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 EDITORIAL

UNA POSTAL DESDE MACONDO
"Yo he preferido hablar de cosas imposibles/ porque de lo posible se sabe demasiado."
Silvio Rodríguez - Resumen de noticias

En el primer Editorial de esta publicación se dijeron ciertas cosas alusivas a la personalidad de la misma. Se dijo, por ejemplo, que LA AVENIDA no milita en ningún partido político. Además, se puso de manifiesto el carácter exclusivo, y por lo mismo irrenunciable, de nuestro compromiso con la libertad del hombre. Por eso, se hace justo que evidenciemos nuestra simpatía por la libre determinación de los pueblos y, en consecuencia, rechacemos la marcada política intervencionista de los Estados Unidos en los asuntos internos de nuestro país. Se hace justo plantear que, en nuestro juicio, es impostergable la unificación latinoamericana. Latinoamérica es un solo pueblo, amerindio, desde México hasta el estrecho de Magallanes, que ha sido dividido en inciertas y ambiguas nacionalidades. Nuestro deber, esquivando el provincianismo que ha mantenido atascada nuestra economía en la mentalidad feudal, es el de abogar por la pronta construcción de una cultura robusta, llena de matices incluyentes, que diste en esencia, y no sólo en forma, de la cultura colonial imperante.

Por todo lo anterior, y lo que se queda en la libreta para una eventual interlocución, queremos unir nuestra voz a la del espíritu de la tierra americana, y celebrar dos acontecimientos de vital importancia para la memoria colectiva. El primero de ellos es el martirio de Ernesto Guevara, en las selvas bolivianas. El "Che" murió mientras seguía la estrella tutelar de la unificación latinoamericana, expuesta por Bolívar, un siglo atrás.1967, es decir, cuarenta años sin la voz del Comandante. Cuarenta años sin la acertada mirada del juicioso analista político. Cuarenta años de un legado que, por la enorme influencia de los mass media, se ha vuelto mediático. Un poeta lo dijo, y es lo más justo, nuestro deber es defenderlo de ser dios.

El segundo acontecimiento es el cuadragésimo aniversario de la primera publicación de "Cien Años de Soledad". Gabo construyó, en ese libro memorable, una fabula alucinante que nada le debe envidiar a la mejor literatura europea. No es descabellado pensar que "Cien Años" sea la novela de una generación de americanos. Y como dato curioso: cuando Sergio Leone, el controvertido cineasta que hizo una saga de películas de vaqueros en Italia, visitó Cartagena, y Andrés Caicedo le preguntó sobre el cacareado rumor de que él pensaba rodar una adaptación de la novela que nos ocupa, respondió que había hablado con Gabo y que las cosas iban bien, hasta que él mismo cayó en la cuenta de que ese sería el proyecto de su vida. Leone murió sin hacerlo.

DE CALARCÁ Y OTROS ASUNTOS

LA AVENIDA, utilizando la palabra como vínculo afectivo, quiere subrayar la enorme importancia que el compañerismo de algunos personajes de Calarcá ha jugado en su corta existencia. Y es justo, por motivos de caballerosidad y decencia, extender un sentido abrazo al grupo de inquietos ciudadanos que, cada miércoles, se reúne en el museo fotográfico, buscando crear una cultura que rescate los valores de los antiguos pobladores de la Villa del Cacique.

También es menester agradecerle a dos personas en particular su filial relación con esta publicación. En primera instancia, a don Hugo Aparicio, que, con esa estupenda crónica que viene en estas páginas, ha colaborado con celeridad a la perduración de este novel esfuerzo. Y, a don Óscar Zapata que con su particular estilo intelectual, ha sabido orientar, con profundo respeto, nuestros ímpetus, no siempre acertados.

 EL SEMÁFORO

VISITA A GUILLERMO SEPÚLVEDA

Guillermo Sepúlveda A finales del pasado mes de noviembre, Umberto Senegal, Leidy Bibiana y el editor de POETINTOS, visitamos de improviso al poeta Quindiano, Guillermo Sepúlveda , en su casa de Sevilla. De tan grata ocasión quedan los siguientes apuntes informales en versión libre.

