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 EDITORIAL

EL ARTE DE MAMAR GALLO

Las buenas cosas, esas que marcan la existencia, nacen de los buenos momentos. Y esta publicación, con toda la humildad que la caracteriza, nació de un buen momento. Estábamos, los que hoy conformamos el grupo de edición, en una de esas conversaciones que suelen estar arropadas con el manto de lo irrelevante, cuando alguien dijo -Oigan, por qué diablos no hacemos un magazín-. Al principio la idea no tuvo cuerpo pero, con el paso de las cervezas y de las horas, el proyecto se hizo cada vez más atractivo. La cosa se estaba gestando en el útero colectivo, empero aún no tenia la suficiencia para andar del todo sobre ruedas. La universidad copó nuestro tiempo; dejamos de un lado, temporalmente, este propósito. Pero en fin, obviando muchos detalles, debemos decir que una tarde, en la casa de Éider, mientras nos sometíamos a una sesión intensiva de cine, para otro proyecto en mente, la cosa terminó de fraguar. Queríamos una publicación en donde la alegría fuera el principal soporte. La alegría de escribir sobre temas que nos gustan, la alegría de compartir con el público lector, en este caso ustedes, queridos amigos, nuestro compromiso con la libertad humana. Por eso para poner las cartas sobre la mesa, queremos, en esta edición, dejar en claro que la política de este espacio es la de mamarle gallo a las cosas grises de la vida doméstica. No somos de ningún partido político, que eso quede claro de una vez; no pretendemos llenar nuestros bolsillos con suculentas sumas de dinero.

Las puertas están abiertas y, así la frase suene a lugar común, el público lector es la razón de este esfuerzo. Queremos llenar su tiempo con lecturas impertinentes; con textos que, acompañados por imágenes, sean sugestivos y sugerentes.

La Avenida nació como un proyecto mientras se desarrollaba un trabajo para la universidad y, entre cervezas y tacos de billar, se fue esculpiendo hasta dar como resultado, ésta, su primera edición.

Borges La Avenida es el espacio ciudadano más democrático que existe. Ella, sin los absurdos miramientos de clase, atraviesa la ciudad. Es la ruta que no va, en últimas, a ningún lado, pero que a la vez está presente en todos los espacios telúricos de la urbe. Sí, por estas cosas, y muchas otras en las que no ahondaremos por mera razón de espacio, este esfuerzo editorial se llama La Avenida. Bueno, ya está bien de comentarios editoriales, los dejamos con estos textos que son honrados desde su nacimiento. ¡Buen provecho!

Ah, como apéndice necesario: En la primera portada de esta pujante edición sale la caricatura de uno de los más grandes creadores latinoamericanos: Jorge Luis Borges. Borges, para los que no están familiarizados con su arcana silueta, es un referente obligatorio a la hora de pasarle la lista a la literatura moderna. Borges es el señor de lo profundo, de los acertijos sesudos. Por eso queremos rendirle un sincero homenaje al bonaerense más universal. Feliz aniversario, maestro. Feliz eternidad.

 EL SEMÁFORO

CEJAS, ENTRE BORGES Y GABO

Conocí a Cejas, uno de los libreros más antiguos de la ciudad, una tarde de Marzo, mientras buscaba un texto literario que, siendo barato, fuera capaz de concentrarme por un par de horas. Cejas tiene las características de esos personajes que uno nunca termina de conocer; que siempre tiene un as bajo la manga, una forma oculta de desconcertar al interlocutor. Su entorno natural es el viejo puesto de libros; es bastante difícil desasociar la imagen suya, con esa melena de particulares facultades estéticas, de ese espacio suyo, tan suyo, en el que Borges conversa con Sábato de cosas de irrisoria importancia; en donde la literatura, desde los genios astrales hasta los escribidores de poca monta, se toman un tinto en medio del fragor del centro de una ciudad en crecimiento.

