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 EDITORIAL - Y HABLANDO DE MARCHAS...

Con la marcha del 4 de febrero quedó demostrado, una vez más, el amplio poder de sugestión que poseen los medios masivos de comunicación. La propuesta nació de una comunidad virtual, facebook, e intentaba reunir un millón de voces contra las Farc. No en contra de todos los actores del conflicto, no contra la impunidad; era claro, frente a las Farc. La marcha, como lo comunicaron sus promotores era- y debía mantenerse —de carácter civil. Pero los juegos mediáticos y politiqueros no se hicieron esperar. La propaganda llevada al límite por los medios fue pan de cada día en los noticieros. Algunos políticos, ufanándose de dicha propuesta, comenzaron a hacer campaña en su nombre. El día tan esperado llegó. Se superaron todas las expectativas, cerca de 10 millones de compatriotas al unísono alzaron su voz de protesta. Las calles de 190 ciudades se mancharon de blanco. Una marcha de carácter histórico, como tantas otras que la memoria del país olvidó. Es para analizar que antes de esta marcha, el Movimiento de Victimas de Crímenes de Estado había convocado una manifestación en contra del paramilitarismo, la parapolítica y las atrocidades cometidas por la fuerza pública. La propuesta está vigente, pero por alguna razón, los medios masivos no dan ni seña de convocatoria a dicha marcha programada para el 6 de marzo. Los mismos medios que día a día recalcan los hechos terroristas de los grupos guerrilleros, pero que siendo poco consecuentes con su deber, minimizan casi al punto de ignorar las atrocidades de los paramilitares y la fuerza pública.

Dónde quedan las cerca de 4000 fosas comunes, los más de 1700 indígenas y los 2550 sindicalistas asesinados y/o desaparecidos. O para no resumir, los 5000 integrantes de la Unión Patriótica eliminados sistemáticamente por una política gubernamental llamada el baile rojo. Aún sus familiares esperan que su memoria traspase más allá de un caso sin resolver, de los tantos que existen en nuestro país. No podemos echar en saco roto, - ahora más que nunca, que la tendencia noticiosa despierta nostalgia en la sociedad con imágenes de secuestrados- que los grupos paramilitares tienen en su poder cerca de 300 retenidos. Y qué decir de las Fuerzas Militares, que en su archivo cuentan 950 casos de muertes campesinas que son bautizados como "falsos positivos".

Pedimos imparcialidad en los medios. No es justo que los colombianos que ven en la televisión la única forma de informarse consideren el paramilitarismo como un mal menor, y en ocasiones, necesario. Basta de impunidad, mientras Simón Trinidad es condenado en una corte norteamericana a 60 años de cárcel, los líderes paramilitares aspiran como mucho a 8 años de presidio, claro está, si las condenas no se rebajan por indicar donde están sus muertos y dar un subsidio a las familias de las víctimas.

La marcha dejó un sabor dulce en algunos, y agridulce en otros. Es triste pensar que personajes tan "ilustres" como el asesor presidencial José Obdulio Gaviria salga a jactarse de que la marcha sea una forma de apoyo incondicional a la política de Seguridad Democrática del no menos distinguido presidente. Ahora, que se preparan para un tercer mandato, y que seguramente con la ayuda de los medios oficialistas se logrará sin muchas dificultades.

Debemos ante todo exigir claridad y verdad. Quitarnos la venda que nos imponen y así lograremos crear opinión. No más polarizaciones, ya está bien de terroristas buenos y terroristas malos. A los políticos, por favor, no más demagogias baratas y eufemismos manchados de sangre.

No le resto contundencia a la marcha, a sabiendas que es un paso gigante en un proceso que apenas empieza. Considero excelente que por fin a la sociedad le duela el país, y lo más importante, que lo demuestre públicamente y en actos trascendentales como el que presenciamos el 4 de febrero.

