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 CON EL PULSO DE UN FRANCOTIRADOR

En algún lado leí que cuando los estudiantes universitarios se unen, bajo el patrocinio de una causa común, el sistema social imperante se pone a tambalear. Creo que la reflexión nació a partir del análisis histórico del mayo francés. Como saldo del amotinamiento de los estudiantes parisienses, el mundo entero vivió una seria ruptura en los imaginarios establecidos. Todo esto lo conecto con las protestas de los alumnos de la Universidad del Quindío. Pero, antes de iniciar con los apuntes pertinentes, debo decir que esta nota ha sido escrita en medio del ajetreo de las protestas universitarias.

El jueves 22 de febrero, después de varias asambleas estudiantiles, de escasa asistencia, se tomó la decisión de suspender las actividades académicas. Empero, días antes, el personal de la carrera de Ingeniería Electrónica, de manera unilateral, interrumpió la normalidad de las clases. Los estudiantes y profesores hicieron manifiesto su repudio a las resoluciones tomadas por el consejo superior.

Un punto clave, que debe ser subrayado para un eventual juicio de valores, es la pequeña cantidad de alumnos que participaron, activamente, en el proceso. La cantidad de personas que arribaba al campus universitario fue disminuyendo con el paso de las horas. El viernes 23, a eso de las dos de la tarde, la mayoría de los presentes eran militantes activos de algún grupo representativo de la universidad. En varías ocasiones el móvil sonó, alguien en la otra linea se limitaba a decir, ¿ya se levantó el paro?, no, respondía, como recitando la lección de trigonometría; bueno, entonces para qué voy. El paro fue tomado, por muchos jóvenes quindianos, como unas vacaciones anticipadas.

La música de Ska, de Soda y de Molotov, retumbaba por todos los rincones de la planta física de la universidad tomada. Era, en una extraña mezcla de factores, como estar asistiendo al picnic. Las manifestaciones de interlocución concreta fueron más bien escasas.

Algo para sobresaltar fue la gratificante presencia de varios estudiantes venidos de lejos, que en lugar de hacer las maletas, participaron en el mitin.

Otra cosa para no olvidar es el delirio de persecución que se patentaba en el rostro de varios jóvenes. En la primera mañana de la toma, el temor se hizo colectivo. Alguien estaba tomándole fotos a la protesta. Varios personajes le cercaron el paso al fotógrafo imprudente. Después de un interrogatorio improvisado, el implicado demostró su inocencia. Era un comentario general que la policía suele infiltrarse en este tipo de reuniones, con el único proposito de hacer inteligencia.

Las reflexiones sacadas por algunos apresurados alumnos era que se debía radicalizar la protesta. En varios rincones escuché el comentario de que era impostergable cerrarle el paso a los funcionarios administrativos, impedirles el acceso, pues ellos continuaban con sus labores como si el paro fuera en otra parte.

El rostro de Ernesto Guevara estaba pintado en varios carteles. Al rostro del Che se le restó la belleza de su apostura mitológica, se le pintó con falta de pericia estética.

 LA VISITA DE UN CURA MEDIÁTICO

La mañana del domingo 25 de febrero, para muchos habitantes de la capital quindiana, inició más temprano que de costumbre. O, bueno, hablo en mi caso. Los domingos suelo levantarme de la cama cuando la mañana roza el filo de las ocho y media. Esta vez, la levantada se anticipó cuatro horas. A las cinco ya estaba bañado, afeitado, y frente a la puerta de la catedral La Inmaculada, en espera de que se iniciara el acto religioso que congregó, en mi calculo de somnoliento perito, a más de tres mil personas. Todo motivado por el cura que, después del padre García Herreros, ha sido el más mediático de la historia del país.

El padre "Chucho" no pasa del metro sesenta. Tiene las facciones propias de la gente de la capital de la república. Su dicción, casi perfecta por su buen registro tonal, es afectada por la manía que tiene de soltar las eses en forma de silbidos prolongados.

El padre llegó cuando faltaban cinco minutos para que su programa dominical saliera al aire. Saludó a la plana mayor del clero quindiano, y se puso manos a la obra. En cuestión de segundos se transformó de cura más bien feíto a un presentador elegante y sagaz.