La clave para conocer a Cejas, para el que quiera hacerlo, no es otra cosa que comprender que él, conforme con lo dicho por él mismo, tiene la gracia sutil de los cómicos por naturaleza. O sinó, cómo uno se explica que cuando llegó al Quindío, por el año de 1982, confundiera Calarcá con Armenia. Se bajó del autobús muy orondo, en el parque de Calarcá. Lo contrataron, como a la mayoría de los que vinieron a parar en este lugar, para recolectar café en la finca de un hacendado. Trabajó por una semana, con el ímpetu de los nuevos, con la sola intención de derrotar a los duchos chapoleros. Quíen lo hizo caer en cuenta de su error geográfico, fue la hija del dueño del cultivo. Lo invitó a pasear por Armenia.

En la memoria de Cejas, si hay algo que importe, sea lo que sea, no es el rigor cronológico. Por la época en la que se gestaba en el país una nueva carta constitucional (1991), el negocio de recolectar café se vino a pique. La economía doméstica del hogar de Cejas colapsó. No tenía ni cinco en los bolsillos, sólo unas cuantas revistas de historietas. En un arrebato de inspiración, cogió la caja en la que guardaba los zapatos, metió las revistas y salió, sin tener nada que perder, a la galería, en búsqueda de lectores para su literatura pobre.

¡Vaya sorpresa! La venta de las revistas resultó siendo muy rentable para sus finanzas. Así, de esta forma tan sencilla, nació su quiosco de libros remendados; textos que viajan de mano en mano, que no tienen un dueño absoluto.

Cejas es un camaleón de ciudad; se agazapa entre los pliegues de metal retorcido de su quiosco, esperando al ingenuo lector que vaya; lo caza con la sagacidad de los felinos hambrientos, lo llama, le dice: oiga mono. Ya llegaron las SoHo. No Cejitas, hoy no tengo plata. No importa, después arreglamos. En otra ocasión, cuando el lector tiene confianza con él, Cejas le permite entrar en los límites territoriales de su comarca. Allá lo que impera es un cierto desorden que para nada le quita belleza a lo visto. Los libros apilados en hileras tambaleantes.

La costumbre de madrugar es ajena a la agenda diaria de sus labores domésticas. No madruga desde la vez, en el terremoto, que tuvo la impresión de que para nada sirve madrugar. "Tanto que me esforcé, tanto que madrugué, para que el terremoto con su fiereza terminara todo en diez minutos." La voz de Cejas tiene el registro de los buenos bajos. Sabe manejar una dicción impostada cuando recita versos. Algunos son suyos, los demás de otros poetas. No fuma, le parece inútil hacerlo; dejó el tabaquismo cuando le dio la gana.

En Armenia hay cerca de 220 establecimientos de venta de libros nuevos y de segunda. Gonzalo o Cejas, como se le conoce, es uno más de ellos, pero con la diferencia que su quiosco ha tenido más historias que cualquier otro, 15 años no pasan en balde.

 EL TRANSEÚNTE

Mendicidad en Armenia FANTASMAS URBANOS: LA MENDICIDAD

La ciudad de Armenia carece de políticas oficiales serias en el tratamiento de la mendicidad. La mayoría de los esfuerzos están concentrados en las manos de entes no gubernamentales.

Uno de los obstáculos para consolidar un plan de trabajo con la suficiencia operativa que requiere el asunto, es la poca claridad de la contratación en la administración municipal. Se sabe que hay varios proyectos archivados porque al funcionario encargado de ejecutarlos se le acabó el contrato. Además, el administrativo que lo remplaza no le da continuidad al trabajo de su antecesor y comienza todo desde cero.

En la capital quindiana, según estudios adelantados por instituciones vinculadas con el tema, hay alrededor de 630 personas que viven o, en su defecto, piden en las calles. Cabe resaltar que para el servicio concreto de esta población, fundaciones particulares se han constituido para brindarles capacitación, salud, reinserción laboral y social a estas personas. Una de renombre entre todos los armenios es la fundación Hernán Mejía Mejía, encabezada por el sacerdote Eduardo Mejía, que atiende aproximadamente al 25% de esta población marginada.