 EL SEMÁFORO

TU CUERPO DESDE LO ALTO
Por: Ricardo Vejarano

Teatro YanubaCuando aún no llegaba a mi vida el reproductor de DVD, tú estabas allí, generosa, amplia, hospitalaria, afectuosa y mística. Cómo olvidarte, si a pesar de que en ocasiones fallara tu proyector, a nadie le importaba. ¡Qué va!, se durmió el proyeccionista antes de que el espíritu de Álvaro moviera su pierna para que despertara y cambiara el rollo de 35 mm, instalado perfectamente en ese hermoso proyector. Cómo olvidarte si cuando recién llegué a la ciudad que habitabas, y te vi, me enamoré a primera vista de tu silueta, de tu soñada arquitectura, de tu olor a viejo, pero a viejo por los años y la experiencia vivida, jamás por lo desgastado y torpe. Cómo olvidarte, si desde que te conocí no he dejado de pensarte, ni puedo imaginar mi vida sin ti.

Recuerdo que una vez, mientras veía a un caballero en tu confortable sala, sentí de repente, que el caballo que montaba aquel hombre arremetía sin piedad contra mi espalda. Giré de inmediato y no había nadie, ni caballo ni jinete, sólo un espacio oscuro, cómplice, alucinante.

Sentía el sonido recorrer todos los rincones de mi cuerpo. Se me escaramuceaba la piel cada vez que llegaba a tu encuentro. Me abrías los brazos y entraba. Sonaba una registradora, luego seguían unas escaleras, luego un mostrador donde brotaba el maíz de una moderna máquina, y a su lado, un dispensador de gaseosas. Era la parada obligada de los enamorados, como yo.

Te amé desde el comienzo y aún no se qué será mi vida sin ti. Te veo allí, sola, asesinada, en cenizas, y con un vacío en el alma. Así se ve hoy tu cadáver desde lo alto. No ha quedado nada de ti, quizá un recuerdo. Sin embargo y así muchos digan que ya estabas vieja y era mejor tu muerte que seguir viéndote agonizar, pienso que nunca estuviste agonizando.

Nunca sentí muerte a tu lado. Es más, cada vez que entraba por tus puertas me sentía más vivo que nunca, porque aparecían las mariposas en el estómago, porque aparecía el olor erótico que inundaba tu espacio, tus sillas para dos, tus sillas para uno, tus sofás en el hall que conducía a los baños, tu nombre, que no sólo me sabe a yerba, de la que nace en los valles, como dice Serrat, sino que además, me sabe a fruta madura, a espalda desnuda, a cuerpo cálido y a labios que nunca han besado.

Si bien los historiadores hablarán de tu fundación, de quien te crió, de tus padres, de tus pocos dolientes y de tu hermosa arquitectura, pocos, como yo, hablarán de ti como la amante que nunca se tiene. Como la amante de vestido rojo, que siempre esperamos en la esquina de cualquier calle, arremetiendo y robando besos.

Cuántas lágrimas, cuántos besos, cuántas caricias ocultas tras el espaldar de las sillas rojas, cuánto erotismo, cuántas carcajadas, cuántas lecciones de amor aprendimos de tu piel y de tus labios.

Nunca imaginé que el amor fuera tan grande como para extrañarte como te extraño, justo cuando habías renunciado al cine porque la gente prefiere una pantalla azul, unas crispetas más costosas que la entrada y un aire acondicionado maligno para los pulmones y para el alma.

Cómo pudieron preferir eso, a tu indescriptible afecto. Siempre te soñé Yanuba, como cuando uno sueña a la mujer amada que nunca llega, como uno sueña el beso que dará mañana y las mil formas de hacer el amor, según el Kamasutra.

Aprendimos a besar frente a tu pantalla. A buscar la mejor manera de conquistar a una mujer, o a un hombre. Aprendimos que el brazo, una vez se posaba el resto del cuerpo sobre tus hermosas sillas rojas, de manera inevitable, se alzará y reposará en la espalda de la novia, de la amiga que será novia después de la función y vendrán luego los besos, y nadie, ni ella, ni él, recordarán la película que permitió el idilio, sólo recordarán que fue en tu cuerpo donde se prometieron un amor soñado.