La casa, de sólido diseño propio de poeta, y construida por su hijo Orlando, está en lo alto de una colina; aire limpio y diáfano. La custodian, dos perros "Chau-Chau" y un pastor alemán, en apariencias habituados a las visitas. Se llega desde el portillo medio oculto, justo antes del Parque de Recreación de Sevilla, Valle del Cauca. Un camión maderero y las lluvias de noviembre han deteriorado la vía. "Aquí se disfruta un paisaje de 360 grados", comenta el poeta tras los saludos y nuestro asombro por el panorama circundante. Nada más cierto. Los corredores de la casa, donde discurre la conversación, son palcos privilegiados hacia las estribaciones de la cordillera central, la Sevilla urbana; en el profundo occidente, el tapete verde del Valle y el cordón montañoso como cierre de la visual. "En la noche, o en días despejados, hacia el sur, se ven Armenia, Calarcá y otros municipios quindianos. Hace más de veinte años, con la compra de esta tierra, hice el negocio de mi vida. Por realizarlo, sacrifiqué la opción de continuar viviendo con Lucelly, mi eterna mujer soñada. Ella permaneció en Nueva York y yo vine a posesionarme del predio" (De su soneto, "Ella y el amor": Cómo te quiero mi amor Lucelly / y cómo siento que en mi pecho herido / el tiempo, tan fugaz, se ha detenido / para quedarse con tu amor, Lucelly. // Dulce despensa del amor, Lucelly: / Vino embriagante, trigo preferido, / hierba quemante, alucinante nido, / panal erguido en el amor Lucelly.) Recuerda entre divertido y triste, pero seguro de haber tomado la única decisión posible. "En esa época compre 400 cuadras a un precio de excepción. Ahora me quedan cuarenta; con eso tengo." Da instrucciones sobre la faena de ejercicios que el mayordomo hace con un caballo de paso.

A pesar de su confesa diabetes, se le ve vital; sonrisa traviesa, el apunte mordaz, inteligente. Nos ha recibido con agrado. No ve a Senegal desde varios años atrás, pero expresa su aprecio por él y por su padre, Humberto Jaramillo Ángel, de quien fue amigo cercano: "Leí su comentario sobre mi último libro y debo decirle que al margen del elogio, pocos han interpretado con tanto acierto mi poesía". Dice, a tiempo su pipa con Prince Albert, la exquisita picadura que le envían sus hijos desde Nueva York. "Pensé que hasta ahí llegarían mis publicaciones; pero a instancias de un amigo que valora mi obra, estamos seleccionando material para otro libro". Agrega con entusiasmo. "A proposito de su papá; no sé si usted conoce lo que ocurrió con uno de los libros de Baudilio. El Rapsoda se lo obsequió a Humberto con toda y sentida dedicatoria de su puño y letra. Días después, Baudilio fue a comprar condimentos a un granero y cuál no fue su sorpresa cuando el tendero le empacó los cominos en un cartucho de papel impreso con los poemas dedicados a su colega".

"Guillermo, usted alcanza un grado de calidad insuperable en el soneto. Lo suyo, además de perfección formal, de ritmo musical, es sustancia poética sobria y humana", acota Senegal entre referencias a las andanzas del poeta visitado, por los caminos del mundo, y una cerveza fría.

"Realmente nací en Caldas en 1928 y llegué al Quindío, a Montenegro, en la infancia; tiempo después habité en otros municipios. Escribo poemas desde muy joven. Los primeros se publicaron en el diario La Patria de Manizales, donde siempre tuve buena acogida. En 1947, la Imprenta Oficial de Caldas publicó mi libro La tarde y ella".