EL OFICIO DE PEDIR

Dentro de la población censada de mendigos, se encuentra Julio César Aranda, más conocido por la población Armenia por su remoquete: "El señor del Vaquero". Cómo su apelativo lo indica, Julio César se ubica en el semáforo de la carrera 19 con calle 3ª, al frente del almacén agropecuario "El Vaquero". Aranda, con 63 años, de los que ha dedicado 7 a la mendicidad, indica que, contrariando lo que la gente piensa, pedir es cosa berraca. "Yo pido porque no puedo trabajar y no quiero ser un recostao en mis hijos", afirma Julio César.

"El señor del Vaquero" recolecta entre ocho mil y doce mil pesos diarios. Del estipendio recogido destina una porción de dinero para colaborar con los gastos alimenticios de su casa. Lo que sobra lo dedica a comprar utensilios de aseo y los medicamentos recetados por el médico.

La extensión de su jornada laboral tiene la dimensión de un día corriente de cualquier asalariado. Llega su lugar de trabajo a las 6 de la mañana y, regularmente, parte rumbo a su vivienda a las 4 de la tarde, y esto cuando no asiste a actos religiosos.

"Yo pido porque a mi edad es complicado conseguir trabajo. Ademas de estar viejo, estoy enfermo. Me caí de un andamio. Mire esta hernia", dice señalando su parte abdominal. Un pequeño montículo sobresale. "Antes ya me habían censado, pero las ayudas prometidas aún no llegan. Seguiré hasta donde la fuerza me acompañe, trabajando para mantener a mi familia".

 MACONDOCITY

EL CINE COMO PARODIA DE LA REALIDAD

Digo todo de una vez: el cine es el mayor de las artes que alguna vez, desde que el homo pisa la tierra, ha tenido lugar. No interfiere en este punto mi posición de cinéfilo empedernido. No, el cine está más allá de las posibilidades técnicas y estéticas de la literatura, la pintura y lo demás. El movimiento de los personajes, los enfoques de las cámaras, el espacio que ocupa la luminosidad en las escenas, son cosas que hacen de este vicio, el mal llamado séptimo vicio, un asunto serio que parodia y, en algunos casos, supera en belleza a la realidad.

Pregunto: ¿Qué es más hermoso que una buena película, de esas de la época en la que el sonido no había aparecido, para ocupar una tarde de domingo? Es más, ¿qué sería de la humanidad los domingos, tiempos muertos por excelencia, sin que el descubrimiento de los hermanos Lumiere ocupara la programación de los canales nacionales?

Las tardes serían más largas, menos divertidas, mucho menos humanas,si el cine fuera el mal sueño de un científico loco.

BREVIARIO

En este espacio temporal, rodeado por la tinta de las imprentas, me ocuparé de perorar sobre mis aficiones audiovisuales. Lo que diré aquí, no será la palabra de dios, de ningún dios, sinó la tímida confesión de un adicto al vértigo del proyector. La regla no será otra que la de mamar gallo un rato; el cine, para el que no lo sepa, no es un organismo del que se ocupen eruditos de corbata y levita negra. Ah, y cuando lo hacen, lo hacen mal, intentando superar nociones que no están para superar. Los cineastas de los que me ocuparé, serán mis más caros. Hablaré de películas gratas; de las malas no me ocuparé por aquello que se conoce como higiene cerebral. La lógica del mercadeo, ruego a Sirk por ello, no estará afincada en estos predios.

Me permito hacer una digresión, a modo de conclusión final: Dedico este espacio a los realizadores caleños que, juntos, conformaron lo que vino a ser conocido como "Caliwood". En especial, a Andresito Caicedo, con toda la lógica que involucra esta elección.