"Te besé por primera vez en el Yanuba, lo recuerdas" — "Si, cómo olvidarlo, si desde entonces no he dejado de besarte".

Ay, Yanuba, si supieras que este duelo va ser más grande que tu vida y que el agujero de la capa de ozono. Si tan sólo supieras lo mucho que te extrañaré, así te tenga presente en mis recuerdos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche, como Neruda, pero escribiré los más alegres, porque si algo le diste a mi vida, fue el mágico olor de tu sexo, tu vestuario rojo, y tu voz, que siempre buscaba el viento para lograr estremecerme.

Escribiré los versos más alegres para decirte, donde quiera que reposes, que sólo un árbol de sombra generosa merece tu herencia, porque ningún humano fue capaz de quererte tanto para llevarte al médico urgentemente, y sanar tus heridas, que en el momento menos pensado, se hicieron mortales.

Hasta siempre, Yanuba.

 EL TRANSEÚNTE

ALEGORÍA DEL TIEMPO: LECTURA DE GARCÍA MARQUEZ
Por: Ángel Alberto Castaño

"La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina y contagia el amor" G.G.M.

Hace unos cuantos meses apareció en una revista de circulación nacional la historia de un hombre que dedica el tiempo que le deja libre su trabajo como corredor de bolsa a un particular hobby: coleccionar ediciones de Cien años de Soledad, la novela latinoamericana más leída en el mundo. Con las peculiares señas de dicha afición, y dejando de un lado lo macondiano de la noticia, me atrevo a decir algunas cosas de ese opíparo banquete que resulta siendo la obra narrativa del que junto con Borges, según el criterio del novelista Norman Mailer, es el mejor escritor de la segunda mitad de siglo XX. Sigo con las anécdotas: en cierta ocasión, en una reunión improvisada con Leidy Bibiana Bernal y Umberto Senegal, editores de Cuadernos Negros, este me dejó perplejo al decir que, para él, la novela Ursúa, del tolimense William Ospina, reúne elementos estilísticos y poéticos de un valor más alto de los que se podrían encontrar en Cien Años. Y digo que tal afirmación me desconcertó porque, como sabe todo el que haya leído cualquier texto suyo, Umberto es uno de los sobresalientes escritores de la región y porque por aquel tiempo había culminado de leer Cien Años, que me hipnotizó desde la frase del ambiguo fusilamiento del coronel Aureliano Buendía hasta la concepción del último del clan, el que es devorado por una legión de hormigas, minutos antes del paso del ciclón bíblico que arrasaría a Macondo desde sus cimientos.

Ese embrujo, que describe Vargas Llosa en García Márquez: Historia de un deicidio, es el que ha atrapado a varias generaciones de lectores alrededor del mundo. Bien ha hecho al decir Juan Gustavo Cobo Borda que Cien Años, y por extensión toda la obra del hijo del telegrafista de Cataca, es una metáfora de la historia del país, y yo le puedo adicionar que esa metáfora se alimenta de la tradición oral, de los juglares vallenateros, de Francisco el Hombre, de la cultura popular, y de los relatos del coronel Nicolás Márquez, que esperó la pensión castrense hasta el día de su muerte y que jugaba ajedrez bajo la sombra de los palos de mango, con un belga de piel apergaminada, el fotógrafo del Amor en los tiempos del Cólera. García Márquez está en igual deuda con Faulkner y con los guajiros que su abuelo compraba como domésticos. Y es que su narrativa es el testimonio colectivo de una sociedad que vive la latencia del terror en los actos más puros e inocentes. Siempre, en cada cuento o novela, hay un muerto notable: Macondo está muerto desde antes de su fundación por los designios inescrutables de un manuscrito; Agustín, el hijo del coronel que va todos los viernes al correo a ver si el estado se acordó de las promesas del armisticio de Neerlandia; Santiago Nasar, asesinado con la complicidad de todo un pueblo; Esteban, el ahogado que les hace ver a los parroquianos del innominado caserío lo patéticas que son sus vidas; la abuela desalmada de Eréndira; la mama grande, la mujer más rica de Macondo, sólo seguida de cerca por la viuda Montiel; Blacaman el malo, encerrado a perpetuidad por Blacaman el bueno, el de cara de bobo, en castigo por su sevicia; el solitario patriarca que, enredado en la manigua del poder, es carcomido por hordas de gallinazos; Bolívar, el desengañado libertador de cinco naciones en las que los gringos vienen a veranear, huele a carroña; en fin, la lista sería interminable, porque, como el mismo García Márquez lo ha reconocido, su obra se nutre del tanatológica novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo.

