a Calarcá con el apelativo de la cuna de los poetas. Y Don Óscar, con esa manía que tiene de agarrar todo en el aire, dijo, Calarcá es la cuna de los poetas y Senegal es la mano que la mece.

Lo segundo que me falta por decir es que esta nota no tiene el rigor del perfil periodístico, pero tampoco lo anhela. Es un organismo que se vino gestando desde que escuché a Umberto Senegal leer sus cuentos en la radio.

LOS GUAYACANES

La muerte llegó sin utilizar la puertecilla del jardín, por donde el poeta entraba a su casa a invitados especiales. Eligió la ventana de la biblioteca. Los árboles eran la vida del escritor.

- Bueno... -dijo la muerte-.

- ¡Bueno! -respondió el poeta- pero, antes permítame despedirme de mis guayacanes.

- ¿Guayacanes? -preguntó la muerte- y acompañó al poeta hasta el jardín, donde tres frondosos guayacanes, cargados de flores lilas, amarillas y rosadas, eran la fiesta de aquel lugar.

- Son lo único que extrañaré -admitió el poeta. Y agregó señalandolos:-

- ¿Habrá algo parecido... allí?

Varias flores cayeron sobre la muerte.

- Creo que no -respondió ella con desconsuelo.-
- ¡Son hermosos! Nunca me los mostraron.

El suelo estaba tapizado de flores y cada instante, descendiendo en espiral, caían más a su lado, llevándolas y trayéndolas el viento.

- ¿Verdad que sí?... Y, además de esto, espera a que se llenen de aves -advirtió el poeta.-

Entonces, la muerte, ya sin prisa, lo invitó a sentarse bajo uno de ellos.

Umberto Senegal

 MACONDOCITY

CRÓNICA DE UN AMOR QUE NO FUE

"Dormir contigo es estar solo dos veces/es la soledad al cuadrado." Páez y Sabina. Llueve sobre mojado.

Nunca pensé que la mala suerte me hiciera una emboscada tan eficaz. Antes estaba acostumbrado a los golpes espaciados, esos que apenas me hacían tambalear. Pero ahora, con las nuevas circunstancias, la ferocidad de la vida se ha tornado insoportable.

Todo empezó con la publicación de una parte de mi diario en estas páginas. Allí me desnudé, mostré las hendiduras que ha hecho el tiempo en mi carne. Y la gente me daba palmaditas en la espalda, me decía, bien hecho, muchacho. Y alcancé a creer que había sido una buena decisión.

A los diítas alguien se atrevió a mover una ficha en detrimento de la armonía general. Se acercó a Manguito y le mostró mi soledad escrita. Ella parpadeó. Apenas eso.

De ahí todo se vino abajo. Manguito se puso en la tarea de averiguar quién era aquel que le profesaba tan tierno amor.

La suave comodidad del seudónimo sirvió como barrera, al principio. Desde luego que era inevitable que ella atara los cabos que la condujeran a mí. Yo me limitaba a desordenar más las cosas. A buscar estrategias que alejaran un poco la hora del encuentro.

Lo primero que ella hizo fue buscar los responsables de esta publicación. Primero habló con Barreto, que tartamudeó en cada frase. Lo cercó un día, a la salida del bloque de Ciencias Básicas. Niño, le dijo, venga que necesito hablar con usted. Barreto pensó que la hora de su suerte había llegado. Se imaginó paseando de la mano con la niña más pictórica de Comunicación Social. Hola, tartamudeó mi amigo. Mire, soltó ella, quiero saber quién es Vincent Santos. Hola, fue lo único que atinó decir mi amigo. Vincent Santos, quién es. No lo sé. Cómo que no lo sabe, si usted es uno de los editores de La Avenida. Si, pero soy el encargado de la diagramación. Manguito se largó sin dejarlo terminar.

Luego buscó a Ángel, que no es mi amigo. Sabía que Ángel no andaría con rodeos. Ella lo paró en seco en uno de los corredores del bloque de Educación. Quién es Vincent Santos, dijo sin saludar. Perdone…, si, quién es Vincent Santos. Señorita, no sé de qué me está hablando. Pues de ese niño que publicó en La Avenida este texto. Metió su manito almidonada en el bolso y sacó un arrugado ejemplar de esta publicación. Tenía subrayados párrafos enteros de mi confesión. Ah, ese pelado, dijo Ángel. A ese pelado no lo conozco. Sólo sé que es amigo de José y Barreto. Pero si Barreto me dijo que hablara con usted. Si, vamos, nos tomamos un café y le explico. Y el muy cabrón se la llevó a la cafetería y charló con ella dos horas.

Autorretrato.

Mi nombre, como podrán suponer ustedes, no es Vincent Santos. Siempre que publico algún texto me disfrazo con un seudónimo.

Soy un chico con gafas y pelo engominado. Peso cincuenta y tres kilos. Mido uno ochenta y cinco. Es decir, soy un larguirucho feo y torpe. Escribo poemas desde los diez años. No me creo la gran cosa. Sé que a las niñas de mi generación poco les importa la poesía. Ah, nunca he tenido novia. Hasta hace poco era misógino.

Conocí a Manguito una tarde de jueves. Entré en una cafetería del centro y ella estaba allí, ataviada con un ligero vestido azul. La miré porque me conmocionó el sonido de su risa. Se reía como si el universo estuviera adherido a sus dientes simétricos. Escribí en una servilleta: ella es la unión de las cosas más sutiles que me suceden a diario. Llamé a la mesera y le pedí que le llevara el papelito a la niña de la mesa de allá, la de la esquina. No firmé, pues consideré todo como un juego. La mesera, a los pocos minutos, volvió con el papelito. Venía aruñado el siguiente verso: ella es el desayuno frío sobre el comedor desolado.