"A Chile llegamos huyendo de la violencia partidista. Mi padre tenia un periódico en Armenia; fue hostigado por sus opiniones políticas y debimos buscar refugio, primero en Bogotá, donde tampoco encontramos ambiente favorable y luego en Chile donde fuimos muy bien acogidos. Algún tiempo después regresé al país y me establecí en Manizales. De esa época, mediando el siglo pasado, recuerdo una anécdota. Circuló un poema de mi autoría, Sinfonía satánica del credo, que causó enorme escándalo en el ambiente pacato y clerical de la comarca. Tal la reacción, que un obispo emparentado con mi familia, me hizo saber su disgusto, vergüenza y hasta postración física, causadas por el texto. Un tanto conmovido, aunque no arrepentido de los versos, escribí algo con lo cual obtuve "indulto" moral; el soneto, Ave María, considerado por los enconados críticos como reivindicatorio y uno de mis mejores poemas.

Con posterioridad viajé a los Estados Unidos y viví durante muchos años en Nueva York, desempeñando oficios muy diferentes al intelectual. Sin embargo nunca he dejado de escribir poesía. En 1983, se publicó en Armenia, Sonetos y poemas; y precisamente en Nueva York, en 1992, la Editorial Pegasus dio a la luz Sonetos. Finalmente, con motivo del centenario de Sevilla, donde vivo hace ya mas de cuatro lustros, Ediciones "Llevo, Llevo la Memoria", realizó mi Selección Poética, reuniendo poemas ya publicados con otros inéditos".

De este último libro, reproducimos algunos apartes del prólogo:... "Una inútil modestia, que aún me acompaña, me mantuvo lejos de púlpitos y sanedrines literarios"... "Jamás he vendido ninguno de mis libros. Generalmente reparto algunos entre amigos y el resto lo escondo en el "cuarto de San Alejo", donde la humedad y las polillas acaban con ellos."

Quedan en nuestras memorias anécdotas, relatos y comentarios imposibles de incluir en esta corta reseña. Con la intención de un pronto regreso, dejamos al poeta a merced de la plácida tarde dominical.

Por: Hugo Hernán Aparicio.

Sinfonía satánica del credo

Creo en Lucifer, alucinado y fuerte
ahora y en la hora de la muerte.
Creo en Lucifer, ardiente y poderoso,
padre ardoroso de todos los que rezan
y blasfeman,
padre mio substancial y jubiloso.
Creo en Lucifer y gozo.
Creo en la muerte que nos arrebata
y en la que nos ata el corazón un poco.
Creo en las espadas que nos interfieren
y en las que no quieren defender la herida.
Creo, también, en Dios crucificado,
Padre, Hijo y Espíritu quemado
Y creo en Él, ahorcado por hereje
y por que no teje luceros todavía.
Creo en la noche y en el día,
creo en el amor desvertebrado.
Creo en el infierno, condenado,
en la primavera azul y en el invierno.
Creo en la pobreza que nos llena
el estomago de arena.

Creo en al agua, en el sol y en las palomas.
Creo en los gusanos que se enredan
En un hilo de seda.
Creo en el alcohol y la morfina.
Creo en todo lo que jira sobre el hombre
Y en el nombre de la rosa.

Y creo, tenaz y vigorosamente,
en el abismo de mi mismo
y en mi muerte.

Guillermo Sepúlveda

 EL TRANSEÚNTE

DE LA UTOPÍA A LA ACCIÓN

Roberto Restrepo es un hombre que, desde que se levanta a hasta que se acuesta, vive pendiente de los avatares del patrimonio quindiano. Es antropólogo de La Universidad Nacional, se ha desempeñado en cargos como Jefe de Asuntos Indígenas en el Vaupés, Director del Museo Tayrona de Santa Marta y Coordinador del Museo Amazónico de Leticia; actualmente es profesor universitario.

Roberto, con la amabilidad que lo caracteriza, accedió a conversar con LA AVENIDA, sobre los temas que lo apasionan. Aquí está su testimonio.

¿Qué es la quindianidad?