Con el posicionamiento de Cien Años como el símbolo más vistoso del Boom, se marginan novelas de interesantes grados de experimentación técnica como El otoño del patriarca, puzzle conformado de piezas tan disimiles como el relato político y el poema modernista. El otoño no alcanzó las cien reediciones de Cien Años en Sudamericana, la editorial argentina que el 30 de mayo de 1967 hizo un home run con la salida al público de la cuarta novela del hasta entonces desconocido Gabriel José García Márquez, ex alumno de derecho de la universidad Nacional y compañero de clases de Camilo Torres.

García Márquez, antes de ser un novelista que incursiona en tan disímiles géneros como la crónica y el guión cinematográfico, es un narrador nato que toma lo que cada uno de estos le ofrece para contar sus obsesiones: un pueblo sumido en el sopor del trópico, estacionado en las arenas inmóviles del tiempo. De ahí que su primer artículo periodístico, publicado en el Universal de Cartagena, tenga implícitos los temas que posteriormente desarrollaría en su novelística: el toque de queda (supresión política) y las medidas que toma la población del Caribe para burlar las medidas de los gélidos capitalinos. Uno intuye que dentro de esas primeras líneas ya existe el mensaje central de su narrativa: el amor, antídoto que redime al hombre del vacío impostergable de la muerte. Por eso vemos a Margarito Duarte cargar por años en las callejuelas de Roma la valija que hace las veces de féretro de su hija. Es significativa la relectura que le hace el mismo Gabo a la historia cuando, de la mano de Lisandro Duque, la lleva al cine. En el final de la película, el amor de Margarito devuelve a la vida a su pequeña. Y qué no decir de la conversión del senador Onésimo Sánchez por las artes de una fémina frutal llamada Laura Farina. El senador, en una gira política que busca su reelección, despliega ante los ojos de los lugareños un montaje teatral que incluye barcos de papel maché y casas de cartón. Pero es el amor, encarnado en Laura Farina, el que desconcierta al político, seis meses y onces días antes de su muerte. Un ser encerrado en si mismo se abre. El sátiro empedernido declina en su intención de abrir el candado que guarda el sexo de Laura Farina. G.G.M., es un universo poblado por seres mágicos que levitan por el solo hecho de hacer rabiar a Newton y que son ametrallados en una plaza, ante los ojos de todo el mundo, y sin que nadie diga: esta boca es mía.

 MACONDOCITY

CHAO NENITAS
Por: El Señorcardona

Las notas aquí consignadas corresponden a un relato que se me ocurrió hace varios meses. No lo terminé porque la ciudad no da tregua.

La mujer abrió la portezuela trasera del Mazda rojo, sacó una carpeta y la husmeó. Tres días atrás había recibido por correo dos sobres de diferente tamaño. En el más pequeño encontró una carta mecanografiada, escrita con la concisión de un ultimátum. En el segundo párrafo, el último, para más señas, se le recomendaba abrir el sobre más grande en la escalera eléctrica del centro comercial. Le restó importancia al contenido de la misiva, dejó el sobre sin abrir en una de las mesitas de la sala y se metió en la ducha.