Me pareció que una rara claridad salía de sus ojos. Algo en ella me recordaba el color de las apetitosas mandarinas de la finca de mi abuelo.

Salí del café con taquicardia.

La volví a ver en una asamblea de comunicación social. Iba de la mano con un chico. Intenté llamarla, pero caí en la cuenta de que en el café había olvidado preguntar su nombre. Iba comiendo un manguito, de ahí que la llame así.

Caravana de sentimientos enervantes.

La verdad es que soy un tipo tímido, que se oculta entre los pliegues secretos de las palabras para blindar su soledad. No sé mucho del amor porque no he querido saberlo. Mi madre solía decir que el amor siempre está esperando a la vuelta de la esquina. Ella tenía una visión romántica de la realidad. Yo creo lo contrario. Pienso que el amor es una caravana de sentimientos enervantes y paradójicos. Algo así como una suerte de pasión soterrada que justifica las burradas. No conozco ser tan burro como el enamorado.

Nota inexcusable.

Ayer tomé la decisión de continuar con la publicación de mis notas. Sé que a Ángel le cae mal que lo haga. Pero, por mi amistad con Barreto y José, lo hago.

Vincent Santos

 LITERATURA DE BOLSILLO

Helado de Vainilla

Vivian, tus comentarios a mi primera carta han resultado muy útiles para proseguir en este enlace epistolar. Tomé apuntes de lo que me has escrito; subrayé algunos párrafos importantes. Me propongo resolver las preguntas más importantes, dejo las demás para otra ocasión.

Lo primero que te interesa conocer es la reacción que tuve cuando mi madre me dijo lo del nuevo papá. No dije nada especial. Me limité a mirarle la cara, a grabar con fuego su rostro despreocupado, mientras desempacaba las maletas. Esa tarde comimos emparedados y galletitas saladas. Mi madre no tuvo tiempo de preparar la cena. Llamó a un restaurante cercano y, como no había servicio a domicilio, me mandó a comprar lo que comeríamos. El restaurante quedaba a seis cuadras de mi casa. Lo administraba el padre de un compañero de clase. Vendía comidas rápidas, nada del otro mundo para un pueblo pequeño.

Cuando llegué a mi casa encontré que mi madre hablaba con un señor gordo. Quise seguir sin saludar, pero mi madre me obligó a hacerlo. El señor me saludó con su mano suavecita.

La cena no tuvo incidentes. Al terminar, mi madre me pidió que lavara los platos mientras ella acompañaba al señor gordo a abordar un taxi. La calle estaba mojada por un reciente chubasco. Las farolas de la iluminación pública tapizaban el pavimento con un brillo sosegado. Mi madre se despidió del señor con un beso en la boca; algo que yo nunca la había visto hacer, ni siquiera con mi difunto padre.

Al otro día, cuando me alistaba para ir a la escuela, mi madre me dijo que por la noche iríamos a pasear por el parque. El parque al que ella se refería era una vieja explanada, al otro lado de la avenida de los constituyentes.

Las clases con la señorita Irma pasaron rapidito. A mí siempre me gustó la profesora porque me acariciaba la cabeza. Cuando ella ponía un ejercicio en el pizarrón, yo me apresuraba a hacerlo. Se lo mostraba y la señorita Irma recorría mi cabeza con sus frágiles dedos.

Al llegar a casa encontré a mi madre dormida. La vi linda en su sueño. Los pliegues que cercaban sus ojos daban la sensación de que estaba mudando de rostro.

Mi madre se despertó cuando sonó el pito de un carro. Me miró aletargada y dijo, mijo, apúrese que a él no le gusta esperar. Me pareció extraño que dijese él, pues sólo éramos nosotros dos. El pito sonó de nuevo y entendí que el señor gordo nos iba a acompañar en el paseo por el parque. Mi madre se pintó los ojos con la premura con la que hoy te pintas los ojos, querida Vivian.

Un carro amarillo estaba aparcado en la acera de enfrente. Miré por la ventana. Al volante, el señor gordo, que desde ahí comenzó a llamarse Fernando; palmeaba con ritmo el pito sin hacerlo sonar.

El paseo no pasó de ser un aburrido rato. Mi madre me compró un helado de vainilla.
Un Miércoles de Abril.

Confesión

Esa mujer se ha hartado de las sobras de mi soledad. Creo que es poco justo que nuestra relación se base, casi con exclusividad, en la evasión de los fantasmas del pasado. Pero, y eso si, la decisión de que las cosas fueran de ese modo, fue de ambos. Yo ni siquiera traté de hacerle caer en la cuenta de nuestro error geográfico al buscar la felicidad en el campo de la impostura. Jugamos a crear a nuestro alrededor un mundo cimentado en la certeza de que la vida es sueño.

Ella aceptó y promovió con entusiasmo el trámite legal de mis escapadas furtivas. Y ella hizo lo suyo, pasando por la cama de mis amigos más cercanos.

Otro

Una mujer está atascada en la punta de mi lápiz. Se cuela en mis textos, los hace suyos. Mi escritura se somete al destino incierto que ella le traza. Y yo resulto ser un hombre sujeto. Ella no da la cara. Hace que yo asuma las responsabilidades de sus equívocos.

Ayer, mientras caminaba por la acera iluminada del parque Sucre, caí en la cuenta de mis errores. Tomé un palito rojo, que estaba abandonado junto al bote de la basura, y escribí en la tierra un testamento frenético. Palabras de desilusión y abandono. Sílabas preñadas con sangre. Una secuencia de ideas inconexas, presentada con el desenfado de saber que a nadie le importa.

La mujer tatúa mi cuerpo con la punta de sus pezones. Esta es una relación improbable. Un enamoramiento pasajero. O eso es lo que espero.

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