Bueno, nosotros en el Quindío, hemos venido denominando quindianidad a una serie de vivencias y de marcas culturales que nos caracterizan, no solamente desde la singularidad nuestra, sino que nos hace reconocibles para el resto de colombianos. Porque eso es la identidad; la identidad es un ejercicio que reúne singularidades, pero también, elementos que compartimos con otros colombianos.

¿Cuáles fueron los primeros hitos en la historia de la quindianidad?

Las primeras noticias de los hombres que habitaron este territorio. Tenemos información arqueológica que se remonta a 9500 años, gracias a un hallazgo que se hizo en los limites entre Salento y Circasia. Esto nos permite hablar de los primeros quindianos cómo seres que permanecían en este territorio, trashumantes y que se convirtieron en bandas de cazadores y recolectores, que forjaron la historia de los primeros colombianos.

El segundo hito es la expedición de los naturalistas que llegaron al Quindío. En el año 1800, tenemos una historia que gestó Humboldt, y que también, más adelante, lo harían los que conformaron esa historia de Colombia llamada la comisión coreográfica, porque aparecen allí algunos símbolos, que luego se constituirían en marca de la identidad del Quindío, como el carguero, que era ese personaje que transportaba a los viajeros por el paso del Quindío. El mismo paso del Quindío es otro aspecto importante de la identidad. Hasta que llegamos a la colonización, que es lo que nos afirma como territorio. Y esa colonización no propiamente fue antioqueña, sino que fue multirregional, es ahí donde comenzamos a gestar al verdadero quindiano.

¿Hasta donde le debe el Quindío a la colonización antioqueña rasgos de su identidad?

En gran parte, pero no sólo a la antioqueña, sino a la que hicieron caucanos, boyacenses, bogotanos y gente de otras regiones. Porque esta comprobado que esa multirregión que nos aportaron tantos colombianos es una fortaleza en el Quindío.

¿Cuáles eran los motivos por los que un colombiano del siglo XIX se venía para el Quindío?

Fundamentalmente el antioqueño, en una falta de terrenos aptos para la agricultura en el sur de Antioquia, aperece en esta región, del sur de su departamento. Y otro aspecto que incidió mucho fue la cantidad de noticias que se fueron gestando a raíz del aparecimiento de tesoros indígenas.

Hablemos del Tesoro de los Quimbayas...

Yo diría que el Tesoro de los Quimbayas es, en este momento, lo que más está ayudando a afirmar la identidad de los quindianos. Yo, en los últimos años, no había visto algo que aglutinara tanto a los quindianos alrededor de una causa, como es el Tesoro de los Quimbayas. Casi que está ayudando a que crezca la semilla de la quindianidad. Allí se da una lucha sin progreso, una utopía. El Tesoro de los Quimbayas nos está aglutinando a los quindianos en una causa. Y va muy bien, porque resulta que el gobierno colombiano está escuchando a las regiones. En el próximo mes de abril se va a realizar una reunión, una plenaria en el senado en donde se va a exponer lo importante que es que Colombia recupere el tesoro.

Ahora, cuál fue el asunto de las tumbas de La Fachada.

Ese es el capíitulo triste de la historia del Quindío. Hace poco estuve en San Agustín, hace un mes. Y allí me dí cuenta que nosotros habíamos destrozado un patrimonio mundial. Nosotros encontramos tumbas de cancel, en el año 2000, cuarenta en total, en un sector llamado barrio La Fachada. Por falta de conciencia, por irresponsabilidad los quindianos destruimos ese tesoro. Habíamos podido conservarlo para que los colombianos y el mundo entero conociera la grandeza de estos pueblos prehispánicos, que hicieron culto a la muerte con estas formaciones megalíticas, que sólo se encuentran en sitios tan especiales como San Agustín y el Quindío. Esto debería denunciarse ante la Unesco.

¿Hasta qué punto el terremoto afectó la identidad del quindiano?