Las palabras le fluyen con una espontaneidad envidiable. Sabe manejar a un auditorio que escruta hasta la más mínima de sus acciones. Reparte bendiciones, consejos para robustecer la espiritualidad, y da las gracias de rigor a la fundación RCN, y a su presidente, Carlos Ardila.

Cuando el programa sale del aire, para cumplir con los compromisos comerciales, el padre no escatima esfuerzo alguno para enviar el mensaje de Jesús. Un momento antes de reiniciar el contacto televisivo, da las directrices necesarias para que todo salga como debe de ser.

Algunos apuntes.

En los momentos anteriores a que el padre hiciera acto de presencia, sólo tuve presente la imagen del morocho del abasto, Carlitos, y no pude dejar de pensar en lo que ocurriría si el padre corriera con la misma suerte del bien amado Gardel.

La labor de evangelización, emprendida desde los medios de comunicación, ha degenerado en culto a la personalidad. Las pancartas evidenciaban el apego preferente de la población asistente a la figura del padre "Chucho".

 LA CIUDAD DESDE LA AUSENCIA DE LOS SENTIDOS (Ricardo Vejarano)

Ciego ¿Dónde están mis ojos, mi oído, mi olfato, el placer del gusto, mi leve tacto y mi corazón inerte?

Los planteamientos a estas preguntas pueden concluir, sin embargo, en un poema existencialista y en una que otra palabra sin sentido. Sin sentido, lo reitero, porque hasta el momento, la gran mayoría de los seres humanos hemos entendido y conocido el mundo con ellos. La ciudad, el campo, nuestros seres queridos y los no queridos, el tiempo que nos pasa y hasta las cosas jamás imaginadas, están mediados por los sentidos. En estos tiempos los sentidos son los que gobiernan el mundo. Estamos, sobre todo, en el imperio de la imagen, de la música, de los deportes extremos. Buscamos sentir y, si es necesario, pagar lo que sea por ello.

Pocos autores, entre ellos José Saramago, han intentado imaginarse un mundo donde la generalidad de los hombres carezca de un sentido, y el claro ejemplo de ello es su libro "Ensayo sobre la ceguera", donde imagina una Madrid invadida por una epidemia de ceguera. Habla del caos que esto genera, de las cárceles que se tuvieron que adecuar para que no se irradiara más la enfermedad. De la misma guerra entre los ciegos.

Antes de salir de la secundaria, realicé mi práctica comunitaria con una pareja de ciegos que se desempeñaban, en ese entonces, hablo de 1995, como profesores del Inci (Instituto Nacional para Ciegos) en Armenia.

Mi labor consistía únicamente en ir a la casa de ellos y leerles textos para que los pasaran al brayle. Iba cada ochos días, y los textos abarcaban toda clase de temas, especialmente filosofía. Las lecturas se hacían siempre de noche y no requería ningún desgaste físico.

Una noche, mientras leía unos textos en casa de los ciegos, un grillo empezó a cantar. Detuve la lectura de inmediato y emprendí la búsqueda del grillo. Llevaba unos diez minutos buscándolo y nada, estaba desesperado. Al rato interrumpió uno de ellos y me dijo: el grillo está en la matera que está detrás del comedor.

Allí estaba, lo cogí y lo dejé volar por la ventana. Gracias, Ricardo, me dijeron. A pesar de todos mis sentidos no pude ver jamás la ubicación exacta del grillo. Hubiera podido pasar la noche entera sin encontrarlo.

Desde ese tiempo para acá he tenido experiencias particulares con ciegos. En el año 2001 tuve la oportunidad de coordinar un proyecto de formación en video con niños y niñas de un alojamiento temporal en Armenia.

En este lugar me encontré con Estefanía, de 8 años. Al nacer prematura, los médicos cometieron una negligencia. La dosis de oxígeno en la incubadora fue exagerada y la cegó de por vida. Su madre, Gloria, luchó contra todo para poder educar a una niña invidente. Lo logró, y hoy, Estefanía es la mejor estudiante de su grupo, atestado de niños videntes.