Perfil de la mujer: entre treinta a treinta y cinco años. Rubia, como todas las heroínas de los relatos policiales. Buenos pechos, cuidados con el celo de alguien que se gasta la mesada en cremas exfoliantes y fajas reductoras. Las nalgas, algo fofas, no le menoscaban sensualidad a un conjunto que es coronado por unos ojos que a más de uno le hicieron perder el aliento. Se llama Lucía, aunque preferiría llamarla Cindy o Carmené. Escribe poemas. No tiene hijos, pero si una profusa colección de revistas en las que aparece Rock Hudson. Se sabe de pe a pa la tabla de los elementos químicos. Piensa que el universo es tan ancho como el interior de una guitarra. Va a cine cada vez que quiere poner los pies sobre el espaldar de la silla de adelante. No sale a la calle antes de las tres de la tarde, y no se va a dormir sin antes ver los rasguños del día siguiente. Come una sola vez. Escucha boleros por la tarde, sentada en una silla de amplio espaldar, con los ojos llenitos de versos. Toma un cepillo de pelo y se para frente al espejo a musitar canciones secretas, que alguna vez escuchó por ahí.

No está mal. Sin embargo, creo que es poco verosímil que una mujer que coleccione revistas de la farándula de los setenta escriba buenos poemas. Algunas observaciones: "me gusta el tono, la frescura, lo auténtico. La ortografía mejora. Escasos errores detectados. La mujer podría rebasar los cincuenta años. Sería muy chévere ver a las estrellas de la tele resolver los crimines más intrincados y, a la par, reponerse de los trastornos de la menopausia. No le encuentro relevancia alguna al color de su pelo. Lo de los pechos y demás atributos físicos me parece que distrae al lector. No es fácil seguirle el paso a una fémina con la que queremos copular. Lo de los hijos es interesante: ¿por qué no los tuvo? ¿O los tuvo y se murieron? El nombre indicado para ella es Natalia, por lo musical que pude ser este nombre en algunos labios. El titulo del relato: de Natalia o del largo poema de la fugacidad."

Natalia trabaja los fines de semana en una pizzería del norte.

Entra a las cinco y, casi siempre, sale a las diez p.m. No tengo claro si debiese ser alta o baja. Con 1.65 estará bien, por ahora. Desdeño, de tajo, la idea de que sea una cincuentona. Es más, si tiene menos de veinticinco estaré contento.

No sé qué contiene el sobre grande. Puede ser una extorsión o algo por ese estilo. El video de seguridad de la pizzería. Una esquela mortuoria o el recorte de un periódico. Le gusta bailar la Murga con los pies sobre los del parejo. Suavecito. Compra ramos de flores y se los manda a sí misma, acompañados de sendos poemas de limpia cadencia.

No ha traído el libro que le presté. Debe estar por ahí, parqueado, perdiendo el tiempo. Vincas, qué mamera el incremento en el precio de la gasolina. Ya no puedo sacar el carro.

Arranco una hoja: hay mujeres que hacen que los hombres vuelen con sus zapatos/. El olvido se viste de ti/.Beso las maripositas de tu aliento/*. Es el primer verso que se me ocurre en semanas. Vincas arrebata el papel de mis manos. Bien, que buen verso. Sin embargo, no es tuyo. Ya se me olvidaba que suelo confundir lo que escribo con lo que leo. La noche, ilegible, se derrama en las calles. Luis Bernal suelta volutas de humo. Hélices: animales que se enroscan, disipando los contornos. Me levanto. Voy al baño. Cargo el revolver. Municiones suficientes. Me acerco a la mesa. Halo el gatillo. Mancho las paredes con la sangre de mis amigos. Y dicen que me falta experiencia para escribir ¿No?

Pues ahí tienen tres cadáveres.

Me prestan atención de una buena vez. Sé que hay algo de Clisé en todo esto.Me importa un rábano.

Natalia encuentra en la parte trasera de su Mazda rojo una muñeca sin piernas, libros descuadernados y termitas. Se alisa la falda, frunce la nariz y saca el estuche de los cosméticos. Enciende el motor y pisa el acelerador. Tras de sí, una nube de colonia. Gastó casi toda su paga en un frasquito de fragancia de áloe vera.