El terremoto nos ayudó a despertar en conciencia cultural. Sino hubiera sido por el terremoto no se habrían dado pasos tan grandes como fue la investigación arqueológica. Y no se habría iniciado el proceso de inventarios de cultura en todos los municipios. El terremoto nos dejo una inmensa necesidad de hacer inventarios culturales, porque nos dimos cuenta que un desastre puede borrar el patrimonio, y si no se ha hecho registro de esos bienes no queda información alguna. Gracias a eso, la mitad de los municipios del Quindío tienen un inventario cultural.

Cómo será el Quindío en cuarenta años.

Lamentablemente, tendríamos un Quindío turístico con poca permanencia en la historia patrimonial. Va muy flojo ese proceso de concienciación turística alrededor del patrimonio. Seguramente vamos a tener una región rica en tecnología y turismo, pero poco afirmada en la conservación de su patrimonio, porque lamentablemente el turismo le esta dando una estocada de muerte al patrimonio.

Y cómo va La Casa de los Abuelos

Sí, la casa de los abuelos es una propuesta, como muchas que he tenido yo, que me he ideado con el objetivo de conservar los elementos del patrimonio cultural de los municipios del Quindío. Me di cuenta que Filandia necesita con urgencia un espacio donde la gente conozca su pasado. A raíz del poema del antioqueño Jorge Robledo Ortiz, pensé que el mejor título que debería llevar este espacio es el mismo del poema de Robledo, La casa de los abuelos. La casa de los abuelos presenta dos cosas fundamentales: primero cuenta la historia de un personaje anónimo, porque lamentablemente en nuestros pueblos los abuelos pasan desapercibidos y mueren con sus historias de vida. Allí lo que hago es contar la historia de los antiguos, desde las "cositerias" y las pertenencias de un abuelo, y por esa razón allí estarán representados todos los abuelos de Filandia. Lo segundo, es aprovechar este espacio para hacer tertulias y charlas inter-generacionales.

 MACONDOCITY

COSAS QUE OCURREN EN UNA PELÍCULA
"La calle es una selva de cemento / y de fieras salvajes/ cómo no."
Héctor Lavoe. Juanito Alimaña.

EN MEMORIA A CARLOS MAYOLO

Entro en la función de seis de la tarde. En la entrada veo una hembrita rubia, de unos pechos fenomenales, con cierto parecido a Sophia Loren. La sigo hasta el hermético auditorio. Me siento junto a ella, con la terrible sensación de un malestar expansivo. La miro por entre el rabillo de mi ojo izquierdo, esperando la ocasión propicia para hacer alarde de mis conocimientos cinematográficos. Pienso, embutido en la oscuridad de una sala de cine, oscuridad tan hermana de esa que la biblia dice que en el principio imperaba sobre el recién creado orbe, que de pronto, ella, con la magistral magia de las mujeres deseadas, se volteará, me dará la cara, y , sin más, me estampará un beso en los labios. Yo suelo pensar en cosas improbables, como aquel navío de mi niñez, mecido por las olas, anclado en un puerto mediterráneo. Sé que la embarcación me espera, y en ella, al final de mi vida, navegaré por entre los dominios del incomprendido Poseidón. Pero ese navío no es la cuestión primigenia en este texto. Por eso sigo adelante, no sin antes lanzar sobre el distante océano de mi felicidad un ramillete de flores marchitas.