Gonzalo ArangoNUEVO TESTAMENTO

Yo, Gonzalo Arango, dejo: Mi mala reputación a la familia. Mi mal olor a la International Petroleum Company. Mi tiempo perdido al Tesoro Nacional. Mi corazón al pez espada. Mi ángel de la guarda a la Academia de Historia. Mi alma inmortal al primer gusano. Mi sexo a la medusa de cabellos de serpiente. Mis dos pies a la memoria de Arthur Rimbaud. Mi gloria a los pobres de espíritu. Mi felicidad a los siquiatras. Mi sífilis a la posteridad. Mi mano derecha a la revolución. Mi ombligo al Museo del Oro. Mis zapatos rotos al Nadaísmo. Mi caja de dientes al enterrador. Mi intestino delgado a la República de Colombia. A Tereza la tristeza de un perro como yo y a Álvaro Barrios el destino de la pintura moderna.
Gonzalo Arango (1931-1976)

 LITERATURA BARATA

CUANDO LA RAZÓN SALE DE PASEO

"Cuando encontramos que las cosas no son lo que necesitamos que sean, la vida se vuelve un asunto de principal importancia. No para nosotros, claro está, sino para esa cosa que en un mal momento de creación literaria al homo le dio por llamar suicidio. Y, es que, en mi pequeña mente, narcotizada por las políticas de mi propio suicidio, no cabe la noción del por qué un asunto tan humano, que en última instancia viene a redimirnos de la miseria de esta cosa babosa que llamamos vida, tenga que tener connotaciones tan nocivas, como, en efecto, las tiene. Me doy de una vez: el suicidio no es otra cosa diferente a la escapatoria del estanque maloliente en el que, después de las faenas cotidianas, se va convirtiendo la respiración del hombre. Obvio, cuando escribo "hombre" no dejo de pensar en las mujeres; hago la debida aclaración porque en esta etapa de la historia, en la que impera la corrección política, ni a la literatura se puede dar licencias artísticas."

Néstor se asoma por la ventana. El sol de mediodía va perdiendo terreno frente a esos nubarrones que vienen de detrás de la cordillera. Néstor es el hermano de Raúl. Raúl es el que escribió el párrafo del comienzo. Néstor no deja de pensar que Raúl es un verdadero idiota.

SuicidioPiensa: "sólo los idiotas se cortan las venas" Raúl murió desangrado.

No hubo nada que hacer con él, ni Raúl mismo supo qué hacer con su vida. Néstor se sienta en el sillón en el que su hermano se cortó las venas. No lo sabe, si lo supiera, no se sentaría allí.

La hermana de Raúl se llama Sara. Sara trabaja en el mismo hospital al que llevaron el pálido cadáver de Raúl. Sara vio cuando lo entraron en una camilla; tenía el aspecto característico de los personajes a los que se los llevó el carajo. Sara entró en el water, se acuclilló al lado del retrete. Lloró. Nunca había llorado con tantas ganas. Bueno, sí, en otra ocasión, cuando su novio la forzó, en el automóvil del padre de éste, a tener relaciones a la fuerza. El sexo para Sara es el combate entre dos seres.

Raúl, y esto nadie lo sabe, se mató por la ausencia indefinida de Leidy en su vida. La vida sin ella, pensó Raúl en el momento capital, no tiene importancia alguna.

Lo imbécil de la historia es que Leidy no supo nada de los sentimientos de Raúl. Ah, para que quede constancia, Leidy tiene un novio que se parece a una caricatura.

Néstor sale a recibir el viento fresco de la tarde. Desde chico le gusta salir por las tardes; sobretodo si la tarde tiene el anómalo magnetismo de una tarde nublada. Sabe que, a pesar de sus esfuerzos por negar lo ocurrido con su hermano, la vida, la suya en particular, no será ya la misma.

 

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EDITORES:

Éider Alexánder Barreto
Ángel Alberto Castaño

laavenida@gmail.com

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