Comió carne asada con lonjas de pepino. Yogurt. Y huyó.

Ahora puedo escribir lo que falta. Unas cuantas líneas más.

Las luces deben aludir intimidad. Nada de sobre exposición. Natalia viste blue Jean y se le ve descalza. El pelo en alguna toma debe ir sujeto. A modo de epílogo, cuando la pantalla esté negra, debe aparecer un pequeño párrafo que dedique la historia a la memoria de Vincas y Bernal. Bueno, no siendo más, me despido: chao.       

* El verso es prestado. Es de la niña de los cuadernos, la que me mira desde el espejo.

 LA MOCHILA

PROTAGONISTA EN MAKING OFF
Por: José Adalberto Gómez

A TOMÁS CORREDOR

Recuerdo el día en que conocí a Amelié, me encantaron sus colores y su sonrisa.

Es extraño saber que detrás de una solitaria niña de ojos saltones, hay un equipo enorme de maquilladores, director, director de actores, director de fotografía, de arte, camarógrafo, en este caso camarógrafa, director de sonido, ayudante de sonido, ayudante del ayudante de sonido, productores, script, chismosos, más chismosos y el gafer o luminotécnico. Demasiadas personas para elaborar un plano de 10 segundos que nos muestra una chica peinándose frente al espejo.

Hoy fue un día agotador, aunque sólo llevamos un par de horas de grabación. El cansancio de los dos días anteriores, se apoya en mi cabeza y me hunde en el estrés.

Fumo un cigarrillo tras otro, quedo sin aire, trato de respirar profundo y a trabajar. Soy el gafer de este cortometraje, y no es nada fácil hacer tu mayor esfuerzo, que en realidad es un esfuerzo grandísimo, para no salir en pantalla. O bueno, sale tu nombre flotando sobre un fondo negro en Times New Roman 12. De que carajo sirve eso si la gente y los críticos sólo se fijan en el nombre del director.

Mi trabajo no es fácil, tengo que aguantarme a un desquiciado director de fotografía, que tiene complejo de Tim Burton, en serio que complejo tan grande tiene este tipo.

Vive loco por una bendita sombra que desea salir en el plano pegada de la pared.

Bájela, píquela, panéela, ahí, no, más a la izquierda, ¡Jose, a la izquierda!, tengo problemas de orientación, mierda, si que grita este tipo, déjela así. No hay nada que hacer, al final la sombra loca logra su cometido.

Hacer cine, o al menos hacer el intento, es cosa de locos. Esta tarde un personaje que me cae bien, Julio Contreras, (es un man jodido de ojos verdes que acompaña este proceso cinematográfico), regañó al director, Nelson, que tiene más pinta de camarógrafo de fiestas varias, que de director de cine. En pleno rodaje andaba con el director de fotografía metido en una casa viendo el partido Colombia vs. Bolivia. Son tal para cual, un par de guevones.

Hay varias personas que admiro aquí. Diana por ejemplo, la camarógrafa, me gustan su sonrisa y sus caderas. Se la pasa todo el día con la cámara encima, mierda, y eso como pesa.

Ya se desangró este día entre las montañas de Salento, ya la noche embustera nos embruja con sus estrellas.

Exterior calle, noche. Veintiún tomas del mismo plano, nadie dice nada, tenemos problemas técnicos, o son los actores, nadie dice nada, que director tan lento, no dice nada interesante. Las manos me piden a gritos una renuncia. Hace 30 minutos que sostengo un icopor frente a una lámpara en la calle. Mi misión, matar la bendita sombra loca sobre el asfalto. Es patético, me daban ganas de gritarme ¡hey, bájate de ahí, payaso!

Ese es el cine, una completa realidad inexistente, hasta la luz que supuestamente proviene de una lamparita de noche, es artificial, la hacemos nosotros, los gafer. Sólo Dios sabe, debería existir algo así como: "mejor camarógrafo latino, los nominados son..." Sí, o un Óscar al mejor gafer.