Luego, tuve la posibilidad de unirme a un grupo de cineclubistas que organizó un ciclo dedicado a los ciegos. Allí encontré a Ana María, una mujer de unos 30 años que perdió la vista a los catorce, por una enfermedad que la fue dejando ciega poco a poco.

Coincidencialmente, Ana María era profesora de Estefanía. Hoy sigue educando a personas ciegas, como ella.

Después de algunos años sin hablar con ella, empecé a hacer la maestría en Comunicación Educativa, y en mi grupo de estudio hay un ciego, Carlos Andrés. Los ciegos me persiguen y mi inquietud se alimenta diariamente de estas coincidencias.

Quiero contar la ciudad desde la ausencia de los sentidos. Estamos enseñados a ver la ciudad desde una sola mirada. Estamos gobernados por señales de transito para videntes, por semáforos para videntes, por sistemas de transporte sólo para videntes. ¿Qué pasaría si la novela de Saramago se hiciera real y de un momento a otro nos quedáramos ciegos, o sordos, o careciéramos del olfato, gusto o del tacto, o del corazón? De hecho existen personas en nuestras ciudades que carecen de vista, de olfato, de gusto, de oído o de tacto. Ellos tienen otra manera de ver la ciudad y la ciudad, su propia manera de marginarlos. Mi interés particular consiste en recopilar las historias de estas personas, realizar reflexiones sobre la manera cómo perciben la ciudad y cómo ella misma los aleja, apartándolos de su desarrollo y de tantos eventos dedicados a los sentidos, en especial al de la vista y al del oído. La ciudad es diferente para el ciego. Para el sordomudo, para el que carece de olfato, para el que carece de tacto, para el que carece de gusto. Debo buscar casos de personas con estas características, contar sus historias y plantear la posibilidad de crear una nueva lectura de la ciudad, esta vez, desde la ausencia misma de los sentidos.

 UN PARACAIDISTA INVETERADO

Soy una mariposa con ínfulas de luciérnaga / prefiero la luz antes que la belleza.

La ciudad moderna se entiende desde la óptica de los nuevos imaginarios sociales. Y, no está de sobra decir que las dinámicas inherentes de cada conglomerado urbano son las que, en últimas, delimitan los métodos para interpretar las situaciones reales. Por tal motivo, es menester que las nuevas formas de narración se desarrollen a la par con las significaciones semióticas de la modernidad. Y, eso es lo que veo en las fotografías de Ricardo Vejarano. Veo la irreverente manía de retratar una ciudad desde la desnudez, con la picardía de los antiguos filósofos atenienses.

Es fácil encontrarse, en los trabajos artísticos de Ricardo, con la apremiante necesidad de consolidar un lenguaje visual sutil y mudable. Es común percibir en su mirada eternizada, porque eso es lo que es su fotografía, una opción valedera por la meticulosa revisión de la sociedad. No en balde su libro de cabecera es el manual de literatura infantil "Gramática de la Fantasía".

Ricardo Vejarano es de la estirpe de esos hombre que se acercan al vacío de la humanidad, y él, como buen lector que es, sabe que el vacío le parpadea al que se adentra en sus dominios antiquísimos. Y no cede, y tiene el suficiente valor como para, con la irrespetuosa poesía de los niños, decirle al vacío, con un sonrisa colgando en la comisura de su boca, whiski.

Debo recordar, con especial afecto, una imagen que Ricardo capturó, y que es muy cercana a mis afectos. Un balón de futbol, con diamantes rojos desperdigados por su piel, está atrapado en una cerca de alambre de púas. Al fondo, como paisaje ornamental, un señor de edad, asomado en la ventana de una casa vieja, husmea la calle. Y yo le pregunto a Ricardo, aprovechando este espacio, cómo no recordar el equipo de futbol que él dirigió, en sus años de cabellera abundante, y al que yo me integré en el último momento. Cómo olvidar el cortometraje que él hizo con Juan Manuel, el cancerbero del equipo, y que tiene el sugestivo nombre de Pangea.

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