Son las seis y cuarto. Los cortos promocionales han terminado. La mayor parte de la silletería del cine está vacía. El teatro tiene un aspecto similar al de un territorio devastado por alguna batalla inmemorial. La hembrita se llama Lucía, estudia psicología en Calí. Sonríe cuando le digo: "Tienes unos ojos estupendos". No creé o finge no hacerlo. Me dice algo sobre la eventualidad del amor, sobre las teorías de un señor Freud. No le paro muchas bolas. Habla y parece que lo hará por el resto de la función. Le digo algo acerca de la filmografía de la película. Quiero abrasarla, decirle que la amo, que la necesito; en fin, quiero meterla en el mundo extenso de mis mentiras soterradas. Ella me mira, quiere una dosis de fabulas. Comienza la película en el momento justo, impidiendo un eventual desastre sentimental. La voz de Costello suelta una bola de nieve. Me siento atrapado, inmerso en el mundo del hampa Yanqui. Costello se pavonea en Boston con la soltura de un jaguar en sus dominios. La nena me saca de la trampa de Costello. Ella, sin saberlo, con el acento pegajoso de los caleños, me ha abierto, de par en par, la puerta de la libertad. Me pregunta sobre cuándo aparecerá Leo. Yo le digo que en el cine todo tiene su tiempo. Yo no soy de esos cinéfilos que dicen Tempo en lugar de tiempo. Me parece inútil hacerlo. Costello es un personaje infecto, un individuo embadurnado de todas las porquerías urbanas de una ciudad violenta. Me pregunto: "Mi ciudad, esta ciudad, tan ajena de los vicios de la lúbrica Boston, cuán lejos está de una mafia organizada" Y este no es un texto sociológico, pero no logro desterrar de mi mente, mi pequeña mente, la imagen de esos carros prepotentes, con sus dueños de miniatura encaramados en ellos, con la mirada en el escote más cercano y voluptuoso. Esos hamponcillos llegan a los bares, acechan con la sutileza de los halcones amaestrados, se llevan a las mujeres guapas. Estoy seguro que si estuviera en un bar, la nenita caleña no estaría a mi lado. Costello es diferente; no tiene las sucias costumbres de los traficantes de aquí. El rostro de Costello esta emparentado con el de Alex, el villano de "La Naranja Mecánica". Le pregunto a la caleñita si ha visto el filme de Stanley. Me dice que no, que ella no es muy dada a ir al cine. Entonces, qué diablos hace aquí, violando la ingenuidad de un cinéfilo enamoradizo. No le digo nada, es mejor, en algunos casos, sobretodo cuando de mujeres se trata, guardar silencio porque, como dicen en los filmes gringos, todo lo que diga puede ser usado en mi contra.

La muerte cae como aguacero súbito. Una orgía de sangre se desata frente a mis inermes ojos. La nenita colapsa, me agarra fuerte. Yo la abraso; le miento, le digo que la cuidaré por siempre. Ella me mira esperanzada. Tiene un viscoso brillo atorado en los ojos. Pienso que lo mejor, cuando salga del teatro, será fingir un compromiso urgente. Desasirme de ella, olvidarla, empaquetarla en uno de los envases almacenados en mi neurosis. Pienso: "es mejor un breve espacio solo, amparado en la sombra florida del recuerdo de mis muertos, que un par de pechos y un cuerpo estupendo que nunca ha visto la filmografía de Stanley"

La función ha terminado y, como suele ocurrir, el vacío del pecho se ha ensanchado unos centímetros. La caleña me ha dado un inocente beso en la mejilla. También, en un papelito perfumado de su sudor, ha escrito su número telefónico, con la caligrafía de las niñas bien. No pretendo llamarla, por el momento. No sé cuando la soledad me embista airosa, dandole a mi humanidad un certificado de defunción.

La ciudad es una molestia que se filtra por los poros de mi piel. En Armenia hay una forma particular de sufrir. Y esa forma, que en varias ocasiones me ha reducido al silencio, es el pretexto adecuado para terminar esta nota.

Y, me parece justo concluir poniendo, al pie de la letra, una frase de Costello, en homenaje a sus pilatunas:"Yo no soy producto de mi miedo. Mi miedo es producto de mi."