Son las 2:30 a.m. -¡queda!-, la palabra mágica, lo único interesante que dice el director en todo el día. Una sonrisa se dibuja en el rostro de mis compañeros, aplausos, abrazos y felicitaciones, último plano en plan de rodaje, acabamos, excelente, todo salió muy bien, flash, fotos para el álbum de recuerdos.

Sólo se escapa un pequeño detalle. Las luces no se guardan solas, ahí entro de nuevo en acción. Montar, acomodar, guardar, aguantar y no enloquecer, ese es mi trabajo y lo amo. En realidad es un trabajo de locos.

Por: Jose Gómez, gafer del cortometraje La Taconera, realizado del 15 al 18 de octubre de 2007

 LITERATURA DE BOLSILLO - BOLEROS BRUTALES

Desde el alma
Por: E. Vignole

¿La muerte duele? La muerte física, aún no lo sabía, pero la muerte del alma me dolió como nunca había sentido. Y comprendí, por fin, que un cuerpo sin alma era vacío, efímero, inerte. Mi alma expiró en el preciso momento en que descubrí que mi alma gemela, buscaba entre besos carnales, semejanzas con otra alma y otro cuerpo.

Llegué a mi casa por inercia, esa que mueve a los cuerpos exentos de alma, que los obliga a caminar despacio, como zombis. Esperé con paciencia, sin nada que perder, qué más da, ya había perdido el alma, había perdido mi vida. Ella, mi alma gemela, no tardó demasiado, llegó como si nada, con algún soliloquio de los tantos que frecuentaba para razonar sus salidas imprevistas. No pronuncié palabra alguna, tal vez porque como lo explica Benedetti, es el alma la que habla. Mis manos pesadas, autómatas, aferraron con furia un cuchillo de la cocina. Con el mismo bamboleo de mi caminar me acerqué a ella, de golpe hundí el arma en la viseras de mi alma gemela, sólo un gemido calmó la sed. Después de lograr mi cometido llevé de nuevo la afilada herramienta a mi cuello, no sentí temor alguno, era casi lógico, el cuerpo sin alma no es más que un costal de huesos y carne condenada a desfibrarse. Deslicé el cuchillo por el costado izquierdo de mi nuca, y en ese preciso momento, comprendí, que la muerte corporal no duele.

Mis restos
Por: Daniel Rivera

Vendes nuestro tiempo
por monedas de favorcitos.

Cruzaste mis predios
bajaste la cerca
¡cuidado!

Sin parpadear
tan hipócritamente serena
me miró con sus ojos
que hasta ayer me amaron.

La cebolla, el plátano y la papa, se burlan de mi falta de apetito.

Nunca he sido agüerista
pero este cielo
anuncia tu despedida.

Los noticieros y los surrealistas

Si los surrealistas hubieran visto estos noticieros nuestros.
Donde la catástrofe es diversión cotidiana;
sabrían que el mundo exterior, como lo dijo Cortázar, por ejemplo,
es un laberinto fantasmal en donde los muertos de ahora se afilian
a las guerreras tropas para sembrar, en vez de café, hachados cuerpos.

 Si los surrealistas hubieran visto estos noticieros nuestros.
Donde nos paranarcotizan el alma;
conocerían toda la podredumbre, toda nuestra avara y sangrienta herencia.

Por la psiquis y las venas, sólo odio, sólo muerte y miseria.
Aquí el aullido del fusil es ley soberana de narcomagnates funcionarios del gobierno.

Si los surrealistas hubieran visto estos noticieros nuestros.
Donde el hambre de los niños y el desarraigo de los campesinos son noticia Light;
palidecerían de envidia al ver a la audiencia, en horario triple A,
sedienta de sangre, corrupción y crimen y sin conciencia moral.
Necesidades que no toleran el olvido, pues así lo exige la pauta comercial...

Si los surrealistas hubieran visto estos noticieros nuestros...
entenderían que para producir violencia, nuestro inconsciente
es ordenado y consecuente.