 LITERATURA DE BOLSILLO

UN POETA QUE BÍO BÍA: CARLOS ALBERTO AGUDELO

Carlos Alberto Agudelo Conocí al autor de estos versos en una tertulia. Una casa tradicional, a escasas dos cuadras del parque de Bolívar de Calarcá, en donde funciona un estupendo museo gráfico, siendo la imagen hermana gemela de la poesía, sirvió como escenario para mi encuentro con el poeta. Y debo decir que nuestro encuentro, por factores ajenos a nosotros mismos, fue más bien parco y distante. Conversamos poco, casi nada, y eso a pesar de que estábamos sentados a pocos metros de distancia. Él salió, cuando Hugo Aparicio, el estupendo prosista que LA AVENIDA ha convocado para esta edición, le pidió que leyese algo de su poesía. El poeta tomó el micrófono, dijo algo sobre su obra, y leyó, no sin antes aclarar la voz, el poema Bío-Bío, que estas lineas prologan. Cuando terminó la lectura, un auditorio embrujado por la plasticidad de sus versos, le agasajó con un sonoro aplauso Y también, yo lo vi, lo aplaudió el poeta Guillermo Sepúlveda, un bucanero curtido por el pegajoso salitre de los sonetos memorables.

En otra ocasión, con el pretexto de ejercitarme en el arte de la crónica, diré cómo terminó la velada poética. Por ahora, con el justo respeto que se merecen, puedo decir que estos poemas son piezas de ruptura. Y, cuando digo ruptura, lo hago, desde luego, desechando la nociva carga semántica que algunos le confieren. Decía: estos poemas son engranajes vivos, mudables, con un tono lírico profundo, pero sin la vacía retorica de cajón de los poetas malos. Son trozos minúsculos, en los que el poeta, tal vez sin saberlo, nos ha develado una parte, la más bella, de sus vísceras. Cómo, sino de esta forma, se puede entender su canto despreocupado a un río improbable y metafórico. Tal vez ese río sea la construcción verbal de algo más hondo, y sería estupendo que así fuera. Pero, y he ahí la magia de lo poético, sino fuera ese el caso, el poema no pierde nitidez.
Sólo me resta decirle al poeta, y esto a modo de comentario personal, que continué sus largas jornadas de insomnio, su caminar alucinado y alucinante, y que siga escribiendo, para solaz nuestro, que aquí encontrará las puertas abiertas.


Es decir, yo

Esta tarde no se llama martes,
la nombro silencio.
Tiene la lentitud de un hombre triste
que poco a poco muere.
Quizá yo sea la tarde,
en horas de carne y hueso.
¿Seré martes y no Carlos?
¿Por qué me llaman poeta?
Camino y soy viejo para el miércoles,
saboreo un helado mientras recuerdo
el lunes de mi vida.
Esta tarde no tiene nombre,
o se llama domingo,
es decir un día cualquiera;
es silencio, silencio de mariposa,
silencio de un hombre que perfecciona
una mirada al transcurrir sus centurias.
Es voz que nombra la reyerta que hormiguea
en el corral.
Esta tarde es agua con sabor
aquella sed en que nadie me quería;
es celebración del hueso con la carne,
del olvido con la muerte,
del marfil en el collar y del marfil
que pregona el barritar del elefante.
Esta tarde es un caballo que relincha
media herradura para lo poco
que le queda de vida,
es aparición danzando a la luz del camino,
es vejez que se ejerce hasta antes
de haber visto la piedra en el ojo de la piedra.

Esta tarde es delirio por dejarme
develar el misterio de un canario
en las fauces del trino.

Bío Bío

En Chile hay un río que se llama Bío Bío; es uno de los nombre más tiernos y peculiares que he conocido en el idioma español. ¿Será que lo pollos también Bío Bían?

El río Bío Bío, pía pía,
río pollo de agua;
el pollo que pía pía, bío bía,
agua de carne y plumas.
Océano del lenguaje,
palabra que cacarea,
cacareo que palabrea
de gota en gota el nombre del río,
de la piedra, de la sangre,
de un elemento por ocurrir,
lo ocurrido en el número
que ondea a través del caracol,
del mar, que la sed de un diminuto
y solitario pez se bebe.
Río Bío Bío, tu nombre es estrella,
estrella de mar y cielo,
luz que bío bía y pío pía.
Un gallo anuncia a los hombres
del mundo
que es hora de prepararle a la palabra
el maíz y el sudor con que se amasa
la música que acontece en la arepa
y en su nombre propio.

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