Mujer de la vida alegre
Por: José Gómez

Bajó la mirada y se escondió en la penumbra de aquella habitación sombría.
Sí, eso hubiese querido ella, furtiva... insomne... de amoríos rojos... mal pagos... fugaces... humeantes... con las manos llenas de caóticas líneas, de boleros y tangos.
Sí, eso hubiese querido, pero él corrió a su encuentro. Esperó tras la puerta de madera, advirtió la sonrisa deshecha de su madre, enmarcada por esos carnosos labios escarlata, le gritó ¡puta! Y se lanzó por la ventana.

Compañeros, muchas gracias por todo
Por: Capitán Vincas

Se me pide que diga algunas palabras en este agasajo que se dignan a prodigarme. Debo decir, antes que cualquier otra cosa, que le tengo pavor al micrófono, a su forma fálica, a escuchar mi propia voz como si de otro se tratase. A veces pienso que soy un títere y que por ahí, cerquita, está, cagado de risa, mi ventrílocuo.
Recuerdo, ahora que allá lejos suena el bandoleón, que una vez, hace ya mucho tiempo, mientras esperaba a que diera comienzo la presentación de Felipe Pirela, que transmitía en directo la emisora en que mi padre trabajaba, llegué a la conclusión, y lo digo con modestia, de que la vida es lo más parecido que existe a un bolero. Y tuve la sensación de que nada en el mundo se parece a los pies y suspiros de ella, la intranquila palomita de mi miedo, que cambió sus plumas por compases viejos. Bueno, creo que me estoy pasando de los límites de la cortesía y hablando de más, y antes de que el director de este evento pierda la cordura y me comience a pasar papelitos con amonestaciones severas, y ustedes se arrepientan de haber venido, debo darle las gracias, antes que a nadie, a mi padre, por no haberme comprado nunca el balón que siempre soñé; a mi madre, por dejar que mis hermanos y yo practicáramos con ella nuestros golpes de boxeadores novatos; a Bibiana, por dejar la puerta de la ducha abierta; a mi hermana Lucia, por arrojar mis soldaditos de plomo al retrete; a Juan José y Jorge Luis, mis hermanos mayores, por hacer de mi el más fiel de sus vasallos; al profesor de trigonometría por decirme que era tan bruto que ni con un transplante de cerebro lograría entender el teorema de Pitágoras; a Carmen, el primer amor que tuve, por reírse de mis poemas ante todo el colegio; a mis hijos, por avergonzarme frente a las cámaras de televisión; a mi amigo Federico García, por morirse antes de que pudiera conocerlo; a mi patria, por no hacer la revolución; en últimas, a todos ustedes, por no lanzarle a tiempo el salvavidas a este pobre náufrago.
Muchas gracias. (Aplausos tímidos y uno que otro viva.)

El azul en ti me duele.

El asesino de la 101
Por: Isabelcbj

Todo lo bonito que sé de ti          se convierte
en la daga que traspasa el alma          Días sin aire
Sangre muerta          Pendientes de oro que
contienen el crimen...          Te fuiste y la dignidad
salta de boca en boca          y tu cuerpo y tu voz
macho febril          que presume de ser
el homicida de todos y cada uno de los crímenes cometidos en la ciudad nocturna.
Tu arma no podrá ser nunca el hacha de Raskólnikov          como tu esencia no
será nunca la de un animal de la estepa con forma de lobo          serás
eternamente el fantasma diminuto de los que crees

Redundancia

Enciendo la tele; niños quemados con pólvora. Apágalo, no quiero saber del mundo. Hoy te hago caso, te tengo a mi lado, y hago esfuerzos para no estropearlo. ¿Qué quieres: café o chocolate? Café, por favor... Sólo deseo mirarte. Me quedo en silencio. Tus palabras son un bálsamo para mi soledad. Muero por decirte que te amo, pero recuerdo. "Para qué decir lo que ya sabes, para qué saber lo que no digo"

Adiós
Descuida, no moriré por ti.
         Tú morirás para mí.           Por: RIZO

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